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Le pidieron una lágrima para Baldr.

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Anacrusa

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José Luis Alvite en La Razón

Antes yo no tenía acceso a La Razón; ahora sí y abro un nuevo hilo de Alvite para colgar sus artículos de ese periódico.

La tuna de Farmacia

La Razón. 19 Noviembre

Por su lista de buques y su capacidad aeronaval, la Armada española es la tercera de Europa en importancia, sólo superada por las de Gran Bretaña y Francia. Derivadas de un modelo original implantado en la US Navy, las fragatas «Canarias» y «Santa María» fueron concebidas para ayudar en la proyección del poder naval lejos de nuestras costas y disponen de notable capacidad antisubmarina y antiaérea, con la inclusión en cada caso de un helicóptero embarcado que complementa los dispositivos instalados a bordo de los buques para localización de blancos, lo que permite a ambas unidades la consiguiente resolución de supuestos tácticos aeronavales. Si el Gobierno español se hubiese tomado en serio el ataque contra los piratas somalíes una vez liberado el «Alakrana», a estas horas la Armada no sería víctima del entredicho en el que están metidos los políticos. ¿Encontrará Carme Chacón en su vocabulario palabras bastantes para explicarle a los españoles el motivo por el que dos de sus mejores unidades navales fueron incapaces de echar a pique una humilde lancha con piratas? ¿Estaría, por otra parte, dispuesta la ministra de Defensa a que diesen su versión profesional los comandantes de las fragatas, aunque sólo fuese para que se defendiesen de la sospecha extendida sobre una flagrante ineficacia que casi con toda seguridad no fue cosa suya? ¿O preferirá la señora Chacón que la infame mancha contraída por el Gobierno salpique impunemente el uniforme de la Armada? ¿Estamos ante una inexcusable torpeza militar, ante una nueva cobardía política o se trata acaso de la enésima demostración de que a nuestros políticos les trae sin cuidado el descrédito internacional que pueda suponerle a España la reiterada sensación de que somos un país que gasta en sobornar al enemigo el dinero que tendría que emplear en derrotarlo? Como no dispongo de capacidad demoscópica, me atrevo con la suposición personal de que el ataque militar contra los piratas fue ejecutado por profesionales de la Marina a los que se les impuso el deber político de fracasar, de modo que las fragatas resultaron tan inútiles y tan condescendientes como habría ocurrido en el caso de que Carme Chacón le hubiese encomendado la cobertura aeronaval del «Alakrana» a un simpático destacamento de la Tuna de Farmacia. Desde luego parece obvio que un helicóptero de la Cruz Roja habría tenido más éxito bombardeando a los piratas con los paquetes de la ayuda humanitaria.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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12-06-2010 a las 04:17
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Golfos y sinceros

La Razón. 20 Noviembre

Por más vueltas que le doy en la cabeza no acabo de comprender que prospere tanto la prostitución en un país en el que casi nadie reconoce haber utilizado sus servicios. Es lo mismo que ocurre con las multas de tráfico, que nadie admite haber cometido la infracción por la que le sancionan, o como le sucede a las chicas como Doris Day, que sólo admiten haberse acostado con hombres cuando aún no eran vírgenes. Algo superior a ellos impide que los hombres de provecho confiesen haberse acostado con prostitutas. A mí me habría gustado que mis relaciones sexuales siempre me hubiesen salido gratis, pero la verdad es que me gasté un dineral en los burdeles y nunca he creído que me sirviese de algo negarlo. Hasta cierto punto incluso creo que mis malos hábitos me han sido bastante útiles, entre otras razones, porque las chicas desinteresadas siempre me salieron más caras que las otras. Y también, ¡qué demonios!, también porque no hay un solo pecado que no sea más divertido que la virtud a la que sustituye. Uno fantasea con la gratuidad pero en esto, como en tantas otras cosas, cae siempre en las garras del mercado. Hay que atenerse a las circunstancias y actuar en consecuencia, con el sentido de la adaptación que lleva a Lee Marvin a confesar en «La leyenda de la ciudad sin nombre» algo que no me importa suscribir: «Las mujeres inventadas son las mejores, pero yo esta noche necesito una de las peores». Millones de hombres se acercan cada año a las prostitutas arrastrados por la misma opinión. Me dijo de madrugada una fulana en un garito: «La mayoría de los hombres niegan haberse acostado con una mujer como yo; el resto son sinceros». Yo me incluyo entre los sinceros. Ahora ya no frecuento los burdeles, pero los recuerdo con gratitud y con cariño. Al principio me costó sobreponerme a las murmuraciones y estuve tentado de arrojar la toalla y volver al redil entre los fingidos. No lo hice gracias a haber descubierto que hay remordimientos que con los años se convierten en agradables recuerdos. Creo que fue aquélla la misma fulana que una madrugada me dijo que lo nuestro en el fondo era una manera como otra cualquiera de que la comida que le sobraba a mis hijos acabase en la boca de los suyos. Fue así como descubrí que si se sabe dominarla, a veces incluso la mala conciencia produce sueño.

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12-06-2010 a las 04:21
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Autorretrato

La Razón. 6 Diciembre

He tenido siempre una vida interior agitada, a veces incluso angustiosa, y sin embargo me considero un hombre tranquilo. Como jamás me marqué objetivos, considero mi meta cualquier lugar al que haya llegado. Por culpa de esa actitud he acudido tarde a muchas citas y me consta haber perdido por ese motivo unas cuantas oportunidades que no se me volvieron a presentar. No importa. Siempre pensé que escalar sin compañía tiene la ventaja de saber que no arrastrarás a nadie en tu caída. Por otra parte, superé los remordimientos de mi impuntualidad gracias a haberme convencido de que quien no tiene la paciencia de esperar por ti probablemente tampoco se merece la suerte de que llegues. Las mujeres que me amaron saben que nunca se me dio bien demostrar los sentimientos y que si no las abrazaba mucho era por la misma razón por la que en mis lejanos días de incipiente boxeador se me había dado tan mal sacar los brazos. Reconozco haber tenido algunos éxitos en la vida, no muchos, pero eso supongo yo que se debe a simples descuidos o a lo mucho que a algunos hombres nos cunden los fracasos. Debo reconocer que en términos generales no soy un tipo con mucha suerte y eso explica que si a veces compro lotería es para permitirme el gesto inútil de la esperanza, igual que cuando me siento al lado del teléfono a esperar esa llamada de Meg Ryan que nunca llega. Estoy hecho para perder y repetir derrota no es para mí en absoluto peor que repetir camisa. Mis alternativas vitales han sido en el fondo tan homogéneas que es como si hubiese planificado mi vida con la agenda de un muerto. La verdad es que sólo tengo cierta fe en el escepticismo. Hasta los cuarenta años sólo una vez me tocó un premio en un sorteo y desistí de cobrarlo porque su importe no alcanzaba a cubrir lo que tendría que pagar en el autobús que me llevase a recogerlo. Tampoco eso importa mucho. Puedo sobrevivir con poca cosa. Todavía ahora creo, como cuando era sólo un muchacho, que en ocasiones para ser un hombre de mundo es suficiente con haber estado alguna vez de madrugada al otro lado de la calle, sobre todo si al otro lado de la calle funciona a deshora uno de esos locales nocturnos en los que sólo te buscaría la gente que por algún motivo temiese encontrarte.

