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La auténtica vida del espíritu consiste en re-leer.

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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Alvite: Incunables y raros

Me he pasado dos días, tras un largo letargo del que no daré detalles y que sólo conoce Cristina (en seguida voy contigo, hermosa mía), copiando y pegando mensajes de Alvite. Una vez terminada la tarea (me parece que tarda menos él en escribirlos que yo en copiarlos), me ha quedado querencia y, como veo que en su página están sólo los artículos recientes (aquí tenemos desde 2003), he ido al los disquetes de mi viejo ordenador, que me quitaron con otras muchas cosas y la mitad de mi vida, los he modificado convenientemente y he buscado una carpetita con artículos que nunca se copiaron aquí (quizás algunos sí, pero la mayoría no) y los pego ahora, que se lo he prometido a su sobrino Nacho.

Para Nacho, su página, los dos o tres emboscados que, a veces dicen algo y los muchos fantasmitas que pululan en silencio por aquí.


Baños de tierra

Martes, 15 Abril 2003

No quiero ser pesimista pero lo cierto es que en mi opinión, el valor de
mucha de la gente que me rodea depende de la cotización que alcance el
plomo. Jamás les ocurre nada relevante o distinto, carecen de recuerdos
emocionantes o peculiares, jamás olieron las llamas de un rosal y son tan
interesantes de frente como de espaldas. Si se les hiciese un chequeo en
grupo, lo mejor que los médicos dirían de ellos es que están clínicamente
vivos. Mucha de la gente que nos rodea ni siquiera tienen vicios, como aquel
tipo que tenía muy arraigado el vicio del café y es cierto que no fue una
artista, pero al menos sus hijos le recuerdan "tan desvelado, que el maldito
café le prolongó dos días la agonía". Un fulano que estuvo en América me
dijo que había conocido en Baltimore a un tipo que se jugó las manos al
póker. No estaba en racha y las perdió. Los tahúres con los que apostaba, le
cortaron allí mismo una mano. La otra se la perdonaron para que pudiese
limpiar la sangre de la mesa. Aquel desdichado volvió tarde a casa pero al
menos tuvo algo que contar.

¡Algo que contar¡ Puedes morir tranquilo si en el saldo de tu vida hay al
menos algo que contar, una partida mal explicada, algo que en apariencia no
encaja, un asunto turbio, acaso aquella maldita mancha de carmín entre tus
piernas, tal vez la noche que estabas tan pasado de copas que para no perder
más tiempo en dar rodeos por las calles, te acompañó a casa un ciego. ¡Algo
que contar¡ esa es la cuestión, muchacho, algo que contar. Como esos
hombres de mundo que dicen que se acuestan en una cama y despiertan en otra.
Serás distinto si afrontas las calamidades con una mundana sonrisa en los
labios. Mi amigo C. marchó a América por un asunto de negocios. Había
amasado aquí una fortuna y llevaba camino de multiplicarla al otro lado del
mar. Luego se metió en jaleos y todo lo que tenía en un bolsillo era la
papeleta de haber empeñado el otro. Estaba acabado. Pero mi amigo C.
conservó intacto su espíritu emprendedor y aventurero y su capacidad para
convertir en literatura la miseria. De regreso en Compostela, quedamos para
un café. Le encontré acodado en la barra de un bar de medio pelo en el que
el Martini mejoraba si le ponías lejía. Nada más sentir mi carraspeo en la
puerta, C. abrió sus brazos como si fuese a arrojarlos a la basura, y me
dijo: ¡Abrázame, Alvitiño, amigo mío!; ¡por fin soy pobre!". Mi amigo C.
nunca volvió a contar millones con sus refinadas manos de pianista. Pero te
cuenta su vida con lo mejor de sus modales de entonces. Y ya te digo que no
ha vuelto a ser rico, pero te juro que mi querido C. se limpia el culo con
la misma elegancia que si descorchase champán. Ni siquiera añora los buenos
tiempos, cuando compraba los coches a juego con las chavalas. Un tipo como
él tiene recursos para hacer interesante la caída. Una madrugada en "Rahid"
me dijo que lo importante en la vida es dejar lo justo para que los tuyos no
pasen sin comer por tener que pagar tus baños de tierra. Y yo creo que es
feliz aunque su risa suene a veces como una carambola a oscuras.


NO ME COGERÉIS VIVO

El Semanal 20 de abril 2003

Lo apuntaba el otro día: no estoy dispuesto a caer vivo en manos de los españoles, cuando sea anciano e indefenso. Porque vaya país peligroso, rediós. Cómo nos odiamos. He vuelto a comprobarlo estos días, con lo de Iraq. Observando a unos y a otros. Porque aquí, al final, todo acaba planteándose en términos de unos y otros. Pero es mentira eso de las dos Españas, la derecha y la izquierda. No hay dos, sino infinitas Españas; cada una de su padre y de su madre, egoístas, envidiosas, violentas, destilando bilis y cuyo programa político es el exterminio del adversario. Que me salten un ojo, es la única ideología cierta, si le saltan los dos a mi vecino. A mi enemigo. Pues quien no está conmigo, incluso quien no está con nadie, está contra mí. Y cogida en medio, entre múltiples fuegos, está la pobre y buena gente -buena hasta que deja de serlo- que sólo quiere trabajar y vivir. Que sale a la calle con la mejor voluntad, dispuesta a defender con mesura y dignidad aquello en lo que cree; y que a los cuatro pasos ve -aunque nunca lo ve a tiempo cómo una panda de oportunistas demagogos se apropia del grito y la pancarta. Cómo salta el ansia de degüello en cuanto hay oportunidad, y más si el tumulto facilita la impunidad, el navajazo sin riesgo, la agresión cobarde, el linchamiento. Dudo que otro país europeo albergue tanta rabia y tanta violencia. Tal cantidad de hijos de puta por metro cuadrado.

