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La auténtica vida del espíritu consiste en re-leer.

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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Pandilla de niños

8 Julio 10

Me pregunto a menudo qué acontecimientos concretos de mi infancia determinaron mi evolución posterior y mi situación actual. El problema es que fui varios niños a la vez. Fui el niño ensimismado y sentimental que en los largos veranos de Cambados se pegaba en los párpados las alas de las mariposas y, por gratitud a tanta belleza como veían sus ojos, le aplaudía con recogimiento al espectáculo de la bajamar. Al mismo tiempo, y casi sin darme cuenta, fui un muchacho reacio al afecto de los suyos, el chiquillo agridulce que maldecía la desgracia de no haber merecido el creativo castigo de la orfandad, como todos aquellos chiquillos del hospicio de San Domingos de Bonaval en cuyos ojos tanto envidié de niño la belleza de aquella mirada expósita en la que medraba como musgo pelirrojo la institucional y escasa luz del internado. Las niñas se enamoraban de mi hermano mayor y yo estaba dispuesto a que se fijasen en mí aunque fuese por estar enfermo o por ser un lisiado. Ya que no podía aspirar a la lactosa de su amor primerizo, al menos podría conseguir de ellas su piedad, su benevolencia, incluso su compasión. De aquel ostracismo surgió en mí el perfil de un niño que no hacía los esfuerzos físicos pensando en ser el que mejor pedalease en la bicicleta o el que más corriese detrás de la pelota, sino porque pensaba que la visible extenuación despertaría al menos en las niñas su propensión a la enfermería. ¿Sabes, querida Candi González, amiga psicóloga?, a mi hermano mayor le sentaba bien incluso la ropa mal hecha y cualquier mancha de sandía encajaba en su magnífico aspecto como una medalla púrpura en la impoluta casaca de un húsar. ¿Como ser feliz si lo único que estaba a mi alcance era que las chiquillas limpiasen con su saliva mis heridas? ¿Cómo saber ahora de cuál de aquellos niños soy la consecuencia? ¿Del niño lírico que le aplaudía a la marea? ¿Del que se entristecía por no ser huérfano? ¿Acaso del que temía que sus heridas tuviesen cura? Hubo un cuarto niño al que le habría gustado huir de casa encaramado como un fugitivo en el techo de un tren de carbón. Es este niño apátrida y forajido el que más me gusta, pero evito encontrarme con él. A veces me tienta retroceder y esperar en mi pasado a que se detenga frente a mis ojos el humo lanar de aquel tren. ¿Y sabes por qué no lo hago, Candi, amiga mía? No lo hago porque temo que cualquiera de los otros niños me empuje hacia la vía y a su paso me aplaste el tren. Y también, porque mientras tarda el tren temo encontrarme con una pandilla de niños muertos.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

08-07-2010 a las 12:53
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Cocaína con bragas

9 Julio 10

Creo que un hombre contrae un vicio cuando la virtud a la que sustituye ya no le produce el placer que esperaba conseguir. ¿Y qué es un vicio? Yo creo que es algo que no depende de una clasificación moral objetiva, sino del poder adquisitivo de cada uno. Un hombre con dinero puede permitirse cualquier tentación en la seguridad de que lo suyo será visto socialmente como una costumbre, como un simple hábito, mientras que si fuese de clase media y anduviese mal de liquidez, la costumbre sería considerada al instante un vicio. En todos los niveles sociales se consume droga, pero en los ambientes selectos la cocaína circula en las mismas bandejas que las gambas Orly y las croquetas de salmón. En algunas reuniones de gente de negocios incluso está mal visto que alguien rechace la tentación de meterse una rayita por las narices. Algo parecido ocurre en ciertos círculos intelectuales en los que resistirte al consumo de cocaína puede ser interpretado como una perversión inconfesable, algo tan grave como en una reunión de cinéfilos los sería sin duda manifestar tu resistencia a menospreciar la filmografía de José Luís Garci o a leer «Cahiers du Cinema». En una velada de escritores discutí con una colega sobre la influencia de la depravación lisérgica en la calidad literaria. Ella defendía que las drogas estimulaban la creatividad y yo le decía que los gatos dan con los ratones sin necesidad de estimularse. Mi colega estaba hasta los ojos de cocaína y llevaba hora y media tratando de dar con una frase para redondear el párrafo inicial de su nueva novela. A punto de amanecer y en medio de un auténtico hacinamiento de gente doblada por el mórbido cansancio que a veces produce la estupidez al mezclarse con la vanidad, le pregunté cómo diablos pretendía acertar con la dichosa frase si en el estado alucinado en el que encontraba ni siquiera era capaz de encontrar sus propias bragas. Yo jamás he llevado la vida de un santo y sin embargo he evitado siempre las drogas que no fuesen el gin tonic o el tabaco. He preferido enfrentarme a la vida de una manera consciente, con los ojos bien abiertos, seguro de que sería capaz de sobreponerme a los remordimientos sin necesidad de perder la memoria, no como mi colega, que solo quería enriquecerse con la literatura para permitirse luego la coartada moral de convertir sus vicios en costumbres. Ya te digo que jamás he sido un santo, pero, ¡qué demonios!, al menos me cabe el orgullo de asegurar que mi conciencia siempre me ha tolerado menos errores de los que a veces me habría permitido mi bolsillo. No dudo que mi colega evitará mi compañía en las veladas literarias, pero sé que de vez en cuando tendrá que recurrir a mí aunque sólo sea para que mi olfato de perro le ayude a encontrar sus bragas.

