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Le pidieron una lágrima para Baldr.

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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Maletero con moscas
José Luis ALVITE

La Razón. 15 Abril 10

Es asombrosa la facilidad con la que mata la gente. Y lo hacen a cualquier edad, casi desde que son capaces de levantar un cuchillo hasta que ya casi no pueden con él. Se ha instalado entre nosotros una especie de rutina del crimen, de modo que nos sorprendería mucho que el día acabase sin un asesinato. Las muertes violentas se suceden con una regularidad social que antes solo tenía el sorteo de los ciegos. Además, se mata por cualquier cosa, a veces incluso por el capricho de matar. Hay como un tedio irrespirable y colectivo que nos empuja hacia lo extraordinario, aunque lo extraordinario sea degollar a la vecina con el abrelatas. La televisión ha convertido el crimen en una buena excusa para la notoriedad y para evadirse durante unos días de la dichosa monotonía existencial. El valor informativo que antes se le otorgaba al expediente académico de una persona, se lo damos hora a sus antecedentes penales. Un ocho de media en selectividad tiene sin duda menos repercusión social que ocho años en prisión. En la cárcel sólo se desprestigian los funcionarios. Hay que andarse con ojo e hilar fino al elegir las compañías porque las inclinaciones criminales ya no se llevan como antes en el rostro. Criminal puede ser cualquiera de nosotros, incluido el médico forense que se siente arrastrado por la tentación de descuartizar con saña el cadáver que examina. A veces arrimo el coche al arcén y observo los coches que pasan porque se me ha metido en la cabeza que en un escalofriante porcentaje de casos los conductores llevan un cadáver en el maletero. Y si no viajan con él en el maletero, seguro que lo llevan en la conciencia. Cada vez es más numerosa la gente que se lava las manos mientras repone combustible en las gasolineras. Cada día se confunden más la impunidad y la higiene. Yo creo que eso es porque el remordimiento se hace más llevadero si se sabe combinarlo con el aseo. El alma se hace más llevadera si se le suprime el mal olor. Además, la conciencia ya no es el engorro moral que era antes. Lo que le preocupa al asesino después del crimen no es la posibilidad de haber sido observado por el Espíritu Santo, sino el riesgo de que por no vaciar a tiempo el maletero, se le llene de moscas el coche. Uno mismo no está libre de convertirse en un asesino espontáneo. De hecho, a veces escucho ruidos en la parte de atrás del coche y me tienta averiguar a qué se deben. Y si no lo hago es porque soy autodestructivo y temo encontrar mi propio cadáver maniatado en el maletero del coche.

Besos de baquelita

16 Abril 10

Hablábamos en un café de Compostela sobre la soledad y el éxito. Mi amigo, que es hijo de un importante editor de prensa, me confesó que había sentido una dolorosa soledad desde que era sólo un niño. «Una noche eché cuentas de lo que había supuesto para mí el afecto de la familia y llegué a la conclusión de que en realidad mi padre jamás me había abrazado. Que yo recuerde, sólo en una ocasión se produjo entre nosotros algo parecido a un abrazo, pero yo fui el único que demostró cierto entusiasmo. La verdad es que no sentí gran cosa porque, ¿sabes?, mientras yo lo abrazaba, mi padre sostenía una maleta en cada mano». Mi amigo y su padre están ahora distanciados y aunque no he vuelto a encontrarme con ninguno de ellos, supongo que la nulidad de su relación emocional es la misma que cuando hace nueve o diez años sólo estaban el uno cerca del otro en el organigrama de la empresa. En los buenos tiempos cené un par de veces con ellos en un restaurante compostelano y me pareció que su afinidad personal y su complicidad profesional eran casi la misma cosa y que la única diferencia entre ellos eran los puros que se fumaba el padre, la dependencia jerárquica del chófer y lo bien que al hijo le sentaban los pantalones blancos. Pero aquello fue sólo un espejismo. En realidad no era el afecto, sino la contabilidad, lo que les mantenía unidos, de modo que todo aquello saltó por los aires tan pronto fallaron los balances. A mí aquello me pilló en medio y reaccioné distribuyendo mi afecto por igual entre ellos. Ahora sólo tengo de mi parte al hijo y sé que lo nuestro será duradero porque no nos jugamos el dinero y también porque en cierto modo nos hemos reencontrado tomando café en el exilio. Aquel chico de los pantalones blancos es ahora un tipo maduro y concienzudo que seguramente ha podido llenar con alguien la soledad emocional que arrastraba desde niño. Y aunque no hemos vuelto a encontrarnos desde hace nueve años, creo que si reanudásemos nuestra conversación de entonces, coincidiríamos en la idea de que muchas veces el dinero sólo sirve para hacer más confortable la dolorosa soledad que provoca. Y para que al anochecer, y pensando en despedirte de tu padre, no te vayas a la cama sin haberle dado antes un beso a la jodida baquelita del teléfono.

[editado por Anacrusa el 12-06-2010 a las 20:43]

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Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

12-06-2010 a las 20:43
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Sólo pensamientos

17 Abril

-Como siempre temí perder a la mujer que me gustaba, a veces le hacía en agosto el regalo de Navidad.
- Nunca entenderé por qué cada vez que le digo algo ingenioso a una mujer, a la semana siguiente ella se empeña en habérselo escuchado a otro hombre.
- Nunca he sido especialmente habilidoso para los deportes minoritarios. Creo que, si pretendiese deslizarme sobre el hielo, sólo podría aprender a patinar acostado.
- Mi ilusión ha sido siempre que las chicas me diesen su corazón, pero por cosas del destino la mayor parte de las veces he tenido que conformarme con que me diesen sus facturas.
- En las prácticas de tiro al blanco mientras estuve alistado en la Armada, el sargento instructor me felicitó sinceramente por haber metido los diez disparos en la misma provincia.
- Muchas veces me he sentado pensativo frente al mar y me he preguntado por qué será que no flota el agua del fondo.
- Cada vez que bailo a escondidas con una mujer casada, tengo la inquietante sensación de pisarle los pies a su marido.
- ¿Por qué será que la fama ahora sólo sirve para perder el prestigio?
- También me pregunto qué razón puede haber para que la mayoría de los premios literarios sean un simple pretexto para castigar a los lectores.
- Por desgracia para sus empleados, no hay un solo tanatorio que cierre por defunción.
- El paso del tiempo es tan benevolente que al cabo de los años lo que recuerdas de aquella chica es lo azules que eran sus ojos negros.
- De la existencia de las grandes actrices del cine clásico la mayoría de los jóvenes sólo se entera por la noticia de su muerte.
- Si el divorcio convierte a tu mujer en tu ex-esposa, ¿no sería razonable que convirtiese a tu hijo en ex-hijo?
- La mayoría de los políticos sólo son la pieza más cara de su coche oficial.
- Si se cría grasa por comer grasa, ¿no sería lógico adelgazar por comer cosas delgadas?
- Sólo me interesan dos clases de novelas: las que son buenas y las que arden bien.
- De las mujeres corrientes me han interesado siempre su conversación y su alma; de las guapas me conformo con su teléfono.
- Por más vueltas que le doy en la cabeza no acabo de entender por qué me costaron tanto dinero las mujeres que me amaron desinteresadamente.
- Cada vez que veo el cadáver de un atleta ilustre se me mete en la cabeza que lo que le ocurre no es que esté muerto, sino que está desentrenado.
- También creo que las grandes actrices de Hollywood no mueren; sólo se encasillan.

Periodismo con cigüeñas

18 Abril

Hay un momento en el oficio de escribir en el que el autor duda si ejercerlo con arreglo a sus propios criterios o modificar su actitud conceptual y estética para ampliar el alcance de su trabajo. Es la vieja lucha entre lo que te pide la conciencia y lo que te ofrece el mercado. En mi caso he hecho siempre lo que me dicta la conciencia y lo que me permite mi vocabulario. Jamás me he planteado un objetivo demográfico, de modo que escribo sin haber previsto antes su dimensión contable, ajeno por completo a la aritmética de las audiencias. Naturalmente, no ignoro que el texto periodístico tiene sus propias reglas técnicas y económicas y que el lector de periódicos espera ver recompensado de algún modo el dinero que le cuesta cada mañana el periódico. Muchas veces me he preguntado si sería posible hacer literatura en un diario y la verdad es que en casi cuarenta años de profesión me he encontrado casi siempre con serias dificultades para escribir como me apetecía hacerlo. En la prensa ha habido desde siempre una ostensible resistencia a cederle algo de su territorio a la literatura, como si la calidad expresiva constituyese una intolerable profanación del exigible rigor periodístico o pudiese suponer incluso su irreversible corrosión. Yo nunca he entendido muy bien ese descrédito de la literatura como modelo de expresión periodística y la verdad es que creo firmemente que algunos géneros –el reportaje, por ejemplo– se empobrecen mucho si en su tratamiento se prescinde de cierta visión literaria. En realidad los hechos no resultan destruidos por la literatura, sino por la torpeza expresiva de quien los narra. La silla real en la que se sentaba Van Gogh al descalzarse es la misma que aparece en sus cuadros, aunque en la realización del mueble la gubia haya sido desplazada por el pincel. ¿Qué puede haber de sacrilegio periodístico en añadirle a los hechos concretos las sensaciones emocionales que suscitan? ¿Qué clase de horrible perversión cometería el redactor de sucesos que al narrar el asesinato de un hombre se preguntase si la tardanza en el levantamiento del cadáver va a molestar a la gente sólo porque la prolongada presencia del cuerpo en la calzada obstaculiza la circulación? Personalmente pienso que en el momento de crisis que atraviesa la prensa escrita, sólo una actitud más literaria puede redimir de su decadencia a la anacrónica y tenaz pulcritud del viejo periodismo sin alma. Al leer la noticia del desmoronamiento de la torre de la iglesia, a los lectores también les gustará saber a dónde diablos se llevarán ahora los nidos las cigüeñas.