Qué cosas. Aquí nadie gana elecciones por su programa político ni por la bondad de sus líderes, sino que quien gobierna, al cabo, cae en la arrogancia del caudillismo, pierde el sentido de la realidad y se destruye a sí mismo. Entonces el otro partido emergente y el resto de la oposición se suman con entusiasmo a la tarea de apuntillarlo, en una pedrea donde vale todo; incluso ensuciar y destrozar, no sólo el respeto a este viejo y desgraciado lugar llamado España, sino también, con irresponsabilidad suicida, los mecanismos que hacen posible la esencia misma del juego democrático. Así ocurrió durante el desmoronamiento de aquel Pesoe víctima de su corrupción, de la soberbia y cobardía de un gerifalte y del silencio abyecto de las cabezas lúcidas que no osaron discrepar, renovar, adecentar. Y en la agonía de ese partido, del que tantos esperábamos que a España no la conociera ni la madre que la parió, entraron gozosos, a saco y con maneras bajunas que hicieron escuela, todos los buitres de la oposición, encabezados por quienes hoy gobiernan: a la degollina fácil, y maricón el último. Poniendo las instituciones, las reglas del juego y el sentido común en el cubo de la basura; dispuestos a llevárselo todo por delante con tal de derribar al enemigo, e infligiéndole a España incluso a la idea que de España tiene la derecha un daño irreparable del que todavía cojea, y cuyo precio paga ahora el Pepé en sus carnes morenas.

No puede extrañar que hoy se hayan invertido los papeles. En un lugar donde no hace falta programa político para ganar elecciones, sino que basta con esperar el suicidio del contrincante -o dejar que te lo acosen y maten otros, como hace el Peneuve-, la guerra de Iraq le ha venido al Pesoe de perlas para ajustar viejas cuentas y prepararse el futuro; y también a otras agrupaciones políticas, que habían perdido crédito por el signo de los tiempos o por su incompetencia o estupidez, y ahora disfrutan como un cochino en un maizal saliendo otra vez en los telediarios. Sin olvidar, por supuesto, la mala fe histórica de varios partidos periféricos, encantados de que les dinamiten gratis y por la cara esa España que no es la suya. Pero los comprendo. Ya me dirán ustedes de quién cojones van a proclamarse solidarios, en este paisaje. Recuerden aquella siniestra broma de cuando el franquismo: España, una; porque si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra.

No importa que las pancartas o las banderas tengan razón o carezcan de ella. Aquí, razón, cultura, instituciones, no cuentan. Lo que importa es que llega el degüello, suena el clarín, y lo mismo que nadie se atreve solo con el toro de la Vega, y es la chusma enloquecida y cobarde que, armada con lanzas y hierros acuchilla mientras grita adivina quién te dio, ahora todo cristo empalma la chaira al olor de la sangre; dispuesto, una vez más, a llevarse por delante lo que sea, con tal de enterrar al enemigo. Todo vale, todo es presa legítima. Y el día que al fin esto se vaya a lápida grabarán tomar por saco, sobre nuestra: akí, tio, murio Sansón con tos los finisteos. Suponiendo -ésa es otra- que a quien le toque poner esa lápida todavía sepa quién era Sansón. Y que sepa escribir.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

15-06-2010 a las 08:35
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

UNA VENTANA A LA GUERRA

El Semanal 27 de abril 2003

Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso, españoles o no, seguirán muriendo; en ésta o en la siguiente guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia de quienes convierten en votos cada niño quemado y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal de esa infame condición humana, seguirán muriendo periodistas.

No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso. Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes; donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis colegas. No sé qué llevó a julio y José hasta el misil o la granada que los mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron, debo decir lo que creo: que murieron porque querían estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable: "Mi hijo murió cumpliendo con su deber'. Punto. Hacían un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde se combinan el azar y las leyes de la balística, les tocó a ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.

Por qué estaban allí, supongo que es la pregunta. Por qué cerca de la línea de fuego, como Julio, o filmando asomado a una ventana en plena batalla, como José. No por dinero, desde luego. Ni por amor desaforado a la información y a la verdad. Tampoco, como he oído decir estos días, por amor a la humanidad, para detener con su testimonio las guerras. La milonga del periodista buen samaritano es una tontería. Ni siquiera Miguel Gil Moreno, a quien han estado a punto de beatificar desde que cascó en Sierra Leona, iba por eso. Uno ayuda, claro. Lo hace cuando puede. Incluso a veces piensa que su trabajo puede cambiar algo. Pero de ahí a que un reportero sea un filántropo, media un abismo. En veintiún años de oficio no encontré ninguno así. Al contrario. Nunca conocí a un reportero que al sonar el primer cañonazo no sintiera la excitación, el hormigueo, de quien empieza una aventura peligrosa y fascinante. Luego vienen los años, la reflexión y la experiencia. Te asustas y no vuelves; lo sigues, y te matan o te haces una reputación.

Mientras, en tu corazón cambian algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimiento Pero eso ocurre después. Digan lo que diga quienes no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio.

