Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
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Re: Junio
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En la noche de San Juan:
Los higos D. H. Lawrence
Lawrence aconsejó que se partiese un higo en cuatro pedazos, para comerlo, después de quitarle la piel. De este modo, pensaba, la sociedad no vería con malos ojos el gesto de cortar el higo, y de saborearlo lentamente, como quien lee un poema. Pero no todos los higos se pueden comer de esta manera; y, en el caso de los higos verdes, lo mejor es quitarles la piel a partir de arriba, sin que se desprenda completamente del fruto; y sólo después de comer la parte de arriba, llegará el momento en que sólo va a quedar un poco de higo sujetando la piel. A esa altura, se puede arrancarla, y acabar de comer lo que sobra, para que la ingestión sea completa.
De hecho, Lawrence también admite esta solución (y acepta que se coma también la piel); pero tendremos que ir más lejos que él, lo que significa que se debe pensar también en la higuera. Y si, al comernos el higo, el árbol nos agarra el alma con sus ramas ásperas, obligándonos a apartar las hojas para ver cómo podemos escondernos debajo de ella, el sabor que queda en la boca recuerda la imagen de la mujer primitiva, con su vientre redondo como el de los higos de San Juan, los primeros, que se cogen con sólo un gesto, y quedan enteros en la mano. Entonces, la mano se vuelve una prolongación de la higuera, y empiezo a pensar que tal vez puedan nacer hojas de higuera en los brazos, como si estos fuesen ramas; y que esas hojas servirán para tapar los higos que iré a coger, manteniendo su frescura.
Como alternativa, podré transformar el tronco de la higuera en un cuerpo de mujer desnuda; y esas hojas irán a vestirla. Pero el higo que tengo en la mano me hará sentir sus senos suaves, haciendo que, al quitar la piel del higo, la mujer salga de su interior, y yo pueda llegar a la misma conclusión que Lawrence sobre las múltiples formas de comer un higo.
Nuno Júdice
Besicos, Juan.
[editado por Cristina Sama el 23-06-2010 a las 21:58]
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En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.
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