[editado por Anacrusa el 12-06-2010 a las 21:16]

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12-06-2010 a las 20:59
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Pensamientos

19 Abril

–Las reuniones familiares miden con terrible precisión el paso del tiempo. Por eso sabes que la muerte es lo que te queda una vez que has llegado por Navidad a la cabecera de la mesa.
–Por culpa de una dieta mal elegida, los pobres suelen engordar; con la misma dieta, los ricos adquieren empaque.
–Los dueños de los bares que frecuento dicen que me aprecian por mi personalidad, pero yo creo que si fuesen sinceros reconocerían que si me tratan tan bien es porque represento el veinte por ciento de su recaudación.
–¿Por qué será que los hombres tenemos con frecuencia la extraña sensación de que las mujeres sólo son sinceras cuando nos mienten?
–Soy autodidacta. Todo lo que desconozco, lo desconozco por mí mismo.
–Es una desgracia no poder hacerse famoso por pasar inadvertido.
–El problema de la superpoblación del mundo es que llegará el momento en el que no habrá comida para tantas bocas, ni tierra para tantos muertos.
–Fumar todo el santo día conduce sin remedio a la posibilidad de morirte en cualquier momento. Yo he decidido fumar sólo por la tarde para no morirme por la mañana.
–¿Por qué a los pocos años de casado descubres que la que suponías tu media naranja en realidad sólo es medio limón?
–Las mujeres creyentes desistirían de rellenarse el pecho si cayesen en la cuenta de que la silicona no resucita.
–¿Por qué en los restaurantes de la nueva cocina no tienen el sofisticado detalle de presentarte la factura de la cena en crema de papel?
–Los tipos muy metódicos hacen una lista con las cosas que tienen que olvidar.
–Como se están poniendo las cosas, dentro de poco lo más femenino de cualquier mujer casada será su marido.
– Tiene que resultar terrible enfrentarse a ese momento en el que una mujer comprende que de su vejez ya no es culpable el fotógrafo.
–En medio de tanta vulgaridad hay que ser muy idiota para atreverse a decir algo inteligente.
–El rencor es la tenacidad de la memoria.
–Se puede ser feliz con poca cosa, pero sólo por poco tiempo.
–Lo malo de envejecer es que ni siquiera te queda la esperanza de llegar a viejo.
–Muchas personas serían más agradables si dijesen algo en vez de hablar tanto.

Pensamientos

22 Abril

-Se dice que el 80 por ciento del cuerpo humano es agua. Es evidente que en muchas personas ese 80 por ciento es agua estancada.
- De joven era romántico, pero no estúpido. Cuando una chica me daba calabazas, me apetecía suicidarme disparándome un tiro en su sien.
- El amor eterno es aquel cuyo dolor dura eternamente.
- Mucha gente viaja sin previo conocimiento de los lugares que se proponen visitar. Eso explica que haya personas que lo que mejor recuerdan de León es la catedral de Burgos.
- Los recién casados disfrutan en cama pensando en sus parejas. Algunos años más tarde son felices en cama pensando en como eran de jóvenes. Al final descubren que sólo podrán ser felices haciéndolo con la mente en blanco.
- Tarde o temprano la guerra le pone remedio a lo que es incapaz de resolver la economía.
- No tengo mucha fe en eso de la reencarnación. Con la suerte que tengo, me reencarnaría en un moribundo.
- En la breve primavera de las chicas sin suerte suele ocurrir que las flores mueren cerradas.
- Seguro que hay abortistas que creen que los hijos son una enfermedad de transmisión sexual.
- He pensando que la mejor representación del hambre sería una mujer muerta amamantando al esqueleto de su hijo.
- Las piernas de las mujeres atractivas casi siempre se juntan entre las cejas de un hombre.
- Los artistas convierten en talento el hambre del mismo modo que los cerdos convierten en jamón la mierda.
- La convivencia sólo sirve a veces para que muchas mujeres descubran que su pareja ha dejado de ser un desconocido para convertirse en un extraño.
- La industria cinematográfica española ha conseguido que los espectadores hagan cola para no ir al cine.
- Por mucho que digan lo contrario, los famosos se ponen gafas de sol para no pasar inadvertidos.
- ¿Por qué será que la sombra de las embarazadas de nueve meses se parece siempre a Alfred Hitchcock?
- Jamás he alardeado de ser un gran lector. En realidad sólo puedo presumir de ser el tipo que más veces no ha leído a Joyce.
- A las señoras obsesionadas con el orden habría que enterrarlas con el bolso de mano por si el día de mañana les apetece recoger sus huesos.
- Para no tener problemas, lo mejor sería casarse con separación de bienes y con separación de cuerpos.
- Digo yo que los ciegos tendrían que poder dibujar las cosas que ven cuando sueñan que no son ciegos.

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12-06-2010 a las 21:24
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Pensamientos

23 Abril

-En la calle se produjo un alboroto y se encendieron las luces en todas las ventanas menos en la del sordo. Al hacerse el silencio se apagaron las luces y se encendió la del sordo.
–Al tipo que prendía al hablar lo operaron y apenas pronuncia palabra. Según el cirujano, lo que le sucede ahora es que prende al callar.
–No le ocurre nada al espejo, cielo; él es así.
–Los viajeros que mueren de accidente ferroviario en el vagón de cola se supone que resucitarán un poco más tarde que los otros.
–Si vuelves tarde a casa en coche, tu mujer puede tragarse que habría obras en la carretera. No tendrás tanta suerte si por regresar a deshora de un viaje en avión le juras por tus muertos que estaba el aire en obras.
–No te preocupes si fracasas con una desconocida en la cama. Ella callará por orgullo lo que calles tú por vergüenza.
–Seguramente nos enteraríamos de cosas terribles si la Guardia Civil hiciese una redada en la comisaría de Policía.
–Aunque parezca absurdo, queda muy ecologista instalar extintores de madera.
–En mis días más pesimistas se me mete en la cabeza que no estaría de más poner el reloj despertador para darle los buenos días a mi cadáver.
–Algunos magos muy viejos tienen suerte de que a la paloma no se le olvide el truco.
–Hay que reconocer que para muchas mujeres sólo somos una mancha en su colada.
–Lo que me preocupa de la muerte es que no sé si aguantaré tanto tiempo acostado.
–Asusta pensar que muchos de nuestros políticos sólo se merecen una estatua en el patio de la cárcel.
–En un país que desprecia tanto la creatividad pienso yo que la inteligencia se necesita sobre todo para disimular el talento.
–Si a los seres humanos en el aparato de rayos X se nos ve el esqueleto, a los billetes de curso legal tendrían que vérseles las monedas.
–Las encuestas preelectorales en realidad están pensadas para provocar la opinión que dicen reflejar.
–Tres de los comensales de una cena en el restaurante encontramos un pelo en nuestros consomés. El maitre acudió diligente a la mesa y se disculpó con el cuarto comensal.
–El humo de sus cigarrillos es la lencería de lo que piensan las mujeres.

Alma con retrete

23 Abril 10

Al cabo de muchos años de escepticismo me he dado cuenta de que, como a la Blanche Dubois de «Un Tranvía Llamado Deseo», también a mí me fascinan los desconocidos. Eso significa que he perdido interés en lo cercano, en lo familiar, en las cosas que se te repiten. La seguridad de no correr un riesgo me ha parecido siempre menos interesante que el alivio de haberte sobrepuesto a él. Un tipo me dijo de madrugada que sentarse en un taburete de la madera más dura resulta en extremo reconfortante y agradable cuando se ha superado un cáncer de recto. Mi manera de viajar tiene mucho que ver con mi ansia por lo desconocido y con mi aversión a la tranquilidad. Entro en las ciudades, las recorro sin rumbo y me pierden interés tan pronto a mi coche se le repiten las calles. A menudo hago lo mismo con las personas. Me acercó, intercambio cuatro frases y abandono antes de saber sus apellidos o de averiguar la marca de su perfume. Se cuentan con los dedos de una mano las veces que bailo cada año, entre otras razones, porque ni siquiera soporto que mis pies se aprendan de memoria los pies de una mujer. De niño me atraía mucho viajar y sin embargo me duró poco aquella inclinación. Quería ir lejos en el mapa pero no soportaba la idea de que los países no cambiasen de forma sobre la marcha. No soportaba la idea de que no hubiese dátiles en los cipreses.

Aunque jamás las he llevado a cabo, he tenido siempre tentaciones revolucionarias. Me atraían los países convulsos, las sociedades inestables, los éxodos masivos y esa sensación de angustia y temporalidad que siempre supuse que sentiría si despertase por la mañana en un país en el que durante la noche hubiesen cambiado inesperadamente las costumbres, los pájaros y las banderas. Esa tentación supongo yo que es la misma que arrastro desde los días de insomnio y libertinaje en los que al volver tarde a casa rezaba para que el viento expósito de la madrugada se hubiese llevado a otra ciudad las señas de mi portal. Quería vivir con incertidumbre y desapego, de manera irresponsable, incluso temeraria, como si viviese cada día por la agenda de un desconocido. Al final acababa al amanecer en mi domicilio de siempre y en la misma compañía de tantos otros días, hasta que descubrí que el sexo sólo resulta interesante cuando entraña un riesgo, cuando cuesta dinero o si constituye adulterio. Nunca me interesó tener mi nombre mucho tiempo en el mismo buzón. En realidad siempre me hizo ilusión ser uno de esos tipos cuyo nombre está de paso entre la caligrafía abigarrada, fugitiva y promiscua de las puertas de los retretes.

