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Le pidieron una lágrima para Baldr.

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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Perros sin olfato

28 Mayo

Si fuese cierto que para las mujeres el perfume es una manera de expresarse, algunas amigas mías desde luego podrían recorrer el mundo sin necesidad de diccionario. Yo no digo que no hagan bien en renovar su aroma, pero no estaría de más que se fijasen de manera especial en uno que fuese su perfume distintivo, su marca de fábrica. Mi amiga M. cambia tanto de perfume a lo largo del día que su pobre perro es incapaz de seguirla por la calle. Por lo general emplea esencias discretas que sólo se perciben en las distancias cortas, pero a veces se pone aromas fuertes, intensos, penetrantes, que te avisan de su llegada aunque estés al otro lado de una puerta cerrada. Hay mujeres a las que puedes seguirles la pista por el olor del dinero que tocaron y por su decisiva influencia en la atmósfera de las tiendas que frecuentan. ¿Por qué se perfuman tanto las mujeres? ¿Qué persiguen con eso? ¿Temen acaso que las reconozcas por su distintivo olor corporal? ¿Por qué temen más al sudor que al miedo? En una cena con amigas pedí que alguien dispusiese un ventilador a mis espaldas porque el perfume de todas ellas le estaba cambiando el sabor a mi comida. Las chicas de las panaderías se ponen guantes para no cambiarle el sabor al pan e incluso en algunas floristerías la dependienta huele más a flores que las rosas que tiene a la venta. En una ocasión que quise comprar una orquídea, la verdad es que comparada con el delicado perfume de aquella muchacha cualquier flor resultaba de un olor ciertamente pobre. En algunos locales nocturnos el camarero perfuma las flores con un spray antes de abrir las puertas al público. Por lo visito hay gente que no soporta el olor real de las flores y prefiere que alguien se lo disimule. Yo no sé muy bien a qué se debe eso, pero probablemente es por la misma razón por las que si a veces comemos truchas de piscifactoría es pensando en su inconfundible sabor a pollo. Se ha extendido una alarmante aversión a los olores naturales y ahora los hombres huelen bien sin necesidad de haber abrazado a sus amantes. Es curioso que muchos hombres utilizan desodorantes de todo tipo e irónicamente sólo apestan al lavarse, que es cuando antes dejaban de oler mal los hombres. Su carácter dice menos de un hombre que sus emanaciones. Por eso cuando sale los domingos al quiosco, el perro no sigue a su dueño por el olor de su cuerpo, sino por la cabecera de su periódico.

El cuco del relojero

28 Mayo

Hay médicos que en el crucial instante de darle una mala noticia a su paciente después de una exploración radiológica lo hacen con exquisito tacto y cierta elegancia, de modo que te quedas triste pero agradecido; otros, en cambio, son directos y resultan demoledores. A mi padre un médico amigo suyo le miró a los ojos después de haberle echado un vistazo a los análisis y le dijo: «Tengo malas noticias para ti. Podías pedir otros análisis y una segunda opinión, pero en la mala noticia sólo sería distinta la voz. Esto pinta mal. Te aconsejo que no hagas demasiados planes». Mi padre sobrevivió varios años a tan malas noticias y llegó a la conclusión de que tendría que haber elegido con otro criterio sus amistades entre la clase médica. Habría sido mejor que le diagnosticase cáncer aquel otro médico, también amigo suyo, que tenía por costumbre quitarle importancia a las enfermedades más graves. Se parecía mucho al tipo que me diagnosticó un nódulo en un pulmón. Me sentó a su lado en la consulta con las placas de exploración en la mano y me dijo: «Tenemos un punto aquí, en este ángulo del pulmón derecho. Es tan pequeño, que cuesta creer que no sea una mota de polvo. Pero es un nódulo. ¿Y eso que significa? Pues eso significa mucho y no significa nada. ¿Puede una simple chincheta reventar la rueda de un tractor? Depende del estado de la rueda. Tú tienes la rueda un poco gastada de fumar, pero a veces la chincheta tapona el agujero que ella misma produce». Retiré la mirada de la punta de su dedo y la planté en sus ojos con una pregunta: «¿De cuanto tiempo estamos hablando?». Su respuesta, agradablemente ambigua: «Como ya no eres un adolescente, puedo asegurarte que no morirás joven. Puede ocurrir cualquier cosa, pero yo no me obsesionaría con el tiempo. Vive por el reloj, amigo mío, pero sin perder de vista el almanaque. Son tiempos distintos, angustias diferentes. Esto conviene tomárselo con la falsa impaciencia con la que miden su tiempo los relojeros». «¿Eso significa…?». «Eso, amigo mío, eso significa que vas a disfrutar de la vida como nunca antes lo hiciste. Y eso es así porque nada te parecerá más apremiante que lo que haya ocurrido sin remedio en el periódico de ayer. En este puntito empieza otra vez tu vida, amigo. Es un sitio pequeño, muy pequeño, pero, ¡qué demonios!, Sarajevo era un puntito pequeño y cambió el mapa de Europa». Nos dimos un apretón de manos y bajé en el ascensor. Después crucé la calle, entré en un café y me quedé sentado un rato escuchando como cantaba en mi corazón, cerca de aquel jodido puntito, el maravilloso cuco del relojero.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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13-06-2010 a las 21:55
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Amor de posavasos

30 Mayo

Alguien me ha preguntado por correo a qué se debe mi costumbre de relacionarme con las mujeres enviándole notas manuscritas en los posavasos de los bares. ¿Timidez? ¿Cobardía? ¿Deformación profesional? Como me da mucha pereza desplazarme a la estafeta de Correos, le contestaré aquí mismo para decirle que el posavasos me ha sido siempre más útil que el contacto personal, no porque prenda al hablar, sino porque si digo algo inconveniente, en vez de partirme la cara, ella por lo general se conforma con romper en pedazos el papel. Por otra parte, también a ellas les viene bien ese modelo de comunicación. Es distante, preventivo, higiénico y no genera dudas que no puedan adaptar a su estado de ánimo. Si algo de lo que escribes le molesta, puede fingir no haberlo entendido. Mi mala letra se presta a entender cualquier cosa, sea buena o mala, de modo que ellas entienden lo que más les conviene. Pero si por algo recurro a los posavasos de papel es sobre todo porque nadie me interrumpe mientras «hablo». Y también porque la literatura es el arma más útil de la que puede disponer un tipo que por lo general lleva poco dinero en los bolsillos. Comprendo que no hay nada mejor que el contacto directo, cara acara, en esa distancia en la que un aliento le para los pies al otro aliento, pero, ¡qué demonios!, a mí siempre se me ha dado mejor el cuerpo a cuerpo por escrito. A lo largo de muchos años de insomnio y caligrafía he conseguido despertar su sonrisa y también su llanto y aunque es cierto que las más de las veces he dado con pésimas lectoras, no lo es menos que fue por los andurriales de mi caligrafía por donde se acercaron a mí las mujeres más inolvidables que conozco. A la larga no queda de muchas de esas relaciones otra cosa que el recuerdo del humo de los cigarrillos y un puñado de apremiante literatura de posavasos, pero al menos a ellas les fue útil para sobrellevar la tediosa madrugada en el bar y a mí me sirvió para reafirmarme en la idea de que en el recuerdo de las manos transeúntes de un hombre no siempre el dinero que mueven es más sólido que la caligrafía que se incuba en ellas. Me dijo de madrugada una fulana en un garito: «Con tal de que fuesen sinceras, no me importaría que las cosas que me dices las escribieses con luz de mechero al lado de tu firma en un cheque sin fondos». Supongo que eso lo dijo porque ya me había cobrado mis sentimientos en efectivo. La verdad es que la literatura raras veces paga al contado.

Azúcar y sangre

31 Mayo

Con las naturales y consabidas excepciones, por lo general los hombres y las mujeres se unen por la misma razón por la que tarde o temprano muchos de ellos se separan: el sexo. Al cabo de un tiempo de relación en pareja, a muchas mujeres les parece excesivo el sexo que poco antes les sabía a poco. El caso es que mientras ellos aprietan el acelerador, ellas pierden velocidad. Descubren entonces que su sexualidad tiene ritmos distintos y un desarrollo peculiar. Eso significa que si se acuestan el miércoles en la misma cama, él disfruta como un loco esa noche y ella tiene su orgasmo el viernes, seguramente mientras él arrastra en su oficina el lento tanteo de la contabilidad. ¿Se puede tener un orgasmo simultáneo con media hora de autobús entre ambos? Puede que sí, que sea posible, pero sólo en el caso de que se le llame orgasmo simultáneo al que un hombre y su pareja tienen con dos semanas de diferencia en la misma estación del año. Según la doctrina matrimonial de la vieja escuela, el hombre casado era feliz si su mujer cocinaba bien, tenía la casa limpia y planchaba a tiempo sus camisas. El tiempo se ha encargado de demostrar que eso era mentira. Los hombres casados no tardan en descubrir que el orden doméstico es enemigo directo de los placeres y que la plancha es un impedimento sexual de primer orden. Ya no quieren compartir su vida con la mujer que ordena su ropa, sino recuperar a la que desplanchaba sus camisas cuando se abrazaban. De estas cosas hablo a menudo con la veterana escritora Kate Sinclair cuando me tomo un fin de semana en su casa de la costa. Sus fracasos sentimentales le han dado una visión de los hombres descontaminada de los prejuicios feministas que tanto daño le hicieron en el pasado. Fue ella quien una tarde me confesó como cosa propia el arrepentimiento que muestran en su obra narrativa la mayoría de sus personajes femeninos: «Me educaron en una visión romántica de la relación con los hombres y no consideraba decente que me sedujesen sin traerme flores en su mano. ¡Bobadas, cielo! Me gustaba que me dijesen cosas bonitas y que se apartasen a mi paso. Decía mi madre que de las manos de un hombre sólo hay que tocar sus regalos. ¡Qué idiota fui, Al! Ahora me doy cuenta de que los hombres elegantes que te abren las puertas para que pases delante son menos excitantes que aquellos otros que se plantan frente a ti y te cortan la retirada. ¿Sabes qué te digo, viejo amigo? Te digo que a mi edad te das cuenta de que los hombres que merecen tu amor son por lo general los mismos que en determinado momento merecen también tu desprecio. Y eso es así, cielo, porque el azúcar de un beso es más fácil de olvidar que la sangre de su mordisco».