Hablar de asesinatos particulares en una guerra donde mueren miles de personas es una incongruencia. Montar el número de la cabra en torno a la muerte de un reportero --aparte el respetable dolor de familia y amigos---, es insultar la memoria de un profesional valiente que ha hecho su oficio con impecable dignidad, pagándolo con su pellejo. Por supuesto, cuando un tanque lo mata hay que procurar reventar al cabrón del tanque, si se puede. Pero con realismo, no con retórica idiota. Un combate, una batalla, son un caos de miedo, incertidumbre y bombazos, y nadie puede esperar que la gente se comporte con humanidad o cordura. Quien se asoma a una ventar a filmar, lo sabe. Y si no lo sabe, no debería estar allí. El problema con toda esta demagogia es que al final la gente termina creyéndose eso de la guerra limitada y las bombas inteligentes, y de tanto oír tonterías a los políticos y a la prensa del corazón -que esa es otra, el periodismo basura hablando de compañeros muertos-, al final existe el riesgo de que los periodistas crean que los ejércitos son oenegés y la guerra un juego virtual con reglas y principios, y se metan allí creyendo que alguien va a garantizarles la piel o la vida, que cuando se vaya todo al carajo detendrán los combates para evacuarlos, o se pedirán responsabilidades morales y económicas al marine con fatiga de combate y gatillo fácil, o al negro que lE rebane los huevos con un machete. Por eso me inquietó que el otro día un telediario anunciase que el Ministerio de Defensa español comunicaba que no garantizaba la seguridad de los periodistas españoles en Bagdad. Naturalmente. Ni el español, ni el norteamericano, ni nadie. Claro que no. Ni en Bagdad, ni en Sarajevo, ni en Saigón, ni en el saco de Roma, ni saliendo del caballo de madera, en Troya. Las guerras son, a ver si nos enteramos, peligrosas y putas guerras. Nos ha vuelto tan estúpidos que de semejante obviedad hacemos una noticia.


Niño roto

Viernes, 05 de septiembre de 2003

Tienen razón quienes me conocen. Me cuesta expresar cara a cara mis emociones. Creo que a lo largo de mi vida he dado la décima parte de los abrazos que imaginé. Me sube la emoción a la garganta cuando siento algo noble por alguien pero más fácil que reconocer una pasión, el afecto o una pizca de amor, me resultaría confesar un crimen. Sentí por mi padre una profunda admiración filial y profesional pero lo cierto es que me sinceré con él cuando llevaba horas muerto. Y en cuanto a mi hija mayor, estoy seguro de que habría percibido mejor mi afecto si todos estos años hubiese sido ella mi barman. Arrastro desde niño la terrible sensación de que mi boca estropea el pan. A mi querida C. la amé como a casi nadie pero ella solo lo supo por una amiga común. Siempre me pudo una especie de pudor mezclado con un pésimo sentido del tiempo. Jamás logré desprenderme de mi inclinación a la soledad y al hastío. Ya de niño hacía cosas con el propósito de arrepentirme de ellas. Por eso a veces de niño rompía la hucha movido por el absurdo deseo surrealista de aprovechar el dinero para comprarme otra hucha igual y empezar de nuevo. Y también por eso me pareció razonable lo que una madrugada de copas me dijo un yonky: "No podía soportar la miseria y para olvidarla, empecé a drogarme. Luego comprendí que el olvido salía caro. Así son las cosas, amigo: con el tiempo descubres que se necesita ser rico para soportar la pobreza". Otra madrugada, alguien muy parecido a él me confesó que bebía para olvidar que era alcohólico. Para un tipo a punto de ser fusilado, un cáncer terminal no es una mala noticia. Todo es relativo e incluso lo malo puede parecer decente. Los americanos despertarán de sus sueños de flores e inocencia cuando comprendan que en realidad la silla eléctrica no es un desinfectante.

De niño planifiqué mi futuro escribiendo mis proyectos en un globo hinchado. Luego con el lápiz se me pinchó el globo y nunca pude leerlo. Muchas de aquellos sueños sólo recuerdo haberlos olvidado. El resto no estaban para mí y se le cumplieron a otro. Supongo que uno de aquellos sueños era haber abrazado más a mi padre. Y jamás lo hice. Y me queda para el resto de mis días la pena de que mi padre se haya muerto con la sensación de que él y yo fuimos solo dos tipos de buen corazón que se pasaron la vida unidos por la dudosa confianza de haber compartido un pufo en una fonda. El caso, maldita sea, es que al amortajarle, el tipo de la funeraria le habrá demostrado más ternura que yo. Conservo algunos manuscritos de mi padre pero ni en sueños su letra me devolverá sus manos.

La única consecuencia aprovechable de ser como soy, es que puedo soportar las contrariedades sin que me salgan a la cara. Mi carácter me permite saber que un éxito solo es un poco de publicidad para separar dos fracasos. De niño se me rompían los juguetes de Reyes al desenvolverlos. Pero a todo se acostumbra uno. Por eso fui la clase de niño restringido y silencioso, soñador y roto, que aprendió a jugar a oscuras con el papel de los regalos.

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Anacrusa

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15-06-2010 a las 08:36
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

Miércoles, 24 Septiembre 2003

Abrir la ventana para que entre la oscuridad

Mi amigo David Lema lleva lustros viviendo a gusto en la ciudad de Oporto. Dice que no cambia aquello por nada, aunque no olvida en absoluto nuestra Compostela natal. Coincidimos esporádicamente de madrugada en "Rahid" y cuando le escucho, tengo la sensación de que Oporto es uno de esos sitios en los que vale la pena pinchar a deshora y tardar treinta años en reparar la rueda. Yo creo que a mi amigo ya le caló hasta el tuétano la proverbial calma portuguesa y ahora es uno de esos tipos privilegiados que si viniese una mal dada, sobrellevaría estoicamente la adversidad y solo se sentaría agonizante a la orilla del camino para cerciorarse de que no viene nadie. Los portugueses son así, tipos tranquilos, gente sin prisa, increíbles corredores sin sudor que solo te adelantarían en la meta para aplaudir generosamente tu llegada. El último incendio de Lisboa fue terrible y arrasó una buena parte de la apariencia señorial de O Rosío. Pero los lisboetas no se llevaron las manos a la cabeza con el espanto irreflexivo de los españoles. Apagaron el fuego con su lenta y tenaz eficacia mientras el elegante fantasma raído de la cantante de fados atravesaba el fuego con un abanico en la mano. Y después se felicitaron en silencio de que no hubiesen ardido las aguas del estuario.