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12-06-2010 a las 21:37
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Re: José Luis Alvite en La Razón

La chica de la lluvia

24 Abril

Hay personas que lamentan haber nacido en un tiempo histórico equivocado y no se adaptan a la realidad en la que existen. Una amiga mía sufre por vivir en un clima que considera ajeno a su personalidad. La suya tendría que ser una vida al norte del paralelo geográfico en el que le tocó vivir y despertar cada mañana en la blanda isobara de Berlín A mi querida María Luisa Rogado le entra cada día nostalgia de la lluvia, la añoranza de ese otro mundo septentrional en el que a veces el cielo está tan bajo que es como si anocheciese al amanecer. Estos días he hablado con ella sobre ese orbe emocional en el que anida el musgo en el fuego e incluso corre empañada el agua mímica de los ríos.

Me dijo anoche, «¿Sabes, Alvite?, cada día se me hace más insoportable vivir a las afueras de la lluvia». Esa tentación de la lluvia es sorprendente en el promedio del alma femenina. A María Luisa le gusta escuchar los nudillos de la lluvia repicando en su gabardina y sentarse en la mesita del café para mirar desde su ventana el cinematográfico espectáculo de las calles naufragadas, la coreografía de los paraguas de colores y ese taxi amarillo de Nueva York que nadie entiende como ha podido plantarse bajo la lluvia en las fluviales calles de Compostela. A mi me gusta hablar con María Luisa Rogado porque hace que me sienta como si me abrigase el frío. Yo he avivado su nostalgia del norte diciéndole que en Galicia con la lluvia a veces incluso es verde el fuego y que en ese ambiente tan recogido y entrañable podría uno, si quisiese, convertir cualquier paraguas en su hogar.

¿Sabes, amiga?, en la playa de A Lanzada son como solapas mojadas las alas de las gaviotas y en el estuario amniótico del Umia desova en noviembre la hembra de la lluvia. Lo verías si estuvieses aquí. Arrimaríamos el coche al arcén de cualquier carretera secundaria, bajaríamos la ventanilla y cada vez que amainase la expectación en nuestro aliento escucharíamos entre los abedules la lenta yeguada del agua vadeando en cuclillas el río. Y la llevaría luego al filo de marzo a que viese en el mar de Arousa las velas de las dornas esquilando en silencio la bruma mientras depila la piel de la marea una espuma de cormoranes. Son cosas de la lluvia, María Luisa, ya sabes, como sucede en esos países europeos en los que las mujeres tienen una belleza limpia, casi sin facciones, acaso ateridas de septentrional y delicado estupor, como si se hubiesen escaldado el rostro con el agua de enfriar las flores del salón.

ALMAS DEL NUEVE LARGO

Tiempos de retiro

26 Abril

Hubo un momento de mi existencia en el que consideré imprescindible tomarme un respiro en mi agitada vida nocturna y darle algo de descanso al cuerpo. Divertirme tanto empezaba a resultarme aburrido, así que me impuse un retiro inmediato y riguroso, hasta el punto de que ni siquiera le encontraba interés al simple hecho de asomarme a la ventana. Los rigores de mi clausura me llevaron a prescindir por completo de cualquier clase de vida social, de modo que si no fuese por mi firma en los periódicos, incluso algunos familiares muy allegados me habrían dado por muerto. Algunos amigos fueron espaciando sus llamadas telefónicas hasta que estas cesaron por completo. Si se presenta el cartero, entreabro apenas la puerta, saco un brazo, recojo la correspondencia y regreso sin más a mi retiro. No me atrevo a jurar que mi aislamiento haya sido la mejor elección, ni que la severa soledad colme mis aspiraciones emocionales, pero aunque no haya dado grandes pasos hacia mi felicidad, al menos me consta que tardo más tiempo en joder el calzado.

Aunque no recuerdo haber notado nunca un solo desfallecimiento por culpa de mi excesiva vida nocturna, la verdad es que el aislamiento me ha servido para mejorar mi sistema nervioso y para tener los ojos más descansados. He recuperado también el hábito de cenar, un placer que ya casi me era desconocido. Ahora mis hijos me conocen de algo más que de leerme en los periódicos o por haber escuchado mi voz en la radio, y yo, a cambio, no me he perdido el espectáculo de sus últimos estirones. Mucha gente es feliz con eso. La pregunta que me hago es si también lo soy yo. Me pregunto por otra parte si en el fondo no echaré de menos la precaria y espeluznante felicidad de las noches de todos aquellos años, cuando me conformaba con la simple ilusión de perder la esperanza y con tener la inmensa fortuna de que mi conciencia fuese al menos tan resistente como sin duda lo era mi hígado.

En el recorrido vital de un hombre llega un momento en el que a su camino empieza a escasearle el asfalto y sigue luego un piso de tierra. Lo mejor es moderar la velocidad antes de que se acabe el firme en buen estado. Y eso es lo que hago ahora, recluido a cal y canto al margen de la vida social, descansado y sereno, en el fondo tal vez temeroso de que tanta presencia de ánimo no vaya a servirme para otra cosa que para no escupir en las manos de la persona que cierre definitivamente mis ojos. Por lo demás, de la muerte sólo me preocupa que en el cementerio sea tan deficiente el servicio de habitaciones.

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Anacrusa

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12-06-2010 a las 21:41
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Dios el velo y el fuego

29 Abril

Debo reconocer que a mí no me molesta en absoluto que esa adolescente islámica acuda a clase con un pañuelo en la cabeza, ni creo que el asunto merezca un amplio debate nacional. La ropa es lo menos peligroso de cualquier pensamiento radical. De hecho, Gandhi propagó con éxito sus ideas pacifistas vestido apenas con un pañal, mientras que Cristo difundió las suyas llevando encima más ropa que su propia cama. No hay mucha diferencia entre un velo y una melena. Lo que cuenta es la convicción de quien se lo pone en su cabeza. Nadie reclama que se despojen de su toca las monjas, que han ejercido siempre sus creencias con un exceso de ropa que demuestra no sólo su fe en Dios, sino su abnegada resistencia al calor. No es en el velo, sino en el cerebro, donde reside el peligro. El islamismo radical se urde en la influencia de un profeta sin cabeza, ese Mahoma sin fotogenia que a muchos les inspira para rezar, y a otros, una minoría, les sugiere la elemental tecnología con la que fabricar las bombas que luego transportan en sus vientres las niñas escolares y explosivas que saltan por los aires porque creen que al paraíso se llega mejor presentándose a granel. A la muchacha del velo islámico de Pozuelo podrían cachearla para asegurarse de que no porta explosivos, pero el gran problema es que no disponemos de medios técnicos para que una exploración de su mente nos permita averiguar hasta que punto la ropa de los árabes es la mecha que precede a la deflagración de la bomba. Yo no sé hasta qué punto esa chiquilla se pone el velo porque le gusta o por una devoción religiosa penitenciaria. Ni lo sé, ni me importa. Sólo sé que nadie se molestaría si sustituyese el velo por un volumen igual de pelo en su cabeza. ¿No es acaso la peluca una sofisticada modalidad del velo tradicional? ¿Y no es el cráneo rapado la inequívoca seña de identidad de muchos peligrosos fascistas? Se produce una frecuente contraposición entre la religión y la higiene, de modo que la ortodoxia siempre ha recomendado a sus fieles un exceso de ropa que suele resultar insalubre. Yo no soy quien para darle consejos al a chiquilla de Pozuelo, pero le pediría que reflexione sobre los inconvenientes sanitarios de ciertas costumbres, pensando sobre todo en que la probabilidad de alcanzar a Dios vestida con tanta ropa no es en absoluto mayor que la de arriesgarse a coger hongos. Por lo demás, lo de ponerse el paño en la cabeza es cosa suya. Yo creo que para Occidente una escolar con velo y tanta ropa sólo resultaría peligrosa en caso de incendio. En cuanto al islamismo radical, me considero inmune a sus influencias. No creo que puedan ir muy lejos con sus idas unos señores cuya ropa no parece pensada para difundir la fe, sino para propagar el fuego.

Noches de alfarería

30 Abril

En mis días de retiro social he descubierto algo que tiene un valor que yo desconocía: la inmensa suerte de despertar fresco. Durante los casi treinta años que he vivido trasnochando conocí sensaciones impagables y me afectaron acontecimientos determinantes de mi personalidad, pero estaba tan baqueteado y había perdido hasta tal punto la noción del tiempo, que nunca tuve en todos aquellos años la reconfortante sensación de estar recién levantado. A veces a punto de amanecer entraba en una panadería sin ánimo de comprar nada, sólo por el sencillo placer de sentir la presencia regeneradora de la gente recién levantada. También miraba con admiración a las chicas de las perfumerías y a veces cerraba los ojos en la acera y aspiraba el aroma de las mujeres recién aseadas. O rondaba en el coche las escuelas para mirar cómo los padres despedían en la puerta a sus hijos. De todos aquellos hombres yo era el único que daba la sensación de haberse peinado al final del franquismo con los golpes de una paliza en comisaría. Muchas veces metía las manos en los bolsillos de la gabardina porque tenía la sensación de que me crecían en ellas como crustáceos las uñas de los pies. No tenía muy claro si me estaba degradando como persona o era que simplemente me estaba pudriendo. Una de aquellas mañanas me senté en un banco del parque para tomarme un respiro de tanto cansancio acumulado. Las palomas se largaron todas a otra parte y se arremolinaron a mi lado los gatos. Mis lectores del periódico me conocían por mis textos, pero yo sabía que si se me diese por ser creyente, Dios sólo me distinguiría por el olor a pescado. En una de las pocas noches que se me dio por salir trajeado, al amanecer entré en un bar y al mirarme en el espejo del baño descubrí que tenía dos nudos en la corbata. Después abrí el grifo del lavabo, refresqué la cara y me peiné dando dos palmadas en la cabeza. Al volver a la barra, el camarero me sirvió de nuevo café porque creyó que era un cliente distinto. Una de aquellas mañanas se me soltó la tripa mientras estaba sentado en un taburete de la barra y hube de esperar varias horas hasta que cicatrizó la mierda entre las piernas. Después salí a la calle caminando casi en puntillas, como un faquir al que se le hubiesen clavado las herramientas en los huevos. Con la mierda seca entre las piernas, aquella mañana descubrí que los fracasos que no se vuelven literatura a los tipos como yo se les convierten sin remedio en alfarería.

