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La auténtica vida del espíritu consiste en re-leer.

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autor Mensaje      
esther
registrado: 24-04-2005
respuestas: 5

Re: Mayo

Humbert, imagino que la repentina aparición del poema que inició este hilo ha provocado tu ausencia en él. Te pido que nos pongas algo que compense la belleza de las anteriores intervenciones. Que no sea nada de Philippe Jaccotett, porque me gusta lo que escribe y, además, he comprobado que a veces no escribes bien su apellido.

[editado por esther el 05-05-2005 a las 00:39]

04-05-2005 a las 03:53
Humbert

registrado: 22-03-2004
respuestas: 578

Re: Mayo

Pues sí, Esther, ya hacía falta que yo viniese para poner algún poema que merezca la pena, ya que habéis decidido empezar sin mí..., pero eso está bien, que la idea permanezca, aunque muera el autor, aunque desaparezca. De Jaccotett encontré este breve:

Toute fleur n'est que de la nuit

Toute fleur n'est que de la nuit
Qui feint de s'être rapprochée

Mais là d'où son parfum s'élève
Je ne puis espérer d'entrer
C'est pourquoi tant il me trouble
et me fait si longtemps veiller
devant cette porte fermée

Toute couleur, toute vie
naît d'où le regard s'arrête

Ce monde n'est que la crête
d'un immense incendie

Espero que sirva..........

_________________________________
http://lichtung.blogspot.com

04-05-2005 a las 10:55
Nacht und Nebel
registrado: 30-03-2005
respuestas: 116

Re: Mayo

Veamos... aquí mayo es otoño (aunque ahora es un otoño veraniego, el mundo no es lo que era...) pero allí era primavera, verdad?

Mas no lo parece, y mientras aquí se descarga ahora la tormenta que anuncia el fin de este verano tardío, les mando unas líneas de un poeta que en vida los ha visitado, y que ahora descansa completamene en paz... ya que ni la lectura póstuma lo molesta casi... quizá merecidamente, no sé.

Lo que sigue es un fragmento de "Argentino hasta la muerte", de Cesar Fernandez Moreno.

Para nosotros es (era) un disfrute, pero temo que medio localista. Como sea, y a los fines de que Kleenex no nos aumente el producto por las leyes férreas del mercado, ahí va.

...y bueno ésta es una tierra así
montones de fausto natural de miseria natural
poquitos aborígenes que ya no son problema
puñados de blancos puñados de griese sueltos entre las leguas
o de pronto envasados a presión a la orilla de un río teratológico
pero sueltos también
cada cual solito por la calle Florida
qué sobresalto si alguien nos dirige la palabra en el subte
gracias a dios el tango nos unifica
qué más nos unifica no entiendo esta unidad
algunos ficheros tal vez
el procedimiento es sencillo se toma un mostrador se pone detrás un funcionario
un funcionario es un hombre que fuma
y delante surge espontáneamente una cola
vea señor lo fundamental es llenar el formulario
aquí los papeles son la realidad
ir a los papeles significa ir a la realidad
papeles son papeles flor de ontología
papeles cantan qué poético
mirá que te hago la boleta qué susto
pero después ay se me quemaron los papeles
nuestras cosas empiezan en una corazonada y terminan en un expediente
hay tantos expedientes al final todo parece nada
el portafolio es el verdadero símbolo nacional no el gorro frigio
como Sísifo con su roca cada argentino con su portafolio
por fuera cuero de vaca por dentro expedientes de vacas
cada fín de año en son de júbilo
arrojamos por la ventana las hojitas de nuestros calendarios
entonces se descubre que todas estaban vacías
los trenes argentinos son pura forma
vacíos y radiantes pasan veloces por las estaciones sin parar en ninguna
los edificios públicos tienen enormes pórticos
pero la gente debe entrar por la gatera del ordenanza
enormes escalinatas rampas rampantes
pero se sube por el pastito
aquí las vacunas nunca prenden
los timbres de alarma sólo suenan cuando se descomponen
entonces de todos modos nadie se alarma
la policía solo descubre a los terroristas cuando se les caen las bombas
los teléfonos se cortan solos ni las malas noticias pueden recibirse de un tirón
cuando alguien lleva un libro en la mano es su autor
cuando no es una caja de ravioles