Dicen que en el rostro de los portugueses siempre es dos horas más tarde que en sus relojes y que en sus ojos biselados por la nostalgia es evidente la víspera del pasado. También dicen que solo levantan la voz para pedir silencio. Y que si les preguntas por cualquier calle de Oporto, te enseñan la ciudad hasta las afueras de Lisboa. No estoy muy seguro de que sea así, pero también escuché en alguna parte que si le arreases una bofetada a uno de esos tipos tranquilos, sería capaz de disculparse por no haberte dado un motivo. Un escritor amigo mío sostiene que a solas en casa durante el atardecer, Pessoa abría la ventana para que entrase hasta su mesa de poeta la bendita galerada de la oscuridad. Supongo que para la inmortal tristeza lusitana, la muerte solo es pausa enfática. Según Manolo Summers, los portugueses son tan discretos, que bostezan con la boca cerrada. De chaval me enamoré de una portuguesa que había venido de excursión a Compostela. Creí enloquecer de amor pero ella desconfiaba tanto de lo nuestro, que para zanjar el asunto sin darme trabajo, de su puño y letra escribió con lápiz de ojos la carta que yo habría de remitirle a Oporto para romper con ella. ¡Dios Santo!, una mujer como ella habría sido capaz de pedir la vez en el verdugo.

Me gusta el elegante desencanto portugués. Y los tipos decentes y sentidos, como Saramago, que seguro que duerme con mala conciencia por haber pisado de día los zapatos.

Una "Gilda" con zapatos de goma

Miércoles, 24 Septiembre 2003

Puedes cambiar el mundo con un pensamiento, con un aforismo, con un grito, o, mas fácilmente, con un fusil. Se sabe de pensadores que provocaron seísmos sociológicos y determinaron en cierto modo el curso parcial de la historia. Otros tipos resolvieron el futuro con un taconazo en el cuartel. Una frase resulta más vistosa que una orden, pero es sin duda menos fulminante. El pensamiento es hermoso pero dicen los posibilistas que le falta empuje. Se me ocurren dos frases que nos hicieron pensar a muchos y una tercera, mas lacónica, que nos puso en marcha: "Lo mejor para vencer una tentación, es sucumbir a ella" (Oscar Wilde); "Si lloras por no ver el sol, el llanto te impedirá ver las estrellas" (Tagore)...y la definitiva: "¡Ar!" (Francisco Franco Bahamonde).

En cierto modo la guerra es el terrible resultado de ahorrar lenguaje, del mismo modo que el dinero con frecuencia es una secuela de habernos ahorrado la ética. En cambio yo no creo que la pintura abstracta sea el resultado de habernos ahorrado el dibujo, que en el fondo subyace debajo de todas las formas, incluso de las groseras formas de la obesidad, debajo de la cual, distante y misterioso, permanece incólume el sarmiento del esqueleto. Seguramente la abstracción se alcanza por la superación de las formas concretas, que en cierto modo llega un momento en el que no pertenecen al Arte, sino a la carpintería, al catastro y a Roberto Verino.

Hay un lenguaje más allá de la formalidad. Por ejemplo, en el caminar de las mujeres cuando calzan zapatos de tacón. En el cine las mujeres fatales pierden mucho cuando asesinan en tapa baja. Nos parece que el glamour está en la estola de astracán, en la larga boquilla, en los sibilinos labios delineados como lazadas para la perversidad y para la delación, pero en realidad el glamour y el encantamiento están en los zapatos de tacón, es decir, en la artificiosidad que falsea el paso femenino y al tergiversarlo, lo recrea en su pirotecnia. Johnny Farrell no se volvería loco por "Gilda" si en la película Rita Hayworth cantase "Amado mío" calzada con zapatos de goma. En la sutil frase del cuerpo femenino, el tacón es la hipérbole del pie, su delicada blasfemia.

Cuando se dispara el pensamiento, importa poco la realidad de las cosas. Lo de menos es la exactitud, tan sólida, tan inalterable y aritmética. Es la imaginación lo que nos redime de la impepinable geometría de las cosas y nos permite ver las estrellas reflejadas en el agua de los lavabos del "Metro". Con el lacónico "¡Ar!" de su filosofía a quemarropa, el minimalista Francisco Franco quiso convencernos de que nuestro destino más imaginativo sería sobrevivir robando el plomo en el pecho de los fusilados.

[editado por Anacrusa el 15-06-2010 a las 08:40]

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Anacrusa

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15-06-2010 a las 08:39
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

Martes 7 de octubre de 2003

Adelantarte a esperar tus restos mortales

Ayer tuve un grave accidente circulando por la Autopista del Atlántico. No es una sensación nueva para mí. Es la cuarta vez que sobrevivo a un percance como éste y creo que firmaría cuatro más si el resultado fuese siempre el mismo. No soy un tipo con muchas esperanzas pero lo cierto es que tampoco le tengo odio a la vida. Salvar la piel en situaciones como la de ayer sirve al menos para que los míos no pasen vergüenza al identificar mi cadáver.

Lo de ayer fue verdadera mala suerte. El tipo que me precedía en la carretera frenó inesperadamente y me lo comí como si me hubiese cebado el coche de un chapero. El golpe fue tan violento que temí que me hubiese cambiado de mano el reloj de pulsera. Por fortuna, no sufro fractura alguna y no tardaré en reponerme por completo del dolor en los brazos y en las piernas. Fue una suerte controlar la trayectoria del coche para que el impacto fuese menos directo. Llevo años convencido de no conducir con copas, así que de haber soplado en un control de la Guardia Civil, incluso me daría soso el sudor. Tampoco el accidente fue debido al sueño. Había dormido mucho más de lo habitual en mí y en circunstancias como ésta soy un conductor tan realista que por propia experiencia estoy convencido de que incluso el sueño me produciría insomnio. Suelo tener presente lo que me dijo de madrugada una fulana en un garito: "Lo malo de dormirte al volante, cielo, es que te despierte la muerte".