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13-06-2010 a las 21:59
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

After hours

3 Junio

Soy aficionado al cine desde niño y tengo más de dos mil títulos en casa. He acumulado material pensando en que un día dedicaría cuatro o cinco horas de cada jornada a ver películas. Hasta que hace unos meses me he dado cuenta de que por mi edad pudiese ser que muera mañana, o la semana que viene, de modo que nada de lo que haga ahora, incluido el visionado de mis películas, tendré mucho tiempo para conmemorarlo. Recuerdo con emoción cosas que me ocurrieron hace cuarenta o cincuenta años, pero sé que dentro de otros cuarenta o cincuenta va a ser difícil que mi cadáver tenga tanta memoria. Se me pasó hace unos meses por la cabeza hacer el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Pensé luego que el recorrido sería demasiado largo y estimé la posibilidad de empezar a caminar en Villafranca del Bierzo, tal vez en el alto de Piedrafita, aunque luego se me metió en la cabeza que tal vez tanta fatiga me costase la vida y decidí que lo mejor para tener éxito en semejante empresa sería echar a andar en la Plaza do Obradoiro. Ya sé que conviene tener entusiasmo porque es ahí donde radica buena parte de las posibilidades reales de envejecer con serenidad y con relativa salud, pero, sinceramente, no estoy por la labor, no porque haya desistido de vivir, sino porque a mí sólo se me da bien entusiasmarme con el desánimo. En mis días de marinero en la Armada, un sargento comentó medio en broma que en cualquier supuesto táctico de enfrentamiento armado nuestro bando tendría serias posibilidades de vencer sólo en el caso de que en un heroico gesto de sentido común yo me pasase al enemigo. Aunque desde niño siempre había querido vestir el uniforme de la Marina, mis dieciocho meses en filas no fueron un derroche de entusiasmo. Ya entonces pensaba que mis días de vida estaban contados y que si quería aprovechar el tiempo lo mejor sería empezar la cena por el postre. Ni siquiera creía en la posibilidad de envejecer con más garantías si no cometía la estupidez de correr riesgos. Lo pensé pero fue un pasajero acto de fe. Enseguida comprendí que los riesgos se tienen aunque se trate de evitarlos y que en realidad incluso a un reloj parado se le amontona sin remedio el tiempo.
Definitivamente no haré el Camino de Santiago ni me sentaré a ver todas esas películas pendientes. Prefiero asomarme a la ventana y mirar cómo ocurren en la calle el sol y la lluvia, las flores y los niños, y lo haré sin entusiasmo pero también sin amargura, persuadido, maldita sea, de que si me cayese al vacío, el menos no me daría tiempo a aburrirme en el aire. Ya no espero hacer grandes cosas en la vida, de modo que podré recordarlas como si se hubiese tratado del último intento de encender una vela debajo del agua.

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13-06-2010 a las 22:02
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Re: José Luis Alvite en La Razón

El cuatro de junio, inexplicalemente, José Luis Alvite me habló desde La Razón; el día que vino su sobrino a avisarme. Fue en este artículo que pongo aparte, claro y que, naturalmente, me hizo muchísima ilusión

Perro de leña

4 Junio

Como si quisiese saldar una deuda afectiva que tengo con ella, ayer le dije a mi querida Ana Serrano que el día menos pensado nos reuniremos a cenar en cualquier restaurante entre la niebla y la bruma, «y estaremos el uno frente al otro, y tan cerca, que nos separarán apenas el tictac de los relojes y la llama de la vela». Ella se sorprendió mucho de semejante arranque y dijo que no creía haber dado motivo alguno para que me fijase en ella pensando en esa cena. Ana Serrano nunca sabrá lo importante que ha sido y sigue siendo para mí. Sus pies pisan a seiscientos quilómetros de donde pisan los míos, pero yo sé que jamás pierde de vista mis huellas y está pendiente de que mis pasos no pierdan el rumbo si por lo que sea les vence de repente el sueño. A una cena como la que le debo a mi querida Ana Serrano tendría que haber invitado a una muchacha a la que conocí en el otoño del 93 la primera vez que me senté sobre el regazo de mi cadáver en un banco de madera del sanatorio psiquiátrico de Conxo. Vestía como si ella misma se hubiese maniatado frente al espejo del baño y se paseaba muy nerviosa de un lado para otro del maldito pasillo, como si le quemase los pies el suelo. Se detuvo, caminó cuatro pasos hacia mí, y con su aliento en la foto finish del mío, me dijo: «Supongo que te preguntas por qué cojones camino de un lado para otro a tanta velocidad. ¿Quieres saberlo, colega? Pues te diré que camino de un lado para otro a tanta velocidad porque por muy abajo que haya caído yo, me jode que llegue todo el polvo al suelo». No dije nada. Yo estaba en lo mío y fumaba tanto que el humo se me amontonaba como la lana a una oveja. La muchacha dio otra carrera recogiendo en el miriñaque de sus aspavientos el polvo entreverado por la luz de las ventanas del sanatorio y regresó a mi lado con una pregunta: «¿Tú también te has escapado de la calle?». A veces creo que es por aquella muchacha por quien lloro cuando lloro sin motivo. Aquella mañana, mientras esperaba sentado en aquel banco de madera mordisqueado por la termita de la luz eléctrica, escribí en un pedazo de papel: «Me ronda una muchacha husmeante y nerviosa que yo creo que se sostiene sobre el esqueleto de su perro muerto».

Ahora estoy mejor que cuando conocí a aquella muchacha cuyos pies hacían ladrar como a un perro de leña el suelo del psiquiátrico. Y sin embargo, ¿sabes, Ana Serrano?, sin embargo, sé que necesito esa cena con bruma y nubes bajas, aunque sólo sea porque quiero saber qué se siente al compartir contigo en la penumbra el gótico aliento destemplado de la posteridad mientras la flácida llama de cera se ahorca estilizada en la vela. (A la dulce Naría Lucía, para que no se arrodille ante la muerte).

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13-06-2010 a las 22:05
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Perdón, el artículo del 3 de Junio que titulé Arter hours, se llama Una llama bajo el agua

[editado por Anacrusa el 16-06-2010 a las 13:30]

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Anacrusa

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16-06-2010 a las 13:30
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Hernias azules

5 Junio

En una época de mi vida en la que era un joven pulcro y romántico que se enamoraba de las chicas buenas y recién lavadas, a menudo me olían a flores las manos. Fue aquel un tiempo lírico y aseado que recuerdo lleno de poesía a higiene y en el que mi aparato digestivo incluso convertía el asco en jabón. Si recogía del suelo una manzana podrida sabía que al abrirla encontraría dentro un jugoso melocotón con su hueso relleno de uvas. En la relojería cambadesa de Santi Villar incluso con las puertas cerradas podía escuchar desde la calle, como grillos, el jubiloso tictac del tiempo.

Yo era sólo un chiquillo en cuyas manos incluso era a cada rato noticia el tacto. Mi amigo Suso Barros también era un muchacho inocente que se había convencido a sí mismo de que era cierto lo que decía de que había ido a Holanda en una bicicleta de un solo pedal. Todo era tan hermoso y tan admirable en aquel antibiótico orbe estival, que, poseído por la devoción frente a tanta grandeza, aprendí a nadar arrodillado. Fue aquel un bendito tiempo venial y lenitivo en el que las olas rotas de la bajamar se vaciaban como hernias azules en las playas; días de luz y glucosa en los que de regreso de acompañarla a su trabajo de comadrona, tía Pepita tocaba la espalda del taxista con la blanda obstetricia de su mano un poco inglesa y le decía: «Tan pronto pueda, arrime el coche a la orilla…»; y cuando el bueno de Benito arrimaba el coche hasta pisar la pana de aquella maleza tan verde, yo bajaba la ventanilla, asomaba la cabeza frente al grandioso panorama de la ría y le aplaudía lentamente al paisaje.

Tía Pepita aprovechaba la quietud del momento para reanudar en el cuenco de sus manos el lento ceremonial del ganchillo con sus aromáticos hilos portugueses. Nunca olvidé aquella mezcla de naturaleza y mercería. No sabría decir para quién ganchillaba tía Pepita de regreso de sus partos, pero para mí que el suyo era el esfuerzo baldío de la prolongada soltería y que en realidad la suya era una obra a largo plazo, como si estuviese ganchillando en hilo portugués el aromático féretro para su cadáver.