y de pronto salta Macedonio Fernandez zapateando un malambo con Pascualito Perez
pero no me hable de la literatura argentina ni del atletismo nacional
no crean en lo general en el general
crean en lo particular en el particular
crean en algunas firmas no crean en ningún sello aclaratorio
la realidad tiene más de veinticinco renglones por foja
de qué sirve un papel bajo la lluvia
y bueno soy argentino

éste es el revirado canto natal que yo traigo aquí
I'm sorry a usted le molestará sepa que a mi también
pero alguna vez tenemos que acercar la realidad a los papeles
esta bronca me sale de ser argentino
soy gaucho y entiendanló
soy de los de acá de este lugar y no de otro
soy argentino de la mejor y de la peor manera
mejorando las provincias presentes soy porteño
aquí me tienen al pié del obelisco mirando hacia arriba
yéndome de boca sobre el santo cielo
aquí me tienen en este cine aguantando al zanguango que me patea toda la noche el respaldo del asiento
aquí me tienen en esta esquina balanceándome peligrosamente sobre el cordón de la vereda
mientras los autos golosos
buscan la bocacalle como lechones convergentes contra la ubre materna
mientras las casitas de un piso más una balaustrada por si acaso
alternan con los rascacielos de las ensanchadas avenidas
como infantil escritura donde las letras vacilan tambalean

Buenos Aires me tenés en cafúa
yo no puedo vivir sin tu agua en los pulmones
no puedo vivir sin este frío sin este calor
me pongo el saco me saco el saco
me pongo el chaleco el pullover la camisa me los saco me los vuelvo a poner
pero definitivamente me abrigo bien
sobre todo a las tres de la tarde un día de verano en el barrio bancario
no vayan a pensar que éste es un país tropical
qué esperanza mijito nosotros somos muy civilizados tan nórdicos
como el mejor noruego…

_________________________________
Auf einen Stern zugehen, nur dieses

04-05-2005 a las 19:54
Bett

registrado: 21-03-2004
respuestas: 626

Re: Mayo

Y ella dijo: Qué triste, no? cuando al final lees eso de que Karen Blixen nunca volvió a África...
Y él dijo: Yo nunca regresé a Buenos Aires.

(si pudiera, le preguntaría si es verdad que en Buenos Aires la gente no te mira raro si vas silbando por la calle)

Gracias por el mayo otoñal, en suma (entonces, allá se cae el pelo ahora, pero no toman astenolíticos, no?).

_________________________________
Bett


Diviértete pero no te despistes.

05-05-2005 a las 01:16
Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
respuestas: 1270

Re: Mayo

Cita:
En algún lugar, Vigilio escribió:
Para quien, por ahí arriba, suspira por el vacío que el Humbert deja en el apartado poético, sepa que aquí estoy yo para lo que haga falta. Faltaría más.







Pues ánimo, que el tiempo pasa inexorablemente, ahora sí, y se nos escapa el mes y su primavera que ha traído hasta un poquito de lluvia.

O ¿es que nos ha jodido Mayo con las flores? (Disculpen: la subida de temperatura desaconseja la ingesta de miel en el desayuno, la he sustituído por mermelada y mi favorita es la de naranja amarga.)

En fin, si necesitas una bienvenida, sea:

BIENVENIDO AL CLUB

Eres uno de los pocos que podían aspirar a esto, en realidad
te estábamos esperando sólo a ti.
Hemos sabido siempre que eras diferente,
ahora ya has llegado: relájate y disfruta.
Nota cómo te crecen los músculos viriles
y pliegues cerebrales bajo las yemas de los dedos.
Nosotros vamos a volverlos rabiosos.
Tu piel adquiere un bronceado envidiable,
se te esponja la próstata, tus esfínteres conversan en inglés.
Ahora te tensaremos hasta la excelencia.
Nota cómo te crece una memoria mejor.
Eres otro, ya no eres quien eras,
nunca fuiste quien eras
pero tenías que llegar tan alto con nosotros
para saberlo.

