Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: José Luis Alvite en La Razón
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Dos en la gabardina
La Razón. 27 Marzo
No sabría decir cuánto tiempo hace de esto, pero podría haber ocurrido ayer. Llevaba un tiempo hablando con una amiga. Congeniábamos más allá de lamentar las guerras y deplorar el hambre en el mundo. Era una chica inteligente y agradable y aunque jamás la hubiese visto delante, habría acertado a oscuras su perfume aspirándolo a través del cristal de una ventana enterrada. Tenía en el rostro una tristeza serena y fotogénica, un leve matiz de resignación en la sonrisa y estaba en esa edad tan ambigua en la que, pensando en el futuro, las mujeres no saben decir si dejaron la puerta algo abierta o mal cerrada. Lo que hubo entre ella y yo fueron unos pocos días, algo de información y muchas frases, como entre dos espías compartiendo gabardina bajo la lluvia en el Berlín dividido. No es mucho para entrar en la Historia, pero a mí me pareció suficiente para convertirlo en esta columna de periódico en la que hoy conmemoro las agridulces exequias de aquel encuentro. Yo le confesé mis sentimientos y ella me rechazó con su mejor vocabulario, con un cierto toque de agradable beneficencia, de una manera en realidad tan dulce que el de romper con ella es uno de los mejores recuerdos de aquella amistad. «Ahora tendré que escribir mi texto para el periódico –le dije– y a mis lectores les va a parecer que lo hice después de haber tomado notas en un sudario». Me mostré apesadumbrado, diría que incluso hundido, pero nada tuvo ya remedio. A los pocos días de conocerla le dije que se me daba bien caer vencido y creo que, a pesar del sufrimiento, aquella última tarde a su lado supe estar a la altura. Le dije, «¿sabes?, tengo la sensación de que estos días contigo fueron sin duda el resto de mi vida» y añadí que no esperaba mucho del futuro porque a partir de aquel fracaso no me cabía la menor duda de que, por mucho que los cerrase, la muerte tenía sin duda mis ojos. Fue inútil. Un día me hizo llegar una nota redactada en amargo tono diagnóstico: «Creo que tienes las costumbres tan hechas que morirán contigo». Si no recuerdo mal, mi respuesta fue simplemente lógica: «La única costumbre que morirá conmigo, querida amiga, es la vieja y razonable costumbre de vivir».
Fue aquel un chasco memorable, lo reconozco. Pero al final me sobrepuse gracias a lo bien que se me da confundir la resignación con la esperanza, como un cazador sin ojos que sale al monte persuadido de que las perdices harán cola frente al cañón de su escopeta. (A Lola Conesa, por su grandeza).
Polizón en un cadáver
La Razón. 28 Marzo.
Aunque mi madre lo niega, que yo recuerde fui el único niño del parque al que atacaban las palomas. Por aquella época intenté darle algo de comer a un mono que exhibían en la feria y estuve a punto de perder un brazo, de modo que, aún ahora, cada vez que sale uno de esos bichos por televisión, me llevo instintivamente las manos a los bolsillos. En una época en la que estaba fascinado por la idea de ser espía en Berlín, desistí de mi sueño porque era consciente de que, además de que me sentase mal la gabardina, no se me daba nada bien echarles pan a las palomas. En cuanto a las mujeres, siempre he tenido cierto magnetismo para mejorar su suerte, aunque fuese a costa de empeorar la mía. En eso no ha cambiado mucho mi vida. De hecho, cada vez que pongo el ojo en una mujer, le sale novio. Me ocurren cosas a las que no les encuentro mucha explicación. No entiendo, por ejemplo, que en un viaje a Extremadura por culpa de una carretera en mal estado se me hubiese pinchado incluso la rueda que llevaba de repuesto sin haberla sacado siquiera del maletero del coche. Esa extraña relación con la fatalidad me ha dado siempre mucho que pensar. Desconfío de cualquier sombra que me aparezca en la piel y sea resistente al jabón. Incluso temo desarrollar glaucoma a raíz de haber visto alguna mancha en la tapicería del coche de cualquier amigo. Recuerdo la madrugada en la que estaba tomando a solas una copa en un club de alterne y dos tipos zanjaron una agria disputa entre ellos dándome a mí una paliza. Siempre he temido que me relacionasen con sucesos ajenos por completo a mí, así que con motivo del terremoto de Haití estuve tentado de presentarme en comisaría para desmentir mi responsabilidad en el asunto. En cuanto a la fatalidad sentimental, me viene de lejos. La primera vez que le llevé flores a una chica, fue suficiente motivo para perderla. Entonces me quedé estupefacto, pero ahora sé por experiencia que lo más probable es que la chica de la floristería me hubiese vendido las únicas rosas del mundo con capacidad para repeler incluso a las abejas. Ahora soy mayor y ya no me quedan muchos errores por cometer, aunque no descarto la inmerecida fatalidad de que, por un puto error en los papeles, los míos me entierren de polizón en el cadáver de otro hombre. (A mi amiga Angus).
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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