Donde en mi infancia pisaba la maleza con sus ruedas de astracán el taxi de Benito, hay ahora un relleno en el que comen cemento los perros. A mi amigo Suso Barros le perdí la pista hace tiempo y de su bicicleta de un solo pedal queda apenas un seseo como en llanta sobre la grava autógrafa y funeral de mi memoria. Un día mi existencia cambió de aromas y descubrí que por culpa de las chicas malas, cualquiera cosa que comiese con las manos me sabría sin remedio a pescado. (Dedicado a lo que queda de mí).

Buganvilla en la oscuridad

6 Junio

Como en cualquier lugar que fuese real, también en el territorio Facebook puede uno vagar sin rumbo mientras mira las lucecitas verdes del chat, como si fuesen el resplandor de las ventanas urbanas en las que al avanzar la madrugada va amainando la luz hasta que sólo quedan prendidas las lámparas de alguien que está enfermo y vela su fiebre, la tulipa del tipo solitario que rastrea una posible e improbable amistad verdadera, o la luz tiffany que alumbra apenas sobre el teclado del ordenador la mano de la mujer que aún confía en la presencia virtual del tipo hosco y transeúnte, pero fiable, que le ayude a cambiar de vida aunque sólo sea para saltarse de vez en cuando a la torera la semanal rutina de las legumbres. Frecuento Facebook por la noche y me he dado cuenta de que proliferan la soledad, el cansancio y la franqueza. A veces elijo a alguien al azar y suelto en el cursor el anzuelo de una pequeña frase para llamar la atención, como quien a merced de las olas lanza el autógrafo fluorescente de una bengala en medio de la noche con la esperanza de que su resplandor les abra al menos los ojos a los peces.

A veces la buganvilla de la bengala se malogra en el aire hasta esfumarse en la oscuridad, pero esta noche la luz casi astral de la bengala le ha abierto los ojos a una mujer que escribe en la ventanita del chat sin ocultar ni su escepticismo, ni su cansancio: «¿Es a mí? ¿Y tú quién eres? Es tarde. No creí que hubiese nadie vivo a estas horas. Estoy algo cansada. Si dijese algo, posiblemente sería sincera y te reirías de mí». Dudé unos segundos y afronté la situación: «Pasaba por aquí y he visto luz en tu ventana. ¿Sabes, amiga?, en medio de una noche tan oscura cualquier luz en la ventana es como un ruido amarillo hecho por el polen de la electricidad al gotear del pincel sobre un cuadro de Hopper». Cliqué, ella lo leyó y al rato tuve su respuesta: «No sé muy bien qué me quieres decir pero me gusta. Suena bien. No sé quién eres pero aunque fueses mala gente puedo decirte que al acercarte me has sonado como las pisadas de un santo».

Prendí un cigarrillo y traté de explicarme: «Celebro haberte encontrado. Tampoco yo sé quién eres. Es tarde y quedan sólo unas pocas luces encendidas en el chat. He clicado al azar y has salido tú. No pretendo nada. Sólo quería asegurarme de que estabas viva. La muerte no da olor en Facebook». Esperé un par de minutos mientras veía el símbolo de la escritura en el renglón inferior. Por fin saltó la banda azul con el numerito rojo. Allí estaba la respuesta: «Gracias por preocuparte. He mirado en tu perfil y sé quién eres. Celebro que no te hayas suicidado. Si lo pasas mal, dile a tu luz que busque a la mía. También yo soy un ser solitario. Y si estoy aquí es porque en Facebook incluso la muerte necesita bengalas para anunciarse»… (A Isa Cava Macías, porque se lo merece).

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Anacrusa

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16-06-2010 a las 13:32
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Duro y sentimental

9 Junio

Dice Frank Sinatra en una de sus canciones: «He sido un vago. He caminado solo. Recorrí cientos de caminos. Y nunca encontré un hogar». Pero como Frankie fue siempre un estoico, en otro momento de la misma canción advierte que nunca se quejó de su suerte, porque, como él mismo admite con su inimitable cinismo, «entre una cosa y otra, el amor se portó bien conmigo». En los peores momentos de su carrera el tipo duro y sentimental de Hoboken sintió que le fallaba la voz y que se estaba quedando sin contratos. Como no tenía nada mejor que hacer, se comprometió a interpretar el papel del soldado Maggio en «De aquí a la eternidad». Nadie creía que Frankie sirviese para algo serio en el cine, pero el director Fred Zinnemann casi no tuvo que repetir sus escenas y Sinatra ganó un merecido Oscar por su papel en una película de la que luego grabaría la hermosa canción del mismo título. Hay quien dice que con lo que le pagaron por aquella película en sus amargos días de rebajas, el mito apenas pudo canjear en los garitos de los peristas la mitad de sus papeletas de empeño. Siempre he sentido fascinación por Sinatra, no sólo por la portentosa calidad de una voz irrepetible, por su impecable fraseo o por lo bien que hacía las cosas que hacía mal, sino, y sobre todo, porque su piel siempre fue más resistente que la de los zapatos de quienes intentaron pisarlo. Un tipo que le conoció tomando copas de madrugada en Cleveland, me contó hace muchos años que al final de una interminable noche de bares y cuando sus compañeros de juerga pidieron unos botellines de agua porque habían bebido demasiado y estaban doblados, Sinatra se negó porque, según él, la única bebida que le producía vómitos era el agua de Cleveland. Esto otro no me lo dijo aquel tipo, pero por lo que cuentan sus biógrafos y por la imagen que todos tenemos de él, del noctámbulo Frank Sinatra podías tener la absoluta seguridad de que jamás estaba recién levantado.

Una madrugada me dijo una fulana en el Savoy: «Fui amiga de una camarera que le conoció en el ‘‘Sand´s” de Las Vegas y puedo asegurarte que la mano izquierda la necesitaba Sinatra para cobrar el dinero que le costaba mantener los vicios de la otra mano. Apenas dormía y actuaba con un cigarrillo encendido en la mano. Nunca tenía prisa. El maravilloso Sinatra era la clase de hombre al que jamás multarían por exceso de velocidad al volver tarde a casa».

José Luis ALVITE

Almas con cremallera

10 Junio

En mis conversaciones con las mujeres doy por sentado que tienen toda la razón cuando dicen que los hombres perdemos fácilmente la cabeza por culpa de no ser capaces de resistir la tentación del sexo. Sería absurdo que negase algo tan obvio. Tampoco hay nada que objetar a su idea de que ellas son más sensatas en sus relaciones sentimentales y raras veces pierden el control. Dicho lo cual debo reconocer también que cada vez que un hombre pierde la cabeza por una mujer, no lo hace temiendo una hecatombe emocional, sino desconfiado precisamente de que ella lo atrape emocionalmente.

Yo he perdido muchas veces la cabeza con las mujeres pero la verdad es que no sólo no me arrepiento, sino que siempre no he tardado en reincidir. De hecho, cada vez que he recuperado la cabeza, lo hice con el alivio de saber que disponer nuevamente de ella es imprescindible si quería sentir de nuevo el inmenso placer que me supondría la suerte de perderla. Ocurre entre los hombres con esta clase de emoción lo mismo que con la impagable sensación que supone almorzar a sabiendas de que después del sensorial placer del paladeo vendrá sin remedio el excitante placer de la defecación. Puede que para ellas eso representa una actitud insensata, pero como le dije recientemente a una querida amiga, las mujeres tienen de la sensatez sexual una idea demasiado solemne. Aunque sé que no es ése su caso, también le dije que muchas mujeres consideran un acto de innecesaria e indecente lujuria la simple veleidad estival de chupar un helado en público. Ven símiles y alegorías por todas partes. Yo sé que son sensatas conforme a lo que ellas llaman sensatez, pero me pregunto si eso incluye también la idea que ellas tienen acerca de la sinceridad.

Es difícil saber lo que piensan realmente las mujeres. Yo lo he intentado muchas veces y no estoy seguro de haber progresado en mis averiguaciones. Antes me preocupaba, pero ya he renunciado a conocer al dedillo el interior emocional de las mujeres.

Llegado este punto, me viene bien echar mano de lo que me dijo de madrugada hace algún tiempo una fulana en un garito: «Yo sé que pones mucho interés en averiguar mis sentimientos y en intuir cuales puedan ser mis reacciones. Te lo agradezco, cielo, pero no te esfuerces. Mi alma tardarías mucho tiempo en abrirla, de modo que esta noche me conformaré con que seas capaz de desabrocharme la cremallera del vestido».