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12-06-2010 a las 04:22
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Caderas de taxista

La Razón. 13 Marzo

Que soy un columnista mediocre o simplemente honesto lo prueba la inmensa fortuna de no haber ganado jamás un premio. En este oficio en realidad tan sedentario las probabilidades de alcanzar la gloria son infinitamente menores que las de desarrollar caderas de taxista. En uno de los periódicos en los que trabajé en Galicia lo máximo que conseguí fue un descuento en la esquela de mi padre. Empecé en esto hace cuarenta años y aunque al final las cosas me han ido razonablemente bien, no ignoro que la distancia que me falta para el éxito es sin duda menor que la que me separa de las hemorroides.

Cuando llevaba apenas unas semanas en la profesión, mi padre, que también era periodista, me dijo: «Si te van mal las cosas, te consolará saber que en este oficio lo normal es que ya estés en la calle cuando te despidan». Una parte de mi estilo, las uñas de los pies y muchas de mis costumbres, las heredé de él; mis errores y mis vicios fueron cosa mía. Un poco deformada por la mala vida, mi voz recuerda mucho a la suya. A diferencia de lo que ocurrió conmigo, él acertaba más a menudo con el portal de casa, lo que explica que muriese casado con su única esposa.

Gracias a haber llevado una vida más regular, supongo que nunca le ocurrió lo que a mí me sucedió con la fulana que una noche me dijo: «Siempre creí que era indecente relacionarse con un tipo promiscuo como tú, pero, confieso que al besarte me excita la idea de haber metido la lengua en la boca de otra mujer». A veces creo que el periodismo de sucesos fue determinante de mi destrucción por haberme aficionado a llevar la mala vida que tenía el compromiso profesional de retratar y el deber moral de maldecir. Pensaba que compartir la vida de los parias me ayudaría a comprenderla. Supongo que en eso fui un ingenuo. Era evidente que los periodistas que cubrían en Madrid las carreras del hipódromo se entusiasmaban con su trabajo sin necesidad de comerse la alfalfa de los caballos.

En realidad vivía aquí y tenía la cabeza muy lejos, en cualquiera de esos lugares remotos e insalubres en los que el viento sopla lo justo para que por las banderas se sepa dónde están las embajadas. Ahora soy más realista que cuando empecé en esto, pero todavía a veces me detengo en otoño frente al parque y no descarto que en las ramas de los árboles sin hojas se posen de un momento a otro los esqueletos de los pájaros.

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12-06-2010 a las 04:23
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Una vez, cuando José Luis Alvite se enteró de que tenía este riconcito aquí, nos dedicó a Alasalamar, que era, con Francisco, quien colgaba sus artículos y a mí, uno de ellos "Como agua naufragada", que está en su otro hilo. Ahora, tiene página suya que ha hecho su encantador sobrino Nacho (el que nos visita y avisa de sus cosas), en la que cita este foro. También Alvite, ahora, está en Facebook; allí me vio y se hizo mi "Amigo facebookero" y para mi asombro (nunca acabo de creérmelo) escribió esto que pego a continuación.

Gracias, Alvite, no creo merecerlo, pero me encanta.


El aroma de la colada

La Razón. 15 Marzo

Contactar con gente a través de las herramientas que ofrece internet tiene el inconveniente de que no mitiga las distancias físicas y la ventaja de que los más soñadores pueden acudir a una cita sin necesidad de cepillarse los dientes. El ciberespacio es un medio para relacionarte con personas a las que de otro modo jamás tendrías acceso.

Es también un buen recurso para quienes tienen por costumbre permanecer mucho tiempo en casa y se aburren de que siempre ocurra lo mismo al otro lado de la ventana. Por otra parte, alternar en internet sentado frente a la pantalla del ordenador sale más barato que hacerlo arrimado a la barra de un bar. Aunque haya anochecido hace rato en la calle en la que vives, siempre será temprano en algún lugar del mundo.

Si entras en su mundo, descubrirás que en los «muros» de Facebook hay más vida que en las calles de muchos pueblos, que el relativo anonimato hace la amistad más fácil y que, aun sin cantar, los digitales pájaros de internet vuelan por su atmósfera con sorprendente abundancia y sin la desventaja de exponerte innecesariamente a sus cagadas. Me pregunto si será bueno que la gente cierre sus ventanas persuadido por la idea de que en esa cuarentena se puede ver mejor el mundo.

¿Tan odiosa es nuestra existencia que necesitamos retraernos de ella? ¿De qué huimos exactamente? ¿De la realidad? ¿Acaso de nosotros mismos? Yo no lo sé, pero mientras tecleo por la noche en los «muros» de Facebook me asalta la duda de si la mujer a la que le envío mis mensajes no será por casualidad la chica que huye de sí misma conectada al mundo desde la penumbra casi abacial de una alcoba al otro lado de la calle.

Llevo apenas unos días explorando el universo del ciberespacio e ignoro lo que esto pueda dar de sí, pero el placer que me produce encontrar amistades que jamás habría imaginado no excluye cierto remordimiento por la posibilidad de estar renunciando al agrado casi artesanal que supone asomarse a media mañana a la ventana y coincidir un instante con la señora que tiende en silencio la ropa.

Me pondré en contacto con mi querida Ana Serrano en su «muro». Y le preguntaré si también ella cree que la suerte de que internet nos libere de nuestra cobardía no compensa la desgracia de renunciar a la vieja simpleza de asomarse a la ventana del patio, cerrar los ojos y aspirar juntos la odiosa peste de la realidad y el redentor aroma de la colada.

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12-06-2010 a las 04:31
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Escéptico y cobarde

La Razón. 18 Marzo

Aunque no tanto como ahora, que yo recuerde siempre fui un escéptico. Eso supone que he sido un muchacho con pocas ilusiones y que soy ahora un tipo que evita como sea la notoriedad porque cree que el éxito en realidad sólo sirve para que por culpa de un premio inesperado me vea en el apuro de estrenar zapatos. Este maldito escepticismo me ha convertido en un hombre reservado e indeciso que cada vez que visita Madrid duda entre la carretera de Zaragoza y la de Extremadura para regresar a Galicia. Me sobra escepticismo y me falta carácter. La encantadora Nani Mourentán, que es mi asesora fiscal, me conoce bien y sabe que si evito charlar más a menudo con ella no es porque desprecie su conversación, sino porque cada vez que hablo un buen rato con una mujer me creo en el deber ineludible de pedirle matrimonio. Con motivo de la presentación de mi primer libro en El Retiro madrileño me vi sorprendido por un cierto éxito de público y durante la firma de ejemplares no pude evitar la sensación de que lo razonable sería que el afecto de mis lectores me costase dinero. Conocí hace años de madrugada a una señora de la que me hice amigo para ayudarle a mitigar su soledad.

Después ella se acostumbró a nuestros encuentros y aunque estaba deseando dejarla, no fui capaz de desentenderme, de modo que, como me ocurrió tantas veces, lo que por mi parte sólo era un favor, ella me lo convirtió como si tal cosa en un deber. Pensé buscar entre mis amigos a otro hombre que le hiciese compañía, pero desistí. ¡Joder!, me sentía tan obligado a ella que me pareció que emparejarla con otro hombre sería tan inmoral como si le buscase novio a mi mujer. Arrastro desde la infancia cierta sensación de culpa de la que todavía me resiento con frecuencia. Con motivo de la muerte de mi padre se me acercó en el tanatorio un tipo muy serio, casi mal encarado, y me preguntó si era hijo del difunto. En mi contestación no pude evitar ponerme a la defensiva: «Sí, pero mi padre no murió de eso». Con motivo de un reportaje en la estación del ferrocarril de Compostela conocí a una muchacha puertorriqueña, entablamos conversación y por no desairarle me subí con ella al ferrobús de Vigo. Regresé al periódico a tiempo de escribir mi reportaje en las puertas de los quioscos. Me sentí mal, pero pensé que habría sido peor si en la estación de trenes me hubiese encontrado a Marco Polo...


