Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: César González-Ruano
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Hay algo que nunca lograré dilucidar del todo: la unión de la persona y de la obra o la separación. Sobre todo en literatura parece que eso debe ser una amalgama, que un arte hecho del propio pensamiento, debe ser el reflejo exacto de la personalidad de quien lo expresa, pero no es así y han sido infinitas las ocasiones en que lo he comprobado. Por eso procuro no saber nada de los escritores a quienes admiro. Aún no estoy lo suficientemente preparada, ni tengo la distancia ni la edad para poder despreciar a un hombre y admirar al escritor que es.
Sospecho que pocos habrá aquí que conozcan a González Ruano y quiero confirmar la información que das, Yegor. Mi infancia ha estada rodeada de tabúes literarios. Mis padres jamás pudieron separar la persona de la obra (eran enormemente apasionados) y literalmente prohibían la lectura de personas como González Ruano: "Un delator, un bellaco, un mal nacido, un miserable..." Así he oído mencionar a ese hombre en mi casa desde que tengo uso de razón. Cuando Umbral comenzó a jalearlo, mi padre me decía lo de que Dios los cría...
Pero "Mortal y Rosa" es mortal y rosa y nadie duda ya la catadura moral de Umbral.
Cuando llegué a la edad de la contestación y de la transgresión, leí a González Ruano que me había sido vetado y he de confesar que, con dolor de corazón y hasta con vergüenza, me pareció un escritor fascinante. Me atreví a comentarlo en casa. Mis padres me miraron como quien mira a un engendro, pero con argumentos sobre la libertad y la represión, logré incluso que mi padre leyera una pequeña cosa. Su disgusto fue descomunal. Tirando lejos de sí lo que había leído, con un gesto parecido al que ponía cuando leía en la prensa alguna declaración de Franco o sus secuaces, me dijo que lo lamentaba profundamente, pero que era un magnífico escritor. Mi padre era catedrático de Literatura, hasta la sanción de Franco, por la que no pudo volver a ejercer la docencia, pero gran parte de su vida la dedicó a su vocación, que es lo que era la literatura (como la política) para él, mucho más que una profesión. Después me hizo una declaración tajante: Moriré sin haber leído la cuarta parte de lo que me interesa leer y, por magnífico que sea, no volveré a tener en las manos nada que haya salido de la pluma de ese miserable.
Yo seguí leyendo lo que escribía e incluso sus magníficas entrevistas durante mi tiempo adolescente, pero desde entones a ahora, no había vuelto siquiera a pensar en él. Me lo traes y vuelve a mí la duda. Como con la historia de no poder oír a Wagner los judíos. No lo se, aunque sí se que siento cierta vergüenza cuando leo, oigo o disfruto de algo producido por alguien a quien detesto, pero por otro lado...
Traigo aquí una pequeña información para ilustrar la cosa.
Un saludo y feliz domingo, Yegor y todos.
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Diálogos contra el olvido
César González-Ruano (1903-1963) adivinó su destino de ilustre olvidado cuando dijo: «Esta profesión lleva en el tuétano la maldición del olvido». Se refería al Periodismo, del cual es uno de los máximos representantes de este siglo. Sus artículos tenían a menudo el valor de una noticia y ocupaban un espacio de primera plana; eran piezas «bellas y gratuitas» como ha dicho Francisco Umbral, de una gran percepción que acumulaban detalles, sensaciones y paisajes. Estaban recorridas por cierta vaguedad melancólica, el constante barroquismo lírico del autor, y una mezcla de gracia, cinismo, ternura e ingenuidad. Uno de los textos más célebres de esta estética fue «Señora: ¿Se le ha perdido a usted un niño?», galardonada con el Premio Mariano de Cavia en 1932.
