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Le pidieron una lágrima para Baldr.

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autor Mensaje      
jredondo
registrado: 27-08-2006
respuestas: 353

El hombre aproximativo - Tristan Tzara

En mi viaje de bodas me llevé un libro del que Fernando Millán -traductor del mismo- hablaba como si fuera la piedra filosofal de la poesía de vanguardia.

A mi juicio se trata de un poema de muy alto valor literario, una joya poco frecuentada frente a los populares manifiestos dadá. Supone es cierto el reflejo del hombre y el artista en una búsqueda pemanente, entre la razón y la sinrazón entre el arte y sus fronteras.

En este fragmento que he podido hallar en Internet se encuentra buenas partes de su cualidades, como el empleo de las palabras como elementos musicales, compuestos en frases casi idénticas que parecen repetirse pero no. Está también la enumeración en cadencia, y en definitiva la explotación del límite de la palabra con la palabra.

Un poema impresionante que construye su sentido en el abismo del sentido, en el abismo de lo que no hay manera de decir, en el abismo mismo del ocaso de las formas artísticas.

Bueno no sé, quizá alguno de vosotros ya lo haya leído, si no y aunque es una pequeña muestra me dicen.

Admirable también el uso que hace de la repetición de la palabra nosotros, el efecto que produce ya lo notarán, es algo que hay que hacer con habilidad para no resultar patético y que en este texto resulta brillante (como la caida de la nieve en el párrafo final de Los Muertos de Joyce).


El hombre aproximativo Tristan Tzara, 1930

[fragmento]



domingo profundo tapadera sobre el hervor de la sangre

semanario peso acurrucado en sus músculos

caído en el interior de sí mismo reencontrado

las campanas suenan sin razón y nosotros también

suenen campanas sin razón y nosotros también

nosotros nos alegramos al ruido de las cadenas

que haremos sonar en nosotros con las campanas



*



cual en este lenguaje que nos azota nos sobresaltamos con la luz

nuestros nervios son látigos entre las manos del tiempo

y la duda viene con una sola ola incolora

atornillándose comprimiéndose aplastándose en nosotros

como el papel estrujado del embalaje deshecho

obsequio de otra edad a los deslizamientos de los peces amargos



*



las campanas suenan sin razón y nosotros también

los ojos de las frutas nos miran atentamente

y todas nuestras acciones son controladas no hay nada oculto

el agua del río ha lavado tanto su lecho

transporta a los dos hijos de las miradas que han arrastrado pies de los muros

en los brazos desgastados de la vida

atraído a los débiles unidos a las tentaciones, agotado de éxtasis

abierto al fondo de las viejas variantes

y desatadas las fuentes de las lágrimas prisioneras

las fuentes sujetas a los cotidianos ahogos

las miradas que agarran con manos desechadas

el claro producto del día o la ensombrecida aparición

que dan a cuidadosa riqueza de la sonrisa

atornillada como en una flor en el ojal de la mañana

los que solicitan el alimento o la voluptuosidad

los realizadores que reciben eléctricas vibraciones los sobresaltos

las aventuras el fuego la certidumbre o la esclavitud

las miradas que se han arrastrado a lo largo de discretas tormentas

han consumido los adoquines de las ciudades y expiado muchas bajezas en las limosnas

se siguen cerradas alrededor de las cintas de agua

y corren hacia los mares llevándose su peso

las humanas basuras y sus milagros



*



el agua del río ha lavado tanto su lecho

que también la luz resbala en la onda lisa

y cae al fondo con el sordo golpe de las piedras

las campanas suenan sin razón y nosotros también

los cuidados que llevamos con nosotros

que son nuestras ropas interiores

que nos ponemos todas las mañanas

que la noche deshace con manos de sueño

adornadas de inútiles jeroglíficos metálicos

purificados en el baño de paisajes circulares

en las ciudades preparados a la carnaza al sacrificio

cerca de los mares a los balanceos de perspectivas

en las montañas a las inquietas severidades

en los pueblos a las dolorosas negligencias

la mano que pesa sobre la cabeza

las campanas suenan sin razón y nosotros también

partimos con las partidas llegamos con las llegadas

partimos con las partidas llegamos cuando los demás parten

sin razón un poco secos un poco duros severos

pan alimento más pan que acompaña

la canción sabrosa en la gama de la lengua

los colores descargan sus pesos y piensan

y piensan o gritan y quedan y se alimentan

de frutos ligeros como el humo

quien piensa en el calor que arruga la palabra

palabra de su hueso el sueño que se llama nosotros



*



las campanas suenan sin razón y nosotros también

marchamos para escapar al hormiguero de las carreteras

con un frasco de paisaje una enfermedad una sola

una sola enfermedad cultivamos la muerte

sé que llevo la melodía en mí y no he tenido miedo

llevo la muerte y si muero es la muerte

que me llevará en sus brazos imperceptibles

finos y ligeros como el olor de la hierba rala

finos y ligeros como la partida sin causa

sin amargor sin dudas sin regreso sin

las campanas suenan sin razón y nosotros también

por qué buscar el cabo de la cadena que nos une a la cadena

suenen campanas sin razón y nosotros también

haremos sonar en nosotros los vasos rotos

las monedas auténticas mezcladas con las falsas monedas

los restos de las fiestas rotas en risas y en tempestad

a cuyas puertas podrían abrirse los abismos

las tumbas de aire los molinos trituradores los huesos árticos

esas fiestas que nos transportan las cabezas al cielo

y escupen en nuestros músculos la noche de plomo fundido



*



yo hablo de lo que hablo que hablo yo estoy solo

no soy nada más que un pequeño ruido tengo muchos ruidos en mí

un ruido helado, arrugado en la encrucijada tirado sobre la acera húmeda

a los pies de los hombres atormentados corriendo con sus muertos

alrededor de la muerte que extiende sus brazos

sobre el cuadrante de la hora sola viviente al sol

el soplo oscuro de la noche que se espesa

y a lo largo de las venas cantan las flautas marinas

transportadas sobre las octavas de los lechos de diversas existencias

las vidas se repiten hacia el infinito hasta la delgadez atómica

y en alto tan alto que nosotros no podemos ver

y con estas vidas al contado que no queremos

el ultra-violeta de tantas vías paralelas

las que nosotros habríamos podido prender

esas por las cuales habríamos podido no venir al mundo

o estar ya en camino desde largo tiempo tanto tiempo

que se habría olvidado y en la época y la tierra que nos habría chupado la carne

sales y metales límpidos al fondo de los pocos



*



pienso en el calor que arruga la palabra

alrededor de su hueso el sueño que se llama nosotros

_________________________________
José Antonio Redondo
hotelkafka

25-10-2006 a las 23:19


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