[editado por Anacrusa el 16-06-2010 a las 13:37]

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Anacrusa

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16-06-2010 a las 13:37
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Flores robadas

12 Junio

Recorro por la noche en mi ordenador las calles virtuales mientras escucho en los cascos el saxo de Tom Scott con el que Bernard Herrmann ilustró la banda sonora de «Taxi driver», en un momento de la madrugada en el que hay miles de personas sentadas frente a sus pantallas con las manos acechando el teclado, un cigarrillo ardiendo con el humo en vilo y un labio mordido por el deseo de acertar con una frase que entierre un viejo dolor o despierte una emoción donde sólo medra el silencio. Una de esas noches de simple vagar por las fluorescentes y silenciosas calles de Facebook encontré a boleo la foto de una mujer de porte elegante, vestida con camiseta y pantalones informales, los brazos distendidos a lo largo de un cuerpo estilizado, gafas oscuras, un hombro desnudo y una sonrisa sin acabar en la que podría haber ocurrido cualquier cosa. Cerré los ojos, metí la mano en el tintero y saqué una frase que dejé gotear al pie de aquella foto: «Serías inolvidable aunque jamás te hubiese visto». Vino un cruce y cambié de calle. Me detuve al poco rato. Pensé que no estaría de más saber en qué manos había caído la flor que acababa de escribir. Desanduve el camino marcha atrás y eché un vistazo. La chica de la flor se llama Ana Soler, no muestra su edad y dice en su página que «el amor consta de cuatro palabras; dos vocales, dos consonantes…y dos idiotas». Parece que vive en Ciudad Real, un sitio en el que jamás estuve, uno de esos lugares en los que siempre tuve la sensación de haberme perdido algo verdaderamente grande por culpa de no equivocarme a tiempo de carretera camino de cualquier lugar en el que prospere el cementerio. Probablemente haya muchas chicas como Ana Soler en las dobleces de la geografía, pero fue a ella a quien vi y ayer regresé adrede a su foto y la esperé agazapado hasta que saltó su lucecita verde en el chat, salí de entre la maleza virtual y me atreví a saludarla. Ella colgó de regalo en mi muro una canción de Andrés Calamaro y yo le pagué con «Closest Thing To Crazy», interpretada en la punta del aliento por la deliciosa Katie Melua. Y le dije: «En una ocasión en la que andaba tieso de dinero, a la chica que me gustaba le regalé hace muchos años las flores que acababa de robar en la tumba de su padre». Y le expliqué que la canción y la voz de Katie eran ayer las únicas flores que tenía a mano para agradecerle su amistad. Ella gratificó el gesto colgando mi dedicatoria en su muro y yo cambié de calle en la pantalla y volví a mis ocupaciones. Ahora acabaré mi columna y miraré con emoción en Facebook, aunque sólo sea por si todavía queda alguna mujer a la que no le importe recibir de mis manos las flores que haya robado a hurtadillas en mi propia tumba.

José Luis Alvite

El cuello del jersey

13 Junio

Cuando tenía veinte años me dije a mi mismo que necesitaría otros tantos para tener las suficientes experiencias sobre las que escribir algo verdaderamente interesante. Acerté porque tuve todas las experiencias necesarias para escribir algo decente, pero no lo hice porque preferir prolongar el largo noviciado por si todavía me quedaba por vivir algo que aún pudiese impresionarme, así que me marqué otro plazo. Ahora ya no pienso en tomarme otros veinte años, ni siquiera diez, porque sé que por cada experiencia nueva habré olvidado dos de las antiguas. El camarero de un bar en el que solía tomar café por las mañanas me veía tan pesimista sobre mi porvenir, que al servirme el café dejaba sobre mi mesa el periódico local abierto por la página de las esquelas. Comprendí entonces que mi vida estaba hecha, mis experiencias colmadas, y que lo mejor sería marcarme los plazos hacia el pasado, por si pudiese encontrar algo noticiable en mi biografía antes de que mi cabeza sólo recuerde vagamente la ofuscación de la última jaqueca. Es cierto que conservo intactas algunas pasiones, y sobre todo, es verdad que todavía las mujeres me atraen más que las barbacoas y los coches, pero en ese viaje emocional hacia el pasado recuerdo con gratitud, casi con estupor, los días adolescentes en los que podía tener una erección mientras miraba el escaparate de una ferretería. De las mujeres había tocado apenas su aroma y sus fotos y sin embargo presentía el acre «pehache» de sus vaginas cada vez que al levantarme por la mañana para ir al colegio cerraba los ojos y pasaba lentamente la cabeza por el cuello del jersey.

Tengo la sensación de haber dedicado demasiado tiempo a las experiencias y de haber dejado poco para el viejo proyecto de contarlas. Reconozco que viví con cierta gula existencial. Fue como haber hecho interminables preparativos para una larga cabalgada y al ir al establo encontrarte muerto el caballo. Desde hace una temporada ando a vueltas con el borrador de una novela. Es la segunda vez que lo intento. En la anterior ocasión el maldito borrador se fue en el maletero al desguacé que trituró a ciegas mi coche. La verdad es que supongo que ya no me queda demasiado tiempo para redondear una novela en la que cuaje definitivamente mi manera de escribir. También pudiera ser que todavía crea en la posibilidad de tener nuevas experiencias. O será que todavía cada vez que veo a una mujer me distraigo pensando en que placer inefable que sentiría si al pasar la cabeza por el cuello del jersey me encontrase en la barba, como anzuelos de seda, el vello de su pubis.

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16-06-2010 a las 13:41
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

La blonda de la saliva

14 Junio

En la librería que frecuentaba de muchacho había una dependienta muy atractiva y ése era el principal motivo de que gastase en libros el dinero que otros amigos preferían dedicar a divertirse en los bares. La chica vestía minifalda con frecuencia. Si el propietario de la librería hubiese hecho un estudio de su negocio, habría descubierto que sus ventas fluctuaban según como fuese vestida su empleada. Y también habría caído en la cuenta de que cada vez que la dependienta se ponía su minifalda amarilla, a mí me entraban ganas de leer aquellos terribles tostones centroeuropeos que permanecían llenos de polvo en un lugar muy alto de las estanterías al que ella sólo alcanzaba con sus manos encaramada en lo alto de la escalera de ruedas. Ya no recuerdo los nombres de todos aquellos sesudos escritores checos y polacos cuyos libros por otra parte nunca leí, pero de ninguno de ellos olvidé jamás sus bragas. Fue aquella muchacha la que me arrastró a la cultura, pero si ella cambiase su trabajo por el de empleada de un tanatorio, estoy seguro de que con el mismo entusiasmo me habría encaprichado con la muerte. Siempre supe que mi afición literaria suele ser la secuela de algún instinto carnal y que mi formación como persona tiene más que ver con mis pasiones que con mis conocimientos. Jamás entenderé que para ser felices los hombres intenten emular a sus dioses, cuando les resultaría más asequible, y más agradable, imitar a sus perros. Puede que lo que digo no sea un buen ejemplo para los muchachos que me leen, pero no sería sincero si no reconociese que fui más feliz en aquellos pocos años veniales de mi vida en los que siendo un chiquillo tenía a menudo en la cabeza las mismas pedradas que mi gato. Todos hemos mirado de muchachos hacia el cielo pensando en que se derramase sobre nosotros la luz de la posteridad. También yo hice eso en una época casi amniótica de mi vida, cuando creía que Dios era más seguro que los aeroplanos. Luego me di cuenta de que si lo que esperaba de la vida era ser feliz al instante de desearlo, lo mejor sería que levantase la vista al cielo con la esperanza de verles a los aviones las bragas casi de oblea de la dependienta de aquella librería compostelana en la que un día descubrí que no hay una sola novela que no mejore si al abrirla huele como si su texto hubiese sido redactado con la blonda de la saliva en el bastidor de la lencería. (A Carmen Montesinos, por dejar que mi mano escriba en la palma de la suya).

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16-06-2010 a las 13:45
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Re: José Luis Alvite en La Razón

El telonero de la muerte

17 Junio

Mucha gente me ha preguntado por los motivos que pueda haber tenido para distanciarme del programa de Carlos Herrera en Onda Cero. ¿Desavenencias? ¿Cansancio? ¿Desacuerdo económico? ¿Incompatibilidad de caracteres? ¿Fracaso profesional y retirada consecuente de la radio? Todo eso podría haber ocurrido, incluso podrían haberse dado varias de esas circunstancias al mismo tiempo. Cuesta creer que haya otra explicación fuera de esas alternativas. Y la hay, claro que la hay. Es mi manera de ser lo que produce esta clase de interrupciones en mi vida profesional, unas veces, por el horrible imponderable de una depresión; otras, por un irresistible y pasajero bajón emocional; y siempre, porque soy tan tenaz para el esfuerzo como pueda serlo sin duda para la pereza. Siempre quise tener una amante a mucha distancia de donde vivo. Pondría todo el empeño del mundo en acudir a visitarla. No me importaría renunciar al descanso y al sueño. Pero si eso ocurriera, sé que no duraría. En una de esas visitas le diría: «Te quiero como el primer momento, nena, y sigues siendo cada día la novedad más importante de mi vida… pero no puedo seguir». Entonces ella pediría explicaciones razonables para una decisión francamente inesperada. Y entonces, si fuese sincero, le diría: «Tú me gustas tanto como en mi primer viaje, pero lo nuestro sólo tendría remedio si de vez en cuando vivieses al otro lado de una carretera distinta». Habría hecho con ella lo mismo que con aquel cuadro que me regaló un pintor. Estuve tentado muchas veces de colgarlo en casa, pero tardé tanto en hacerlo, que al final el cuadro me perdió interés y en un acto de sincera indiferencia decidí colgarlo dentro de un cajón. Esta mañana me reencontraré con Carlos Herrera en Compostela y le diré que he recuperado el entusiasmo perdido y que le estoy agradecido por muchas cosas, no sólo porque es a él a quien le debo mi proyección profesional, sino, y sobre todo, porque pudiendo hacerlo, jamás me cortó las alas. Desde que se fijó en mí hace casi once años, he encontrado siempre su comprensión y su aliento. Puede que no haya sabido decírselo, pero probablemente también él sabe que no volvería a su lado si no estuviese seguro de ser el de antes, el de siempre, el tipo soñador e irregular, pero entusiasta, también poco ambicioso, que se habría conformado con sobrevivir haciendo bolos por los cementerios como telonero de la muerte. (A Angus Hernández, porque lo merece).