César González-Ruano fue algo más que un periodista el uso. Fue todo un personaje: paseador noctámbulo enamorado del viejo Madrid, dueño de una complicada vida íntima, iconoclasta, fantaseador de sí mismo, perseguido y aun amenazado de muerte en ocasiones. En 1933 inició un largo período de nomadismo espiritual y cultural que le llevó como corresponsal a Berlín y a Roma, donde coincidió con sus amigos Rafael Sánchez Mazas y Eugenio Montes; y también a Francia, concretamente a Vilefranche, junto a una impulsiva y patriota Raquel Meller recibió la noticia del Alzamiento Nacional. Y luego a París, tomado por los alemanes. Además de sus crónicas, y de algún incidente dramático como su confinamiento en 1942 en la cárcel de Cherche-Midi (al cual dedicó un impresionante poema largo: Balada Cherche-Midi), tras ser apresado por la Gestapo, aún tuvo tiempo de redactar algunas de sus mejores obras como la biografía de Mata-Hari o la novela Manuel de Montparnase, basada en la vida y la obra de Manuel Viola. Cuando todo el mundo esperaba que regresase a Madrid, se fue a Sitges, donde trasnochaba, sufría temblores que le llevaron a decir que «padecía una mala salud de hierro», mantenía tertulias con jóvenes poetas; parecía fuera de sí o exasperado por la embriaguez, los cigarrillos, las sombras de la noche y el perpetuo insomnio. O los fantasmas del pasado. Felizmente, volvió a la capital y así se recuperó al gran escritor que siempre había sido, al hombre que no había descuidado su vasta producción de narrador y cuentista en títulos como César o nada (Premio Café Gijón en 1951), Circe o Dos cuentos italianos; de poeta de mérito, ultraísta en sus inicios: Francisco Rivas recogió su Poesía en Trieste en 1983; gran memorialista en Mi medio siglo se confiesa a medias, que apareció por entregas en El Alcázar, y Diario íntimo, ambos de 1951, y varias biografías de Zola, Baudelaire, Oscar Wilde y Goméz Carrillo, a quien reconocía por maestro.
Entre noviembre de 1953 y junio de 1955 volvió a dar muestras de su gran calidad con constantes artículos Manuel Alcántara, amigo y discípulo, dijo que posiblemente habría escrito cerca de 30.000 y con ochenta entrevistas a personalidades de la actualidad española e internacional, que fueron recogidas en Las palabras quedan (Conversaciones), volumen que en su tercera edición, tras las de 1957 y 1965 de Afrodisio Aguado y Fermín Uriarte, ha rescatado Mapfre, que está reeditando los libros mayores de Ruano. Igual conversaba con futbolistas como Kubala, Di Stefano o Samitier, que con toreros como El Litri, Domingo Ortega o Luis Miguel Dominguín, aunque se percibe que con quien se siente más cómodo es con los escritores (Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Agustín de Foxá, Fernández Flórez, Sánchez Mazas...) y con figuras universales como Orson Welles, Somerset Maugham, Maurice Chavalier, Dolores del Río, Josephine Baker, Gregory Peck y Jean Cocteau, entre otros.
Tal como proponía Manuel del Arco, González-Ruano lo tenía claro: el buen entrevistador debe estar a la altura del entrevistado y dejarlo antes bien que mal. Y a ello se aplica en un admirable ejercicio de estilo de carácter impresionista. Desnuda a sus criaturas a golpe de intuición y ofrece así toda una variedad de recursos casi inagotables: su capacidad para descubrir los ángulos de trastienda de un personaje (pensamos, por ejemplo, en D'Ors y sus amores secretos como aquella enamorada imposible, Úrsula, la Bien Plantada; en la obsesión por la soltería de Fernández Flórez; en la joven Rosie, cuyo recuerdo pone «los ojos casi húmedos de hiedra remota» de Maugham), su facilidad para el retrato, el clima de confianza que sabía crear de inmediato que daba lugar a la confidencia, la atmósfera del diálogo o la ajustada descripción física y espiritual, su talento para la fisonomía. Así presenta a Azorín: «Está Azorín correcta, elegantemente vestido, con un traje gris cruzado, corbata azul, camisa blanca, nítida. Los años le han ido concretando físicamente, dándonos un Azorín sintético, estilizado, severo, un Azorín puntuado en párrafo corto: un misterioso sajonismo ideal ha emergido del levantino de ayer, y este Azorín de hoy parece el hermano aristócrata y lejano que ha vivido en Londres, soñando con la vieja España, tal vez con Monóvar y Yecla».
Casi todas las entrevistas son actas de un encuentro excepcional, con prodigiosas descripciones y preguntas inesperadas, formuladas a voleo. Aunque también hay una obsesión por trazar existencias y trayectorias completas como sucede con Agustín de Foxá o en la entrevista imaginaria a Ramón Gómez de la Serna, uno de los maestros de González-Ruano, llena de sugestivos matices como éste referido a Carmen de Burgos: «Con ella aparece en mí lo excepcional, el amor compatible con el ser literato. Ella vivía, aunque pobre, de sus artículos. Hermosa, andaluza, en la plenitud de sus treinta años. Ella de un lado y yo de otro de una mesa estrecha, escribíamos largas horas». Entrevistas, sí, pero también crónicas contemporáneas en las que se funde una admirable prosa de madurez con la percepción de vidas ajenas, es decir, literatura e historia, o friso de época, enriquecidas a veces con detalles inesperados del propio autor: «Yo tuve en alguna ocasión veinte mujeres a la vez, pero me daba miedo quedarme con una».
Antón Castro
[editado por Anacrusa el 17-10-2005 a las 11:03]
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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