José Luis ALVITE

Sorbo de ostras

9 Julio 10

Durante mucho tiempo sufrí porque mi conciencia me reprochaba la mayor parte de las cosas que me producían placer. Si la comida estaba deliciosa, me sentía mal, y también sufría si cualquiera de mis planes para disfrutar de la vida parecía estar bien encaminado. Los obstáculos que no me ponía la Ley, me los plantaba delante Dios, así que me veía en el deber de renunciar a cualquier decisión que pudiese suponerme un indicio de felicidad. Tardé años en dominar aquel angustioso sentimiento de culpa y cuando por fin lo conseguí, me di cuenta de que la felicidad a la que tanto me había resistido, en realidad era una conquista incómoda y momentánea, algo que yo sabía que tarde o temprano se volvería en mi contra, como si la felicidad fuese un delito por el que tuviese que pagar. ¿Cuál era el precio? Me lo dijo de madrugada una fulana en un garito: «El precio de la felicidad social es la envidia. No te perdonan que tengas éxito profesional o que te ame la gente. Y si te evades de la sociedad y te recluyes en este ambiente, cielo, en ese caso el precio de la felicidad son cinco mil pesetas». Yo he pagado los dos precios de los que me habló aquella mujer en su garito y puedo asegurar que sobre todo me siento orgulloso de haber gastado las cinco mil pesetas que me daban derecho a disfrutar de aquella especie de indoloro limbo retribuido, aquel derroche de felicidad profesional. Aquel era el sitio adecuado para lo que yo entendía como felicidad. Tal vez no era decente lo que hacía, puesto que se trataba de un placer sórdido y marginal, pero estaba en el lugar adecuado y nadie me hacía reproches. A fin de cuentas, nadie se sorprende de que huela a mierda en el retrete. Por supuesto, había otros inconvenientes que no eran de índole moral. Me lo advirtió a los pocos días aquella misma fulana: «Aquí sólo ocurren las cosas del cuerpo, mientras que las del alma se quedan en la puerta, cielo. En este ambiente Dios le cede su botiquín de primeros auxilios al dermatólogo. ¿La conciencia? Eso es cosa tuya, cariño, pero yo no le daría demasiada importancia. Cuando lleves tiempo en este ambiente te darás cuenta de que después de pagar las cinco mil pesetas, según cómo hagas las cosas, en el peor de los casos lo único que notarás en tu conciencia será un incómodo pero agradable dolor de cervicales». Ya hace años que no frecuento aquel ambiente, ni estoy seguro de echarlo de menos, pero la verdad es que soy incapaz de sorber una ostra en su concha sin echar de menos aquel excitante y analgésico dolor en el cuello.

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Anacrusa

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11-07-2010 a las 11:54
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Patrioterismo y negocio

11 Julio 10

Esta tarde se decide en Sudáfrica algo más que la identidad del equipo nacional que ostentará durante cuatro años el título de campeón del mundo de fútbol. En el caso de ser la selección de Holanda la vencedora, sería la primera vez que tal cosa les ocurriese a los futbolistas de «la naranja mecánica». Si gana España, además de ese bautismo histórico, es muy probable que se decida de una vez el auténtico valor de una bandera que entre ciertos sectores de la población lleva años proscrita o circula de una manera casi clandestina, clasificada casi como una enfermedad venérea. Y no serían los políticos o los intelectuales quienes la rehabilitarían, aunque ambos intentarían atribuirse el mérito. Será un éxito inocente de los jóvenes, los cientos de miles de muchachos españoles que estos días han salido a las calles vestidos de rojo y amarillo, sin complejos, también sin pretensiones, libres de prejuicios ideológicos y a salvo de cargas morales. Siempre les hemos reprochado su desinterés por la cosa pública y la ausencia de conocimientos históricos, pero va a resultar que es gracias a esa indigencia cultural que los muchachos españoles pasean la bandera de España poseídos por una emoción sin militancia política, arrastrados al patriotismo por ese candor ideológico que les hace sentirse libres de las ataduras que privan de su espontaneidad moral a los mayores. A lo mejor estos muchachos, sin saberlo siquiera, nos han querido decir que para hacer justicia histórica a veces no hay cosa mejor que ignorar la Historia. Desconocen la identidad de quienes murieron por defender esa bandera o por culpa de no reconocerla, pero saben que representa el placer repentino, inesperado y colectivo del éxito de un país que está empeñado en la surrealista decisión de enterrar el pasado desenterrando sus muertos, algo tan absurdo como sin duda lo sería prevenirse contra la sed guardando el agua dulce en el agua salada.

José Luis ALVITE

Sueño atrasado

12 Julio 10

Jamás tuve dudas sobre que las mujeres fuesen emocionalmente muy sensibles, ni negaré que se conmueven por cosas que a muchos hombres no les producen la menor inquietud. Desde luego captan los mensajes sentimentales mejor que nosotros y para quienes nos dedicamos a escribir no hay una sola frase que nos deje satisfechos si antes no la hemos imaginado propagándose en el bendito oído de una mujer. Sólo reconozco en las mujeres un defecto muy peculiar en el que yo siempre he procurado no caer. Se trata de su leal relación con el sueño. Es habitual que ella posponga cualquier decisión para después de haber cumplido el trámite de dormir ocho horas seguidas. Salvo situaciones desesperadas, no hay un solo asunto que interfiera en eso. «Tengo que dormir» es la frase que más veces les he escuchado en un momento de la noche en el que por lo general me había hecho la ilusión de compartir otros planes. La verdad es que nunca entendí muy bien que el reloj pese en muchas de sus decisiones más que cualquier emoción. Soporto con estoicismo cualquier reproche que me hagan y no me importa que con el paso del tiempo mis planes se vayan diluyendo en función de los suyos, pero sé que estoy definitivamente derrotado en el preciso instante en el que ella le echa un vistazo al reloj y con los ojos bien abiertos decide que tiene sueño. Muchas de mis amigas tienen un sueño repentino e irrenunciable, como si fuese un sueño improvisado al que le debiesen obediencia absoluta. Así como en mi caso el sueño es la natural consecuencia de llevar demasiado tiempo sin dormir, en ellas es un deber que acatan sin rechistar, con la misma devoción clínica que si se lo hubiese recetado el endocrino. Llegado ese momento me doy cuenta de que para que cuajen mis planes me falta tiempo, aunque alguien me dijo que el problema en mi relación con mis amigas no es que a mí me sobre insomnio, sino que a ellas les falta litio. También puede ser que ellas prefieran dormir porque el sueño suele inducirlas a tomar las peores decisiones. No sé… Son tan hermosas, tan agradables, también tan complicadas… El caso es que cada vez que me cito con una amiga, sé que el jueves a la misma hora es el único día de la semana en el que una mujer aceptaría tomar café conmigo el miércoles. ¿Será por eso que cada vez que desayuno con una mujer las tostadas que me trae el camarero están hechas con el pan del día anterior? Entonces esa mujer me mira a los ojos y aunque yo le jure que ese brillo agonizante en mis pupilas es amor, ella sabe con absoluta certeza que una mirada así sólo puede ser sueño atrasado.