Fue la maldita prisa. Quería estar puntual en mi puesto de trabajo y con la jodida prisa casi dejo atrás las ruedas del coche. Por culpa de la dichosa urgencia, corres el riego de llegar al cementerio con el enterrador en pijama. Sin apenas darnos cuenta, a veces nos levantamos de cama para no devaluar la vivienda por haber muerto estancados en casa.

Escribo las notas de mi columna echado en cama. Aprovecho para reflexionar sobre los excesos en la carretera. Recuerdo haber pisado el acelerador hasta rozar casi el asflato con la suela del zapato. Viajaba tan rápido, maldita sea, que no habría sido extraño que me plantase en el peaje de la autopista a tiempo de esperar personalmente la llegada de mis restos mortales. En las carreteras más retorcidas, muchas madrugadas mi coche improvisó integrales resolviendo las curvas. Me latía el corazón como una manada de sangre. Si levantaba el pie del acelerador para acomodarme a una velocidad más moderada, el asfalto me parecía engrudo.
No volveré a correr en la carretera. Recuerdo lo que me dijo de madrugada un tipo: "Jamás viajes con prisa, amigo. Si te empeñas en correr demasiado, lo más probable es que sólo llegues puntual a tu propio entierro".

Jueves, 9 Octubre 2003

Comer la sopa con el martillo

Los responsables de la muerte de ese muchacho reventado a patadas a la salida del fútbol en Compostela, nos ponen sobre aviso que en la duda de que el hombre proceda del mono, lo que parece del todo claro es que el destino de nuestro viaje genético es el jabalí. Llegará el momento en el que no sepamos si a esos salvajes hay que aplicarles el Código Penal o será suficiente con la Ley de Caza.

El embrutecimiento del hombre es un asunto complejo y admite muchos enfoques, todos ellos seguramente razonables, pero creo que el fondo de la cuestión es que hemos prescindido de la cultura y desviado la fogosidad juvenil hacia el gimnasio. En la nueva sociedad túnida y muscular, no triunfa el que sabe sino el que suda, es decir, la bestia feroz y desaprensiva que se deja llevar por lo fulminante, por el impacto, por la rotunda gravedad de la fisiología. Ya nos avisó Chonski de que la supresión del lenguaje suponía la abolición de las ideas, con lo cual lo que tenemos es un hombre nuevo y contundente que se comunica con aullidos y a embestidas. Ya no se mata por amor, superado por la ofuscación y por los celos, como se mataba antes, sino por no hablar todo el rato de motos. Hemos malgastado las inmensas posibilidades de la inteligencia humana y nos encontramos con que el minimalismo mental nos está convirtiendo en seres venatorios que sólo obedecen a sus instintos. Si es cierto que cada cultura genera sus propias apariencias, no será de extrañar que de aquí a poco tiempo, la reducción de la sensatez y de la conciencia determinen la aparición de una raza de individuos a los que les crezca el pelo por dentro de la puta cabeza. Y no se trata de que en los concursos de televisión prueben fortuna chavales que tienen problemas para localizar Galicia en el mapa de Galicia. Lo más grave es que hay síntomas alarmantes de que nos viene encima una generación de hombres oscuros y feroces a los que no te cuesta mucho imaginar comiendo la sopa con un martillo. Sé de chavales que con cuatro copas encima necesitan leer las instrucciones para pasar la cabeza por el cuello del jersey. Un amigo mío me confesaba hace poco que vive alarmado porque su hijo frecuenta un círculo social en el que nadie lee un libro y que si lo leyese, su jodido cerebro sólo retendría el precio y los espacios en blanco. Parece un mal sueño pero es una realidad bien a la vista. Hay síntomas nada engañosos de que a la vuelta de unas pocas generaciones, las novelas de Faulkner se colgarán enmarcadas en las paredes y se sazonará el almuerzo meando en él.

Vamos por mal camino. Lo ocurrido en Compostela nos avisa de que el día menos pensado los gorilas nos utilizarán para que vayamos al quiosco a comprarles el tabaco y la prensa.

[editado por Anacrusa el 15-06-2010 a las 08:45]

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15-06-2010 a las 08:45
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

ÁSPERO Y SENTIMENTAL

31-03-2004

Retrato a oscuras con la cabeza en llamas

Le he dado vueltas en la cabeza a mi pesimismo vital y no me veo salida. Arrastro el peso de asuntos profundos que me lastran los pies y los ojos. Vivo tan acostumbrado a mi tristeza, maldita sea, que si me notase el menor asomo de felicidad, correría a entregarme en comisaría. No puedo creer lo que me dijo una noche mi madre: "Ve-rías la vida con más optimismo si limpiases más a menudo las gafas". A veces pienso que mi mirada le lleva la contraria a mis ojos y que en mi vida sólo es real la fantasía. Anoche soñé que me miraba a oscuras en el espejo del baño con la cabeza en llamas. ¡Dios!, no duermo boca abajo por temor a que me deje preñado mi ángel de la guarda. Por las noches me cuesta tomar notas en los bares. Creo que he vuelto a mi depresión del 93, aunque me aferro a la idea de que en realidad lo que ocurre es que mis manos tienen la vista cansada. No querría que se me repitiese en la cabeza mi caos de entonces. En el 93 salía de madrugada a la carretera y me sentía como si condujese al tacto por mi propia esquela. ¡Dios!, comía pan y vomitaba brea. El siquiatra me diagnosticaba por mis artículos. De madrugada volvía a casa tan exhausto como si hubiese subido a hombros el ascensor por la escalera. Muchas de aquellas jodidas noches del 93 se me pasó por la cabeza que mi rostro no tenía mis apellidos. No me lo vais a creer pero os juro que mi cara de entonces eran restos de dos espaldas. Al doctor Tortajada le dije una mañana en el siquiátrico de Conxo que me costaba respirar como si mi boca asfaltase el aire. ¿Y no es eso acaso lo mismo que siento ahora? A veces me siento por la noche al teclado para redactar mi columna y es como si escribiese alumbrado por una bombilla pintada de negro. Quiero soltarme y me cuesta hacerlo. Siento en las manos las plantas de los pies. En el 93 me acostaba con un cigarrillo en los labios para despertar cada poco y echarle un vistazo a mi cadáver, que era el único que dormía de un tirón. Las noches de jarana despertaba tieso como si tuviese entre los huevos una salamandra de escayola. Tenía la mirada seca y hostil como dos cactus azules. El siquiatra me miró como sin puntería y me dijo: "Muchacho, padeces un trastorno obsesivo de la personalidad". Eso fue todo. Luego me recetó unas pastillas y cambié de espejo. Mi vida cobró cierto orden, como si en vez de tragarme aquellas pastillas, me hubiese comido el reloj de pulsera. Y me mantuve así algunos años. Hasta que empeoraron las cosas. Ahora presiento los peores días de Conxo. Y llevo camino de ser otra vez el del 93, cuando con los barrotes de mi caligrafía soñaba enjaular la lluvia y salía a la carretera con la esperanza de que en el próximo accidente resultase ileso mi cadáver.