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17-06-2010 a las 07:12
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Re: José Luis Alvite en La Razón

Guadiánica sigo, pero soy de ley y vuelvo, cuando puedo:

José Luis ALVITE

Mano de tenista

17 Junio 10

Sé de un tipo que se supo que llevaba algunos días muerto porque sus vecinos habían dejado de escuchar a través de los tabiques su receptor de radio. El aparato se había quedado sin pilas y era muy extraño que aquel tipo no se preocupase de reponerlas. Aquella radio sin señal fue el síntoma inequívoco de una muerte que se anunció por clamoroso que en ocasiones resulta el silencio. Otras veces la gente solitaria fallece y sus vecinos sólo se enteran por el gemido de un perro, por la inesperada abundancia de insectos funerales, o, sencillamente, en el momento en el que el olor se decide a bajar como una babosa de talco las escaleras. Cada día hay más pisos habitados por gente que vive sola y enciende la radio para sentir el genérico afecto de los profesionales que hacen el programa de su gusto. Muchas parejas salen de día y al caer la noche se retiran a dormir en casas distintas. Me dijo hace poco una vieja amiga: «¿Cómo podría tener un orgasmo simultáneo con alguien con el que ni siquiera comparto la cama?». No me sorprendió su pregunta. Con motivo de mi divorcio me instalé en un piso barato de Compostela, justo al lado de donde pernoctaba una pareja de recién casados. Yo estaba solo, pero las paredes eran tan delgadas que juraría que tuve un par de orgasmos por culpa de sentir tan cerca los escandalosos gemidos de aquella mujer. No pegaba ojo y acabé tan estresado que estuve tentado de dormir con la cabeza metida en el casco de una moto. El caso es que aquel tipo se lo pasaba en grande, pero los otros vecinos a quien miraban por la mañana era a mí, que era el único que salía a la calle con ojeras. Sabían que yo vivía solo, pero era evidente que para ellos aquellas ojeras eran el resultado de una vida sexual tan agitada como secreta. De mi intimidad no sabían nada por haber escuchado a través de las paredes mi receptor de radio, sino que lo suponían por mis ojeras. Temeroso de que buscasen otras señales más sutiles, tomé la decisión de saludar a mis vecinos sin sacar las manos de los bolsillos, no fuesen a mirarme con el recelo de quien cree haber descubierto que tienes una mano más grande que la otra, ya me entiendes. Podría haberme ocurrido como a aquel amigo mío al que sus compañeros de trabajo no le preguntaban por el carácter solitario de su vida sexual, pero le decían de manera bien insinuante que tenía una mano de eunuco, y la otra, de tenista. Mi amigo fue siempre un tipo solitario, la clase de hombre casi sin sombra cuya muerte abarata mucho las esquelas. Todavía vive, pero continúa instalado a solas en uno de esos pisos en los que a veces sabes que sólo el sigiloso retén de la muerte se toma de cuando en cuando la molestia de apagar con un chorro de silencio la radio de los difuntos.

José Luis ALVITE

La etiqueta del agua

18 Junio 10

Yo comprendo que no se estila la franqueza en ocasiones como ésta, pero a mí la muerte de José Saramago no me duele de una manera gremial por tratarse de la extinción de un escritor. Lamento su fallecimiento, como es natural, pero, sinceramente, estaba en una edad en la que sucumbir a la muerte es más natural que citarse con los amigos para acudir por la noche a la bolera. Un vecino mío que no está muy al tanto de la literatura se enteró ayer por el telediario de la importancia capital de Saramago gracias a la relevancia informativa con la que fue tratado su óbito. No nos engañemos: somos un país en el que un selecto grupo de gente lee todo lo que los demás evitan leer. Se edita mucho, se vende bastante y, francamente, se lee poco. Soy el primero en reconocer que mi índice de lectura sólo es ligeramente más alto que el del murciélago. Pero he leído cosas de Saramago y he invitado a otros a que lo hiciesen, no porque a mí me gustase la literatura del portugués, sino porque el regalo de alguna de sus novelas me ha servido para librarme de la amistad de unas cuantas personas a las que estaba deseando perder de vista. Podría haberles atizado directamente en la cabeza con el libro y de ese modo sería coherente con mi idea de que la literatura ejerce sobre la sociedad menos influencia que la artillería, pero creo que el castigo de leer una novela de Saramago es, sin duda, más severo que el de recibir su impacto en el cogote. Yo sé que mi actitud de hoy me va a granjear la antipatía de las clases cultas y que en lo sucesivo nadie me va a invitar jamás a una de esas veladas literarias en las que la gente lo que recuerda luego son las gambas Orly y las piernas de la azafata iletrada pero hermosa que reparte los libros encaramada como humo de lencería en la inalámbrica gacela de sus pisadas. Exceptuando la intendencia y la chavala, no creo que me pierda gran cosa. No me sentiré por eso peor que cuando supe que Ava Gardner jamás pensó en mí mientras se daba carmín en los labios. En un país en el que la gente decente tiene que abrirse paso a tiros hasta ponerse a salvo en la cárcel, la crítica literaria se empeña en considerar de culto cualquier obra literaria en la que los lectores por lo general sólo encuentran una magnífica excusa para dejar de leer. Me duele la muerte del hombre y me es indiferente la del escritor. Ya sé que se trata la suya de una pluma muy jaleada por cierta crítica ideológica. Pero eso a mí me resulta tan irrelevante como si pretendiesen convencerme de que podría calmar la sed leyendo la etiqueta del agua.

José Luis ALVITE

Pájaro estrangulado

19 Junio 10

Me dijo de madrugada un tipo al que conocí de paso entre dos condenas: «La primera vez que estuve en prisión me juré a mí mismo que en lo sucesivo haría lo que fuese para no perder de nuevo mi libertad. Volví a equivocarme tres o cuatro veces y otras tantas volví a la cárcel. En el momento en el que llevaba acumulados ocho años de privación de libertad comprendí que el único sitio en el que estaba a salvo de la incertidumbre y de las injusticias era la cárcel.

Lo cierto es que cada vez que me liberan siento que me están condenando al horrible castigo de la libertad». En la boca de otro hombre, algo así habría sonado fingido, pretencioso, pero aquel tipo decía la verdad y me consta que hacía cuanto podía por ingresar cada poco en prisión. La cárcel era para él un seguro de vida, un lugar en el que ni la comida ni el alojamiento eran inciertos, nada parecido a su realidad de la calle y a las azarosas circunstancias en la que solía sobrevivir. No se entiende muy bien que la dignidad la consigan algunos hombres sólo gracias a la irónica suerte de ser privados de ella. ¿Cómo puede ser que para conseguir gratis alojamiento y comida un tipo tenga que buscarla a tiros en la calle?

Se preguntaba aquel tipo ¿cómo podría entenderse que un hombre deba renunciar a la libertad para tener el agradable placer de sentir su nostalgia? ¿Alguien puede comprender que el pájaro que había sido puesto en libertad perezca estrangulado entre los barrotes de la jaula a la que intenta volver? Como me dijo aquel criminal, «muchas de las cosas que la libertad te niega, te las garantiza sin duda el presidio, así que cuando llevas una buena temporada privado de tu libertad, sufres ante el peligro cierto de recuperarla» .

Mi querido «Alejo», que era un aguerrido e ilustrado delincuente, me dijo en una ocasión hace ya bastantes años: «Cuando conoces los rigores de la cárcel, te das cuenta de lo importante que es la libertad, sólo que eso deja de ser así a medida que reincides. Una vez que has sido emocionalmente destruido por la vida en prisión, se crea en ti una cierta dependencia doméstica respecto de los valores de la cárcel, de modo que no puedes recobrar la libertad sin sentir al mismo tiempo el horrible peso de la incertidumbre que acarrea. La vida en libertad es tan dura, que llega un momento en el que te das perfecta cuenta de que no hay peor castigo para ti que el día de tu liberación. A veces me quedo mirando al abrumado funcionario de prisiones, lo comparo conmigo y me pregunto qué culpa tiene él de

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07-07-2010 a las 18:03
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis Alvite

El aliento de los peces

20 Junio 10

No me importa reconocer que he sido siempre un hombre de excesos. He amado con el mismo exceso con el que fui luego capaz de olvidar a la persona amada. Como he sido siempre un tipo muy desordenado, casi nunca fui capaz de organizar bien mis excesos, de modo que por lo general he sacado de ellos menos provecho del que había pensado. Si bien se mira, en realidad un exceso sólo lo es cuando estás fuera de control, puesto que de otro modo en vez de un exceso, sería un alarde.