Ni siquiera en el caso de que pierda España su partido de esta tarde habrá fracasado ese sorprendente y entusiasta derroche de banderas. Aunque es triste admitir que el patriotismo pueda resurgir como una conquista de la ignorancia cultural de los jóvenes, lo cierto es que la bandera española está a punto de salir de los cementerios, de los cuarteles y de la Historia, para entrar en un lugar en el que ya no habrá vuelta atrás: el bazar. No hay un solo símbolo que se malogre si alguien lo convierte a tiempo en un juego, en una prenda de vestir, o, lisa y llanamente, en un conveniencia. España no dejará de ser una gran nación mientras su bandera sea al menos un magnífico negocio.

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Anacrusa

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12-07-2010 a las 07:59
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

José Luis ALVITE

Almas del nueve largo

Talento con lencería

14 Julio 10

Como en estas cuestiones lo mejor es curarse en salud con el respaldo de una opinión femenina, recordaré lo que hace algunos años me dijo de madrugada en su casa de la costa la veterana escritora Kate Sinclair: «La crítica literaria elogia mis actitudes progresistas, mi comportamiento iconoclasta y mi coherencia ideológica, como si se tratase de arduas conquistas de mi inteligencia o fuesen el merecido resultado de mi talento. Jamás desmentiría eso, pero en el fondo me río de la visión tan elevada que tienen de mí. ¿Qué diablos saben ellos acerca de los pasos que he dado hasta llegar a ser lo que soy?» A Kate su prosperidad en el oficio de escribir no le impedía reconocer que «(…) habría preferido mil veces ser una mujer hermosa y seductora antes que ser una pluma brillante. Mi éxito profesional es parte de los estragos que me produjo tener un aspecto físico vulgar. Ignoran que no he llegado aquí persiguiendo la gloria, sino huyendo del espejo. A veces mientras le echo al coche en el cruce de Forest Seagulls la gasolina justa para dar la vuelta y regresar a casa, pienso que esos tipos tan sesudos de la crítica literaria se echarían las manos a la cabeza si supiesen que los elogios que ellos le dedican a mi talento habría preferido que el empleado de la gasolinera se los dedicase a mis piernas». Ahora que cree tener evidencias incontestables de que la situación es irreversible, es cuando Kate Sinclair arremete sin piedad contra el culto al éxito y se lamenta amargamente de no haber cultivado su aspecto físico y maldice «la estupidez que en un momento de mi vida supuso creer a pies juntillas que los hombres iban a caer rendidos ante mis brillantes ideas literarias y ni siquiera sería necesario que les cautivase mi cuerpo». Por si su queja se malograse sin salir de la intimidad de su casa en la costa, Kate reflexionó a través de uno de sus personajes más celebrados, una mujer madura en cuyos labios hizo una personal confesión de su credo: «Hay un creciente y tenaz desprestigio de las emociones primarias por considerar que son impulsos superficiales. No entiendo que en nombre del pensamiento alguien se niegue a creer que a menudo lo más profundo de cualquier persona no ocurre en su alma, sino en su piel. No dudo que a una mujer le resulte agradable que un hombre aspire a conocer su alma, pero, ¡que demonios!, llega un momento en el que echas de menos que no intente averiguar tu ropa interior».

José Luis ALVITE

Almas del nueve largo

Vela sin cera (I)

15 Julio 10

De una carta que mi amiga S. jamás llegó a enviarme:

«No me sentó muy bien lo que me dijiste aquella noche en mi casa y sin embargo con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no te faltaba razón. ¿Recuerdas? Yo prendí una vela en la habitación y tú echaste a girar en el tocadiscos una canción de Sinatra. Te pregunté cuánto tiempo te quedarías a mi lado.

No me fiaba mucho de mi memoria, así que lo anoté en un kleenex tan pronto saliste por la puerta: “No sé lo que esta escena puede dar de sí, pero supongo que para lo que dure esto ni encontraré una canción tan larga ni habrá una vela tan corta”.

¿Cómo pude pensar que aquello era sólo una frase? Sabía por referencias que te habías largado de otras historias dejando unas cuantas canciones recién acabadas y algunas velas sin arder. Estaba advertida y aún ahora no entiendo cómo pude pensar que en mi caso sería distinto.

Supongo que entraste en mi vida en un momento en el que tenía las defensas bajas. Estaba sola de madrugada en “El Corzo” y me enviaste por el barman un posavasos con lo primero que se te vino a la cabeza. Guardo aquella nota como quien conserva una amenaza que con el tiempo ha perdido su efecto.

Suponía que intentarías abordarme, pero en aquel posavasos escribiste algo con lo que desde luego no contaba: “Puede que esta noche con el cansancio falle mi perspicacia, chica solitaria, pero juraría que a estas alturas de tu vida detestas la idea de dormir sin sueño y despertar peinada”.

No contesté nada, ni recuerdo haberte dirigido siquiera la mirada buscando la verdad de tus ojos en el reflejo del espejo empañado detrás de la barra. Sin embargo, supe que habías dado en la diana y me sentí descubierta, como si de repente hubieses abierto los ojos entre las pertenencias de mi bolso, en el interior de mi pecho o entre mis piernas. Me ausenté al baño a releer aquella nota y al regresar a mi taburete me encontré sobre la barra otro posavasos doblado.

Me pareció la confesión de un hombre desencantado deambulando casi en sueños por una letra particularmente cansada: “¿Sabes, chica solitaria?, llevo tres días levantado y me conformaría con un café y la posibilidad de volver luego a la calle saliendo sin orgullo de un portal decente. Sólo dejaré las huellas transparentes de alguien que nunca estuvo allí”. Era noviembre y la niebla estaba tan espesa que hasta parecía imposible que no estuviese en otra ciudad la acera de enfrente»…

José Luis ALVITE

Vela sin cera (II)