Tres a la mesa

La Razón. 19 Marzo

A los pocos días de frecuentar su antro, y cuando ya teníamos cierta confianza, aquel tipo me dijo: «Blasfema siempre antes de entrar, sitúate donde puedas apoyar la espalda en la pared y a las chicas diles la verdad sin caer en la tentación de ser sincero». Nunca hasta entonces había distinguido entre decir la verdad y ser sincero. Fue él quien me lo explicó: «Como yo lo veo, amigo mío, la sinceridad es una especie de verdad más sentida, algo personal. Es como el sol y el calor. No sé explicarlo mejor. Si dices que te gusta el sol, no es lo mismo que si dices que te gusta el calor. No sé mi me explico…». No, no se explicaba, pero yo lo entendí a la primera. Pepe Bahana tenía buen corazón y malas pulgas. Y las manos muy grandes. Ni antes ni después he visto a nadie con las manos tan grandes como las de aquel tipo. Enseguida me di cuenta de que un apretón de aquellas manos podría servir al mismo tiempo para sellar la amistad con un hombre o para causar al instante su muerte. Había sido rudo fajador de lucha libre en Tánger y regentaba a las afueras de la ciudad un local de alterne en el que fui cliente asiduo durante meses mientras recibía instrucción. Jamás hubo un mal asunto entre aquel tipo y yo. Él permitía mis frases y yo aceptaba sus manos. A Pepe Bahana le costaba persuadir con la palabra a los fulanos que se ponían rebeldes, pero entonces sacaba las manos y todo el mundo lo entendía. ¿Violencia? Puede que fuese eso, pero a mi modo de ver sus manos eran también oratoria. La utilización argumental de cierta agresividad fue algo de lo mucho que aprendí a su lado. Aquel tipo me inculcó la idea de que convencer a un hombre hurgando con la voz en su cabeza no siempre es tan fácil como llegarle al alma gracias a haberle descompuesto antes el vientre. Con motivo de que un tipo me había dado una paliza en un garito de la competencia, el viejo luchador se hizo el encontradizo con él, se lo llevó de las solapas hasta un rincón y le explicó como estaban las cosas: «Cuando voy a un restaurante, maldito cabrón, mis manos y yo somos tres a la mesa. Si vuelves a tocar al puto periodista, Dios va a necesitar la chistera de un mago para no ser culpable de resucitarte». No sé si será cierto, pero alguien me dijo que a aquel tipo las solapas del traje tardaron meses en cogerle la plancha…

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Anacrusa

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12-06-2010 a las 04:35
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Entre las vías y el tren

La Razón. 20 Marzo

De joven decidí escribir un diario personal para no perder de vista los altibajos de mi vida. Me duró poco el entusiasmo. Desistí a las pocas semanas porque me pareció estúpido perder en transcribir la vida el tiempo que sin duda estaría mejor gastado en vivirla. Tan estúpido como sin duda lo sería que un hombre emplease las últimas energías en el esfuerzo de cavar su tumba. La Historia conviene dejarla para cuando sean ilegibles los periódicos, del mismo modo que de manera natural el remordimiento sobreviene después de la culpa. Yo sabía que la lenta transcripción de los acontecimientos al final sólo servía para reflexionar sobre ellos y tal vez para desvirtuarlos. ¿No son acaso algunas infecciones la inesperada consecuencia de ese maldito exceso de pulcritud que nos deja sin defensas? Eso era para mí la conciencia: un exceso de la higiene. Por eso pensé entonces que lo mejor sería seguir adelante sin preocuparme de los errores y sin entrar en detalles, ignorando lo que ocurriese en el rabillo del ojo, no fuese que, por culpa de reflexionar, mis fracasos tuviesen remedio. No me importaba para nada mi conciencia, si es que verdaderamente sabía lo que era eso, e incluso a veces me parecía que todo estaba bajo control hasta el punto de que no descartaba la idea de que los remordimientos me diesen sueño, igual que a un amigo mío le engordaba el sudor. Un tipo que acababa de cumplir condena por el atraco a un banco me dijo hace años: «Durante las horas que siguieron al asalto se me metió en la cabeza que era indecente haberme quedado con aquel dinero. Estuve verdaderamente preocupado, hasta que pensé que la indecencia de llevarme el dinero no se iba a compensar en absoluto con la estupidez de devolverlo. ¿Tendría que haber recapacitado antes de entrar en aquel banco? No sé qué decir… Tendría que haber pensado en el día de mañana y lo habría hecho si no fuese porque a mis hijos les corría más prisa la cena de aquella misma noche. Por culpa de acicalarse en el baño del vagón, un hombre no puede apearse del tren dos estaciones después de la ciudad a la que iba». Eso dijo aquel tipo y yo estuve de acuerdo con él. Gracias a eso he podido controlar mis remordimientos de manera que las emociones que me afectasen al estómago no me repercutiesen al mismo tiempo en las heces. Ahora veo la vida de otro modo y creo que la meditación es buena si por haberte entretenido en reflexionar te arrojas a las vías cuando ya haya pasado el tren.

Felicidad con mala letra

La Razón. 21 Marzo

Hace cuatro o cinco años recibí la carta de una mujer en la que tiempo atrás había estado interesado. La había escrito a mano y muchos de sus pasajes eran ilegibles. Frases que empezaban dando aliento a mis expectativas quedaban luego sin resolver por culpa de unas cuantas palabras que fui incapaz de descifrar. Al principio pensé en pedir la ayuda de algún amigo para resolver los enigmas de su caligrafía, pero desistí porque me pareció que comprender el texto de aquella carta tal vez sólo me serviría para lamentarlo. Doblé el papel, lo guardé en un bolsillo y lo conservé hasta que pensé que tenerlo a mano me expondría en cualquier momento a la tentación de releerlo, con el consiguiente riesgo de descifrarlo. Una noche le planté fuego a la carta sobre un cenicero en la barra de un bar y respiré aliviado. De aquella sensación de incertidumbre apenas queda un vago recuerdo y sólo de vez en cuando me asalta la duda de que al salir del bar alguien hubiese pasado a limpio aquella noche el texto del humo. ¿Por qué lo hice? Sencillamente, porque nunca me interesaron las verdades que no me favorecen, ni las dudas en las que arriesgue demasiado. Por eso las pocas veces que he ido al médico le quedé muy agradecido por su mala caligrafía, seguramente porque tengo desde niño la sospecha de que en el mejor de los casos mi buena salud sólo sería la falsa euforia de una grave enfermedad sin diagnosticar. La última vez que pasé revisión médica el doctor me entregó un sobre cerrado y lo rompí nada más salir de su consulta porque temía que en su interior hubiese doblado aquel tipo la mala noticia de alguna terrible enfermedad y una notificación de embargo por si moría sin pagar sus honorarios. Ya sé que es una estupidez, pero yo creo que mucha gente se pone enferma de cosas que le ocurren sólo por culpa de haberlas leído en el informe del médico. No sé si será cierto, pero dicen por ahí que el general George Patton obtuvo grandes éxitos en sus campañas durante la II Guerra Mundial gracias a su facilidad para interpretar mal los mensajes con las instrucciones. Por eso yo creo que la vida consiste en hacer cosas que no puedas contar y morir luego de algo que no sepas leer.