20-04-2004

Gárgaras con el cigarrillo en la boca

Las mujeres que le amaron sabían sobradamente que no era un hombre recomendable y que no irían muy lejos a su lado. Frankie era un tipo errático y sin ataduras. Para alguien como él, las mujeres eran parte esencial de su repertorio. Y si aspiraban a casarse con él, era porque sabían que Sinatra era el mejor ex marido al que podían aspirar.

Se cumplieron treinta y cinco años desde que Sinatra grabara "My way" y en todas partes se recuerda la efemérides. Pero nadie celebra la canción sino la figura singular de Sinatra, aquel tipo que afinaba la voz haciendo gárgaras de bourbon con el cigarrillo en la boca. Su personalidad nunca perdió vigencia. Los tipos como Frankie raras veces pasan de moda porque lo que representan va más allá de una melodía o de un premio cinematográfico. Personalmente creo que Sinatra representa la rebeldía a cualquier edad, incluso la rebeldía a los cincuenta, cuando la mayoría de los hombres renunciaron a la inestabilidad material y sentimental y sólo se alejan del sillón para acomodarse en la ambulancia. Los revolucionarios mas jóvenes de ahora se meten en cama a las diez de la noche, la hora a la que Sinatra a regañadientes aceptaba desayunar sin whisky. A los muchachos se les inculca pánico a la inseguridad económica y se les orienta hacia trabajos productivos. La satisfacción consiste en el dinero y de la personalidad sólo nos fijamos en la ropa. La gente se lava mucho las manos para parecer decente porque ahora resulta que la dignidad consiste en la limpieza más que en la actitud. Sinatra era un encantador tipo indecente en cuyos besos las mujeres paladearon con placer una mezcla de tabaco y cinismo.

No era seguro que Frankie las llevase de viaje al Cielo, pero era seguro que darían a deshora con un sitio en el que el barman se supiese de memoria los nudillos de aquel tipo. Hay en muchas canciones de Sinatra un hastío como de madrugada que las hace estupefacientes. Ocurre en "One for the road", en la que Frankie repasa un fracaso mientras el barman friega la loza y retira la basura. No hay la menor prisa. Son las tres menos cuarto de la madrugada pero en la voz de Sinatra lleva tiempo parado el reloj. A ratos suena como cubitos de hielo el piano. Frankie fuma todo el rato. A Sinatra le sienta bien el humo y sería otro si dejase de fumar.

Suena grave y pensativo, algo cansado tal vez. Su voz se ha convertido en una patología. En su sonrisa se acurrucan como una fístula el remordimiento y la malicia. Alguien seguramente le espera en alguna parte. Sinatra llegará tarde. O no llegará. Incluso puede que pase de largo. Es su encanto. Y sería el nuestro si aceptásemos que a menudo, lo mejor de una cita es llegar a tiempo de que sea demasiado tarde...

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

15-06-2010 a las 08:54
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

Este artículo, al releerlo, me ha parecido magistral.

ASPERO Y SENTIMENTAL

25-04-2004

La obsesión de la ayuda sicológica

Está de moda la asistencia sicológica. Los poderes políticos la ofrecen de inmediato cuando surge un accidente y hay que prestarle atención no sólo a los supervivientes, sino también, por lo visto, a los espectadores, incluso a quienes conocieron la noticia indirectamente por comentarios de testigos presenciales o la vieron en diferido por televisión. Supongo que la proliferación de la ayuda sicológica se debe a que los seres humanos de ahora somos incapaces de aguantar por nosotros mismos la noticia de la muerte y necesitamos de alguien que nos la dosifique, es decir, que nos cuenta la muerte por entregas, como si el ser querido se nos muriese gradualmente y no de un tirón, que es de muy mal gusto y conviene administrar bien el cadáver, de manera que el sicólogo lo que nos trae por la puerta es un muerto benigno, un cadáver sin redondear, la muerte por aproximación, como si papá se nos hubiese muerto mezclado a grosso modo en la pedrea de Navidad. No conformes con dosificarnos la vida, ahora resulta que los políticos nos dosifican también la muerte. Y recurren a la ayuda del sicólogo, una figura altamente profesionalizada que en realidad no hace otra cosa que sustituir a la tía soltera que antiguamente nos contaba el muerto mientras ganchillaba como si tal cosa el luto para las exequias. Los niños nos conformábamos con la versión de la tía solterona y los adultos cuando no podían soportar la noticia del óbito, dosificaban la realidad con media docena de carajillos, que eran la sicología de entonces. No había técnicas especiales para la reducción del dolor emocional. "A la abuela le cascó el motor", te decía tía Pepita sin inmutarse apenas, como si te contase la avería de la bomba del pozo. Después llorabas un rato sobre la leche de la cena y te ibas a cama con la sensación de que al día siguiente las cosas serían de otro modo, volverían las bicicletas a las calles y en la escuela nos dispensarían un recibimiento especialmente heroico, como si hubiésemos ganado una etapa del Tour subiendo el Tourmalet cargados con el féretro de la abuela.
Pero nada de asistencia sicológica. Sabíamos que la gente se moría. No lo habían enseñado nuestros mayores, que hicieron la guerra y volvieron del frente contando la muerte con asombrosa naturalidad, con la asombrosa naturalidad con la que nos contaban el agua del Ebro y las nodrizas de Cuenca. Dicen que aquella guerra costó un millón de muertos pero nadie recuerda haber matado a nadie. Lo olvidaron sin ayuda sicológica. La mente humana es muy lista. Por eso el inmenso dolor de la guerra civil, al final nos lo contaron en casa como si el abuelo sólo hubiese disparado para despertar a los muertos, que son los únicos que no olvidan la muerte.