17 Julio 10

Por más que en nuestra vida hubo otras noches como aquélla, Alvite, sinceramente nunca supe muy bien qué clase de hombre eras, si el tipo áspero y evasivo al que por primera vez subí a mi casa pensando en divertirme, o el que algunas semanas más tarde se fue de mi vida cuando descubrí que era el hombre afectuoso y sentimental del que creía haberme enamorado. A veces pienso que eras ambos hombres a la vez y que el uno era incomprensible sin la existencia del otro, como ocurría cuando en cualquiera de tus pensamientos de madrugada coincidían sin contradicción en la misma frase el catre aún caliente de la puta y el lejano pupitre de tu escuela. Tenías la vida interior y las experiencias de un tipo angustiado, a veces casi la latente agresividad de un criminal y, al mismo tiempo, los ademanes reposados de un hombre tranquilo. Te gustaba sentirte como alguien que en su viaje por la vida va en un tren que se mueve rápido por los raíles mientras él lee un libro sentado tranquilamente en el vagón. Era frecuente que parecieses triste y sin embargo jamás demostrabas rendición o cansancio, a pesar de que la gente que te conocía solía decir que eras el único tipo de la ciudad al que jamás habían visto recién levantado. Personalmente no me importa admitir que hasta conocerte jamás habría creído que hubiese un hombre que pestañease menos de lo que se supone que podría pestañear el día de mañana su cadáver. Conocí casi en las mismas dosis la tenacidad de tu afecto y la literaria agresividad de tus frases y debo reconocer que tenían razón cuantas amigas comunes se encariñaron con tu pasajera furia de seda. Tampoco ellas supieron jamás qué clase de hombre eras. Como me ocurrió a mí aquella primera noche, sentían en su propia garganta la laringe de tu voz calmosa y profunda y al mismo tiempo tenían la extraña sensación de estar a un palmo de alguien que les hablase al oído por teléfono. ¿Sabes?, eras como una hoguera con el fuego estrangulado por sus propias llamas. Aquella primera noche te pregunté qué buscabas a deshora en una mujer como yo. Acababas de prender el enésimo cigarrillo mientras aún ardía en el cenicero la brasa de otro. ¿Recuerdas tu repuesta?: «Quise venir a tu casa porque me apetecía acostarme contigo, aunque sé que el día de mañana por tu bien diré que si te acompañé esta noche fue sólo porque era la única manera de borrar personalmente las huellas que probasen que alguna vez estuve aquí. A veces la vida es más interesante si con el tiempo aciertas a contarla mal».

José Luis ALVITE

Vela sin cera (y III)

18 Julio 10

«Por más que me jurases lo contrario, Alvite, en realidad siempre supe que estabas de paso en mi vida y que ni tus cigarrillos se quedarían mucho tiempo en mi cenicero, ni tu ropa amanecería algún día en el tendal de la mía. Quería concienciarme de que eras algo pasajero y, sin embargo, cada vez que te veía me preguntaba quién sería la mujer que retocaba tus frases y desplanchaba tus camisas. Sabía que se te daba bien abandonar tus relaciones y que dejabas a tu paso una estela de amargura, pero me irritaba pensar que ni siquiera fuese yo la destinataria exclusiva de tanto dolor. Temía que lo nuestro desfalleciese en medio de una rutinaria indiferencia que lo redujese a una historia intrascendente y vulgar, sin los estragos personales que lo hiciesen algo verdaderamente inolvidable. Ya que no podía mantener tu amor, deseaba al menos no ser ajena a tu desprecio. Sabía que así como ponías todo tu entusiasmo y tus instintos en conseguir el amor de una mujer, tus mejores frases eran la brillante consecuencia natural de perderlo. Y a mí, sinceramente, me preocupaba esfumarme de tus brazos sin haberme hecho antes un hueco en tus frases. ¿Tan poco me querías que ni merecería siquiera el literario azote de tu agradable rencor? Tú mismo me habías dicho en varias ocasiones que es el rencor lo que hace perdurables los recuerdos y que por sí misma la memoria sólo sirve para evocar lo intrascendente, lo banal, lo que aguanta el paso del tiempo sin necesidad de ser importante “como perduran las cicatrices de aquellas heridas de las que ya ni se recuerda el dolor”. ¿Cuál sería el día de mañana mi lugar en la memoria de un tipo que vivía sin fotos, sin reloj y sin agenda? ¿Desaparecía de tu vida mi rastro tan pronto se esfumasen las manchas de lo nuestro con la última colada? Por más veces que lo intenté, jamás supe contestarme esas preguntas. Ni sé cuales fueron las razones por las que entraste inesperadamente en mi vida, ni acertaría a identificar los motivos por los que sin previo aviso te largaste de ella dejando como recuerdo la estela de alguien que habiendo entrado a robar se marchó luego de haber renunciado al botín y después de haber vaciado su alma y sus bolsillos. Ahora recuerdo con nostalgia y con afecto el amor que me diste y también el dolor que me causaste. Desde entonces dejo cada noche la llave en el felpudo por si acuerdas volver, aunque sólo sea para despedirte dejando en mi espalda mientras duermo una de esas frases hermosas, amargas y expresivas que parecen escritas a la luz de una vela sin cera».

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Anacrusa

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18-07-2010 a las 19:17
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Veraneo

19 Julio 10

Salvo que el calor lo hace todo aun más insoportable, las vacaciones de verano no suponen cambios sensibles en mi manera de vivir, ni modifican en absoluto los criterios con los que intento administrar mis emociones de manera que todo resulte interesante o sea al menos soportable. Ni voy lejos, ni hago esfuerzos que no habría hecho con naturalidad en cualquier otra época del año. Respecto de las ofuscaciones y de los sinsabores del invierno, la diferencia es que en verano sufro el desencanto vestido de manga corta. Dicen los psicólogos que las vacaciones son el momento del año en el que se pone a prueba la resistencia de los vínculos de pareja y que es al final del dichoso tiempo libre cuando surgen los peores brotes divorcistas. Precisamente para ponerse a salvo de ese riesgo, muchas parejas se disuelven al llegar el verano y cada uno administra por su propia cuenta las vacaciones, sabedores de que la convivencia estival podría dar al traste con la unidad de la familia. Yo no huyo al llegar este tiempo, entre otras razones, porque he conseguido un cierto estatus de rebeldía que me permite evitar la playa, huir de la insolación y no acudir a esas reuniones veraniegas en las que la gente se siente obligada a divertirse. Nadé por última vez en el mar hace quince años y desde entonces ni siquiera recuerdo haber metido en alguna ocasión los pies en el agua. Me gusta recorrer la costa gallega en coche y me detengo con frecuencia a contemplar el paisaje mientras fumo y escucho música. El mar me trae deliciosos y bautismales recuerdos de mi infancia cambadesa, de cuando contemplar la realidad era sin discusión más agradable que evadirse de ella con el recurso de imaginarla de otro modo. El de la Galicia de entonces era un orbe sin turistas y sin planes, un mundo en el que todo ocurría por primera vez, un sitio físico y a la vez emocional en el que había lugares extraordinariamente hermosos que ni siquiera tenían nombre. Nuestra familia éramos los únicos veraneantes en aquel pueblo de pazos, parras y buganvillas en el que las tardes tardaban semanas en pasar. Eramos veraneantes, no turistas. Yo me presentaba en junio con mi maleta y la jaula de los pájaros, me instalaba en casa de tía Pepita y no regresaba a Compostela hasta principios de octubre, cuando ya las nubes enfriaban el fuego en las «lareiras» y los escaparates se llenaban de ropa con solapas. Es precisamente aquella la dulce indolencia que recuerdo cada vez que recorro la costa en lenta y desencantada procesión sin prisa. Y si ya no me meto en el mar, es probablemente porque he vivido mucho desde entonces y ya no soy tan sensible que pueda echarme desnudo boca arriba en un palmo de agua y esperar a que me masturbe casi en sueños la obstétrica y rumiante resaca de la bajamar.