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12-06-2010 a las 04:36
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Barman en la agenda

La Razón. 22 Marzo

¿Y a quién no le gusta que la gente confíe en él? En eso se basa precisamente el nacimiento y la duración de las relaciones humanas. Me tranquiliza mucho que la gente crea en mí, se ilusione y haga planes y, sin embargo, no sería sincero si no reconociese la angustia que me producen la lealtad y el afecto. Me intranquiliza que la gente espere de mí más de lo que sea capaz de ofrecer. Me ocurre a veces como al tipo que se entusiasma con la idea de casarse, se lo cuenta con verdadero fervor a sus amigos y luego resulta que se desalienta con los preparativos de la boda. Por otra parte, debo reconocer que la vida me resultaría anodina sin los altibajos que, aunque no sirvan para disfrutarla, ayudan al menos a entenderla. Por eso creo que lo que mide la verdadera fortaleza de una amistad es la emoción con la que se recuerda su ruptura. De hecho, muchos hombres se enamoran otra vez de sus esposas con motivo de haberse consumado su divorcio. En realidad, el amor y las heridas sólo se sienten cuando duelen. Concluido el breve ceremonial de mi divorcio caminé un buen rato con ella por la calle mientras recordábamos los altibajos de nuestro matrimonio, los momentos buenos y los malos ratos; nos tomamos un café de despedida y por culpa de la exquisita delicadeza con las que nos echamos en cara aquel fracaso, estuve a punto de pedirle que se casase otra vez conmigo. Pero la suerte estaba echada y cada uno tenía sus propios planes. Yo estaba metido hasta el cuello en una nueva relación, así que lo mío fue como esperar curarme del alcoholismo cambiando de bar. No sé muy bien qué hizo ella en los días que siguieron. Otras en su lugar pidieron la vez en la peluquería, se cambiaron la melena de color y de peinado y volvieron luego a sus ocupaciones, ateridas por esa declinante e inimitable elegancia que a veces produce el dolor. A los cuatro años volví a casarme y me comprometí a ser fiel hasta la muerte. Naturalmente, como me había ocurrido antes, no tardé en darme cuenta de que cuando uno está casado incluso la muerte parece que tarda demasiado. De todos modos, no creo que vuelva a divorciarme. La única mujer interesante que permanece en mi agenda es un barman.

Barman de la posteridad

La Razón. Jueves 25 Marzo

En los peores momentos de mi vida siempre he tenido a mano un barman al que contarle los altibajos de una existencia en la que caer un poco cada día a mí en realidad hasta me parecía un ascenso. El último fue Tino Landeira, mi barman de la posteridad, un tipo que sabía de la vida más que los periódicos. No importaba qué hora fuese, porque mientras tomase copas sabía que a él no le importaría escucharme, poner la música a mi gusto o matar las luces que fuese necesario hasta que en el espejo empañado al fondo de la barra lo único que se sabía de mi rostro era la brasa de los cigarrillos. Estábamos tan unidos que siempre pensé que si me volviese a divorciar, el juez me obligaría a pasarle una pensión al barman. Tino Landeira era un tipo perspicaz e inteligente que conocía mis pensamientos antes incluso de que asomasen a mi boca. También conocía mis rutinas, así que a las cinco de la mañana pinchaba algo lento de Sinatra, deslizaba un posavasos de papel sobre la barra y entornaba los ojos con un cansancio expectante, como si fuese a presentir la hebra de mi caligrafía en el revés de sus párpados. Una noche le dije: «¿Sabes, Tino, muchacho?, por más vueltas que le doy en la cabeza jamás acierto a saber en qué momento una mujer deja de ser una tentación para convertirse en un deber, en un castigo, tal vez en un impuesto». El barman no dijo nada, pero reforzó mi reserva de posavasos para que redondease la faena con la letra hipermétrope sobrevenida con inevitable escepticismo en mi mano cansada. «Escríbelo», me sugería Tino. Y yo lo escribía casi en secreto, como si sus ojos fuesen sin remedio la tumba de mis ideas: «Intenté salir hace años con una fulana que quería ir lejos. Le ofrecí unirse a los viajes de mi mente y no se lo pensó dos veces antes de romper. ¿Por qué será, Tino, muchacho, que siempre doy con mujeres que no entienden que con la imaginación se va más lejos que con la prisa?». Tino demostró muchas veces tenerme verdadero afecto, al margen de que yo fuese el veinte por ciento de la facturación. Éramos verdaderos amigos. Por eso cuando cambié de aires, sólo pude despedirme de él con una nota escrita en un posavasos el día que libraba: «Te echaré de menos, muchacho. Jamás olvidaré que fue charlando contigo como descubrí que conseguir la inmortalidad no es en absoluto más interesante que llegar con vida a la acera de enfrente».

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12-06-2010 a las 04:37
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Él no lo sabe, pero este fue mi primer regalo de cumpleaños de este año.

Citas para ayer

La Razón. 26 Marzo

Un día me lo pensé dos veces y me dije a mí mismo que había llegado el momento de despreocuparme por lo puntual y volver al placer de lo irrecuperable. Decidí entonces que salvo causas de fuerza mayor, solo me interesarían las mujeres resignadas, las canciones antiguas y los escritores muertos. No hay como poner ese relativo entusiasmo que se necesita para solucionar solo las cosas que por fortuna ya no tienen remedio. Esta tarde he hurgado en un montón de viejos papeles y me he encontrado con un puñado de notas que me devuelven al pasado. Esos papeles llevaban años sin remover y entre ellos me encontré con la anotación de una cita a la que tengo que acudir el 14 de abril de 1993 con el objeto de resolver asuntos que, por suerte, nunca se arreglaron. Ha pasado demasiado tiempo y supongo que a estas alturas a quien me esperaba ni siquiera le importará que llegue un poco más tarde. En otro papel figura registrado en caracteres algo confusos mi compromiso de salir a cenar en julio con una chica y la verdad es que lo había olvidado hasta el punto de que supongo que ya se habrán enfriado el tiempo, el camarero y la cena, suponiendo que el solomillo a la pimienta no haya aprovechado el tiempo para resucitar. En el reverso de esa misma nota hay escrito un número que no sé si se refiere a un teléfono de Vigo o al dinero que me gasté en el 84 en salir de juerga con una fulana que me llamó por cuatro nombres distintos en la hora y media que permanecí en su cama. En medio de tantos papeles hay unos cuantos recuerdos, algunos enigmas y un número de teléfono registrado con letra apremiante por un compañero de mesa en mi periódico de entonces. Debajo del número escribió «Llama urgentemente a casa». Mis anotaciones para un reportaje que corría prisa sepultaron para siempre aquel papel y ahora ya casi no le encuentro sentido a lamentarlo. Aquel número era mi teléfono de casa y tampoco veo la urgencia de telefonear ahora. Por como rodaron las cosas, supongo que la llamada era para que mi mujer me advirtiera de que había solicitado la separación matrimonial. No sé que habría sido de mi vida en el caso de haber hecho aquella llamada. Lo más probable sería que no salvase mi matrimonio y sólo sirviese para estropear mi reportaje. Encontré también una caja de condones, pero, ¡maldita sea!, por culpa del maldito desorden aparecieron grapados a la tarjeta de visita del jefe local de bomberos.

