Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219
|
Re: José Luis Alvite en La Razón
|
Camino de Santiago
26 Julio 10
No digo que mi ciudad sea un ejemplo único, pero no conozco otro caso en el que un lugar haya prosperado gracias a la facilidad con la que sus vecinos se desentienden de él. Ni el alcalde de Santiago es compostelano ni lo son tampoco el rector de su universidad o el jefe de su arzobispado. Sus principales valedores han sido siempre personas nacidas en otros lugares que se sintieron atraídos por una ciudad singular en la que yo creo que los ciudadanos no eligen a sus representantes políticos porque esperen algo positivo de ellos, sino por el placer de castigarlos a gobernar un Ayuntamiento en el que los concejales tienen desde siempre menos peso que la Historia. Compostela no le debe su condición de capital de Galicia al esfuerzo de sus vecinos, sino a que Vigo jugó en su favor cuando A Coruña se propuso alzarse con el privilegio. En una ciudad con un peso industrial casi irrelevante cuya universidad ha sido diversificada en una absurda metástasis por el resto de Galicia, lo que determina su prosperidad económica es el mito de una presencia apostólica que algunos irresponsables intentan cuestionar. Miles de peregrinos llegan este verano cada día a Compostela movilizados por la fe cristiana, por la curiosidad o porque el médico les ha dicho que el Camino de Santiago es bueno para la circulación. Los restaurantes están repletos, los hoteles apenas ofrecen vacantes y las colas para acceder a la catedral por la Puerta Santa superan a las que se recuerdan para ver a Ray Charles en la misma plaza de Platerías. ¿Está realmente el Apóstol Santiago enterrado en Compostela? Yo no lo sé, ni me importa. No se trata de una cuestión de fe. El Apóstol se ha convertido en un personaje rentable, en un magnífico negocio sin riesgos. Por mucho que les pese a ciertos sectores del nacionalismo, la del Apóstol es la única industria que no acusa la crisis ni está en recesión. Ninguna estrella del rock tiene tanto gancho. Bruce Springsteen reunió recientemente a treinta mil personas en Monte do Gozo, pero el Apóstol consigue cifras superiores sin necesidad de salir del camerino. En noviembre vendrá el Papa a Compostela y seguramente se postrará de rodillas ante la urna de plata en la que se supone que reposan los restos del Apóstol Santiago. Supongo que no hará preguntas al respecto. No es bueno que la certeza destruya los sueños. Puede que las que se custodian en la cripta catedralicia no sean las cenizas del Apóstol, pero eso importa tan poco como a sus devotas admiradores les importaba hace años el rumor de que el pelo de Frank Sinatra era un bisoñé. Yo desconfío de que hacer el Camino de Santiago sea indispensable para reafirmar la fe en Dios, pero no dudo de que sea bueno para las varices.
Toros con orgasmo
29 Julio 10
Todos los argumentos que se utilizan para condenar las corridas de toros son razonables, contundentes, incluso parece que sean irrebatibles. Por supuesto, también lo son los argumentos que aducen quienes defienden la lidia. Todo es relativo. El placer que encuentra el gourmet al sentarse en una mesa bien surtida no es en absoluto mayor que el que siente en la desnudez de su celda el monje enfrentado a la abnegada penitencia de su ayuno. La inteligencia convierte en razonables muchas conductas que la conciencia encuentra en principio inadmisibles. Muchos de quienes abominaron del nazismo al consumarse la derrota del III Reich fueron sus devotos seguidores cuando el Hitler criminal no había sustituido en su admiración al Hitler lúcido, sabio y redentor cuyos crímenes al principio prefirieron ignorar. Fue el descomunal tamaño de sus crímenes lo que le descubrió al mundo la abominable perfidia de aquel régimen exterminador y racista. ¿Prohibiríamos las corridas de toros si las reses fuesen del tamaño de las truchas y su sangre pasase inadvertida? ¿Tiene algo que ver la conciencia con el tamaño de aquello que tendría que repudiar? De niño despojaba de sus alas a docenas de moscas y las organizaba luego sobre el suelo como una ganadería sin que nada de aquello me impidiese dormir. Estoy seguro de que habría sido incapaz de conciliar el sueño si en vez de las alas a las moscas, le hubiese arrancado las suyas a cincuenta pollos vivos. Es el tamaño del bulto lo que despierta la conciencia, igual que en un callejón sin salida lo que inspira temor de un hombre no es su mirada, sino su corpulencia. Pues ése es el problema de los toros: que son corpulentos y dan mucho en la vista, no como las truchas, que agonizan enganchadas por la boca en un anzuelo sin que nadie se compadezca de ese dolor ni proteste por ello. Alguien podría alegar que en nombre de la conciencia pública lo mejor sería pescar las truchas con un procedimiento indoloro, no sé, tal vez instándolas desde la orilla con un megáfono para que salgan del río y se entreguen. Si la vida fuese así, en la próxima carrera del hipódromo la organización tendría que premiar el esfuerzo del caballo y castigar el abuso del jinete. Todo se andará. Los seres humanos somos tan idiotas que el día menos pensado castigaremos algo tan natural como que la tentación de buscar el orgasmo concluya a veces en el placer de conseguirlo. Corren malos tiempos para las emociones. Y eso son las corridas de toros: una de esas viejas emociones que se disfrutan cuando se sienten y se malogran cuando se explican.