Texto con flemas

22 Julio 10

Una querida amiga a la que conocí hace casi veinte años me ha recordado algunos textos sentimentales que escribí entonces y he podido comprobar que en todo este tiempo mis emociones conservan casi intacta la fuerza impulsiva de aquellos días y el estilo descriptivo de entonces. Noto que algunas de las frases de aquellos textos son más largas que las de ahora, pero yo creo que ese pequeño cambio estilístico no se debe a una evolución literaria, sino a los efectos inconscientes del tabaco sobre la sintaxis. Teniendo en cuenta que escribo pensando en que pueda pronunciar el texto casi sin coger aire, era inevitable que la expresión narrativa de mis emociones se resintiese de las quince mil cajetillas que he fumado desde entonces. Supongo que si fuese trompetista, al cabo de tantos años reincidiendo sin remedio en ese vicio tal vez seguiría tocando la misma melodía, pero golpeando ahora con las baquetas en la caja de un tambor. Al releer a boleo algunos párrafos de aquellos viejos textos sentimentales del 93 me he dado cuenta de que a pesar del tiempo transcurrido conservo intacta cierta inocencia vital que no deja de ser sorprendente en alguien que arrastra desde la infancia la sospecha de cargar con una sombra que no es la suya. Igual que me ocurría entonces, todavía ahora, al cabo de diecisiete años, sigo afrontando la vida con la idea de que aquellas decisiones que no me acerquen al cielo, lo más probable es que me dejen enfilando el camino que lleva a la consulta del psiquiatra. A mi amiga Adriana le he dicho que al margen de los inevitables cambios físicos y del imponderable aumento del escepticismo, estoy orgulloso de ser aún capaz de alentar las mismas esperanzas y cometer los mismos errores. A pesar de las cicatrices acumuladas a lo largo de todos estos años, la verdad es que todavía queda en mi piel sitio para las heridas que acaso están por venir. Sé que ocurra lo que ocurra con mi equilibro emocional, al final todo el dolor quedará reducido a tabaco, efemérides y literatura. Y aunque creo que las emociones del 93 ya no las escribiría ahora con la sintaxis de entonces, la verdad es que el fondo sería el mismo, de modo que me habría limitado reducir las frases en función de que pudiese pronunciarlas sin que por culpa del tabaco me interrumpiese la tos. A lo mejor lo único que ha ocurrido con mis emociones es que al describirlas me he dado cuenta de que una parte de la pasión son sin duda todas esas comas casi adolescentes que a veces el tabaco convierte sin remedio en flemas. Será por eso que las pasiones que no tienen cabida en la hemeroteca acaban casi siempre en la escupidera.

El tipo de las banderas

23 Julio 10

En una época en la que todo el mundo se empeña en rastrear su origen y buscar en las cunetas a sus muertos, a mí me tienta todavía la vieja idea de perder contacto con los datos reales de mi pasado, confundir mis recuerdos y reafirmarme en la interesada teoría de que la única manera de dominar la propia conciencia es convertirla en algo que sobreviene ajena a tus actos, un fenómeno que ocurre de manera casi improvisada, como si cada remordimiento pudiese ser un capricho. Sería algo así como dirimir una partida de cartas modificando las normas del juego según convenga en cada lance. A conseguir esa nubosidad emocional ayuda mucho la circunstancia de ser un hombre desordenado que desiste de la realidad a medida que caducan sus documentos. Se cuentan con los dedos de una mano las personas que me tienen en sus fotos y son también muy pocas las que verdaderamente conocen cosas precisas sobre mí. Sólo he tenido un par de auténticos amigos en toda mi vida, pero mi relación con ellos ha sido tan poco entusiasta que puedo decir que perder su amistad ni siquiera me supuso un dolor que pudiera considerar insoportable. El resultado de ese aislamiento social y de semejante distanciamiento biográfico han sido interminables y oscuros años de una férrea y estoica soledad emocional que me ha convertido en un tipo capaz de aceptar el sufrimiento con la misma serenidad que si su dolor fuese una conquista. He llegado a dominar mis emociones hasta el punto de que sería capaz de motivar la tristeza de alguien aunque sólo fuese para conseguir que disfrute con mi consuelo. En mis relaciones sentimentales se me ha dado bien conseguir la proximidad emocional de unas cuantas mujeres, aunque he de reconocer que mi especialidad ha sido siempre llenarlas de incertidumbre y de dudas, de modo que nunca supieron si a nuestra próxima cita acudiría en persona o me haría representar por una nota autógrafa y funeral que les entregase a deshora en su mano mi barman de cabecera. ¿Me odiaron alguna vez por eso? Sinceramente, juraría que no. En realidad nunca supieron muy bien a qué hombre echar de menos, si al tipo entusiasta que acudía con una flor a la cita o al que se desvanecía lentamente hasta que su único rastro fuese una emocionante frase malentendida con letra insomne en las dobleces de un papel. ¿A quién podían odiar? Yo era sólo un tipo que se daba prisa para entrar en sus vidas y no se detenía hasta acertar con la salida, a menudo casi sin darles tiempo a cambiar de ropa, como un apátrida necesitado de raíces y de afecto que sin embargo corre de un lado para otro huyendo de las banderas que él mismo iza en cada país que pisa.