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Anacrusa

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12-06-2010 a las 22:12
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Cuestión de idiomas

1 Mayo

Tengo la inmensa suerte de ser bilingüe de nacimiento y de hablar indistintamente los dos idiomas habituales en Galicia. Lo hago con tanta naturalidad que al acabar una conversación ni siquiera recuerdo en que idioma he participado. Es algo que le ocurre a la mayoría de los gallegos, que sólo recuerdan con absoluta seguridad haber recurrido expresamente a la lengua de Rosalía con el doloroso motivo de haberse pillado los dedos con un martillo. En cualquier tertulia de cafetería se utiliza simultáneamente ambos idiomas sin darle la menor importancia a la diversidad lingüística. Hasta que los políticos decidieron reglamentar el uso del gallego, la gente que iba al mercado pedía pulpo cuando quería comer pulpo, que es lo que aún ahora quieren comer quienes en la misma tienda piden «polbo» sin que la dependienta pueda evitar ruborizarse. Prolifera ahora en Galicia una casta de galegoparlantes formados en las normas oficiales de la Xunta de Galicia. Hablan con envidiable corrección institucional pero si se alejan de las ciudades y se adentran en la Galicia interior, tendrán serias dificultades para ser entendidos por los campesinos, que hablan un gallego viejo y sin academicismos con el que han sobrevivido durante siglos sin necesidad de acreditarlo con un vistoso diploma oficial. Yo hablo el gallego que aprendí a granel en las calles de mi infancia, que es un gallego sin vanidad y sin prestigio, es decir, un idioma conservado en la taberna, en los andamios y en las lonjas del pescado. He soñado y vivido en ese idioma, el mismo idioma en el que aprendí a pecar y en el que siempre me entendí con mis amigos hasta que los políticos empezaron a retocarlo con la ortodoncia de sus normas y lo convirtieron en una lengua de cetárea que a muchos se les atraganta, como si en realidad en vez de un derecho, fuese un impuesto. Es una suerte que mi querida lengua parvularia conserve intactos sus defectos en los burdeles, ese ecléctico fortín de las costumbres en el que todavía algunos viejos campesinos gritan «gol» durante el orgasmo. Yo desde luego no le veo tanta complicación a esto de los diversos idiomas autonómicos. Desde la inevitable simpleza de un ingenuo vocacional, yo creo que el catalán es un idioma para defender con ecuanimidad las ideas, del mismo modo que el gallego me parece ideal para que suenen bien las cosas que saben mal. En cuanto al euskera, me resulta tan oscuro y enigmático, que yo creo que es el idioma ideal para diagnosticar enfermedades mortales.

Mala letra

2 Mayo

Es difícil saber dónde tienen las mujeres el límite entre la expectación y el recelo, de modo que uno nunca sabe si la prudencia de quedarse corto no será incluso peor que sucumbir a la tentación de pasarse de la raya. A falta de un sondeo sobre el tema, me quedo con la observación que le escuché de madrugada a una amiga: «Cada vez que demuestro interés por un hombre temo que se propase, y sin embargo, me decepcionaría que ni siquiera lo intentase». En su relación con las mujeres, para un hombre resulta difícil saber hasta dónde debe llevarle su audacia y establecer luego el punto en el que habrá de detenerse. En eso del tacto al acercarse a las mujeres nos ocurre lo mismo que les sucede a ellas cuando van al aseo e intentan caminar de manera que no se sepa muy bien si se trata de retocar el «rouge» de sus mejillas frente al espejo o sentarse sin otras pretensiones en la taza del retrete.

Yo creo que en el acercamiento inicial a las mujeres lo conveniente es no demostrar jamás ni entusiasmo, ni desidia. Es mejor mirarla sin aparentar en absoluto el interés que despierta en ti, como si su presencia sólo fuese el obstáculo que se interpone entre tu mirada y lo que ocurre a sus espaldas, igual que nos fijamos en la cabeza del tipo que nos impide ver entera la pantalla del cine. El odio de un hombre es para muchas mujeres más soportable que su indiferencia. En el fondo son muchas las que necesitan disfrutar el placer de negarte lo que suponen que estás a punto de pedirles. Es habitual que con su presencia y sus gestos provoquen en un hombre la reacción que ellas se encargarán luego de disuadir. Hacen como esos policías que trapichean con droga para pillar a los criminales con las manos en la masa sin importarles que para ello hayan tenido que cometer una infracción.

Yo he procurado siempre que mi acercamiento a ellas fuese a base de notas escritas sobre la marcha en los posavasos de los bares. La receta, elemental: una pizca de literatura dispersa en un puñado de mala letra. Me gusta que después de leer la nota no sepan a qué atenerse. Sé de unas cuantas mujeres a las que les jode mucho que a mis malas intenciones no se les entienda bien la letra. Después de leer la nota levantan la vista y sonríen. Y yo disfruto pensando que al tragar su orgullo han tenido que tragarse también el mío.

[editado por Anacrusa el 13-06-2010 a las 20:59]

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Vestidos vacíos

3 Mayo

Mi madre cumplirá pronto ochenta y cinco años y todavía de vez en cuando me pregunta por qué diablos le tengo manía. Yo le contesto que la suya es una impresión equivocada y que si no le expreso mi cariño es porque a veces me cuesta sacar los abrazos y demostrar lo que verdaderamente siento. No es algo nuevo en mi vida. Ya era así de niño, cuando evitaba sus abrazos por temor a que algún día sufriese demasiado al echarlos de menos. Mi madre no tenía una salud precisamente de hierro y pasaba largas temporadas ingresada en los sanatorios. Entonces tía Pepita se venía a Compostela desde Cambados y la sustituía con sus solterones modales de madre frustrada. Trágica y flemática, tía Pepita tenía por costumbre prepararme para lo peor, pensando en que mi madre falleciese en cualquiera de aquellas intervenciones quirúrgicas. Apagaba la radio a la hora del almuerzo y por la tarde oscurecía la casa entornado prematuramente las ventanas. En una cabecera de la mesa, mi padre; repartidos a ambos lados, mis dos hermanos y yo; en la otra cabecera, tía Pepita, masticando la comida con correcta y cautelosa desgana funeral, austera, contenida, en silenciosa actitud de duelo, como un buitre de porcelana que hubiese pasado la noche abrigado con la levita de Sir Winston Churchill. A los pocos días reaparecía mi madre en casa con el vientre recogido en un brazo, pálida, triste y dolorida, ansiosa por abrazarnos y al mismo tiempo temerosa de que el esfuerzo del afecto le soltase los puntos de la sutura. La escena se repitió muchas veces a lo largo de mi niñez y hasta bien entrada mi adolescencia, de modo que me sentía un huérfano intermitente, un hijo transeúnte, un muchacho pensativo y escéptico que temía encariñarse con alguien a punto siempre de morir. Cada vez que ingresaban a mi madre en un sanatorio, yo abría el armario de su habitación, me abrazaba a sus vestidos vacíos y con lágrimas en los ojos le confesaba mis verdaderos sentimientos a toda aquella ropa despoblada. Fue mi secreto hasta no hace mucho. Para ella seguirá siéndolo porque jamás lee lo que escribo. Y yo me contengo de contárselo porque, ¿sabes, colega?, entonces se le metería en la cabeza que no volveré a sincerarme con ella hasta que la muerte vacíe de nuevo sus vestidos. Mi madre ahora también se contiene de tomar la iniciativa y abrazarme. A veces la miro en silencio mientras almorzamos y hasta me parece que sus ojos estén a punto de llorar su muerte en los míos.

Cadáveres ilesos

6 Mayo

En alguna parte he leído que de cada diez personas muertas en accidente de carretera, cuatro no llevaban puesto el cinturón de seguridad. En la publicidad institucional se advierte de que este dato revela hasta qué punto son imprudentes las personas que viajan sin sujetarse al vehículo. Que un 40% de las personas fallecidas no llevase puesto su cinturón resulta muy esclarecedor, pero hay otra manera de leer la estadística que puede ser aun más inquietante: seis de cada diez víctimas mortales llevaban puesto el cinturón de seguridad. Desde este otro punto de vista, lo que se deduce es que el cinturón ha sido inútil en seis de cada diez muertes. Si se extrema la mala leche en la lectura de la estadística podría llegarse incluso a la desalentadora conclusión de que el 60 por ciento de los ocupantes de automóviles accidentados murieron por culpa de viajar atados. Nunca entendí las razones por las que nuestros gobernantes nos imponen la atadura del cinturón de seguridad y no se limitan a que tengamos la opción de usarlo. Con el mismo criterio con el que nos obligan al cinturón, podrían imponernos el día de mañana el deber de viajar desnudos para facilitar la autopsia. No estamos lejos de eso. Los políticos siempre encontrarán una estadística que justifique sus estupideces. Por ejemplo, podrían determinar que el 40% de los muertos en nuestras carreteras son seguidores del Real Madrid, deduciendo entonces que esa filiación deportiva debe ser prohibida de inmediato por el bien de la seguridad vial. Si se confirmase que otro 25% eran personas solteras, el Gobierno se creería legitimado para permitir que sólo conduzcan los casados. Pero no quedaría ahí la cosa. A alguien se le ocurriría de inmediato un razonamiento aun más audaz para advertir de que teniendo en cuenta que todos los fallecidos viajaban vivos antes de sobrevivir el accidente, no estaría de más obligar a que los conductores y sus acompañantes viajasen provistos del correspondiente certificado de defunción que acreditase que ya estaban muertos antes del suceso que les iba a costar la vida. Los telediarios de TVE podrían informar entonces de que en los miles de accidentes registrados en el último ejercicio no hubo que lamentar desgracias puesto que todos los cadáveres resultaron ilesos.