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12-06-2010 a las 04:39
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Dos en la gabardina

La Razón. 27 Marzo

No sabría decir cuánto tiempo hace de esto, pero podría haber ocurrido ayer. Llevaba un tiempo hablando con una amiga. Congeniábamos más allá de lamentar las guerras y deplorar el hambre en el mundo. Era una chica inteligente y agradable y aunque jamás la hubiese visto delante, habría acertado a oscuras su perfume aspirándolo a través del cristal de una ventana enterrada. Tenía en el rostro una tristeza serena y fotogénica, un leve matiz de resignación en la sonrisa y estaba en esa edad tan ambigua en la que, pensando en el futuro, las mujeres no saben decir si dejaron la puerta algo abierta o mal cerrada. Lo que hubo entre ella y yo fueron unos pocos días, algo de información y muchas frases, como entre dos espías compartiendo gabardina bajo la lluvia en el Berlín dividido. No es mucho para entrar en la Historia, pero a mí me pareció suficiente para convertirlo en esta columna de periódico en la que hoy conmemoro las agridulces exequias de aquel encuentro. Yo le confesé mis sentimientos y ella me rechazó con su mejor vocabulario, con un cierto toque de agradable beneficencia, de una manera en realidad tan dulce que el de romper con ella es uno de los mejores recuerdos de aquella amistad. «Ahora tendré que escribir mi texto para el periódico –le dije– y a mis lectores les va a parecer que lo hice después de haber tomado notas en un sudario». Me mostré apesadumbrado, diría que incluso hundido, pero nada tuvo ya remedio. A los pocos días de conocerla le dije que se me daba bien caer vencido y creo que, a pesar del sufrimiento, aquella última tarde a su lado supe estar a la altura. Le dije, «¿sabes?, tengo la sensación de que estos días contigo fueron sin duda el resto de mi vida» y añadí que no esperaba mucho del futuro porque a partir de aquel fracaso no me cabía la menor duda de que, por mucho que los cerrase, la muerte tenía sin duda mis ojos. Fue inútil. Un día me hizo llegar una nota redactada en amargo tono diagnóstico: «Creo que tienes las costumbres tan hechas que morirán contigo». Si no recuerdo mal, mi respuesta fue simplemente lógica: «La única costumbre que morirá conmigo, querida amiga, es la vieja y razonable costumbre de vivir».

Fue aquel un chasco memorable, lo reconozco. Pero al final me sobrepuse gracias a lo bien que se me da confundir la resignación con la esperanza, como un cazador sin ojos que sale al monte persuadido de que las perdices harán cola frente al cañón de su escopeta. (A Lola Conesa, por su grandeza).

Polizón en un cadáver

La Razón. 28 Marzo.

Aunque mi madre lo niega, que yo recuerde fui el único niño del parque al que atacaban las palomas. Por aquella época intenté darle algo de comer a un mono que exhibían en la feria y estuve a punto de perder un brazo, de modo que, aún ahora, cada vez que sale uno de esos bichos por televisión, me llevo instintivamente las manos a los bolsillos. En una época en la que estaba fascinado por la idea de ser espía en Berlín, desistí de mi sueño porque era consciente de que, además de que me sentase mal la gabardina, no se me daba nada bien echarles pan a las palomas. En cuanto a las mujeres, siempre he tenido cierto magnetismo para mejorar su suerte, aunque fuese a costa de empeorar la mía. En eso no ha cambiado mucho mi vida. De hecho, cada vez que pongo el ojo en una mujer, le sale novio. Me ocurren cosas a las que no les encuentro mucha explicación. No entiendo, por ejemplo, que en un viaje a Extremadura por culpa de una carretera en mal estado se me hubiese pinchado incluso la rueda que llevaba de repuesto sin haberla sacado siquiera del maletero del coche. Esa extraña relación con la fatalidad me ha dado siempre mucho que pensar. Desconfío de cualquier sombra que me aparezca en la piel y sea resistente al jabón. Incluso temo desarrollar glaucoma a raíz de haber visto alguna mancha en la tapicería del coche de cualquier amigo. Recuerdo la madrugada en la que estaba tomando a solas una copa en un club de alterne y dos tipos zanjaron una agria disputa entre ellos dándome a mí una paliza. Siempre he temido que me relacionasen con sucesos ajenos por completo a mí, así que con motivo del terremoto de Haití estuve tentado de presentarme en comisaría para desmentir mi responsabilidad en el asunto. En cuanto a la fatalidad sentimental, me viene de lejos. La primera vez que le llevé flores a una chica, fue suficiente motivo para perderla. Entonces me quedé estupefacto, pero ahora sé por experiencia que lo más probable es que la chica de la floristería me hubiese vendido las únicas rosas del mundo con capacidad para repeler incluso a las abejas. Ahora soy mayor y ya no me quedan muchos errores por cometer, aunque no descarto la inmerecida fatalidad de que, por un puto error en los papeles, los míos me entierren de polizón en el cadáver de otro hombre. (A mi amiga Angus).

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Cadáver en ayunas

La Razón. 29 Marzo

Si bien se mira, y a pesar de raros momentos de excepción, no puedo decir que haya sido un hombre verdaderamente feliz, seguramente porque dediqué a divertirme el tiempo que tendría que haber empleado en darme cuenta de lo que hacía. Los muchos fracasos me han producido tristeza y remordimientos; y de los contados éxitos obtenidos a lo largo de mi existencia siempre me creí en el deber de dar explicaciones. He sido un amante tenaz, incluso entusiasta, y sin embargo al hacer un repaso de lo que todo aquello significó para mí, me produce mucha desolación darme cuenta de que en realidad no hay en mi pasado una historia en la que lo más duradero no sea el recuerdo del calor que me producía el secador del pelo al asearme después de cualquiera de aquellas noches en las que con la anónima saliva fumada de las fulanas se me llenaba de lodo la boca. He ido dejando por ahí en cada esfuerzo mi dignidad y mi sueldo, como un pájaro al que se le cayesen las plumas al mover las alas, igual que una hoguera que a la postre sólo ha servido para saber dónde diablos podrá encontrar la lluvia sus rescoldos. No, aquello no fue en absoluto nada bueno, y podría haber sido peor, porque al final de la desidia vital sobreviene sin remedio el abandono moral del que podía haber surgido algo que además de sórdido, fuese también inconfesable. Por ejemplo, matar a un hombre, a cualquiera de aquellos cabrones que alguna vez me apretaron entre una pistola y cualquier pared. Aunque me joda reconocerlo, a veces lamento no haber sido lo bastante frío para devolver convertido en sangre cada gramo del sudor que me produjo el miedo. Supongo que me faltó constancia para degradarme. A veces cierro los ojos y recuerdo con inquietante gratitud el ofrecimiento de aquel matón: «Déjalo de mi cuenta. Yo me lo cargo. Si necesitas sentir el placer de haber colaborado, me ayudas después con el cadáver. ¿Sabes que te digo?, sólo me preocupa que ese hijo de puta muera en ayunas. Nos dará menos trabajo al enterrarlo». Eso era en cierto modo el mundo en el que caía con frecuencia. Trasnochaba hasta perder la dignidad y dormía luego en cualquiera de esos hoteles de carretera en los que el conserje sólo se inmuta si rondan la luz de su flexo las moscas azules que bajan para avisarle de que lleva tres días muerto el tipo que ocupaba aquella habitación en la que recuerdo que desde la cama se veía un paisaje que mismo parecía un vómito estampado con una espátula contra el cristal del ventana…