21-04-2004

Cuando las bromas van en serio

Ernesto era un tipo rudo y contundente cuyo gesto más suave en las discusiones era un cabezazo. Trabajaba de matón en un club nocturno a las afueras de Compostela. Era tan ancho el jodido Ernesto que a su lado juraría que oscurecía diez minutos más temprano. En sus noches más condescendientes, a cada persona que intentaba cruzar la puerta para entrar al club le preguntaba a dónde demonios iba. En sus noches peores, Ernesto se lo preguntaba incluso a los que salían del local. Ernesto era la clase de matón que te pide explicaciones incluso por lo que no hayas hecho.
Intimamos en el 93 aprovechando mi amistad personal con el dueño del club. Algunas noches hablamos largo rato en la puerta del local mientras en el interior se iba espesando como un guiso la velada. Ernesto no tenía muchas luces pero parecía un tipo sincero. En la cabeza de aquel tipo una idea brillante sólo podría entrar mezclada con una bala, pero tenía momentos de primitiva y digna franqueza. "Este mundo no está pensado para los intelectuales, amigo, así que si quieres desenvolverte en él, habrás de convencerte de que al otro lado de esta jodida puerta lo importante es que tus manos sean más contundentes que tus ideas", me dijo para situarme. Y no le faltaba razón. Al otro lado de la jodida puerta había fulanas que cascaban las nueces con la vagina. "En este negocio se puede ganar dinero o salir con los pies por delante. Personalmente no me quejo.

Llevo un siglo jugándome el tipo pero en cuatro años le quemé el motor a seis coches capaces de cruzar Extremadura por debajo del suelo. Muchacho, he ganado dinero y me he jugado la piel noche tras noche. Ahora llevo una vida con ciertos lujos y podría jurarte que incluso mi partida de nacimiento es de importación". Medio en broma, las cosas de Ernesto siempre iban realmente en serio. Y si te cruzabas en su camino, te sacudía hasta que con los golpes se te hinchaba también la sombra. Circulaba entonces una leyenda sobre la contundencia de Ernesto. Según aquella leyenda, le pegó una tunda a un tipo listo recién casado y le dejó tan maltrecho que su primer hijo le nació con los mismos hematomas que Ernesto le había causado en la reyerta. "Fue como si su mujer hubiese parido un dálmata, muchacho", presumía Ernesto con sus íntimos.

Rompimos porque a Ernesto no le gustó que me liase con su fulana y la emprendió a golpes con ella. La chica me avisó y salí a la puerta a por Ernesto.

Volví a los diez minutos, radiante, como si viniese de jurar bandera. No volvió a molestarla. A ella nunca le dije que el único crochet se lo había metido a Ernesto doblado con un billete de mil duros en el bolsillo de la camisa...

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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15-06-2010 a las 09:00
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Re: Alvite: Incunables y raros

¿Y este? No me explico cómo puede escribir cosas tan dramáticas que hagan partirse de risa.

Una manera legal de tomar rehenes

23-04-2004

Un amigo mío muy escéptico dice que el matrimonio es una manera legal de tomar rehenes y que la muerte es algo que no está nada mal si tienes problemas para conciliar el sueño.

Es probable que mi amigo exagere las cosas, pero lo cierto es que la vida en pareja es algo que cuesta mucho sostener si pretendes conservar tus aficiones y tus tendencias, lo que explica que para diversificar las responsabilidades, muchas parejas sean de tres o más personas. Y en cuanto a la muerte, es algo que nos espera a todos y que nos puede ocurrir a cualquier edad, porque morirse es una de las pocas cosas para las que no te piden experiencia. Otra cosa es que la gente se muera de una manera contenida, dándole a los brazos o gritando blasfemias. Los grandes personajes siempre se morían en cama rodeados de su familia, todos ellos dispuestos en medio arco para facilitarle el trabajo al pintor de cámara. Y hacían frases para mantener ocupado al biógrafo. Por lo visto eran gente con mucha entereza que ni pestañeaba con el dolor. La muerte sobrevenía con calma, como si se muriesen a manivela. Llamaban uno por uno a sus quince hijos y se despedían de manera cumplida con una comedida emoción sin llanto. Luego pasaba a la alcoba el historiador y le dictaban para la posteridad los secretos mejor guardados. Había moribundos que hacían frases de cuatro páginas antes de morirse y dejaban exhausto al amanuense. Hasta que llegaron los bolcheviques y para meterle prisa a la historia, a los Romanov no los pasaron a limpio con el caballete del pintor, sino con el mosquetón de los rebeldes. Con el paso de los años las cosas cambiaron sustancialmente. Ahora en la Historia ya no se entra posando a caballo para Tiziano, sino desnudándose para "Interviú". O para revistas similares en las que se combinan con cierta sabiduría la carne y el talento, el sexo y la literatura, la mamada y el artículo de fondo. Los quioscos rebosan de esa clase de publicaciones y cuando las exhiben en la puerta, con tanta carne a la vista el perro de mi amigo C. se detiene todas las mañanas a ladrarle a Malena Gracia o a cualquiera de esas vedettes en escabeche que hacen pompas de escayola con la boca al ensayar sus frases. .