Furia de papel

24 Julio 10

A pesar de que fui educado en la bondad, que yo recuerde, desde niño quise ser un hombre malo. No soportaba que en casa me pusiesen como ejemplo de niño dócil cada vez que había visita. Siempre me avergoncé de mis buenas cualidades y a menudo me ruborizaba con los elogios de tanta santidad. A los nueve años me pusieron gafas. Aquello fue muy duro para mí porque me apartó del riesgo de muchos juegos y determinó que me dedicase a leer. Mientras los otros chiquillos se liaban a pedradas en la calle, yo leía a Shakespeare, a Unamuno y a Palacio Valdés. Me convertí en un profiláctico niño al que le olía a papel el aliento. Eran tan limpio y tan preventivo, que mi madre me recuerda como el único chiquillo del barrio que gateaba en cuclillas. También estaba delgado, muy delgado, demasiado delgado. Tanto, que en verano me abrigaban para que se me viese mejor en las fotos de familia. A mi madre solía decirle que quería ser sacerdote, pero eso lo hacía para ser coherente con mi aspecto presbiterial y afligido, porque en realidad a los diez años sólo quería ser corpulento. Miraba la pila de libros y me entristecía pensando que el provecho de leerlos no sería en absoluto mayor que el placer que obtendría si pudiese destrozarlos a bocados. Ahora supongo que si huía del cálido afecto de mi madre era porque había calado muy hondo en mí el ferviente deseo de inspirar recelo, temor, acaso repulsión. Entonces me asomaba a la ventana y miraba con envidia como se peleaban los chicos de la calle y la emoción casi sexual con la que esperaban su sangre las chiquillas. ¿Qué podría haber hecho yo en medio de aquel jaleo? ¿Cómo podían aceptar en la pelea a un muchacho que antes de hablar carraspeaba como un filólogo? En una ocasión vi en el periódico una foto de Max Baer trajeado y con gabán. Fue aquella la primera vez que sentí el deseo de ser boxeador. Max Baer era rudo y al mismo tiempo tenía empaque. Con sus manos podía noquear a cualquiera casi sin desplancharse, como si lo hubiese tumbado por correo. Yo imaginaba que aquel tipo seductor y violento tenía pegada de hombre y sudor de mujer. El caso es que me fui con el periódico al baño, cerré la puerta y me miré al espejo. Me decepcioné al instante. Pensé que jamás podría ser como Max Baer, no sólo porque me faltaban furia, decisión y entrenamiento, sino porque con lo delgado que estaba sería difícil que pudiese sobrevivir más de cinco minutos al peso de aquel maravilloso gabán tan masculino. Recuerdo que con la decepción se me descompuso el vientre. Y que pensé que en mis circunstancias tendría que conformarme con la suerte de que al sentarme en el retrete me llegasen los pies al suelo.

Paracaidista embalsamado

25 Julio 10

Al enfrentarme a mi objetivo de convertirme en un hombre malo no tardé en darme cuenta de que no sería tarea fácil. En el ambiente en que tenía que bregarme se necesitaba mucho dinero para pasar privaciones. Un tipo verdaderamente duro me dijo de madrugada en un garito que para dejar un pufo en aquel local antes tendría que demostrar que disponía del dinero suficiente para merecer la confianza del jefe. Aunque no se tratase en absoluto del mismo negocio, en el garito ocurría como en los bancos, donde sólo te dejan dinero en el caso de que demuestres no necesitarlo. Aquel tipo tenía razón. A efectos de conseguir prestigio no sería lo mismo estar abajo que haber caído. Por otra parte, había muchas maneras de caer que no eran la adecuada. Un tipo que llevaba unos cuantos años caído fue quien me puso al tanto: «No es lo mismo arruinarse por descuido, que conseguirlo como resultado de un esfuerzo. Necesitas ser organizado y sensato para hundirte con dignidad y sin perder la compostura. ¿Y cómo se hace eso? Con frialdad. Y sabiendo lo que haces. Un tipo verdaderamente inteligente se gasta el dinero de manera que parezca que lo ha empleado en pagarse el placer de su ruina». Yo no tenía mucho dinero, así que necesité pocos esfuerzos para hundirme. En cuanto al empaque con el que enfrentarme a la caída, supuse que consistía en que no se me notasen los nervios, es decir, en dar siempre los mismos pasos para ir al retrete. Un hombre que controla su esfínter tiene mucho camino andado para controlar también su conciencia. Aquel tipo me dijo también que la entereza se ve en que los tipos duros apenas parpadean y las pocas veces que tragan saliva no se les nota como a los cobardes, que hacen los mismos gestos que si su saliva fuesen doscientos gramos de avellanas. Le pregunté qué sería de mí cuando me quedase sin dinero en el garito. Y aquel tipo me dijo: «Si has sabido guardar las formas y gastaste la pasta con estilo, amigo, en ese caso no tienes nada que temer. Te habrás convertido en un respetable hombre caído. Las chicas del club no te volverán la espalda por eso, muchacho. Te mirarán con el respeto con el que se contempla a un filántropo y con la admiración que se merece alguien que ha caído con la lenta y calculada elegancia con la que en medio de la penumbra llega al suelo un paracaidista embalsamado». Después él se largó y yo me quedé entre el humo durante mas de veinte años. Es cierto que nunca conseguí ser un hombre verdaderamente malo, pero conservo de aquel tiempo el recuerdo de haber sido parte de un mundo doloroso y a la vez analgésico, un lugar en el que al remordimiento le fallaba cada noche la memoria y te podías permitir el lujo de ser pobre a manos llenas.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

25-07-2010 a las 13:02
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite en La Razón