Ahora ya has llegado.
Te lo mereces todo y nos lo debes todo:
te lo cobraremos hasta la última gota.
Bienvenido al club.

De "El corte bajo la piel"

JORGE RIECHMANN

_________________________________
En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.
14-05-2005 a las 13:33
Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Re: Mayo

LA HIGUERA

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!


Juana de Ibarbourou

_________________________________
Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

15-05-2005 a las 00:25
Sancho Zancas
registrado: 05-02-2005
respuestas: 27

Re: Mayo

PRESENTIMIENTOS

Siempre suspiro por ti, ¡oh bosque!, y por ti, ¡oh campo!, y por ti, ¡oh agua! Estoy convencida de que en una vida ancestral, hace ya miles de años, yo tuve raíces y gajos, di flores, sentí pendientes de mis ramas, que eran como brazos jugosos y verdes, frutas tersas, pesadas de zumo dulce; yo estoy convencida de que hace un gran puñado de siglos, fui un arbusto humilde y alegre, enraizado a la orilla montuosa de un río. Por eso siempre suspiro por ti, ¡oh bosque!, por ti, ¡oh campo!, y por ti, ¡oh agua!.

[De El cántaro fresco]


Juana de Ibarbourou

_________________________________
Una palabra amable puede caldear los meses de invierno. Una palabra amable puede hacer florecer la primavera.

15-05-2005 a las 01:21
Alonso Q
registrado: 11-12-2004
respuestas: 56

Re: Mayo

En ningún momento se me pasó por la cabeza apartar la mosca que aparece en esta fotografía. Cuando la hice, estaba allí, desagradable, inofensiva, rompía, o quizás no, la estética de la rosa, pero pensé que formaba parte de la realidad. Además, mientras estuviese impregnándose de los agradables e intensos olores de esta flor de mi diminuto jardín pueblerino, no se posaría sobre el gazpacho. Mayo es precipitado para gazpachos, incluso en el Sur. Discúlpenme, que yo no entiendo.








Anacrusa, estas otras son para ti, del lugar que tú y yo sabemos, el del pequeño patio donde habrá siempre rosas en espera de que te decidas a venir.








[editado por Alonso Q el 21-05-2005 a las 02:49]

_________________________________
El amanecer deambula por las sombras de los pensamientos sin sentido.

20-05-2005 a las 05:28
Lamz

registrado: 31-03-2005
respuestas: 32

Re: Mayo

ESTOY CANSADO

Estar cansado tiene plumas,
tiene plumas graciosas como un loro,
plumas que desde luego nunca vuelan,
mas balbucean igual que loro.

Estoy cansado de las casas,
prontamente en ruinas sin un gesto;
estoy cansado de las cosas,
con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

Estoy cansado de estar vivo,
aunque más cansado sería el estar muerto;
estoy cansado del estar cansado
entre plumas ligeras sagazmente,
plumas del loro aquel tan familiar o triste,
el loro aquel del siempre estar cansado.

(Luis Cernuda)



Anacrusa, en otro hilo dices: “...... Comienzo a lamentar que nuestro patrocinador nos haya dado un año más. Lamento mucho no poder escribir decentemente ni aportar nada yo...”

He colgado este poema de Luis Cernuda para decirte no. No lamentes que nuestro patrocinador haya dado un año más. Pasará este mes de mayo que en el bosque fue extraño y turbulento, y no volverán los días de primavera que dejamos en las sombras, pero traeremos otros o los dejaremos venir. No digas tampoco que lamentas no poder escribir decentemente ni aportar nada. Deja ese lamento para mí.
Paseo, alguna que otra vez, por otros foros literarios. En la mayoría de ellos es más fácil habitar como seductor que como amante de la literatura. Los números son mágicos, si sabemos interpretarlos.
Ya verás, amiga mía, que, como decía el poeta, todo pasa y todo queda.