Como nos advierte la Dirección General de Tráfico, los conductores estamos expuestos a innumerables peligros en la carretera. Lo que nuestros gobernantes no dicen nunca es que nada distrae tanto a los conductores como la lectura de esas señales luminosas de las autopistas en las que se nos advierte de las incontables bajas mortales del último puente festivo. Todas esas medidas son discutibles. Yo lo único que sé con seguridad es que en muchas carreteras nada hay más peligroso que fijarse en las señales que te avisan del peligro.

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Re: José Luis Alvite en La Razón

El alma y el maíz

7 Mayo

Yo no acabo de entender que incluso para la simple pulsión del sexo se necesite seguir ciertas instrucciones. Cuando yo era un muchacho, el sexo no era una asignatura, sino un instinto, y estábamos preparados para practicarlo sin necesidad de haberlo leído en alguna parte. Es más, yo creo que hacer averiguaciones técnicas sobre el sexo no sirve para otra cosa que para desconfiar de él y evitarlo. Me llevé un disgusto la primera vez que vi en un libro la reproducción del corte transversal del aparato genital femenino. Me pareció un mecanismo demasiado complicado para una emoción tan simple. Hasta entonces mi idea era tan elemental como la de quienes creían que no había en la genitalidad femenina misterios que mi primo Tito no hubiese desentrañado al desmontar en Cambados la bomba del pozo. A nadie le importaba realmente lo que ocurría en la basal oscuridad de las mujeres. La gente tenía sexo de una manera natural, impulsiva, del mismo modo que sentía el hambre, igual que barruntaban los perros la muerte. Los muchachos ni siquiera necesitábamos ver a una mujer desnuda para que nos hirviese la sangre. Nos bastaba con pasar por delante de la mercería y aspirar el delicado aroma de las puntillas. O pararnos a contemplar cómo movía la ropa femenina en los tendales la herniada hembra del viento. A veces el director espiritual del instituto se nos quedaba mirando las manos y nos corría por la espalda la incómoda sensación moral de que nos costaría despegarlas si en aquel preciso instante las juntásemos para rezar. En mis veraneos cambadeses me pasaba horas divagando en el desván sobre los misterios de la feminidad. Cuando bajaba a la cocina para cenar, tía Pepita me miraba apenas un instante y a mí me parecía que sus ojos sospechaban que lo que yo hacía todas aquellas tardes de calor en el desván no era meditar sobre la crisálida de la mariposa, sino acumular material fisiológico suficiente para reproducir la imagen de Ava Gardner en algo parecido a la escayola. A veces al pasar por delante de la fábrica de conservas del señor Peña las mujeres que enlataban los mejillones me decían unas groserías húmedas, carnosas y excitantes que casi se podían comer. Uno de aquellos días, al confesarme en la iglesia de la parroquia, don Antonio me preguntó con rutina qué pecados había cometido. Yo contesté casi sin voz y evitando mirarle, no para que el cura no se enterase de mis pecados, sino por temor a que me oliese a escabeche el aliento. Pero eso ocurrió en 1965, cuando yo tenía apenas quince años y del sexo sólo sabía que era bueno para sufrir en la bicicleta y para ajustar bien los pantalones. Tía Pepita, que era comadrona, me dijo entonces que aunque era dudoso que el sexo perjudicase el alma, practicado a la intemperie en el campo era algo que estropeaba mucho el maíz.

Una forma de toser

7 Mayo

Quienes me conocen saben que a pesar de haber luchado mucho por salir adelante, en realidad jamás he movido un dedo en mi favor. En casi cuarenta años de periodismo he hecho casi de todo desde el día ya lejano en el que me estrené llenando cada noche de agua el botijo con el que apagaban de madrugada su sed los muchachos de la rotativa. A los pocos días de estrenarme como periodista en «El Correo Gallego», me di cuenta de que me había enrolado en un dudoso negocio en el que sólo podría tener la completa seguridad de que el dinero no me deformaría en absoluto los bolsillos. Había sido periodista mi abuelo y lo eran mi padre y mi tío, de modo que me pareció la cosa más natural del mundo dedicarme a un oficio en el que me podría permitir el ejercicio de un trabajo digno sin verme obligado a llevar al mismo tiempo una vida decente. En un país en el que incluso atrasaban las prisas, el periódico era lo único que salía tarde para llegar a tiempo. En aquella redacción había tanto humo, que si querías ser original no te quedaba más remedio que coger el vicio de no fumar. Supe entonces que además de una forma de ser, el periodismo era una manera de toser. Únicamente en algunas minas de carbón era más insalubre el trabajo y sólo en algunos cementerios era menor la esperanza de vida. En aquella redacción llena de veteranos yo era sólo un muchacho flaco, entusiasta y soñador que se tomó aquello como un sacerdocio hasta que a los pocos meses descubrí que lo que me pagaban cada mes por tanto sacrificio me alcanzaba apenas para envidiar a los mendigos. Paraba tan poco en casa, que el hecho de que mi mujer quedase embarazada lo consideré un prodigio de puntería. Una madrugada un vecino me vio metiendo la llave en la cerradura de mi piso, corrió al teléfono y aviso a la Policía de que había un extraño intentando forzar una vivienda. Ahora ya no tiene remedio, pero recuerdo con amargura que la primera vez que quise darle el biberón a mi hija, había pasado demasiado tiempo, la cría había vuelto del colegio y tenía un tenedor en la mano; fue una suerte que no estuviese casada.. Pero yo era periodista. Y eso significaba que mi matrimonio estaba condenado al fracaso, no porque yo fuese un mal tipo, sino, lisa y llanamente, porque me había cebado en un oficio en el que no encuentras en toda la ciudad una sola calle que pase a tiempo por la tuya.

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13-06-2010 a las 21:08
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Tren con pamela

8 Mayo

He cometido muchos errores a lo largo de mi vida y pago ahora por ellos. No soy feliz por padecer las consecuencias de mis fallos, pero, sinceramente, no creo que lamentarme de ellos sea más inteligente que convertirlos en algo útil, igual que el tipo que atraca el banco convierte en beneficencia una parte del botín. Ayer hablé sobre estas cosas con mi amiga Lola Conesa y, si no recuerdo mal, le dije: «¿Sabes, Lola?, yo no necesito la inteligencia para no cometer errores, sino para que no me importe haberlos cometido». No es algo que se me haya ocurrido ahora pensando en que cierta dosis de interesado cinismo me sirva de coartada para justificar tantos fracasos. Soy así desde hace muchos años, probablemente desde el momento en el que comprendí que podría darme por satisfecho si era capaz de transformar en literatura lo que tan a menudo era incapaz de convertir en felicidad. Un tipo me dijo de madrugada en un garito que los mecanismos por los que se controla el remordimiento no son tan complejos como se cree. Según aquel fulano, «mantener a raya la conciencia es una necesidad extrema que cualquier hombre puede resolver casi con el mismo relativo esfuerzo que necesita para contener la orina».

De niño desahogaba mi conciencia en el confesionario del cura porque lo tenía a mano, pero a medida que me hice descreído supe que tendría que reeducar mis remordimientos pensando en que no tuviese a quien contárselos, igual que aguantaría las ganas de mear en el caso de que no hubiese cerca un retrete. De muchacho me gustaba pasar las tardes de domingo en la estación de trenes de Compostela. Disfrutaba imaginando que me subía a uno de aquellos vagones y que me apearía en Nairobi tan pronto como con su pamela de humo el tren tomase la primera curva a la izquierda. Nunca me subía al tren porque no era idiota y sabía que aquel viaje jamás pasaría por Nairobi.

Al cabo de los años volví sobre aquella idea ferroviaria y la reelaboré para convencerme de que más interesante que la posibilidad de salir de viaje puede ser incluso la agridulce alternativa de perder el tren. No dudo de que la sensación de felicidad resulte agradable, pero, ¡qué demonios!, tampoco estaría nada mal hacerse a la idea de subirte al vagón y pensar que tu destino en la vida tal vez sea echar raíces donde quiera que por suerte descarrile el tren.

