Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219
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Re: José Luis Alvite en La Razón
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Guadiánica sigo, pero soy de ley y vuelvo, cuando puedo:
José Luis ALVITE
Mano de tenista
17 Junio 10
Sé de un tipo que se supo que llevaba algunos días muerto porque sus vecinos habían dejado de escuchar a través de los tabiques su receptor de radio. El aparato se había quedado sin pilas y era muy extraño que aquel tipo no se preocupase de reponerlas. Aquella radio sin señal fue el síntoma inequívoco de una muerte que se anunció por clamoroso que en ocasiones resulta el silencio. Otras veces la gente solitaria fallece y sus vecinos sólo se enteran por el gemido de un perro, por la inesperada abundancia de insectos funerales, o, sencillamente, en el momento en el que el olor se decide a bajar como una babosa de talco las escaleras. Cada día hay más pisos habitados por gente que vive sola y enciende la radio para sentir el genérico afecto de los profesionales que hacen el programa de su gusto. Muchas parejas salen de día y al caer la noche se retiran a dormir en casas distintas. Me dijo hace poco una vieja amiga: «¿Cómo podría tener un orgasmo simultáneo con alguien con el que ni siquiera comparto la cama?». No me sorprendió su pregunta. Con motivo de mi divorcio me instalé en un piso barato de Compostela, justo al lado de donde pernoctaba una pareja de recién casados. Yo estaba solo, pero las paredes eran tan delgadas que juraría que tuve un par de orgasmos por culpa de sentir tan cerca los escandalosos gemidos de aquella mujer. No pegaba ojo y acabé tan estresado que estuve tentado de dormir con la cabeza metida en el casco de una moto. El caso es que aquel tipo se lo pasaba en grande, pero los otros vecinos a quien miraban por la mañana era a mí, que era el único que salía a la calle con ojeras. Sabían que yo vivía solo, pero era evidente que para ellos aquellas ojeras eran el resultado de una vida sexual tan agitada como secreta. De mi intimidad no sabían nada por haber escuchado a través de las paredes mi receptor de radio, sino que lo suponían por mis ojeras. Temeroso de que buscasen otras señales más sutiles, tomé la decisión de saludar a mis vecinos sin sacar las manos de los bolsillos, no fuesen a mirarme con el recelo de quien cree haber descubierto que tienes una mano más grande que la otra, ya me entiendes. Podría haberme ocurrido como a aquel amigo mío al que sus compañeros de trabajo no le preguntaban por el carácter solitario de su vida sexual, pero le decían de manera bien insinuante que tenía una mano de eunuco, y la otra, de tenista. Mi amigo fue siempre un tipo solitario, la clase de hombre casi sin sombra cuya muerte abarata mucho las esquelas. Todavía vive, pero continúa instalado a solas en uno de esos pisos en los que a veces sabes que sólo el sigiloso retén de la muerte se toma de cuando en cuando la molestia de apagar con un chorro de silencio la radio de los difuntos.