¿Otro el día 29? Es que no para
Pan entre las nubes
29 Julio 10
Mientras está enfrascado en el disfrute del placer, un hombre puede ser capaz no sólo de olvidar sus deberes y posponer sus compromisos, sino, incluso, de controlar su conciencia hasta el punto de ignorarla. Eso significa que al evadirse de su conciencia, el hombre hedonista se siente por completo libre de cualquier remordimiento. Una vez conseguida esa indiferencia moral, un hombre puede ser capaz de lo mejor y de lo peor, de modo que si se deja llevar por la ira será un criminal, o un artista si en su amoralidad dispone de los medios que le permitan exhibir su talento al margen de los límites a los que podría haberle obligado su conciencia. El problema surge cuando los placeres desembocan en un cansancio insoportable y por culpa de los excesos aparece el asco, esa sensación que a menudo empieza por una náusea en el estómago y acaba con un sentimiento de culpa que puede resultar insoportable. Es como cuando al final de un esfuerzo sostenido, el corredor de fondo se detiene exhausto en la meta y, aturdido y asfixiado, se da cuenta de que el indoloro placer de correr ha sido sustituido al final por un extraordinario cansancio del que tardará días en reponerse. Hay tratamientos farmacológicos que ayudan a reponerse del esfuerzo físico y del cansancio moral, pero a veces eso no funciona y entonces la solución puede ser imprevisible, con frecuencia dolorosa, y a veces, trágica. Ciertas dosis de ansiolíticos permiten luchar con éxito contra el vacío existencial en el que se encuentra el hombre amoral al final de los placeres. Uno descubre entonces que la conciencia en realidad no se había esfumado y que le estaba esperando para cuando decidiese detener la marcha y coger aire. Aparecen entonces los remordimientos que creías superados y no sabes muy bien qué hacer con ellos, como cuando al ver el noticiario de la televisión el aviador de combate se percata durante el almuerzo de los terribles destrozos causados durante el bombardeo de la noche anterior. En el transcurso del placer, como en el medio de las nubes, tomamos decisiones sin pensar en cuál pueda ser su verdadero alcance. Después recobramos la calma, echamos un vistazo a lo ocurrido y descubrimos con espanto que la conciencia nos reprocha nuestra conducta hedonista igual que al aviador le remuerde en la suya la noticia de que al amparo de la oscuridad lanzó sus bombas sobre un hospital. Yo he cometido muchos errores en mi vida por culpa de agotar los placeres y cargo con muchos remordimientos por eso. Podría reanudar la marcha y prescindir otra vez de mi conciencia, pero, ¿sabes?, por suerte he llegado a la conclusión de que aún estoy a tiempo de asomar entre las nubes y bombardear con pan los hospitales.