ALMAS DEL NUEVE LARGO

Fértil luz de artillería

10 Mayo

A veces me ocurre que el entusiasmo con el que empiezo las cosas sólo me conduce al inefable placer del desinterés con el que las acabo, si es que antes no he sucumbido a la maleza de la desidia. Me canso pronto de los grandes objetivos, seguramente porque temo que la felicidad que pueda obtener al conseguirlos ni igualará siquiera el placer que me produce fracasar en el intento de alcanzarlos. A veces repaso las imágenes de la II Guerra Mundial y me detengo sobre todo en las secuencias de los soldados vencidos, en los rostros escépticos de la gente que sobrevive en las ciudades asediadas y en las ruinas grises y plurales que siguen a los tenaces bombardeos de la aviación. Sólo en sus ruinas encontró la vieja Europa un verdadero estímulo para prosperar y nunca desde entonces ha vuelto a sentir el extraño entusiasmo que surge de la desgana, ni la dignidad que se urde en la pobreza. La prosperidad material no conduce a otra cosa que a la simple diversión y eso significa que perdemos la noción del valor real de las cosas, de modo que sólo nos atrae conocer sitios que nos queden lejos o que nos cuesten dinero. Hemos convertido el placer en una sensación que únicamente vale la pena si está al alcance de nuestro bolsillo y olvidamos que hay lugares que si son verdaderamente hermosos es gracias a que hasta allí sólo apenas ha conseguido llegar a tientas la maleza. Los europeos ya no sabemos disfrutar de la tentación de visitar el desierto si antes la agencia de viajes no nos garantiza que en cualquier lugar al que vayamos siempre habrá alguna heladería. No resistimos las incomodidades de los países subdesarrollados, ni podríamos soportar la lluvia sin ir provistos de un paraguas. Nos hemos vuelto más lentos que el cansancio y más reservados que el silencio. Hay en el mundo occidental muchos miles de personas a los que les han amputado las piernas sin haber apenas caminado. Hemos olvidado que al final de la II Guerra Mundial en muchas ciudades europeas apenas quedaban en pie los cadáveres y el suelo y únicamente por los documentales o por los libros sabemos que fue cierto que hubo un tiempo, hace sesenta o setenta años, en el que en Europa sólo era fértil la insomne desgana que producía el miedo. Yo miro esos viejos documentales de la guerra y creo que mi sitio estaba justamente allí, en aquellas campiñas francesas en las que los gallos cantaban con la luz de la artillería y los aeroplanos de la RAF drapeaban la tarde del domingo con una pañolada de paracaidistas, mientras en las ingles de las muchachas dormidas piafaban los labios de sus novios muertos. Nada es así ahora. En Europa ya ni siquiera la muerte sabe cerrar los ojos sin motivo.

[editado por Anacrusa el 13-06-2010 a las 21:12]

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13-06-2010 a las 21:11
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Woman in love

13 Mayo

Ahora ya no está aquí y no podré llamarla para que me busque bajo la lluvia en cualquier rincón de la ciudad, como cuando le telefoneaba a las cuatro de la madrugada y se presentaba a mi lado a tiempo casi de colgar con su mano el teléfono. Los suyos eran aquellos días los únicos ojos que en medio del naufragio veían la luz de mis bengalas y se hacían a la mar para estar a mi lado en el agua.

El barman de «El Corzo» pinchaba «Woman in love» cuando la sala estaba despejada, en ese momento en el que casi llega desde la calle el sonido de la lluvia en la marquesina de la puerta. Era nuestra canción. Sólo la bailaba con ella y eso ocurrió media docena de veces cada año desde que la conocí hasta que el maldito cáncer le impidió ponerse al teléfono. Se llamaba Marta y los tres minutos de aquella canción en la voz de Barbra Streisand fueron la única vez que estando despierto pasé tanto tiempo sin fumar.

Escribí para ella docenas de notas en los posavasos de papel de aquel club. Ella las respondía siempre con una sonrisa y las guardaba luego en el bolso. No niego que en otras circunstancias me hubiese apetecido llegar a más con ella, pero en aquel momento me conformaba con ser la parte más autógrafa de sus pertenencias. Ni siquiera apretaba al bailar «Woman in love» y sólo me ponía un poco más íntimo si lo pedía ella. «Puedes tomarme de la cintura; te aseguro que ni se me pasará por la cabeza llamar a un guardia». Luego me pedía que le dijese cosas al oído. «No importa de que se trate –decía–. Me conformo con saber que llevo encima algo más varonil que la lluvia».

Yo le recordaba entonces aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. «¿Recuerdas, Marta, amiga mía, aquella noche en el Berlín dividido? Tú no tenías tabaco y yo había perdido mi mechero. Fuimos un vicio antes de ser una pareja. Fuiste como una aparición en una ciudad de pana en la que no había una sola flor que no fuese más gris que sus cenizas». «Aquella noche bailamos por primera “Woman in love” en una boite en la que dijiste que la mitad de la gente era mala y el resto no eran de fiar». «Aquella madrugada no te dije que te quería por temor a que me diese la tos, Marta. Y sé que tú no me lo dirás esta noche porque no se puede ser sincera si se está acatarrada».

La última madrugada que bailamos aquella canción, Marta se llevó en su bolso el posavasos de papel que ya jamás me contestará con el afectuoso autógrafo de su sonrisa: «Si por lo que sea te vas algún día de mi vida, sólo te pido que ni tus ojos vomiten sin memoria los míos, ni por culpa del olvido me devuelve tu bolso el correo». Ahora Marta está enterrada y yo suelto tierra al bailar «Woman in love».

Niebla con Gabanes (I)

14 Mayo

Estuve enrolado en la Armada en una época de mi vida en la que no tenía claro qué rumbo tomar, cuando estaba algo bajo de peso para mi estatura y tenía una novia que a mí me parecía demasiado premio para alguien que había apostado tan poco. Ingresé en el cuartel de instrucción de marinería de Ferrol a principios de enero y mi regalo de Reyes fueron media docena de inyecciones y una ducha a las seis de la mañana con el agua tan fría que casi tuve que recuperar los genitales con una ventosa. Frente a la explanada del cuartel llevaba meses atracado el crucero «Canarias» con una dotación de mantenimiento mientras esperaba la orden de desguace. El buque tenía casi 40 años y despedía un fuerte olor a cebolla pochada cada vez que sus cocineros preparaban comida. En el sollado de la marinería pernoctábamos un centenar de hombres y un puñado de cabos instructores. Entre nosotros había de todo: tipos estudiados y muchachos que escribían sus cartas con una letra tan confusa que yo creo que era ideal si quisiesen perder todo contacto con sus familias. Dormíamos en literas de tres y nos turnábamos para planchar cada mañana el uniforme. El jefe de la brigada era un maduro capitán de Infantería de Marina muy serio y muy delgado, un tipo sobrio y reservado al que sólo te atreverías a pedirle un favor en el caso de que esperases no conseguir nada. Le veía llegar cada mañana al cuartel mientras formábamos entre la niebla antes de hacer gimnasia. Llegaba mezclado en una intermitente procesión de jefes y oficiales vestidos con gabanes oscuros, guantes de cuero negro y bufandas blancas. Era noche cerrada. Se escuchaban apenas el jadeo de la gimnasia, el mar masticando en los malecones y la brisa del viento en la arboladura de los destructores. A veces se deslizaban entre la niebla los gálibos de una fragata que se hacía a la mar untando el agua como una espátula de lana. El sargento instructor blasfemaba para inculcarnos la masculinidad de la gimnasia. A los pocos días dejé de darle importancia a su furia. El sargento instructor en realidad blasfemaba de manera reglamentaria, casi sin darse cuenta, con la misma naturalidad con la que probablemente pensaba que todos aquellos muchachos se olvidarían de su rutinaria mala leche tan pronto probasen media hora más tarde el gomoso chocolate del desayuno. En una ocasión me llamó a su lado entre la niebla y me dijo: «Dentro de unos días jurarás bandera, te darán destino y no volverás a verme. Pero, ¿sabes?, quiero que sepas que siempre tendrás mis manos cada vez que sientas vacías las tuyas. Espero haber sido para ti algo más que una puta voz cagándose en Dios entre la niebla».

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13-06-2010 a las 21:15
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Niebla con gabanes (II)

15 Mayo

No aprendí grandes nociones militares en el tiempo que permanecí en el cuartel de instrucción de marinería de Ferrol, salvo el librito con los abundantes galones de los distintos cuerpos de la Armada y la manera reglamentaria de asentar el «lepanto» en la cabeza, dejando un espacio mínimo de dos dedos entre la cinta y las cejas. No había mucho margen para la pedagogía en seis semanas de preparación antes de jurar bandera. En cuanto al comportamiento fuera del recinto militar, las normas eran tajantes respecto de observar una actitud decorosa, lo que incluía el saludo preceptivo a todos los galones, con leve inclinación de cabeza según lo requiriese el rango. No estaba prohibido perderse por el barrio chino, pero más te valía no regresar al cuartel con problemas sanitarios. Nunca estuve seguro de que la propensión a la indisciplina estuviese allí peor vista que rascarse entre las piernas. Por lo demás, lo mejor era no pisar las cafeterías, infestadas siempre de mandos navales, y vencer la tentación de mirar a las chicas más guapas de la ciudad porque lo más probable era que su padre llevase galones de la Armada. Yo salí únicamente dos tardes del cuartel: una, para ver una película de Raquel Welch y comprobar con profundo abatimiento que el bromuro era realmente tan eficaz como se decía; la otra tarde me la pasé persiguiendo el gorro por toda la ciudad por culpa de un golpe de viento. Lo recuperé debajo del pie de un capitán de corbeta y cuando me lo puse en la cabeza estaba tan arrugado que parecía el birrete de un seminarista. «¿Dónde estás destinado, hijo?», me preguntó. «En la primera brigada del cuartel de instrucción, señor». «Estás un poco lejos y llegarás tarde. La próxima vez procura que se te salte el gorro cuando el viento sople hacia el cuartel». Corrí hacia la entrada del arsenal sujetando el gorro con las dos manos sobre la cabeza, como si se tratase de un terrible dolor. Nunca conseguí que en el «detall» me facilitasen un «lepanto» a mi medida, de modo que decidí no salir nunca más a la calle. Preferí enrolarme en el coro de la Armada con los otros marineros que elegían no ir a misa los domingos. Nunca he sido un gran cantante, pero el mayor de Infantería de Marina que dirigía el coro me confesó en un aparte que mi silencio había sido decisivo en la magnífica interpretación de la Salve Marinera. Iba a reírme pero no lo hice por temor a que con la risa se me cayese el gorro al suelo.