23-05-2005 a las 03:53
Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Re: Mayo

Perdona, Alonso Q, no había respondido ni agradecido debidamente tu regalo porque no lo había visto. Vi la rosa, con su mosca aficionada al gazpacho, pero luego debiste añadir las foros del bonito pueblo y no me avisó el foro de que hubiera mensaje nuevo. Un lugar precioso y apacible, sí. Gracias.
_______________________________

Gracias, Lamz, por los ánimos. La verdad es que, aunque se hable poco de literatura, este lugar cada vez es más independiente y menos parecido a nadie. Cada vez sóis más los nuevos que llegáis y estoy segura de que pronto estará remozado y seremos felices en él, gracias a vuestras aportaciones.

Me voy a la Biblioteca Nacional. Me han invitado a la presentación del Archivo Rafael Cansinos Assens - Arca -, que corre a cargo de su hijo, Rafael Cansinos y de Juan Manuel Bonet. Estoy contenta, Cansinos, a quien Borges llamaba "Mi maestro" merece mucha más atención de la que tiene y su hijo, que le dedica su efuerzo y su amor, lo va a lograr. Luego, si ha lugar, os lo cuento.

Ya no interrumpo más, seguid con la poesía.

Feliz mañana a todos.

[editado por Anacrusa el 23-05-2005 a las 10:09]

_________________________________
Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

23-05-2005 a las 10:04
Bett

registrado: 21-03-2004
respuestas: 626

Re: Mayo



ACASO

Pudo haber sucedido.
Debió suceder.
Sucedió antes. Después.
Más cerca. Mas lejos.
Pero no a ti.

Te salvaste por ser el primero.
Te salvaste por ser el último.
Por estar solo. Con gente.
A la izquierda. A la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque lucía un sol esplendoroso.

Por suerte había un bosque.
Por suerte no había árboles.
Por suerte, un raíl, un gancho, una viga, un freno,
Una repisa, una curva, un milímetro, un segundo.
Por suerte había a mano un clavo ardiendo.

A causa de, puesto que, sin embargo, pese a.
A saber qué hubiera ocurrido si la mano, si el pie,
Por un pelo, a un paso
De la coincidencia.

¿Estás aquí? ¿Salido de un instante aún entreabierto?
La red sólo tenía una malla, ¿y tú a través de la malla?
No logro salir de mi asombro ni articular palabra.
Escucha
En mí late tu desbocado corazón.


Wislawa Szymborska

[rescatado por la red]

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Bett


Diviértete pero no te despistes.

23-05-2005 a las 12:13
Nacht und Nebel
registrado: 30-03-2005
respuestas: 116

Re: Mayo

Mayo termina, aquí entre banderas color cielo, vacías de contenido, pero relucientes ya que esas cosas son tan baratas ahora que puedes tirar hoy tu bandera, que mañana te regalarán otra.

Hablando de regalos... les mando uno de cuando las cosas tenían un poco más de valor, y había otras mucho más valiosas... un regalo, y perdonen mi candidez si es un regalo muy obvio, o trillado... Pero que habla de la patria y del valor inútil, ya incomprendido, ahora devaluado. De otros hombres, y de la levedad del ser, y de la valentía de comprender esa levedad, verdad que, de ser compartida, hará posible que vuelvan aquellos hombres, que hoy se extrañan tanto... Hombres silenciosos y austeros, callados, oscuros y poetas de la vida, de una poesía llana y simple, oscura como la tierra después de la lluvia.

Porque los senderos del bosque a veces no son lo que parecen, y el laberinto más intrincado puede ser la llanura... o el desierto, que acá eran sinónimos. Ahora... ahora el desierto ha entrado en la ciudad, en oscuras tropas nómades, desarraigadas y al servicio de los de siempre.