En mi caso no he cometido un solo exceso en el que fuese capaz de contenerme. He sido tan tenaz para dilapidar las energías en largas noches de vida disoluta como lo fui luego para recluirme en casa y llevar durante semanas la contenida y saludable vida de un monje. A veces un exceso me lleva a sentir la nostalgia del exceso contrario, lo que explica la bipolaridad emocional que lo mismo me arrastra a tres noches seguidas sin dormir, que me recluye en casa hasta larvarme en la indolente soñolencia que me lleva a escribir con nostalgia, casi con desesperada decepción, de la limpia fertilidad de los paisajes de mi niñez.

¿Por qué será que cuando es un exceso la felicidad desemboca tan a menudo en un remordimiento? A veces con la extenuación de cualquier exceso se mezclan en mi mente el excitante instinto de la depravación y la nostalgia de la limpieza, y asoman entonces en mis textos los blandos cachorros de la bajamar morreando la playa, o esa bautismal vagina de mujer en la que creo haber deletreado con mis labios la boca pagana de la yegua que compartía el agua del río con la incandescente desnudez de mi infancia. ¡Bendita lucidez la lucidez de los excesos!

Nunca he sido tan sincero como cuando escribo en las postrimerías del agotador esfuerzo de cualquier exceso, en ese momento en el que mi conciencia tiene las mismas manchas que mis calzoncillos y en mis manos destempladas coinciden las sobras del sexo y la añoranza del pan caliente. Mientras al final de un exceso fermentan el remordimiento, el silencio y los besos, entorno los ojos con el cansancio, asomo los dedos al teclado del ordenador y sé que si no me derrota el sueño, podré recordar que cuando era niño me permitía el inefable exceso de acercarme a las orilla del Sar y me sentaba a mirar como bajaban el río las sombras de las libélulas y el aliento de los peces. (A Pepi Blanes, agradecido por su presencia bajo el compostelano sol del Obradoiro).

José Luis ALVITE

Escayola marrón

24 Junio 10

Siempre supe que mis mejores textos eran la única consecuencia aprovechable de mi tristeza y que si luchase por ser feliz correría el riesgo de echar a perder mi visión de la realidad y mi manera de escribir. Una de aquellas amargas mañanas del 93 en las que me refugiaba en el sanatorio psiquiátrico de Conxo, el doctor Ignacio Tortajada me comentó que mis problemas mentales eran al mismo tiempo un motivo de preocupación y una suerte. Dijo que podría darme una medicación que ayudase a reducir mis altibajos emocionales, pero no me ocultó que cabía la posibilidad de que un estado emocional más sereno pudiese ser el principio del fin de mi carrera de escritor. A veces faltaba a las consultas programadas, pero el doctor Tortajada seguía mi estado por la lectura de mis textos y sabía con un mínimo margen de error si llevaba tres días sin cambiar los calzoncillos y casi incluso podía acertar el nombre y las señas de la mujer con la que me había acostado. Con motivo de la depresión que me fue diagnosticada hace seis años y que silenció durante once meses mi pluma, el psiquiatra Emilio González fue absolutamente sincero al darme su visión del asunto: «Puedo darte un tratamiento que reduzca tu tendencia al caos y convertirte casi en un esposo ejemplar y en un buen padre de familia. Como lector me pregunto sin embargo si sería justo enmendarte la letra. Por lo que sé de ti, amigo mío, creo que la felicidad podría ser tu desgracia». El dilema estaba planteado y no dudé en tomar la decisión, de modo que le dije que renunciaba a mejorar mi salud mental y que aunque para dejar a salvo su ética profesional aceptaría su receta, podía asegurarle que sólo sería metódico para no tomar la medicación. La verdad es que mi salud mental es ahora tan mala como lo fue en aquellos años tan terribles. A veces no estoy inspirado para escribir mi columna y me asusta pensar que vayan a desaparecer de mi vida los motivos por los que he sido casi siempre un hombre felizmente desgraciado. Supongo que si he hecho una carrera profesional aceptable se debe sobre todo a que me ocurre como al caballo del hipódromo, que si corre desaforadamente y da cierta sensación de vigor, no es porque intente llegar el primero a la meta, sino porque trata de sacudirse las moscas que muerden sus ancas. Sé que en cualquier momento podría cometer un disparate y volarme la tapa de los sesos con una lacónica frase del nueve largo. Pero, ¡que demonios!, también sé que el peso de la pistola jodería sin remedio mi letra. En realidad me dolería que sólo se me recordase por la escayola marrón de mis calzoncillos de loco.

José Luis ALVITE

El agua de las oblatas

25 Junio 10

Algo que siempre me ha inquietado mucho es la brevedad de los placeres, el desencanto que suele seguir de inmediato al instante inefable y sublime de sucumbir a las tentaciones. Hay placeres que al consumarme nos dejan un resabio de insatisfacción, incluso un regusto de asco, tal vez la inquietud de un remordimiento, como cuando después de una infidelidad se te mete en la cabeza que lo que era un agradable placer se ha convertido sin remedio en una angustiosa sensación de mala conciencia. Es como cuando comes despacio por temor a que al acabarse la comida su delicioso sabor se convierta sólo en algo expuesto a la vulnerabilidad de lo que ya sólo será un recuerdo. A lo mejor es que el placer donde reside es en el deseo de conseguirlo más que en el hecho de alcanzarlo. A mí me ha ocurrido que al besar a una mujer lo que intentaba era recordar en su boca el indescriptible sabor casi bautismal del beso que muchos años antes le había dado en sus labios a mi primera novia. Un tipo que atracaba bancos me dijo en una ocasión que sus últimos golpes los había dado con cierta desgana, casi a punto de arrojar la toalla y buscar empleo. «Me he convertido en un profesional del crimen y echo de menos la improvisación de los primeros atracos. Cada vez que planeo un golpe –dijo– tengo que tomar tantas cosas en consideración, que con la mitad del esfuerzo podría defender cualquier empleo y vivir relajado. El placer no puede causar abnegación, amigo». El caso es que aquel tipo había llegado a la conclusión de que la verdadera transgresión social ya no la representaba para él la libre decisión de atracar un banco, sino la ineludible obligación de trabajar en él. Había descubierto el placer de la rutina, las cosas corrientes: las rebajas, la vez en el dentista, la cola de la panadería, el infundado temor a la gripe, las asociaciones de vecinos y cosas por el estilo; es decir, había descubierto el placer que supone hacer cosas que no sea necesario ocultar. No sé si era sincero cuando me dijo aquello porque no he vuelto a saber de él. Le he buscado infructuosamente en las páginas de sucesos, lo que me hace suponer que se ha redimido o está enterrado. A mí me gustaría tener un plan como el suyo y caer en la rutina, aunque yo sé que en el fondo siempre sentiría la tentación de renunciar al agua envasada y beber en esa fuente pública en la que el agua sabe amniótica, prohibida y carnal como la afrutada vulva de las mulatas.

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07-07-2010 a las 18:08
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Un disparo en la maleza

25 Junio 10

El cazador nota un movimiento en la maleza, se echa la escopeta a la cara y dispara hacia donde supone que puede cobrar la pieza. Con un poco de suerte, el cazador habrá abatido una liebre; si falla el disparo, siempre le quedará el recurso de mentir a su favor en la tertulia con los amigos. Excepcionalmente, al abrir fuego contra el movimiento de la maleza el cazador escucha gritos de dolor y comprende que acaba de alcanzar con sus postas a una pareja de amantes. Ocurre algo parecido en Facebook, donde uno nunca sabe a ciencia cierta quién se mueve agazapado entre la maleza. Yo me he topado por lo general con gente buena y sincera, hombres y mujeres que se conducen en el anonimato de lo virtual con una franqueza a la que por descontado no se atreven en su vida real.

Anteanoche discutí acaloradamente con una amiga de Facebook de la que siempre había supuesto una personalidad razonable, ecuánime, y, desde luego, respetuosa. Al sentirme defraudado le hice unos cuantos reproches que la enervaron. Al contarle lo ocurrido, mi amiga Ana Gabriela Rubio Córdoba, que es una mujer muy inteligente y reflexiva, me preguntó ayer si se puede reñir sin conocerse. Y yo le contesté que sí, que se puede, y que lo cierto es que se puede discutir estando incluso enamorado, que es la manera más hermosa que dos personas tienen de no conocerse. Le expliqué también los antecedentes que desembocaron en la bronca con la amiga de Facebook cuyos reproches agresivos y fuera de lugar pretendían condicionar mi trabajo profesional, inclinándolo en beneficio de su notoriedad y en detrimento de mis otras amistades femeninas. Ana Gabriela me sugiere que sea más cuidadoso en la elección de mis relaciones virtuales y que no corra riesgos innecesarios. Puede que tenga razón mi amiga albaceteña, inteligente y reflexiva, pero me cuesta creer que una aséptica pantalla de ordenador pueda resultarme más peligrosa que cualquiera de los numerosos antros en los que incluso parecía lepra la luz masturbada de las tulipas. Naturalmente, seré precavido con esa amiga autoritaria e irascible que ha renunciado a mi amistad virtual en una pirotécnica e inútil exhibición de arrogancia. Siempre me creí capaz de apagar la sed abrevando en el vientre legrado de un cerdo muerto, pero como le dije a mi querida y admirada Ana Gabriela Rubio, «la próxima vez que esa imbécil quiera algo virtual conmigo, me aseguraré de no chatear con ella sin ponerme antes un condón».