Niebla con gabanes (III)

16 Mayo

Seguramente muchos españoles sintieron al final del servicio militar obligatorio la sensación de haber perdido un tiempo precioso sin haberle añadido a sus vidas nada que fuese verdaderamente interesante. No está de moda admirar a las Fuerzas Armadas y en determinados ambientes incluso sería contraproducente no adoptar una actitud de reserva o de severa crítica hacia los asuntos militares. Personas que no detestan a las Fuerzas Armadas son sin embargo incapaces de manifestar en público al menos su indiferencia por temor a ser considerados fascistas. No es mi caso, ni será nunca ése mi problema. Serví durante año y medio en la Armada y mis inclinaciones anarquistas jamás me han impedido reconocer que fue en la Marina donde tuve durante aquel tiempo mi verdadero hogar. Compartí aquellos dieciocho meses con niños de papá y con muchachos que faenaban en la mar embarcados con sus padres en infames condiciones de supervivencia. Curiosamente, la disciplina militar sólo les molestaba a los niños de papá, probablemente porque no entendían que el sargento instructor no les llevase a media mañana en una bandeja el desayuno a la cama. Su patria era el confort y no se adaptaban a un mundo exigente y disciplinado en el que a muchos de ellos les sorprendió que fuese inútil la sonoridad social de sus ilustres apellidos. Eran más patriotas los muchachos de origen humilde, los tipos corrientes, la gente gris, aquellos marineros de Cangas do Morrazo, de Luarca o de Laredo, que en la inseguridad de haber descubierto allí las esencias de la patria, al menos no dudaban de la suerte inmensa de haber probado por primera vez la mantequilla en el desayuno. He visto llorar con mis propios ojos a muchos de aquellos jóvenes que al licenciarse se dieron cuenta de que su verdadera familia eran los suboficiales, oficiales y jefes que seguían embarcados en el destructor «Oquendo» o en la fragata «Legazpi». Por mi natural indisciplina y por otras cosas que no vienen al caso, tuve unos cuantos choques con la Marina mientras permanecí en filas. Al final se acordó camuflar como un permiso indefinido lo que no era otra cosa que una expulsión en toda regla. No sentí entonces que la patria me hubiese dado una patada en el culo, pero, ¿sabes?, mi desmovilización me sentó como si mi padre me hubiese puesto la maleta en la puerta. Desde entonces, la selecta mantequilla de casa jamás me resultó tan agradable como la que servían a granel en la Armada cuando yo sólo era un puto marinero, y comprendí que para muchos de mis compañeros de brigada la patria, como el bromuro de la sopa, era una cosa que entraba mejor cuando se inculcaba con ayuda de la cuchara.

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13-06-2010 a las 21:35
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Niebla con gabanes (IV)

17 Mayo

A quella mañana de diciembre el capitán de Infantería de Marina don Tomás Martínez Vázquez me llamó a un lado y me comentó que en Madrid había saltado por los aires el coche blindado del almirante Carrero Blanco. No había en su rostro un solo gesto que no correspondiese a su tranquila expresión de cualquier día, la misma con la que convertía en laconismo la maldita acidez de estómago. En la Comandancia de Marina de Vilagarcía de Arousa el atentado de la calle Claudio Coello de Madrid no le enfrió el café a nadie. Si alguno de los mandos de la dependencia estaba indignado por lo ocurrido, a mí desde luego no me lo pareció. Don Tomás retiró un billete de mil pesetas de una cajita metálica. «Te vas a la mercería y compras tres o cuatro metros de cinta negra. Que sea del ancho de los clásicos brazaletes de luto, ya sabes». Y siguió enfrascado en su burocrática rutina de jefe del Centro de Movilización y Reclutamiento de una comandancia de Marina de la que el almirante Carrero probablemente ni conocía su existencia. Cuando regresé del recado, un cabo se encargó de cortar la cinta en porciones y la distribuyó hasta que los suboficiales, oficiales y jefes quedaron con las mangas de sus uniformes azules perfectamente enlutadas. Varias veces mi mirada se encontró con la mirada del capitán de Infantería de Marina y nos sonreímos sin decir nada, como si el uno supiese el chiste olímpico que se estaba callando el otro. Le pregunté luego por qué no poníamos luto en nuestros uniformes los marineros. Don Tomás me llamó a su mesa con el pretexto de mostrarme unos estadillos del próximo reemplazo, me senté a su lado y se explicó sin levantar apenas la voz: «Lo ocurrido en Madrid es una desgracia oficial, no sé si me explico. Quiero decir con esto que se trata de un asunto que nos incumbe a los profesionales de la Armada. Tú eres un marinero de reemplazo, un aficionado, ¿comprendes?, y si sientes alguna clase de dolor por lo ocurrido, es cosa tuya. No te diré lo que siento yo dentro de mí. Tendrás que conformarte con que te diga que para muchos marinos el de esta mañana es un dolor estrictamente profesional». Volví a mi sitio y pasé a limpio en la máquina de escribir una larga lista de reclutas. Una hora más tarde levanté los ojos y me encontré con la mirada del veterano capitán. Tampoco esta vez nos dijimos nada, pero me consta que aquella mañana ambos sabíamos que Franco estaba demasiado viejo y que su régimen empezaba a resquebrajarse en una inexorable decadencia en la que se mezclaban la nostalgia, la indiferencia y aquella explosión de Madrid que a no pocos profesionales de la Armada les pareció un prodigioso número de circo en el que tendrían que contenerse de aplaudir.

Niebla con gabanes (V)

20 Mayo

No puedo presumir de haber tenido un brillante expediente mientras permanecí enrolado en la Armada porque mi carácter indisciplinado me enfrentó unas cuantas veces con mis mandos. Sufrí severos reproches y un arresto ejemplar que estuvo a punto de dar conmigo en un aislado destacamento naval en Canarias o baldeando cubierta en cualquiera de aquellos viejos dragaminas que en las maniobras parecían sepulcros grises asomando apenas entre la maleza del oleaje. Al final pesaron algunas influencias y se decidió darme de baja en mi unidad a condición de que ni intentase siquiera acercarme por la zona. El capitán de fragata Edmundo Fraga ordenó colocar en el tablón de anuncios de la comandancia una nota informando de que había sido desmovilizado por enfermedad. Era domingo y no pude despedirme de casi de nadie. Me levantaron el arresto a las cinco de la tarde y recorrí Vilagarcía en ayunas, vestido de blanco con peto de gala azul, el lepanto calado dos centímetros sobre las cejas, cargado a la espalda con el petate de lona cruda, el viento alabeando los pantalones acampanados, elegante y proscrito, liberado contra mi voluntad de una odiosa disciplina que sin embargo empezaba a echar de menos. Estaba tan aturdido por mi liberación que ni siquiera me despedí de la chica con la que llevaba algunos meses tonteando a espaldas de mi novia. Se llamaba Pili Ríos Mulet y era asistenta doméstica en casa del corresponsal de «La Voz de Galicia». Me enamoré de ella mientras me aseguraba en casa de mi colega los botones del chaquetón azul de la Marina. Olí su pelo mientras cosía mi ropa con su aliento exaequo en la punta del mío y juraría que a la quinta puntada estuve tentado de pedirle matrimonio. A Pili su ropa tan ceñida le sentaba como una radiografía de tórax. Algunos de los textos que escribí entonces para «El Correo Gallego» mismo parecía que los hubiese redactado con su pelo rubio enhebrado en la aguja de coser. Yo era un poco cortado y casi no hubo sexo entre nosotros. Una noche le di un beso y ella reaccionó como si le hubiese arreado un cachete. «¡Jolín!, me haces daño», dijo. No volví a tocarla. «Te dejaré que me beses de nuevo cuando acabes la mili y yo compruebe que sigues a mi lado. No quiero que pienses que soy una fresca», me advirtió. Pensé en ella camino de la estación del tren después de serme levantado el arresto, pero preferí no despedirme. No habría sabido qué decirle y estaba tan desmoralizado por mi expulsión de la Armada que ni me habría atrevido siquiera a abrazarla. Supuse que yo para ella sólo era una vela de cera blanca en la que con los últimos fríos de mayo se hubiese encaramado una llama de hielo.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

13-06-2010 a las 21:38
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Niebla con gabanes (VI)

