Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Marisa Roësset Velasco 1903 - 1976
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Marisa Roësset en 1959 a los 56 años (Dedicada en 1971)
Las uñas
A Marisa Roësset
Tenía las uñas muy largas, largas y duras, tan duras que nadie se atrevía a cortárselas. Estaba muy incómoda, pero no se quejaba. Nunca se quejaba. Hacía un año que se estaba muriendo. Tenía un cáncer tan avanzado que nada mitigaba su dolor, pero no se quejaba.
Todas las mañanas, cuando entraba en su cuarto en penumbra, aquella habitación inmensa y lujosísima, pero cálida, con muebles ingleses, sofás, cuadros de firma y dos camas de barco colocadas con el lado más largo (como se ponen las camas de barco), junto a la pared y en forma de ele y con una coronita pegada al techo de la que caían unas cortinas preciosas de gasa; todas las mañanas digo, entraba de puntillas, tenía mucho miedo a que se hubiese ido y nadie lo hubiera notado; hacía tanto tiempo que se estaba yendo que ya nadie sabía seguro si estaba aún o no, pero siempre estaba allí y siempre con el cuerpo arqueado. La cabeza incrustada en la almohada, los puños y los talones clavados en el colchón y el guiñapito en que se había convertido en un arco tremendo de dolor, sin un solo gemido, sólo un susurro, como un leve jadeo apenas audible.
Me acercaba despacio y, en cuanto notaba mi presencia, se dejaba caer, quedaba relajada, como si no sintiese ninguna molestia y me sonreía con aquella sonrisa preciosa, su sonrisa de siempre, que conservó hasta el final sobre la calavera en que se había convertido su cara y, en un susurro, me preguntaba: “¿has dormido bien?.
Aquel día la enfermera (que no se atrevía a cortarle las uñas), la había lavado y le había dado un vaso de agua con glucosa, que había podido beber entero, le había peinado su blanquísimo pelo y perfumado con su colonia de limón; tenía mejor aspecto. Me sonrió y susurró que cogiera un recorte de revista que tenía debajo de la almohada. Era un artículo de la Gaceta Ilustrada, que llevaba pidiendo que le buscaran hacía mucho tiempo y que alguien debió encontrar y darle. En él contaban su experiencia personas que habían estado clínicamente muertas y decían que oían voces alarmadas tratando de salvarlas y que no querían que lo hicieran, que toda su vida pasaba por sus ojos en segundos y, de pronto, dejaban de sentir dolor y veían una luz muy hermosa e iban hacia ella. Unos decían que era Dios y otros que la paz.
Leí aquello, sin entender muy bien. Ella sabía que yo era atea y que no resistía el dolor de que se fuera para siempre. Me miró, sonriente. “¿Sabes? yo ya he visto mi vida y voy hacia la luz. Dios me espera, está allí, pero no me iré hasta que no me digas que, cuando llegue la hora, tú te vendrás conmigo a mirarnos en Dios. Tienes que creerlo y si no, no vendrás".
Estaba destrozada, ya no tenía cuerpo, apenas levantaba la sábana y la colcha que la cubrían, tenía unos dolores insufribles y estaba torturada por mi dolor. Me arrodillé a su lado, apoyé mi cara en la palma de su mano, caída junto al cuerpo, y le dije que si, que lo creía. Intentó una caricia imposible y me dijo que le hiciera un favor: "¿Podrías traerme un polo de naranja, tengo la boca seca, y cortarme las uñas? No me vas a hacer daño y no puedo ir así".
Me fui llorando a la cocina y en la polera que conseguí comprarle, días atrás, cuando comenzó a comer sólo polos, en una remota tienda de plásticos, vertí el zumo de dos naranjas y la metí en el congelador. Cogí los alicates más grandes que encontré y temblando, regresé a su cuarto. Al ver los alicates, se iluminó su cara. Me senté junto a ella y le tomé la mano, tan fuerte y tan hermosa como siempre, con las preciosas manchas que los años, habían colocado sobre ella. Sus manos impecables, obsesivamente limpias y que ahora tenían unas uñas inmensas. Creí que le haría daño, no se si se lo hice; ella sonreía y una a una, fui cortando sus uñas entre bromas de: “cierra los ojos, que si te salta una, te deja ciega”. Al terminar, le corte las de los pies y ella se reía y me decía “¿me mirará los pies Dios?”. Un beso en cada dedo, veinte dedos viejitos y preciosos, mis veinte últimos besos. Me dolía la mano, fue como cortar cristal. Me pidió que le acercara su mano a los ojos para ver cómo había quedado; ya no podía levantarla ella y sonrió. Había tardado tanto, que el polo estaba hecho y se lo di. Lo chupó un poquito y sonrió. “Que día más completo”.
Por la tarde, vinieron a decirle misa, había un monseñor amigo suyo (me enteré entonces de que los monseñores, pueden decir misa en las casas), que le decía misa todas las tardes. Yo aprovechaba para sacar a su perra. Cuando regresé, estaba dormida. Me dijeron que, como estaba mejor, había comulgado. Hacía mucho que no podía comulgar. Había quedado agotada y se había dormido. Hacía mucho que no podía dormir. Me senté en el suelo, junto a su cama, le cogí la mano y puse mi cara dentro de ella. Sonreía dormida. Me dormí yo también y corríamos ambas, con su perra, en el campo, después de haberlo pintado, y era verano y hacía calor. Oí un suspiro, apenas perceptible, estaba amaneciendo. Tenía la mano helada y se la fui a tapar. Ya no era necesario.
La cubrimos de rosas, rosas. Sólo su cara, su sonrisa y sus manos con las uñas cortadas, impecables, quedaron sin tapar de pétalos, de tallos y de hojitas.
Dijeron que era por haber comulgado. Yo se que fue porque me pudo dar el artículo de la luz, porque dije que lo creía, pero, sobre todo, porque le corté las uñas. Creo que no se las debía haber cortado, aún estaría conmigo, aunque fuera llena de dolor. No, no tenía que haberle cortado las uñas, era pronto aún, siempre es pronto aún.
Era el 18 de noviembre de 1976 y desde entonces...
[editado por Anacrusa el 16-06-2007 a las 21:29]
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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