Camino de Santiago

26 Julio 10

No digo que mi ciudad sea un ejemplo único, pero no conozco otro caso en el que un lugar haya prosperado gracias a la facilidad con la que sus vecinos se desentienden de él. Ni el alcalde de Santiago es compostelano ni lo son tampoco el rector de su universidad o el jefe de su arzobispado. Sus principales valedores han sido siempre personas nacidas en otros lugares que se sintieron atraídos por una ciudad singular en la que yo creo que los ciudadanos no eligen a sus representantes políticos porque esperen algo positivo de ellos, sino por el placer de castigarlos a gobernar un Ayuntamiento en el que los concejales tienen desde siempre menos peso que la Historia. Compostela no le debe su condición de capital de Galicia al esfuerzo de sus vecinos, sino a que Vigo jugó en su favor cuando A Coruña se propuso alzarse con el privilegio. En una ciudad con un peso industrial casi irrelevante cuya universidad ha sido diversificada en una absurda metástasis por el resto de Galicia, lo que determina su prosperidad económica es el mito de una presencia apostólica que algunos irresponsables intentan cuestionar. Miles de peregrinos llegan este verano cada día a Compostela movilizados por la fe cristiana, por la curiosidad o porque el médico les ha dicho que el Camino de Santiago es bueno para la circulación. Los restaurantes están repletos, los hoteles apenas ofrecen vacantes y las colas para acceder a la catedral por la Puerta Santa superan a las que se recuerdan para ver a Ray Charles en la misma plaza de Platerías. ¿Está realmente el Apóstol Santiago enterrado en Compostela? Yo no lo sé, ni me importa. No se trata de una cuestión de fe. El Apóstol se ha convertido en un personaje rentable, en un magnífico negocio sin riesgos. Por mucho que les pese a ciertos sectores del nacionalismo, la del Apóstol es la única industria que no acusa la crisis ni está en recesión. Ninguna estrella del rock tiene tanto gancho. Bruce Springsteen reunió recientemente a treinta mil personas en Monte do Gozo, pero el Apóstol consigue cifras superiores sin necesidad de salir del camerino. En noviembre vendrá el Papa a Compostela y seguramente se postrará de rodillas ante la urna de plata en la que se supone que reposan los restos del Apóstol Santiago. Supongo que no hará preguntas al respecto. No es bueno que la certeza destruya los sueños. Puede que las que se custodian en la cripta catedralicia no sean las cenizas del Apóstol, pero eso importa tan poco como a sus devotas admiradores les importaba hace años el rumor de que el pelo de Frank Sinatra era un bisoñé. Yo desconfío de que hacer el Camino de Santiago sea indispensable para reafirmar la fe en Dios, pero no dudo de que sea bueno para las varices.

Toros con orgasmo

29 Julio 10

Todos los argumentos que se utilizan para condenar las corridas de toros son razonables, contundentes, incluso parece que sean irrebatibles. Por supuesto, también lo son los argumentos que aducen quienes defienden la lidia. Todo es relativo. El placer que encuentra el gourmet al sentarse en una mesa bien surtida no es en absoluto mayor que el que siente en la desnudez de su celda el monje enfrentado a la abnegada penitencia de su ayuno. La inteligencia convierte en razonables muchas conductas que la conciencia encuentra en principio inadmisibles. Muchos de quienes abominaron del nazismo al consumarse la derrota del III Reich fueron sus devotos seguidores cuando el Hitler criminal no había sustituido en su admiración al Hitler lúcido, sabio y redentor cuyos crímenes al principio prefirieron ignorar. Fue el descomunal tamaño de sus crímenes lo que le descubrió al mundo la abominable perfidia de aquel régimen exterminador y racista. ¿Prohibiríamos las corridas de toros si las reses fuesen del tamaño de las truchas y su sangre pasase inadvertida? ¿Tiene algo que ver la conciencia con el tamaño de aquello que tendría que repudiar? De niño despojaba de sus alas a docenas de moscas y las organizaba luego sobre el suelo como una ganadería sin que nada de aquello me impidiese dormir. Estoy seguro de que habría sido incapaz de conciliar el sueño si en vez de las alas a las moscas, le hubiese arrancado las suyas a cincuenta pollos vivos. Es el tamaño del bulto lo que despierta la conciencia, igual que en un callejón sin salida lo que inspira temor de un hombre no es su mirada, sino su corpulencia. Pues ése es el problema de los toros: que son corpulentos y dan mucho en la vista, no como las truchas, que agonizan enganchadas por la boca en un anzuelo sin que nadie se compadezca de ese dolor ni proteste por ello. Alguien podría alegar que en nombre de la conciencia pública lo mejor sería pescar las truchas con un procedimiento indoloro, no sé, tal vez instándolas desde la orilla con un megáfono para que salgan del río y se entreguen. Si la vida fuese así, en la próxima carrera del hipódromo la organización tendría que premiar el esfuerzo del caballo y castigar el abuso del jinete. Todo se andará. Los seres humanos somos tan idiotas que el día menos pensado castigaremos algo tan natural como que la tentación de buscar el orgasmo concluya a veces en el placer de conseguirlo. Corren malos tiempos para las emociones. Y eso son las corridas de toros: una de esas viejas emociones que se disfrutan cuando se sienten y se malogran cuando se explican.

¿Otro el día 29? Es que no para

Pan entre las nubes

29 Julio 10

Mientras está enfrascado en el disfrute del placer, un hombre puede ser capaz no sólo de olvidar sus deberes y posponer sus compromisos, sino, incluso, de controlar su conciencia hasta el punto de ignorarla. Eso significa que al evadirse de su conciencia, el hombre hedonista se siente por completo libre de cualquier remordimiento. Una vez conseguida esa indiferencia moral, un hombre puede ser capaz de lo mejor y de lo peor, de modo que si se deja llevar por la ira será un criminal, o un artista si en su amoralidad dispone de los medios que le permitan exhibir su talento al margen de los límites a los que podría haberle obligado su conciencia. El problema surge cuando los placeres desembocan en un cansancio insoportable y por culpa de los excesos aparece el asco, esa sensación que a menudo empieza por una náusea en el estómago y acaba con un sentimiento de culpa que puede resultar insoportable. Es como cuando al final de un esfuerzo sostenido, el corredor de fondo se detiene exhausto en la meta y, aturdido y asfixiado, se da cuenta de que el indoloro placer de correr ha sido sustituido al final por un extraordinario cansancio del que tardará días en reponerse. Hay tratamientos farmacológicos que ayudan a reponerse del esfuerzo físico y del cansancio moral, pero a veces eso no funciona y entonces la solución puede ser imprevisible, con frecuencia dolorosa, y a veces, trágica. Ciertas dosis de ansiolíticos permiten luchar con éxito contra el vacío existencial en el que se encuentra el hombre amoral al final de los placeres. Uno descubre entonces que la conciencia en realidad no se había esfumado y que le estaba esperando para cuando decidiese detener la marcha y coger aire. Aparecen entonces los remordimientos que creías superados y no sabes muy bien qué hacer con ellos, como cuando al ver el noticiario de la televisión el aviador de combate se percata durante el almuerzo de los terribles destrozos causados durante el bombardeo de la noche anterior. En el transcurso del placer, como en el medio de las nubes, tomamos decisiones sin pensar en cuál pueda ser su verdadero alcance. Después recobramos la calma, echamos un vistazo a lo ocurrido y descubrimos con espanto que la conciencia nos reprocha nuestra conducta hedonista igual que al aviador le remuerde en la suya la noticia de que al amparo de la oscuridad lanzó sus bombas sobre un hospital. Yo he cometido muchos errores en mi vida por culpa de agotar los placeres y cargo con muchos remordimientos por eso. Podría reanudar la marcha y prescindir otra vez de mi conciencia, pero, ¿sabes?, por suerte he llegado a la conclusión de que aún estoy a tiempo de asomar entre las nubes y bombardear con pan los hospitales.