El aviador del hospicio

La Razón. 1 Abril

Es cierto que cada ser humano tiene una sola madre biológica y es indiscutible el eterno tirón de la sangre, pero que yo recuerde, he sido un niño con poco sentido umbilical, un crío que se desentendía de los abrazos de su madre, un fugitivo que en las fotos de familia salía siempre retratado con la indiferente tristeza de un rehén. A veces me soltaba de la mano de mi madre durante el paseo camino del parque y corría hasta el hospicio para ver a todos aquellos chiquillos ruidosos, tristes y expósitos, arrastrado hasta allí por la extraña sensación de que mi verdadero sitio estaba entre ellos. Jamás pude explicarme aquella amarga propensión a la orfandad, pero lo cierto es que otras veces me escapaba hasta el río Sar y entraba desnudo en aquellas aguas puerperales y caldosas en las que acababan de enfriar sus vaginas las yeguas de los soldados. De niño me he perdido unas cuantas veces por la ciudad y casi sin darme cuenta le he dado la mano a la primera mujer que pasaba, como si fuese un genérico hijo en tránsito. No sé si me gustaría saber por qué hacía aquello, pero lo cierto es que no le encuentro sentido a que me incomodase regresar a un hogar cálido y confortable en el que incluso me amaba el gato. Con el paso de los años no hizo sino crecer en mí la tentación por la independencia, sin importarme que fuese la misma que la tentación de la más estricta y dolorosa soledad. Todavía a veces presiento en el agua del lavabo el placer expósito y transeúnte que me producía de niño aquel río ventral y caldoso al que debo la inenarrable sensación de haber recibido entre las piernas la tibia pomada labial de las vulvas de las yeguas. De aquella lejana evitación de la familia me viene seguramente mi costumbre de viajar rodeando las ciudades, probablemente porque aún ahora, como cuando era sólo un niño, por mi costumbre de escapar sólo le encuentro algún sentido a las ciudades de cuyas calles sepa con absoluta seguridad que jamás pasarán algún día por la mía. El río Sar baja ahora un poco sucio y algo escaso, pero, ¿sabes?, a veces me detengo a mirarlo y aún creo posible recorrerlo volando entre sus aguas en un aeroplano con las alas de tela, como un aviador que si falleciese en el cielo amniótico de su infancia sólo pondría de luto a los niños muertos de aquel hospicio.

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Músicos, palomas y mendigos

La Razón. 2 Abril

Un concejal compostelano ha tenido la idea peregrina de multar con 750 euros a quienes echen comida a las palomas. Dice que se trata de evitar que ensucien la ciudad con sus detritus. A mí me parece muy bien esa actitud tan higiénica del señor concejal, pero me pregunto si alguno de sus compañeros del Gobierno municipal estaría dispuesto a multar con esa misma cantidad a los muchachos que ensucian la ciudad con sus botellones. Al fin y al cabo, la suciedad de los juerguistas es más culposa que la de las palomas, que no son en absoluto conscientes de estar cagando en una sagrada ciudad con ordenanzas. Además, los ciudadanos que echan pan a las palomas no lo hacen pensando en que las migas se vuelvan al poco rato mierda, sino en que su intendencia sirva para mantener la fidelidad urbana de unos animales que no se entiende muy bien por qué diablos tienen ahora tan poco prestigio urbanístico. En un comentario a la noticia, leída en el diario «El Correo Gallego», le he sugerido al concejal que les ponga pañales a las palomas y no me he privado de manifestar mi convicción de que la actividad de muchos políticos es por lo general más corrosiva para los intereses de los ciudadanos que las cagadas de los pájaros.

Hubo una época en la que en Canarias metían a los mendigos en aviones y los enviaban a la Península. Los mendigos, como las palomas, ya no les gustan a las autoridades, entre otras cosas, porque ni pagan, ni votan. Pero tampoco les gustan a los munícipes de Compostela los músicos callejeros, a los que persiguen con la misma determinación con la que han combatido en la ciudad a las bandadas de estorninos. Por si eso fuese poco, en Compostela, como en otras ciudades, la grúas municipales se están encargando también de expulsar a los automovilistas con una eficacia que demuestra lo bien que a algunos políticos se les da castigar a quienes les votan.

Ya hace algunos años que me retiré a vivir a las afueras de Compostela y frecuento poco el lugar en el que tuve la inmensa fortuna de nacer. He oído que han prohibido que los indigentes estén en las puertas de la catedral. ¿Será que ni siquiera a Dios le gustan ahora los mendigos? Yo eso no puedo saberlo, pero, ¡qué demonios!, supongo que Dios está incompleto si cuando suenan las campanas de la catedral en lo alto de sus torres los mendigos de la puerta no escuchan en el aire, como un aplauso, el aleteo de las palomas.

Conciencia con pistola

La Razón. 4 Abril

Con independencia de sus propias creencias y aunque sólo sea para que no se frustren sus expectativas, a los jóvenes conviene protegerlos de los vicios que puedan malograrlos y darles unas cuantas informaciones para que sepan cuáles pueden ser las consecuencias de sus actos. La sociedad adulta no sólo está legitimada para prever esa orientación informativa, sino que tiene incluso el deber ineludible de ejercerla. Puede que en muchos casos ignoremos las ventajas de esa tutela, pero es obvio que no desconocemos las consecuencias de renunciar a ella. Uno de los graves problemas de la civilización occidental es que el languidecer de los valores religiosos no se ha correspondido con un fortalecimiento moral de las leyes civiles que podrían contener el progresivo debilitamiento ético de la sociedad. En nuestro país, sólo la Dirección General de Tráfico parece ahora mismo capaz de sustituir a Dios en el castigo de las faltas. Cuando yo era un muchacho mi conciencia me impedía cometer errores que ni siquiera estaban castigados por la Ley, de modo que había un amplio territorio discrecional entre los márgenes de la propia moral y la jurisdicción de la Guardia Civil. Esos límites prácticamente ya no existen y la primera consecuencia es que el desenfreno causado por la falta de conciencia no es combatido con eficacia por la contundencia de las leyes previstas para remediarlo. La golosa opulencia capitalista ha desarrollado entre los jóvenes un cinismo moral que antes sólo estaba reservado a los pobres y a la gente del subsuelo. Tanto es así, que el mejor castellano ya no se habla en España entre las élites universitarias, sino en el proscrito submundo de los burdeles, donde, curiosamente, la palabra sigue teniendo un profundo significado documental y no es necesario firmar un papel para adquirir el compromiso de saldar una deuda. He vivido muchos años entre esa dostoievskiana gente del subsuelo y aunque sé que a los tipos del arroyo se les da la muerte con sobrecogedora facilidad, me consta que todavía son capaces de santiguarse con la pistola humeando en la mano. He conocido a muchas jóvenes prostitutas ejerciendo su oficio en condiciones infames. Pero no olvido que bastantes de ellas aprendieron en el burdel el verdadero de valor de las cosas y fue en la calle donde definitivamente las destruyó el tumulto de la tolerancia. A veces es difícil conquistar los cautivadores derechos que nos faltan sin conseguir al mismo tiempo la inquietante libertad que nos sobra.