De Jorge Luis Borges, El sur.

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de 1a puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

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Auf einen Stern zugehen, nur dieses

26-05-2005 a las 18:29
Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
respuestas: 1270

Re: Mayo

El bebedor del rincón, le leía la prosa dictada por el forastero a la tabernera. Ésta se enjugó una lágrima. El bebedor, que también sabía de ópera, le puso una mano en el moño a la tabernera, y solemne, exclamó:
-“¡La forza del destino!”
Junto al león del puente, el desconocido tenía de las manos a una muchacha.

Pg. 32

-¿El nombre de una mujer hermosa, dicho con fiebre de amor, puede partir una torre en dos?
-¡Y una jaula de mimbre también!
Paulos retrocedió hacia el fondo del salón y se detuvo junto al gran espejo redondo. Abrió los brazos, y paró la carrera de su corazón.
-¡María!
La jaula de mimbre de las palomas amaestradas de Fetuccine se estremeció, y le cayeron los aros paralelos, se deshizo todo lazo, se soltaron los meridianos, y la jaula se abrió en pétalos iguales. Lo blanco se juntó a lo blanco y lo rosa a lo rosa. María se recostaba en el aire, vestida de azul. La brisa la llevó a los brazos de Paulos, como si viento de mayo apresase con la punta de sus dedos una flor de cerezo. Los labios estaban en cualquier lugar de la luz y del aire, pero los de cada amante hallaban fácilmente los dulcísimos contrarios. Se abrían todas las puertas, y alguien, en el otro extremo de la ciudad, hizo música. El péndulo del reloj se detuvo, un péndulo de bronce dorado que figuraba una enredadera de rosas coloradas, y en su parte inferior terminaba en un óvalo de porcelana en el que una anciana, al amor del fuego, hilaba. Hilaba los siglos y los destinos.

Pg. 69/70

- La música tocaba muy lejos, más allá de los montes...
-¿Cuáles montes?
-Unos montes, las gentes salía de detrás de los árboles, de las rocas. Tocaban las cornetas, los tambores... ¡Parecía el disco del sitio de Zaragoza! Y me quedé dormida. Cuando desperté, el niño ya no estaba allí.
-¿El niño?
-Bueno, el ciervo. Era como tener un niño en brazos. Desperté y ya no estaba. Los montes ardían. Tuve frío y eché a correr. Tuve miedo por el niño. ¡Tan solo en los bosques!

Pg. 152

Alvaro Cunqueiro. El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes.
Ediciones Destino
Primera edición: mayo 1974

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En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.

29-05-2005 a las 14:32
Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
respuestas: 1270

Re: Mayo

Buen mayo a todos, disculpadme el retraso.

TRILCE XXXV

El encuentro con la amada
tánto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y su verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.

Otro vaso, y me voy. Y nos marchamos,
ahora sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días
desgarrados! se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!

César Vallejo

Besicos.

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En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.

04-05-2006 a las 18:11
Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
respuestas: 1270

Re: Mayo

Cita:
Al final de abril... Loriana escribió:
Creo que toda la poesía cantada de Amaury es poesía para abril. Me gusta Amaury para abril y aquí dejo un trocito como se debe, cantando:

http://amauryperez.trovacub.com/sonidos/index.htm

A mí me gusta mucho Hacerte venir, pero todas, la verdad es que con este hombre, todas.

Que disfrutes de ese fin de abril bajo las estrellas.

Besicos-besotes.


Lo disfruté, el cielo estuvo espléndido. A la vuelta miré tu enlace, pero alguna tecnología misteriosa hace que no pueda escucharlo. Así que he buscado un poquico más... y aquí, con los programas que hay en mi decrépito ordenador, sí lo he conseguido:

http://www.lajiribilla.cu/musica/amaury/amaury.html

Están "Acuérdate de abril", "Hacerte venir", y alguna más.

Mil gracias, preciosa.

Besotes-besicos.

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En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.
05-05-2006 a las 17:00

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