José Luis ALVITE
La etiqueta del agua
18 Junio 10
Yo comprendo que no se estila la franqueza en ocasiones como ésta, pero a mí la muerte de José Saramago no me duele de una manera gremial por tratarse de la extinción de un escritor. Lamento su fallecimiento, como es natural, pero, sinceramente, estaba en una edad en la que sucumbir a la muerte es más natural que citarse con los amigos para acudir por la noche a la bolera. Un vecino mío que no está muy al tanto de la literatura se enteró ayer por el telediario de la importancia capital de Saramago gracias a la relevancia informativa con la que fue tratado su óbito. No nos engañemos: somos un país en el que un selecto grupo de gente lee todo lo que los demás evitan leer. Se edita mucho, se vende bastante y, francamente, se lee poco. Soy el primero en reconocer que mi índice de lectura sólo es ligeramente más alto que el del murciélago. Pero he leído cosas de Saramago y he invitado a otros a que lo hiciesen, no porque a mí me gustase la literatura del portugués, sino porque el regalo de alguna de sus novelas me ha servido para librarme de la amistad de unas cuantas personas a las que estaba deseando perder de vista. Podría haberles atizado directamente en la cabeza con el libro y de ese modo sería coherente con mi idea de que la literatura ejerce sobre la sociedad menos influencia que la artillería, pero creo que el castigo de leer una novela de Saramago es, sin duda, más severo que el de recibir su impacto en el cogote. Yo sé que mi actitud de hoy me va a granjear la antipatía de las clases cultas y que en lo sucesivo nadie me va a invitar jamás a una de esas veladas literarias en las que la gente lo que recuerda luego son las gambas Orly y las piernas de la azafata iletrada pero hermosa que reparte los libros encaramada como humo de lencería en la inalámbrica gacela de sus pisadas. Exceptuando la intendencia y la chavala, no creo que me pierda gran cosa. No me sentiré por eso peor que cuando supe que Ava Gardner jamás pensó en mí mientras se daba carmín en los labios. En un país en el que la gente decente tiene que abrirse paso a tiros hasta ponerse a salvo en la cárcel, la crítica literaria se empeña en considerar de culto cualquier obra literaria en la que los lectores por lo general sólo encuentran una magnífica excusa para dejar de leer. Me duele la muerte del hombre y me es indiferente la del escritor. Ya sé que se trata la suya de una pluma muy jaleada por cierta crítica ideológica. Pero eso a mí me resulta tan irrelevante como si pretendiesen convencerme de que podría calmar la sed leyendo la etiqueta del agua.
José Luis ALVITE
Pájaro estrangulado
19 Junio 10
Me dijo de madrugada un tipo al que conocí de paso entre dos condenas: «La primera vez que estuve en prisión me juré a mí mismo que en lo sucesivo haría lo que fuese para no perder de nuevo mi libertad. Volví a equivocarme tres o cuatro veces y otras tantas volví a la cárcel. En el momento en el que llevaba acumulados ocho años de privación de libertad comprendí que el único sitio en el que estaba a salvo de la incertidumbre y de las injusticias era la cárcel.
Lo cierto es que cada vez que me liberan siento que me están condenando al horrible castigo de la libertad». En la boca de otro hombre, algo así habría sonado fingido, pretencioso, pero aquel tipo decía la verdad y me consta que hacía cuanto podía por ingresar cada poco en prisión. La cárcel era para él un seguro de vida, un lugar en el que ni la comida ni el alojamiento eran inciertos, nada parecido a su realidad de la calle y a las azarosas circunstancias en la que solía sobrevivir. No se entiende muy bien que la dignidad la consigan algunos hombres sólo gracias a la irónica suerte de ser privados de ella. ¿Cómo puede ser que para conseguir gratis alojamiento y comida un tipo tenga que buscarla a tiros en la calle?
Se preguntaba aquel tipo ¿cómo podría entenderse que un hombre deba renunciar a la libertad para tener el agradable placer de sentir su nostalgia? ¿Alguien puede comprender que el pájaro que había sido puesto en libertad perezca estrangulado entre los barrotes de la jaula a la que intenta volver? Como me dijo aquel criminal, «muchas de las cosas que la libertad te niega, te las garantiza sin duda el presidio, así que cuando llevas una buena temporada privado de tu libertad, sufres ante el peligro cierto de recuperarla» .
Mi querido «Alejo», que era un aguerrido e ilustrado delincuente, me dijo en una ocasión hace ya bastantes años: «Cuando conoces los rigores de la cárcel, te das cuenta de lo importante que es la libertad, sólo que eso deja de ser así a medida que reincides. Una vez que has sido emocionalmente destruido por la vida en prisión, se crea en ti una cierta dependencia doméstica respecto de los valores de la cárcel, de modo que no puedes recobrar la libertad sin sentir al mismo tiempo el horrible peso de la incertidumbre que acarrea. La vida en libertad es tan dura, que llega un momento en el que te das perfecta cuenta de que no hay peor castigo para ti que el día de tu liberación. A veces me quedo mirando al abrumado funcionario de prisiones, lo comparo conmigo y me pregunto qué culpa tiene él de
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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