21 Mayo

Pasaron más de treinta años desde mis días como marinero de reemplazo y todavía recuerdo casi sin errores la Salve Marinera, el himno de la Armada y aquella oración militar que entonábamos formados en la explanada frente al mar, en medio de la oscuridad, casi dos horas antes del amanecer, mientras iban saliendo de la niebla todos aquellos elegantes marinos con sus gabanes oscuros, sus guantes de cuero negro y los rostros encaramados como hologramas en la elegante leontina de sus impecables bufandas blancas. Fue durante mi permanencia en la Armada cuando aparecieron en mi personalidad los primeros brotes de una tendencia depresiva que se repetiría luego con creciente gravedad varias veces a lo largo de mi vida. Una noche desistí de presentarme en el comedor a la hora de la cena, me senté en un banco de madera frente a la cartería recién cerrada y escribí una carta para que mis padres conociesen por mi propia letra los confusos motivos por los que había decidido suicidarme saltando al agua entre los cascos de dos destructores abarloados en el arsenal. Nada más pasarle la lengua a la goma del sobre con la carta dentro, se presentó de ronda en la cartería un alférez de navío. Me preguntó qué hacía allí a aquellas horas y por qué diablos no estaba cenando con los otros marineros. Le dije que me encontraba triste y desesperado, que no sabía cuál iba a ser mi sitio en el mundo y que estaba convencido de que había venido al mundo sólo para que mi puta barba no le saliese a otro tipo en su cara. Se me había metido en la cabeza que mi novia había aprovechado mi ausencia para liarse con otros hombres y que seguramente estaría pariendo críos uno tras otro en una granja de pollos. Me invitó entonces a que le acompañase en su ronda reglamentaria por las silenciosas dependencias del cuartel. Era un tipo alto y delgado, con unos modales en los que era evidente la elegancia adquirida Escuela Naval Militar de Marín. «¿En serio pensabas suicidarte, marinero?». «Sí, señor. Me gusta escribir y la muerte es lo más imaginativo que se me ocurre desde que estoy aquí». Nos detuvimos en lo alto de la escalinata central del cuartel. En el vestíbulo se amontonaba como sarro amarillo la luz de los fanales. Entonces aquel tipo me dijo: «Rompe esa carta, muchacho, y olvida que la has escrito. Mi ronda acaba aquí. Ahora entra en el comedor, siéntate con los otros marineros y piensa que cuando escribas de nuevo a casa no habrá en tu letra el menor rastro de la tristeza de esta noche. Jamás te suicides estando en la Armada. Te lo digo porque no recuerdo un solo cadáver al que le sentase bien el uniforme de la Marina». Iba a saludarle con pero estrechó mi mano sin que acabase de cuajar mi gesto. «Entiendo que se te atragante la mili. Pero, ¿sabes, marinero?, no olvides que en cualquier caso la muerte es demasiado tiempo de uniforme»…

Patria con hongos

21 Mayo

Un funcionario de la Brigada de Policía Judicial de la Guardia Civil me dijo hace algunos años durante una redada de madrugada en un club de carretera: «A sitios como éste un tipo como yo sólo puede venir en acto de servicio. Mi sueldo es tan ridículo, muchacho, que si tuviese que pagar dos rondas en este garito no podría hacerlo sin antes haberlo atracado». Aquel tipo no exageraba en absoluto. Las cosas no mejoraron mucho desde entonces. Si echásemos cuentas, veríamos que cualquier delincuente de poca monta lleva en sus bolsillos más dinero que el guardia civil que lo detiene. Todo es escasez e incomodidades en el ambiente en el que desarrollan su trabajo los hombres y mujeres de la Guardia Civil. En el cuartel de la Benemérita en Santiago de Compostela el mueble que mejor se conserva es el mástil de la bandera. Hace dos días acudí con motivo de unas gestiones personales al destacamento de la Guardia Civil en Milladoiro, a las afueras de Santiago, y hacía tanto calor dentro que estuve tentado de preguntarle al guardia de puertas si al final de sus ocho horas de servicio no se le pasaba por la cabeza mirarse entre las piernas por si en el transcurso de la guardia sus huevos hubiesen incubado un par de pollos para la cena. En mis días de periodista de sucesos, un sargento de la Brigada de Información me dijo que si estaba a gusto trabajando vestido de paisano no era por desconsideración hacia el uniforme reglamentario, sino porque por la escasez presupuestaria les cosían la ropa tan apañada que no le cabían las manos en los bolsillos. La divertida exageración no ocultaba en absoluto la cruda realidad de que los funcionarios de la Benemérita se desenvolvían en un ambiente precario e insalubre en el que las posibilidades de estar a gusto defendiendo los intereses de la patria no eran en absoluto mayores que las de criar hongos. Uno de mis queridos amigos de la Guardia Civil se llamaba Pedro Cabezas. Un hijo de puta del Grapo le disparó en el cráneo mientras prestaba servicio en el patio de operaciones de la sucursal del Banco de España en Compostela. Acudí por la noche a la capilla ardiente instalada en la casa cuartel. Todo era allí tan precario, tan triste, tan desolado, que el mueble más valioso fue aquel día el jodido féretro de mi amigo.

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13-06-2010 a las 21:41
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Re: José Luis Alvite en La Razón

ALMAS DEL NUEVE LARGO

Loza en el fregadero

24 Mayo

En el poco tiempo que llevo metido en Facebook me he dado cuenta de la necesidad que mucha gente tiene de sincerarse y de la facilidad con la que se conmueven todas esas personas con las que probablemente nunca hablarías si coincidieses con ellas en la barra de un bar. Puede que haya mentes criminales al acecho de incautos, pero por lo general me he encontrado a toda esa maravillosa gente corriente a la que se le amontonan los sueños incumplidos y los recibos sin pagar, hombres y mujeres ansiosos por despertar con la agradable sensación de que alguien dejó una flor en su mano mientras dormían. He conocido en Facebook a gente metódica, incluso fría, que aprovecha para divulgar sus productos pensando en hacer negocio, tipos solitarios y fugitivos que intentan dar en el ciberespacio el último tumbo desesperado de una vida desigual y siempre complicada, y sobre todo, hombres y mujeres que ya no se resignan a que su vida sea, como hasta ahora, una sucesión de rutina y de tristeza mientras sus hijos crecen, el cutis se arruga como ropa y en el fregadero ya hace tiempo que falta la otra taza del café. Estas cosas ocurren sobre todo de madrugada, en ese momento en el que el cansancio se convierte con facilidad en franqueza y la posibilidad de acertar en el corazón de alguien no es en absoluto tan sorprendente como pudiera parecer. Hay tanta soledad en Facebook, amigo mío, y tanta angustia, que puedes sentir los gritos de dolor sin saber muy bien de dónde vienen, como un cazador que sin querer hubiese herido a una liebre mientras le disparaba sin intención a la maleza. También he visto mala sintaxis y poca ortografía en Facebook, pero, ¡qué demonios!, todo sirve en nombre de la bendita y entusiasta desesperación de toda esa gente aferrada al silencio sin importarle el prurito de la gramática, entre otras razones, porque la sinceridad no se fija en esas mariconadas. Con independencia de la técnica con la que se expresen, los sentimientos siempre surten algún efecto, igual que siempre caen de pie las bolas que brincan fuera de la mesa del billar. Yo dedico una parte de mi tiempo a mis amigos de Facebook y los he ido conociendo bien. A veces se me amontona la gente en el chat y se me hace difícil jugar simultáneamente con tantas conversaciones, pero al borde del cansancio y con los nervios a punto de estallar, me retiro a dormir con la agradable sensación de haber regalado al pasar unas cuantas flores en las manos de tanta gente arrodillada por la vida y vencida por el sueño. Entonces dejo en suspenso el cursor, prendo el último cigarrillo y pienso que acaso también esta noche mis frases hayan servido para que la solitaria mujer que sufre al otro lado de la pantalla deje para otro momento su idea de suicidarse saltando al vacío por tres ventanas a la vez. (A Vane Herreros, por ayudar a cerrar las mías).

Fuego congelado

27 Mayo

Me dijo de madrugada una fulana en un garito: «Conviene no confundir el calor del afecto con el calor del termómetro, cielo Me rindo casi sin condiciones cuando un hombre es cálido, pero detesto a los tipos que me producen calor. ¿Sabes, cariño?, que un hombre te deje el recuerdo de su calidez en el corazón no es lo mismo que si te deja una escocedura entre las piernas». Estuve de acuerdo con ella al instante. Tampoco yo soporto las temperaturas elevadas, aunque comprendo que muchas grandes películas y no pocas novelas son interesantes sobre todo porque tratan de historias que serían impensables sin el asfixiante calor en el que ocurren. Hay una relación muy estrecha entre el calor y la furia, la misma que sin duda también hay entre las elevadas temperaturas y las bajas pasiones. Pensar en otra cosa para olvidar la tentación que me supone una mujer nunca me ha dado mejor resultado que poner en marcha un ventilador. Historias que empezaron con buen pie una noche de frío se esfumaron tan pronto con el cambio de estación hubo más de veinte grados en el termómetro. En una habitación cerrada puedo soportar casi cualquier cosa con tal de que en un momento dado alguien abra una ventana para que corra el aire. Mi primer matrimonio se vino abajo por muchas razones que no vienen al caso, pero entró en barrena en mitad del verano, en un momento en el que era como si sólo nos uniese el pus causado por una terrible quemadura avivada a posta con sal. Aunque aquel amargo estropicio se puede contar de muchas maneras, yo recuerdo sus últimos días como un tiempo en el que una mujer y yo convivimos con la asfixiante sensación de habernos mudado a vivir con una cantimplora de esparto en el tiro de una chimenea. Lo nuestro había empezado en marzo, en ese tiempo tibio y hormonal en el que sólo el aliento deshace cada poco los helados. ¿Por qué mierda llegó tan pronto el primer verano y cómo diablos hizo para quedarse entre nosotros para siempre? Coincidíamos en muchas cosas e incluso confiábamos en salir adelante vadeando mi sudor, pero no tardé en darme cuenta de que en el termómetro de casa ella era feliz cuatro grados más arriba de donde estaba yo estaba dispuesto a llegar. Ella no aguantó mi manera de ser y yo no pude resistir aquel calor de julio que tostaba las llamas. El caso es que rompimos bien entrado el verano, en un momento de nuestras vidas en el que ella aun se estremecía con el sol y yo tuve la estúpida corazonada de que sólo podría ser feliz al lado de alguien que encendiese fuego frotando bajo la lluvia dos pedazos de hielo.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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13-06-2010 a las 21:52

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