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Corazonadas manuscritas

La Razón. 5 Abril 10

Rebuscando estos días en mis papeles me he reencontrado con un puñado de anotaciones que recuerdo haber hecho durante mis esporádicos encuentros con la escritora Kate Sinclair en su casa de la playa. Ahora hace mucho que no sé de ella, pero mi caligrafía de entonces me recuerda la emoción de aquellas largas conversaciones en la que siempre me dejó la sensación de haber encajado la madurez como un absurdo desperdicio de la decencia. Éstas son algunas de aquellas notas, verdaderas corazonadas manuscritas, tomadas todas ellas de comentarios que sin duda reflejan la adorable mezcla de dolorida sensatez y amarga melancolía que tan agradables hizo mis largas veladas a su lado:

-No podría recordar la fecha exacta en la que comprendí que me había hecho definitivamente mayor, pero supongo que fue el día en el que comprendí que en el mantel del almuerzo ya no habría manchas nuevas y que en mi casa al anochecer solo daría portazos el silencio.

-Me gustan los hombres limpios, pero no tan limpios que ni siquiera manchen mi conciencia.

-Las asexuadas flores que te trae en sus manos de membrillo el poeta blando y jabonoso jamás serán tan excitantes como las venéreas orquídeas robadas con las que siempre soñaste que entrase en tu casa uno de esos tipos tan masculinos y tan rudos que te hacen daño al protegerte.

-Dice la crítica literaria que he rozado el Cielo con mi última novela. Agradezco el halago pero no estoy de acuerdo. Llevo tanto tiempo sola, cariño, que dudo mucho que alcanzar el Cielo sea tan excitante como haber compartido con un trotamundos la cabina de su camión.

-Fui una estúpida esperando a que apareciese un hombre que ocupase mis sueños y llenase mi alma. Tendría que haberme conformado con cualquier hombre que ocupase mi cama y llenase mi fregadero.

-Hay algo de emocionante brevedad, de dulce incertidumbre, en compartir la noche con un hombre de paso en cuyo corazón se escucha todo el rato el inconfundible ronroneo del motor de un coche aparcado en doble fila.

-Me gustan los hombres que te seducen con rosas recién robadas. El sexo es más hermoso cuando la certeza del placer va acompañada de la sensación del delito.

-La enfermiza obsesión por la decencia es la causante de que en muchos orgasmos femeninos sólo sea sincero el silbido de la cafetera.

-¡Dios!... ¡Hace tanto que no blasfema un hombre en mi boca!...

Gente vencida y solitaria

La Razón 8 Abril

Hay gente que se siente sola porque vive sin compañía pero soporta quedarse cada día recluida en casa. Otras personas, en cambio, son incapaces de sobrellevar la soledad física y salen a encontrarse en la calle con gente parecida. Ocurre sobre todo en hombres y mujeres de edad madura, muchos de ellos afectados en su soledad por una separación matrimonial o por un divorcio. A menudo los hombres solitarios y vencidos acaban dando con una mujer que dice comprenderlos, se casan con ella y rehacen sus vidas como si nada hubiese ocurrido. No es ese el caso de las mujeres solitarias y vencidas. Ellas también salen y se relacionan con otros hombres en sus mismas circunstancias, pero raras veces repiten matrimonio, en muchos casos, probablemente porque los hombres disponibles para ellas están en una edad en la que incluso le lastimaría la autopsia. Las mujeres maduras se organizan entonces en grupos sólidos y muy animados, salen de copas, programan viajes colectivos y se hacen fotos. Se quejan del tedioso imponderable de la soledad pero yo creo que son felices y hasta se compadecen de sus amigas que siguen casadas y cargan ahora con un tipo al que cuando habla se le entiende apenas la tos. La mujer madura liberada del matrimonio lleva una vida ordenada y tiene la casa limpia, no sólo porque ya no hay allí un tipo que le desordene y la ensucie, sino porque raras veces usa la cocina, no mancha loza y cuando recibe a un amigo, lo hace en la absoluta seguridad de que se duchará antes de meterse medio vestido en cama. Naturalmente, no le dejarán que se quede a dormir porque para eso ya tuvieron en su momento el matrimonio, esa vieja institución en la que un hombre y una mujer se unen para convencerse de lo que bien que estaban separados. A mí me gustan mucho mis amigas solitarias y vencidas. Son habladoras y afectuosas, no tienen prejuicios y si una de ellas te invita a casa, pone música, sirve unas copas, se asegura de que te ha llevado el coche la grúa y en un sublime gesto solidario se levanta al teléfono y te pide un taxi. Al llegar al portal comprendes que un tipo solitario como tú sólo tendría alguna posibilidad si hubiese entrado en sus planes tirarse al portero. Yo no sé cómo lo hacen ellas, pero en la farmacéutica soledad de sus casas el único rastro de masculinidad son las pisadas de un gato soñoliento y pasteurizado al que le huele el aliento como si hubiese comido pana.

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12-06-2010 a las 04:43
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Re: José Luis Alvite en La Razón

La yegua de John Wayne

La Razón 9 Abril

Parece que planea por ahí la idea de declarar sexistas los cuentos infantiles en los que las mujeres son elementos pasivos, como es el caso de Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente. Nada he leído sobre que se prevea redimir al personaje masculino de La Dama y el Vagabundo por considerarlo clasista, aunque no hay que descartar que en una exhibición de celo feminista se condene al protagonista de El Rey León por no haberse preocupado de desarrollar el instinto de amamantar a sus crías. Supongo que lo se pretende es que la pedagogía sustituya a los instintos, de modo que al cabo de un cierto tiempo de severa instrucción las mujeres y los hombres compartan las letrinas y se turnen en la lactancia de sus críos. La censura de los cuentos infantiles es sólo un paso hacia un modelo social en el que, por ejemplo, se considere desafección al Sistema que en una película de vaqueros John Wayne monte en una yegua o que Robert de Niro incurra en la insoportable grosería sexista de abrirle la puerta del taxi a Meryl Streep. Yo si volviese a casarme creo que no me sentiría cómodo si la oficiante fuese una de esas juezas del Régimen que te miran como si casarte con una mujer fuese un delito de larvado acoso sexual. Las últimas veces que salí de copas me previne para no parecer demasiado masculino. No está bien visto que un hombre fume «Ducados», ni que al entablar conversación con una mujer no lo haga con el mismo profiláctico gesto de retraimiento que si ella fuese su dentista. Yo a alguna de mis amigas ya las he advertido de que se ande con cuidado con dónde pone los malditos pies. Porque si se cayesen al mar pueden estar seguras de que me daría la espalda por temor a que el heroísmo de salvarlas fuese interpretado por los rabinos del régimen como un velado intento de propasarme. Una amiga mía que es feminista radical me preguntó una noche: «¿De verdad que no me salvarías si caigo al mar?». Y yo le contesté; «Te arrojaré papel y lápiz. Y sólo te salvaré en el caso de que firmes una declaración jurada en conforme aceptas que te ponga la mano encima para sacarte del agua». «¿Eso harías». Dudé un instante. «Bueno, primero esperaría a ver si eres capaz de llegar a la orilla agarrada al lápiz». Mi amiga se ofendió, metió mi tabaco en su puto bolso y se largó por donde había llegado. Naturalmente, no me preguntó si a mí me ofendería el sexista detalle de pagarle las cuatro copas que se había tomado. Y yo me fui al retrete con la duda de si sería demasiado masculino mear de pie.

