Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: José Luis Alvite en La Razón
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ALMAS DEL NUEVE LARGO
Loza en el fregadero
24 Mayo
En el poco tiempo que llevo metido en Facebook me he dado cuenta de la necesidad que mucha gente tiene de sincerarse y de la facilidad con la que se conmueven todas esas personas con las que probablemente nunca hablarías si coincidieses con ellas en la barra de un bar. Puede que haya mentes criminales al acecho de incautos, pero por lo general me he encontrado a toda esa maravillosa gente corriente a la que se le amontonan los sueños incumplidos y los recibos sin pagar, hombres y mujeres ansiosos por despertar con la agradable sensación de que alguien dejó una flor en su mano mientras dormían. He conocido en Facebook a gente metódica, incluso fría, que aprovecha para divulgar sus productos pensando en hacer negocio, tipos solitarios y fugitivos que intentan dar en el ciberespacio el último tumbo desesperado de una vida desigual y siempre complicada, y sobre todo, hombres y mujeres que ya no se resignan a que su vida sea, como hasta ahora, una sucesión de rutina y de tristeza mientras sus hijos crecen, el cutis se arruga como ropa y en el fregadero ya hace tiempo que falta la otra taza del café. Estas cosas ocurren sobre todo de madrugada, en ese momento en el que el cansancio se convierte con facilidad en franqueza y la posibilidad de acertar en el corazón de alguien no es en absoluto tan sorprendente como pudiera parecer. Hay tanta soledad en Facebook, amigo mío, y tanta angustia, que puedes sentir los gritos de dolor sin saber muy bien de dónde vienen, como un cazador que sin querer hubiese herido a una liebre mientras le disparaba sin intención a la maleza. También he visto mala sintaxis y poca ortografía en Facebook, pero, ¡qué demonios!, todo sirve en nombre de la bendita y entusiasta desesperación de toda esa gente aferrada al silencio sin importarle el prurito de la gramática, entre otras razones, porque la sinceridad no se fija en esas mariconadas. Con independencia de la técnica con la que se expresen, los sentimientos siempre surten algún efecto, igual que siempre caen de pie las bolas que brincan fuera de la mesa del billar. Yo dedico una parte de mi tiempo a mis amigos de Facebook y los he ido conociendo bien. A veces se me amontona la gente en el chat y se me hace difícil jugar simultáneamente con tantas conversaciones, pero al borde del cansancio y con los nervios a punto de estallar, me retiro a dormir con la agradable sensación de haber regalado al pasar unas cuantas flores en las manos de tanta gente arrodillada por la vida y vencida por el sueño. Entonces dejo en suspenso el cursor, prendo el último cigarrillo y pienso que acaso también esta noche mis frases hayan servido para que la solitaria mujer que sufre al otro lado de la pantalla deje para otro momento su idea de suicidarse saltando al vacío por tres ventanas a la vez. (A Vane Herreros, por ayudar a cerrar las mías).
Fuego congelado
27 Mayo
Me dijo de madrugada una fulana en un garito: «Conviene no confundir el calor del afecto con el calor del termómetro, cielo Me rindo casi sin condiciones cuando un hombre es cálido, pero detesto a los tipos que me producen calor. ¿Sabes, cariño?, que un hombre te deje el recuerdo de su calidez en el corazón no es lo mismo que si te deja una escocedura entre las piernas». Estuve de acuerdo con ella al instante. Tampoco yo soporto las temperaturas elevadas, aunque comprendo que muchas grandes películas y no pocas novelas son interesantes sobre todo porque tratan de historias que serían impensables sin el asfixiante calor en el que ocurren. Hay una relación muy estrecha entre el calor y la furia, la misma que sin duda también hay entre las elevadas temperaturas y las bajas pasiones. Pensar en otra cosa para olvidar la tentación que me supone una mujer nunca me ha dado mejor resultado que poner en marcha un ventilador. Historias que empezaron con buen pie una noche de frío se esfumaron tan pronto con el cambio de estación hubo más de veinte grados en el termómetro. En una habitación cerrada puedo soportar casi cualquier cosa con tal de que en un momento dado alguien abra una ventana para que corra el aire. Mi primer matrimonio se vino abajo por muchas razones que no vienen al caso, pero entró en barrena en mitad del verano, en un momento en el que era como si sólo nos uniese el pus causado por una terrible quemadura avivada a posta con sal. Aunque aquel amargo estropicio se puede contar de muchas maneras, yo recuerdo sus últimos días como un tiempo en el que una mujer y yo convivimos con la asfixiante sensación de habernos mudado a vivir con una cantimplora de esparto en el tiro de una chimenea. Lo nuestro había empezado en marzo, en ese tiempo tibio y hormonal en el que sólo el aliento deshace cada poco los helados. ¿Por qué mierda llegó tan pronto el primer verano y cómo diablos hizo para quedarse entre nosotros para siempre? Coincidíamos en muchas cosas e incluso confiábamos en salir adelante vadeando mi sudor, pero no tardé en darme cuenta de que en el termómetro de casa ella era feliz cuatro grados más arriba de donde estaba yo estaba dispuesto a llegar. Ella no aguantó mi manera de ser y yo no pude resistir aquel calor de julio que tostaba las llamas. El caso es que rompimos bien entrado el verano, en un momento de nuestras vidas en el que ella aun se estremecía con el sol y yo tuve la estúpida corazonada de que sólo podría ser feliz al lado de alguien que encendiese fuego frotando bajo la lluvia dos pedazos de hielo.
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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