Alas de alpaca
31 Julio 10
Muchas veces he pensado que si fuese comandante en jefe de un ejército triunfal, a punto de vencer al enemigo lo más probable sería que en un inoportuno arranque de compasión, o de pereza, detuviese la marcha y desistiese de la victoria. Algo desde mi infancia me induce a creer que no hay un solo objetivo cuyo logro resulte más emocionante que la simple expectativa de conseguirlo. Ésa es la razón por la que cada vez que viajo a una ciudad me conformo con rodearla en el coche y salir huyendo; y el motivo evidente de que conseguido el amor de una mujer, a menudo sólo encuentre estimulante la inmediata posibilidad de malograrlo. He empezado las colecciones más diversas a sabiendas de que completarlas me resultaría más desalentador que renunciar a ellas. Desde luego si algún éxito he logrado en la vida se deberá sin duda a que me faltó determinación para evitarlo. Aunque alguien pueda considerarlo una estúpida frivolidad, lo cierto es que la mayor parte de mis conquistas profesionales han sido la inesperada consecuencia de algún descuido. Aunque siempre me gustó escribir, con la vida que he llevado lo normal habría sido que desistiese de hacerlo y me dejase arrastrar por cualquiera de los acariciantes vicios que tanto frecuenté. En realidad esto jamás me pareció un trabajo, de modo que nada de lo que hago me supone un gran esfuerzo. No rechazo el dinero que me pagan por ello, pero debo reconocer que si soy columnista de LA RAZÓN será probablemente porque era algo que ni siquiera entraba en mis planes. En el momento de apuntarme alguien me advirtió de que mi actitud ante la vida y mi manera de escribir no encajarían en la filosofía de este diario y que no tardarían en cortarme las alas. Luego resultó que LA RAZÓN es el único periódico en el que jamás me insinuaron el menor recorte en mi manera de pensar o de expresarme. Con arreglo a mi contradictorio sentido del éxito, puedo decir que tanta libertad me produjo al principio una extraña tristeza, como si me viese privado de la posibilidad de sufrir el grado de represión editorial que alentase mi rebeldía. Aquí no he tenido que falsear mi identidad, como hacía en un diario gallego, pretendidamente muy liberal, al atribuir a Oscar Wilde aquellos pensamientos míos que el redactor jefe de turno se negaba a publicar por considerarlos escabrosos o amorales. Nadie en LA RAZÓN intentó jamás taparme la boca y eso me ha producido un enorme desconcierto. No sólo me permiten ser libre, sino que por mi jodida reputación de fugitivo casi me veo obligado a ello. Ha tenido que ser en un periódico conservador donde descubriese que la libertad de volar frustra mi viejo sueño perezoso de ser un pájaro que tuviese el cuerpo de seda y las alas de alpaca.
Emoción con nécoras
1 Agosto 10
Quienes me conocen bien saben que nada lo que hago obedece a un plan previamente trazado, ni responde a un interés material. Esa es la razón de que mi carrera profesional haya ido siempre a remolque de las improvisaciones de mi vida personal. A pesar de haber hecho muchas cosas a lo largo de tantos años, la verdad es que nunca quise ser un hombre ocupado. Si me hubiese planteado mi existencia como una sucesión de objetivos formales, y si sólo pensase en llenar de contenido las solapas de mis libros, con seguridad las cosas que hice con el corazón las habría hecho con la agenda. No quiero decir con esto que mi vida haya sido una ociosa sucesión de banalidades, de diversión o de tiempo perdido. De lo que se trata es de establecer prioridades y en mi caso eso significa que entiendo la vida como un viaje en el que el destino es cada lugar en el que me detengo a pensar si valdrá la pena seguir. Los míos se han acostumbrado a esta manera de ser y entienden perfectamente que viaje a Madrid saliéndome con frecuencia de la autovía y perdiendo a cada rato el tiempo que necesito para reconsiderar seriamente mi objetivo, como cuando fui a Valencia con el mapa de carreteras de Portugal.
Más que los planes, lo que de verdad me interesa son las emociones. Soy tan torpe para organizar mis intereses materiales, que al margen de las que invitó mi editor, no recuerdo una sola comida de negocios que no me haya costado dinero. Con peor trayectoria en ese sentido sólo recuerdo al propietario de un pub compostelano que tenía siempre el local rebosante de amigos. Era generoso e invitaba a menudo a sus clientes sin preocuparse de la contabilidad. Un día me confesó que no sólo había fracasado como empresario, sino que le debía dinero a la mayoría de aquellos tipos a los que tantas veces había invitado a sus expensas. Su éxito le había llevado a la ruina. Y todo por culpa de ignorar sus intereses y dejarse arrastrar por sus emociones. Una de aquellas noches a solas con él en su bar me pidió algo de dinero para comprarle flores a una mujer de la que creía estar enamorado. Y me dijo: «Nos pierden las emociones, colega. Tú te casas para que la muerte no te pille en casa y yo he montado un bar para que mis amigos sepan donde atracarme. Tu vida ocurre a tumbos y mi caja está siempre vacía. Me jode pedirte dinero para flores, pero, ¿sabes?, aún me jodería más que esa chica fuese alérgica a los claveles». No dije nada, pero pensé que mi amigo hacía bien en desconfiar. Ambos sabíamos que no cabía descartar la posibilidad de que se cruzase en nuestro camino una de esas mujeres que a las que las únicas flores que de verdad les interesan son las nécoras.
_________________________________
Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
|