José Luis ALVITE

Días de sol y banderas

27 Junio 10

Nunca creí en el patriotismo como algo que se puede fomentar inculcándolo como una asignatura. Es difícil persuadir a alguien de que sienta una emoción que no responde a una necesidad previa, igual que no se puede extender un aroma sin la brisa que lo propague. A diferencia de lo que ocurre con el sexo, no existe una fisiología del patriotismo, aunque en España estemos históricamente acostumbrados a una visión visceral de los símbolos que tendrían que identificarnos ante el mundo. Resulta sorprendente que seamos tan rebeldes para respetar la paz que nos une y tan disciplinados para luchar luego por reponerla. ¿Por qué diablos seremos tan unidos para odiarnos? Como es lo que mejor conozco, puedo contar que los gallegos somos muy díscolos cuando se trata de dirimir las lindes de un terreno y hay quien mataría por defender la sombra de un árbol que plantó su abuelo, pero es raro que alguien discuta el respeto al cadáver de su peor enemigo o la ampliación del cementerio. Es en el momento del fracaso donde por lo general damos lo mejor de nosotros mismos. Por eso con motivo del fracaso general de nuestra economía, tutelados por políticos que malamente saben callar y en medio de una crisis que amenaza con devolvernos con el hambre a la boca los huesos que enterraron nuestros perros y las hirientes espinas del pescado, volvemos los ojos hacia Suráfrica y pensamos que nuestra redención como país depende de lo que hagan los muchachos de la selección española de fútbol. Si históricamente nuestros hundimientos como pueblo se redimían con una brillante generación literaria, ahora todo va a depender de que lo que esos muchachos hagan con una pelota. Es por ellos por quienes asoman estos días las banderas en balcones y ventanas en los que jamás antes estuvieron. Es a ellos a quienes se debe el renacimiento tardío y puntual de un patriotismo que en otros tiempos habría necesitado de una guerra para cuajar. ¿Sentiríamos ese patriotismo sin la previa necesidad de tener a mano algo que nos una frente a las calamidades que nos afligen? Es obvio que el suscitado por el fútbol es un patriotismo circunstancial y pasajero, pero eso es mucho en un país en el que, por desgracia, demasiadas veces hemos resuelto con ríos de sangre las jodidas diferencias que tendríamos que haber arreglado con ese patriotismo elemental y pasajero que prefiere llenar los estadios en vez de ampliar los cementerios. La buena noticia es que corren días de sol y banderas en un país en el que el patriotismo ha estado siempre peor visto que cualquier enfermedad venérea.

José Luis ALVITE

Remordimiento y precio

28 Junio 10

Muchas veces he confesado sentir remordimientos por decisiones que no tendría que haber tomado y que ahora me pasan factura. Como nada de lo que pertenece al pasado tiene ya remedio, por lo general me limito a condonar mis culpas con un interesado baño de literatura y cinismo. No hay un solo remordimiento que no pueda ser transformado en simples efemérides gracias a encubrirlo con una frase afortunada. Supongo que ésa es la razón por la que no es mi conciencia, sino mi falta de inspiración, lo que a veces complica mis recuerdos. Aunque alguien pueda considerarlo un razonamiento interesado, la verdad es que no ha habido en mi vida apenas una sola conquista que no haya sido la maravillosa e inesperada consecuencia de un error, igual que reconozco haber descubierto el encanto de unas cuantas ciudades gracias a haberme equivocado de carretera mientras iba a otra parte. ¿Cómo acertar con la maravillosa tercera esposa sin haber frustrado antes los dos matrimonios anteriores? Sus probadas virtudes hacen dichosos a muchos hombres, pero me pregunto si no serían aún más felices en el caso de haber sucumbido a las tentaciones a las que se resistieron con dudosa valentía. He preferido siempre al hombre derrotado que a aquel que sobrevive sin haber luchado. Por eso cuando un muchacho me pide consejo sobre qué actitud adoptar frente a las tentaciones, me limito a decirle que prevenirse a costa de lo que yo aprendí de mis errores no le hará en absoluto más feliz que sufrir a consecuencia de los suyos. Muchas mujeres saben de qué hablo porque sin duda el calzado que mejor recuerdan son aquellos hermosos zapatos de tacón que tanto daño le hacían al andar. De todos los besos que un hombre recibe a lo largo de su vida, sólo son verdaderamente inolvidables los que le produjeron al mismo tiempo sangre, placer y remordimiento. Mi mala reputación me ha librado muchas veces de la agotadora e inútil retórica del flirteo. Ellas saben que no tendrán que buscar demasiado para dar con lo que en el fondo desean encontrar. Ambos sabemos que es muy probable que lo nuestro esté abocado al fracaso y sin embargo no le ponemos remedio. Puede que seguir adelante sea un error, pero, ¡qué demonios!, ya somos mayorcitos y tenemos la absoluta certeza de que los remordimientos conviene dejarlos para después de cometidos los errores, igual que evitamos el bicarbonato antes de haber comido. Como me dijo de madrugada una fulana en un garito, «los seres humanos no son más felices cuando dominan sus instintos, sino cuando pierden el pudor». De todas las locuras que hice con aquella mujer, sinceramente sólo de vez en cuando me remuerde su precio.

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07-07-2010 a las 18:13
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

La chica de la bicicleta

1 Julio 10

En la obsesión por el dichoso orgasmo simultáneo radica con frecuencia la razón del fracaso sexual de muchas parejas. Creo haber contado aquí lo que me dijo en cierta ocasión una mujer madura a la que trataba de ayudar a obtener tanto placer como el que yo sentía en contacto con ella. Al cabo de un buen rato de intentarlo y viendo lo mucho que yo sudaba por culpa de tanto entusiasmo, prendió en su boca un cigarrillo para cada uno y me dijo: «Déjalo, cielo, no te esfuerces más. No puede ser que para provocarme un orgasmo tengas que frotarme tanto como para sacarme brillo». Su sinceridad hizo que a pesar de todo me encontrase cómodo, aunque hay que reconocer que en nuestra relación con las mujeres por lo general los hombres siempre nos sentimos culpables de situaciones de las que no somos en absoluto responsables. «En nuestra respuesta sexual, los hombres y las mujeres somos velocidades distintas», dicen las sexólogas en un intento descarado de sugerirnos que moderemos nuestras prisas sobre la moto para dar tiempo a que nos alcance la chica de la bicicleta. Lo que la sexóloga no hace es explicarnos quién será culpable en el caso de que por esperar por la bicicleta se nos haya quedado sin gasolina la moto. Cada uno conoce sus propias miserias, pero un amigo mío me contó que su mujer sólo entraba en calor media hora después de que él se hubiese ausentado de la cama y que un día descubrió que quien se beneficiaba de la agradable temperatura de la leña que él había echado al fuego era el tipo que repartía con su motocicleta las pizzas por los portales. Mi amigo había hecho lo indecible por ser atento marido y amante fogoso, pero un día decidió romper porque, como dijo él, ser un marido atento y un amante paciente no suponía aceptar ser el fogonero que caldeaba la calefacción para que al chavalote de la pizzería no le cogiese luego el frío al desnudarse en la alcoba de su santa esposa. Yo se lo dejé bien claro hace algún tiempo a una amiga mía que me reprochaba lo que ella consideraba poca paciencia por mi parte: «Verás, cielo, me consta que me esfuerzo y que soy complaciente, pero, ¿sabes?, no es fácil coincidir si yo tengo el orgasmo por el reloj y tú lo tienes por el almanaque». A veces me quedo mirando a una mujer en la barra del bar y aunque ella no diga nada, yo sé que se está preguntando si por casualidad seré uno de esos maravillosos hombres que se suben a la moto vestidos de ciclista.

José Luis ALVITE

Una mirada en los codos

2 Julio 10

Son muchas las personas que se acercan a mí atraídas por la posibilidad de encontrarse con un hombre bronco, insolente y perverso, a veces incluso violento, un tipo al que por culpa de sus remordimientos y de su insomnio casi nadie hubiese visto recién levantado. Muchas noches he notado que en la barra de El Corzo siempre quedaba hasta rayar el alba alguien atento a que yo tuviese el arranque de insolencia o de cólera del que tanto le habían hablado quienes por desconocimiento ayudaron de manera decisiva a crearme esa imagen de tipo rudo y maldito que sólo resulta atractivo cuando hace daño. La verdad es que intenté muchas veces desmentir esa imagen distorsionada que se tenía de mí, hasta que comprendí que muchas de mis amigas me apreciaban por las mismas razones por las que tendrían que temerme. Actuaban como ovejas que en medio de la oscuridad se disputasen la primera mordedura del lobo. Sabían que corrían el riesgo de confirmar sus temores, pero era como si algo extraño, una contradictoria mezcla de pánico y osadía, las empujase a retroceder hacia el peligro. Mordí a unas cuantas de aquellas ovejas y otras muchas se volvieron al otro lado de la cerca decepcionadas porque al lobo se le hubiesen acabado inespe-radamente la furia, la malicia y el hambre. Yo estaba quemado por algunos fracasos personales y no me convenía reincidir, así que decidí evitar a toda costa que las ovejas se metiesen por su propia cuenta en mi boca y me obligasen a comer sin apetito. Fue así como me distancié de ellas y prosperó la idea de que además de bronco y perverso, era un tipo incapaz de sentir cualquier emoción que no acabase en un vicio, en una pelea o en un crimen. Pero llegado ese punto decidí que lo mejor era dejar correr los bulos hasta que el tiempo los convirtiese sin remedio en una leyenda irreversible. A veces me pregunto qué diablos espera la gente de mí y la verdad es que no tengo respuesta para eso. Ya no soy el muchacho lírico e inocente que soñaba con abrir con su aliento las flores de diciembre, ni el adolescente soñador y taciturno en cuya mano de escribir se posaban como pavesas las moscas que desovaban en el humo alabeado del tabaco. Tampoco soy sólo el tipo que se mete a deshora en las farmacéuticas camas de sus amigas para que sus lavadoras muelan horas más tarde un viscoso mortero de semen, lencería y saliva. ¿Quién diablos soy entonces? No estoy muy seguro. A veces me miro en el espejo y veo en mis ojos el parentesco lejano de la mirada derrotada y escéptica de alguien que tuviese las pupilas enterradas en la piel muerta de los codos.