Poca luz y chicas malas

La Razón 10 Abril

En una etapa de mi vida en la que no sabía muy bien dónde retirarme a dormir, me dediqué a recorrer en coche de madrugada las calles de la ciudad. Me interesaba la poca gente que caminaba por las aceras, los escaparates sin luz o con las persianas echadas, las muchachas solitarias que vagaban sin rumbo en una lotería de silencio, y sobre todo, miraba con envidia las pocas ventanas con las luces encendidas. Pensaba entonces, y aún a veces lo pienso ahora, que mi vida arrastraba un amargo déficit de luz y que algo me empujaba sin remedio a llevar una desordenada vida en la penumbra. Me parecía entonces, y aún a veces me lo parece ahora, que la familia era un sitio del que salir huyendo, un aburrido refugio penitencial, algo que a mí se me antojaba que sólo servía para saber de quién son los jodidos hongos que cría inesperadamente la bañera. No podía entender que las mujeres buenas eran las que estaban envueltas por la noche en la luz de sus casas, entre otras razones, porque siempre pensé que de la bondad había que huir como del tedio, si es que ambas cosas no eran la misma. Se lo dije ayer mismo a mi amiga Ana Estévez, que vive rebosante de escepticismo y dignidad en medio de una calma desesperante y antibiótica en Purchil (Granada): «A mí siempre me han gustado las chicas malas. ¿Sabes, amiga?, a la mayoría de los hombres nos gustan las mujeres malas. Las chicas buenas en realidad sólo le gustan a Dios». ¿Y donde están las chicas malas? En la penumbra, donde tantas veces me crucé con ellas. En realidad siempre han estado ahí, en esos sitios incluso sórdidos en los que en más de una ocasión he creído ver a Dios repartiendo en lo alto de una escalera el espermicida y las toallas para que a las fulanas no se les pudra en las ingles, como una babosa de ámbar, la flema marrón de los camioneros. Ése era mi trabajo y era también mi mundo. ¿Por qué echaba entonces tanto de menos la luz de las cocinas? ¿Por qué rastreaba de madrugada en coche las ventanas encendidas? No lo sé. Seguramente lo hacía porque, ¿sabes, Isabel Bravo?, tal vez lo hacía porque es algo que me viene de lejos, de cuando era sólo un niño y en las noches de temporal leía con la angustia a la que obliga la efímera luz de los relámpagos. Ésa ha sido siempre mi dosis soportable de luz, el justo y lacónico resplandor que me motiva, la luz contada que me recuerda aquellas noches de relámpagos en las que resbalaba apenas sobre las manzanas del frutero la pasajera piel de esa luz casi invidente que aviva en los tanatorios los encerados rasgos de los muertos.

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12-06-2010 a las 04:44
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Vestida para el olvido

La Razón. 11 Abril

Jamás podré presumir de haber conseguido algún objetivo gracias al esfuerzo hecho por lograrlo. Mis éxitos y mis fracasos han sido ambos la consecuencia de la misma clase de indiferencia, o el resultado de cierta desidia. Mi combatividad ha sido siempre algo relativo. He luchado por algunas cosas sólo hasta el momento en el que tenerlas al alcance de la mano me ha hecho dudar de la conveniencia de conseguirlas. He ido muchas noches a la estación de ferrocarril de Compostela por el decepcionante placer de ver partir los trenes. A mi madre le debo todavía el abrazo de dolor por la muerte de mi padre y la última vez que una mujer me pidió consejo sobre su ropa, le sugerí que viniese a nuestra cita vestida como querría que la recordase. Suponía que la alegría del encuentro no iba a ser en absoluto más literaria que el dolor de la inminente ruptura. Realmente sólo soy tenaz para dejar de fumar entre cigarrillo y cigarrillo. He sido inconstante en muchas facetas de mi vida. Por ejemplo, en mis aficiones literarias. Fui toda mi vida un lector discotinuo y arbitrario, lo que explica que los textos que más me gustan de García Márquez sean los de Julio Cortázar. Me falta concienciación y método para los planes que acometo. Ni mis fracasos ni mis éxitos han sido nunca el resultado de algo calculado, y aunque reconozco que prefiero triunfar, la verdad es que tengo acreditada la trayectoria de un hombre al que la suerte siempre le ha parecido un inesperado error de la desgracia. Tengo a mi favor la buena cualidad de no inmutarme ni por lo bueno ni por lo malo y que mi rostro sea tan inexpresivo para una cosa como para la contraria, de modo que si me diesen un premios lo agradecería con los brazos en alto. En esto del periodismo al final las cosas no me han ido mal, pero aunque no siempre dude de mi capacidad para ello, todavía de vez en cuando me sorprendo de que escribir en LA RAZÓN no me cueste dinero. Esa desconfianza en mis posibilidades es algo que arrastro desde hace mucho tiempo, probablemente desde que le escribí aquella carta de amor a la chica que tanto me gustaba y por miedo a haber despertado su ira, evitaba estar en casa cada vez que viniese el cartero. A mi primera novia me declaré el 5 de marzo y la besé por primera vez el 8 de abril. Ella no dijo nada. Creo que se conformó con que aquella noche en el cine «Metropol» al menos no la hubiese besado en los labios del acomodador.

Lilas con pollo

La Razón. 12 Abril

En mi aproximación a la literatura me he debatido muchas veces entre los sonidos armoniosos que producen las frases de la belleza y aquellos otros en los que es inconfundible el ruido del asco; es decir, entre las teclas del piano y la cisterna del retrete. Hasta tal punto es así que muchas veces creo haber sintonizado con la belleza en ese instante de sublime inspiración que surge mientras permanezco sentado en el retrete y me asalta la idea de que incluso puede haber sereno y hermoso lirismo en el arrebato de estoica fatalidad que precede a la defecación. A lo mejor es que el inefable sabor de la belleza está incompleto sin el resabio del asco que le sirve de contraste. Se puede conseguir en la literatura el equilibrio entre sensaciones contradictorias sin que ninguna de ellas sea excluyente de la otra, algo así como si tocases un piano de cola cuyas cuerdas se descubriesen al levantar la tapa de un retrete. Dicen los poetas puros que el amor siembra de flores el alma. Puede que eso sea cierto, pero no lo es menos que para los tipos como yo el amor es una sensación que además de abrir las flores, produce el estiércol que las hace parecer aun más hermosas. Eso de que los besos de la mujer amada saben como las lilas está muy bien, queda muy clorofílico, pero a mí me parece que un verdadero beso de amor ha de dejarnos también en la boca el inquietante sabor de la sangre. Para alguien que ha dedicado buena parte de su vida a convivir con marginales, el amor resulta inconcebible si no supone algunos riesgos, entre ellos, el riesgo de vomitar las dichosas flores del amor. He besado a muchas fulanas a lo largo de mi vida y sé de qué diablos estoy hablando. Sus bocas venían ardidas del fuego de otras bocas, pero con el tiempo me acostumbré y creo haber descubierto que una emoción erótica es más real, más excitante, cuando en la boca del ser amado además de fogosidad, furia y saliva, te encuentras también restos de comida. Por eso tantas veces mis textos dan la sensación de haber sido escritos por un tipo convencido de que algunas mujeres pueden ser también inolvidables si además de literatura te producen gastritis. A veces pienso en aquella chica argentina del 82 que había sido novia terminal de un nazi del III Reich y creo que jamás podré recordar sus lisérgicos besos masticados de aquellos días sin que se me suba a la cabeza la vaga sensación de haber recordado al mismo tiempo el precio que entonces tenía el pollo.

[editado por Anacrusa el 12-06-2010 a las 20:24]

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12-06-2010 a las 20:23

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