Alas de alpaca

31 Julio 10

Muchas veces he pensado que si fuese comandante en jefe de un ejército triunfal, a punto de vencer al enemigo lo más probable sería que en un inoportuno arranque de compasión, o de pereza, detuviese la marcha y desistiese de la victoria. Algo desde mi infancia me induce a creer que no hay un solo objetivo cuyo logro resulte más emocionante que la simple expectativa de conseguirlo. Ésa es la razón por la que cada vez que viajo a una ciudad me conformo con rodearla en el coche y salir huyendo; y el motivo evidente de que conseguido el amor de una mujer, a menudo sólo encuentre estimulante la inmediata posibilidad de malograrlo. He empezado las colecciones más diversas a sabiendas de que completarlas me resultaría más desalentador que renunciar a ellas. Desde luego si algún éxito he logrado en la vida se deberá sin duda a que me faltó determinación para evitarlo. Aunque alguien pueda considerarlo una estúpida frivolidad, lo cierto es que la mayor parte de mis conquistas profesionales han sido la inesperada consecuencia de algún descuido. Aunque siempre me gustó escribir, con la vida que he llevado lo normal habría sido que desistiese de hacerlo y me dejase arrastrar por cualquiera de los acariciantes vicios que tanto frecuenté. En realidad esto jamás me pareció un trabajo, de modo que nada de lo que hago me supone un gran esfuerzo. No rechazo el dinero que me pagan por ello, pero debo reconocer que si soy columnista de LA RAZÓN será probablemente porque era algo que ni siquiera entraba en mis planes. En el momento de apuntarme alguien me advirtió de que mi actitud ante la vida y mi manera de escribir no encajarían en la filosofía de este diario y que no tardarían en cortarme las alas. Luego resultó que LA RAZÓN es el único periódico en el que jamás me insinuaron el menor recorte en mi manera de pensar o de expresarme. Con arreglo a mi contradictorio sentido del éxito, puedo decir que tanta libertad me produjo al principio una extraña tristeza, como si me viese privado de la posibilidad de sufrir el grado de represión editorial que alentase mi rebeldía. Aquí no he tenido que falsear mi identidad, como hacía en un diario gallego, pretendidamente muy liberal, al atribuir a Oscar Wilde aquellos pensamientos míos que el redactor jefe de turno se negaba a publicar por considerarlos escabrosos o amorales. Nadie en LA RAZÓN intentó jamás taparme la boca y eso me ha producido un enorme desconcierto. No sólo me permiten ser libre, sino que por mi jodida reputación de fugitivo casi me veo obligado a ello. Ha tenido que ser en un periódico conservador donde descubriese que la libertad de volar frustra mi viejo sueño perezoso de ser un pájaro que tuviese el cuerpo de seda y las alas de alpaca.

Emoción con nécoras

1 Agosto 10

Quienes me conocen bien saben que nada lo que hago obedece a un plan previamente trazado, ni responde a un interés material. Esa es la razón de que mi carrera profesional haya ido siempre a remolque de las improvisaciones de mi vida personal. A pesar de haber hecho muchas cosas a lo largo de tantos años, la verdad es que nunca quise ser un hombre ocupado. Si me hubiese planteado mi existencia como una sucesión de objetivos formales, y si sólo pensase en llenar de contenido las solapas de mis libros, con seguridad las cosas que hice con el corazón las habría hecho con la agenda. No quiero decir con esto que mi vida haya sido una ociosa sucesión de banalidades, de diversión o de tiempo perdido. De lo que se trata es de establecer prioridades y en mi caso eso significa que entiendo la vida como un viaje en el que el destino es cada lugar en el que me detengo a pensar si valdrá la pena seguir. Los míos se han acostumbrado a esta manera de ser y entienden perfectamente que viaje a Madrid saliéndome con frecuencia de la autovía y perdiendo a cada rato el tiempo que necesito para reconsiderar seriamente mi objetivo, como cuando fui a Valencia con el mapa de carreteras de Portugal.
Más que los planes, lo que de verdad me interesa son las emociones. Soy tan torpe para organizar mis intereses materiales, que al margen de las que invitó mi editor, no recuerdo una sola comida de negocios que no me haya costado dinero. Con peor trayectoria en ese sentido sólo recuerdo al propietario de un pub compostelano que tenía siempre el local rebosante de amigos. Era generoso e invitaba a menudo a sus clientes sin preocuparse de la contabilidad. Un día me confesó que no sólo había fracasado como empresario, sino que le debía dinero a la mayoría de aquellos tipos a los que tantas veces había invitado a sus expensas. Su éxito le había llevado a la ruina. Y todo por culpa de ignorar sus intereses y dejarse arrastrar por sus emociones. Una de aquellas noches a solas con él en su bar me pidió algo de dinero para comprarle flores a una mujer de la que creía estar enamorado. Y me dijo: «Nos pierden las emociones, colega. Tú te casas para que la muerte no te pille en casa y yo he montado un bar para que mis amigos sepan donde atracarme. Tu vida ocurre a tumbos y mi caja está siempre vacía. Me jode pedirte dinero para flores, pero, ¿sabes?, aún me jodería más que esa chica fuese alérgica a los claveles». No dije nada, pero pensé que mi amigo hacía bien en desconfiar. Ambos sabíamos que no cabía descartar la posibilidad de que se cruzase en nuestro camino una de esas mujeres que a las que las únicas flores que de verdad les interesan son las nécoras.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

01-08-2010 a las 19:02

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