José Luis ALVITE

Fotogenia y desidia

3 Julio 10

He sido siempre un tipo atento a ayudar al prójimo sin hacer preguntas. Parto de la idea de que nadie pide ayuda si verdaderamente no la necesita, igual que creo que nadie mata sin estar convencido de tener una razón para hacerlo o lo hace arrastrado al crimen por una fuerza que se siente incapaz de controlar. Decisiones terribles que sin duda son injustas son al mismo tiempo razonables. Podemos condenar el crimen y encarcelar en consecuencia al criminal, pero no estaría de más que nos preguntásemos que habríamos hecho nosotros en su lugar. Por muchas vueltas que le demos, la decencia no es siempre una conquista deliberada del hombre, sino el resultado de una circunstancia propicia. Si en una situación desesperada un hambriento se contiene de robar para comer, yo creo que en vez de ser un santo irreprochable, es un perfecto idiota. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que los ricos son buena gente sólo porque no roban? ¿Serían tan buena gente si la pobreza los pusiese en la disyuntiva de robar en la panadería para mitigar el hambre? ¿Diríamos que es un buen padre el tipo que para que elogien su decencia se abstiene de robar el dinero que necesita para que el ayuno forzoso no impida el sueño de sus hijos? Como a menudo ocurre con el heroísmo, el crimen es un recurso extremo del que se sirven los seres humanos para tranquilizar su conciencia. Estoy seguro de que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres recluidos en las prisiones aceptan su condena y su culpa, pero dudo que sean sinceros si dicen que están arrepentidos. A veces el tipo que permanece encarcelado a raíz del asalto al furgón blindado reconoce su arrepentimiento por haberse llevado los tres millones de la remesa, pero probablemente su constricción se refiere a que habría preferido que fuesen treinta. No nos engañemos: todos tenemos enfilado a alguien a quien estaríamos dispuestos a quitarle la vida si tuviésemos la certeza de que jamás seríamos descubiertos. A veces los creyentes se contienen sabedores de que Dios se entera de todo, pero el progresivo descreimiento está creando una sociedad sin remordimientos y sin culpas en la que matar a alguien que nos hizo daño no resulta en absoluto más inquietante que la simple decisión de retirarle el saludo. Desengáñate, amigo: A ese tipo que te incordia lo matarías sin el menor remordimiento si no fuese porque detestas manchar de sangre la tapicería del coche. Como me dijo hace unos cuantos años un homicida en libertad condicional, «¿crees que habría sido el asesino del empleado de aquel banco si la sociedad me hubiese permitido ser su director?»… Yo no dije nada pero pensé que probablemente la única diferencia moral entre aquel tipo y yo era que a mi en el banco me daban un préstamo sin necesidad de encañonar al cajero. Eso, y también que la mierda que a él le producía fotogenia, a mi me habría causado desidia.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

07-07-2010 a las 18:22
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Mujeres en asfalto azul

4 Julio 10

Que yo recuerde, me he debatido siempre entre la cruda realidad y el evasivo recurso literario de aferrarme a la posibilidad de una existencia indolora e ingrávida en la que todo ocurriese de manera que nada fuese ajeno a lo que decidiesen en cada instante mi mano de escribir. Ni siquiera en los momentos de mayor desesperación me resigné a aceptar que estuviese equivocado, aun sabiendo que al circular por las carreteras reales mi imaginación estaría obligada a respetar las normas de tráfico. He cargado con unas cuantas sanciones por despreciar la imperativa realidad de las prohibiciones de estacionamiento, pero a última hora no descartaba que al despertar por la mañana, al lado de la multa del parabrisas el agente hubiese dispuesto por cuenta del ayuntamiento un sobre con el dinero para pagarla. Las mujeres que jamás me amaron ignoran que más de una vez colgaron su ropa sobre el biombo que desde siempre tengo dispuesto para ellas en la calculada penumbra de mi imaginación. Con alguna de ellas recuerdo haber bailado varias noches de noviembre en una boite del Berlín dividido sin que ninguno de nosotros hubiese estado jamás allí. ¿Recuerdas, querida Ana Gabriela Rubio, aquellos días de entretiempo en Nairobi y la noche en la que me dijiste que te fascinaba la sensación de acostarte en un país cambiante y que al despertar por la mañana fuese la de otro estado la bandera que ondease en la puerta? Fue en un tiempo en el que yo enviaba mis crónicas para un periódico de Illinois en el que me pagaban por palabras y escribía las frases justas que iba a necesitar para saldar la cuenta en recepción. Recuerdo el bochorno de la última noche que pasamos juntos en Nairobi. Estabas radiante, Ana, y el sudor le quedaba a tu piel como la sombra transparente de un mosquitero de flúor. Me dijiste que te volvías a España porque echabas de menos las flores que por primavera se encariñaban con la brisa en tu balcón de Albacete. Quise retenerte pero estaba aturdido y no acerté con la frase que deshiciese tu equipaje. Subí a la habitación del hotel, abrí la ventana de par en par y mientras te esfumabas en un taxi entre la maleza de una muchedumbre chamarilera y carnal, probé a teclear en mi máquina de escribir una carretera de asfalto azul con arcenes amarillos en la que cada curva te devolviese sin remedio a mi lado. Por desgracia para mi, tu taxi se dio más prisa que mi imaginación y no salió de mi máquina de escribir una sola curva cuya frase no llegase tarde al trazado real de la carretera. ¿Y sabes?, me gusta pensar que si te largaste de aquel hotel no fue por desinterés, por indiferencia o por cansancio, sino, lisa y llanamente, porque para redactar a una chica como tú un tipo como yo necesitaría tener la sintaxis de un escritor y los reflejos de un tenista. (A Concha Grima, por si algún día la conozco).

José Luis ALVITE

Ruinas sin semáforos

5 Julio 10

Un muchacho con el que tengo mucha confianza me preguntó hace unos días si me gustaría que el mundo se enzarzase en un gran conflicto bélico. Me conoce y sabe que me gustan las situaciones confusas, los países cambiantes, la gente fronteriza que se pasa la vida sin saber cuál será definitivamente su bandera. A ese muchacho le gusta que le hable de la II Guerra Mundial y de aquellos líderes entusiastas y abrigados que tomaban sus decisiones en circunstancias extremas pero sin perder jamás la compostura. Sabe que mi idea de la paz es que se trata de algo que sólo sirve para ensombrecer esos sublimes momentos de guerra en los que los hombres dan lo mejor de sí mismos. También conoce mi predilección por la figura del general George Patton, aquel tipo duro y al mismo tiempo sensible, áspero pero emotivo, que luchaba por vencer a los alemanes y liberar a Europa del nazismo, y sin embargo temía conseguir su objetivo porque sabía que la paz dividiría el continente y echaría a perder cada una de las conquistas obtenidas con tanto dolor. Suelo decirle a ese muchacho que así como la paz genera suculentos negocios, la guerra produce frases inolvidables. Y formidables emociones. Nací cuatro años después de finalizada la II Guerra Mundial pero Europa estaba en plena reconstrucción y se sabía que en muchos países como consecuencia de los devastadores efectos del conflicto la gente había descubierto el inefable sabor de morder los besos y el placer indescriptible de comer con hambre. En la estepa rusa hubo tantos millones de víctimas, ¡Dios Santo!, que casi hubo que traer tierras de otros países para dar sepultura a los muertos. Le conté al muchacho que en los raids aéreos sobre Alemania los pilotos de la RAF pasaban tanto tiempo en el aire que a veces ni recordaban siquiera cómo era el suelo. «Pero un día se acabó la guerra, amigo mío –le dije– y todos aquellos soldados se encontraron con que tendrían que colgar sus uniformes y hacer frente a los estragos que les iba a causar la paz». También le dije que para aquellos jóvenes la lucha se había convertido en una manera de ser y que a partir del armisticio los valores por los que habían luchado les cederían su sitio a los intereses materiales a los que se verían obligados a servir. Puede que en cualquier momento surja otro conflicto que asole el mundo, pero ya nada será como entonces, como cuando en la II Guerra Mundial a punto de anochecer el general Patton se adelantaba a sus soldados llevando en la mano la fusta de montar, se sentaba sobre los restos humeantes de un jeep y seguramente pensaba que la paz sólo iba a servir para que los políticos echasen a perder las maravillosas ruinas de Europa. ¿Por qué será que el ser humano se siente más libre cada vez que la artillería estropea los semáforos?

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

07-07-2010 a las 18:30

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