Vivo en pareja desde hace treinta años pero evito la monotonía siempre que puedo, lo que explica mis dos matrimonios y mis numerosos líos de faldas. Me gusta emparejarme y lo hago a cada rato, sobre todo porque me dejo arrastrar por los bajos instintos, esa cosa en el fondo tan elevada que ya sólo conservan los animales y unos pocos hombres. Soy un tipo educado y tengo por costumbre contenerme, pero lo cierto es que de los ojos de los hombres generalmente sólo recuerdo las miradas de sus mujeres...

Venecia con soja

27-04-2004

En Venecia durante el verano la mitad del agua es sudor pero eso importa poco. Lo que importa de Venecia es que al atardecer la ciudad se vacía y en los hoteles los clientes de viejo se asoman en pijama a los balcones para aspirar el olor mórbido del aire en el que se infectan los poetas y las palomas. Te fijas a tu alrededor y es como si Venecia la hubieses leído en la receta del médico. Yo creo que en las fondas baratas de Venecia friegan la loza con el jabón del afeitado. En la avenida Garibaldi hay terrazas provincianas con gente de poca monta y en las calles transversales pueden verse juntos el Sagrado Corazón y las banderas comunistas mezcladas en un jeroglífico de ropa al clareo y canales en los que se estancan la marea lacia asfaltada con papeles y el pisto varicoso y fecal de los desagües. Entre los postes frente al Puente del Sepulcro, pronuncia como un responso la marea.

En las calles queda al anochecer la luz justa para leer las esquelas y para confundirte de mujer. Un tipo me dijo que en invierno, con la tristeza de la niebla, la gente te da las buenas noches a las dos de la tarde y las góndolas resbalan como crespones en la pomada de los canales. Recuerdo haber comido una lasaña que parecía hecha con jarabe para la tos y un tiramisú empalagoso como una flema de huevo. No recuerdo el importe de la factura. En su raída hecatombe Venecia es una ciudad tan hermosa, ¿Dios!, que ni siquiera recuerdas el precio de su belleza. Si acaso recordé aquella tarde a una corista muy menuda a la que conocí en el Savoy del 74. Hasta dar con ella nunca había imaginado que fuese así la abreviatura de Dios. A la corista del Savoy la recuerdo porque tenía el encanto de una mujer mucho más alta. A la pobre Beverly le metieron dos disparos en el pecho y se murió atragantada con los tropezones del llanto en un callejón. Fue una lástima. A la corista le habría gustado morirse de vieja en uno de esos hoteles de Venecia en los que repara los muebles el ebanista de la funeraria.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
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15-06-2010 a las 09:28
Anacrusa

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Re: Alvite: Incunables y raros

¡¡¡ VIVE !!!

08-06-2004

Durante mi ausencia de estas páginas he recibido muchas llamadas interesándose por mí. ¡No sabía que le debiese dinero a tanta gente!

Es broma lo del dinero y rigurosamente cierto lo del interés. El caso es que he atravesado algunos de los peores momentos de mi vida pero sigo aquí y los gusanos han tenido que buscarse otro cadáver. También es cierto que los bichos no se pierden nada del otro mundo. Comerse mi cuerpo no les daría más placer que devorar la tapicería del coche. Los cadáveres de los tipos como yo sólo son útiles para abonar la tierra con la esperanza de conseguir una cosecha de tomates negros. Me dijo un amigo mío que padecía cáncer: "Nadie había reparado en mí cuando era un tipo sano y robusto capaz de comerle mano a mano el pico morreando a los buitres. Hace dos años me diagnosticaron cáncer. Tenía en el rostro una tenue manchita que parecía lápiz de ojos rebajado con una boca llorada. Resultó ser un cáncer de estómago capaz de convertir en pomada las mandíbulas de un cerdo. Entonces me recomendaron quimioterapia. Dentro de lo malo, fue una suerte. A la quinta sesión, mi rostro aparentaba sedante, abstraído y afilado como si tratase de seguir el vuelo de un cuervo por el interior de un queso. Las mujeres me encuentran por fin interesante. Dice mi amiga F. que un hombre se vuelve interesante cuando a sus brazos les queda la fuerza justa para poder levantarlos sin tener que cortarles las manos. Y ahora que siento cerca la agonía, amigo mío, tengo la certeza de que he alcanzado esa sublime talla terminal que hace que de tu cadáver los gusanos sólo encuentren interesante comerse la correa del reloj".

Por fortuna, no es mi caso. Mis lunares no esconden nada malo, que se sepa, y he adelgazado lo justo para besar a mi chica sin respiración asistida. Arrastro una depresión mezclada con cansancio, hastío y sexo de oferta. En mis momentos de mayor entusiasmo sólo me creo capaz de jugar al golf con la pala del enterrador. Sé que hay quien lo tiene peor. Como esos oncológicos niños hospitalarios que aprenden a escribir lo justo para pedirle por carta a los Reyes Magos un féretro con una pegatina de Bart Simpson y escarapela deportiva de "Repsol". Que es algo que nos puede ocurrir a todos, incluso cumplidos los cincuenta, muchacho, cuando la vida ya no te guarda sorpresas y habrás de conformarte con que a tu cuerpo le sobrevenga por decantación la funeral talla de los viejos tiempos, el croquis de los días lejanos, cuando eras niño, ese esqueleto de leche y terracota que hace que puedas acurrucarte a morir en los brazos de tu madre, como cuando ignorabas que era cáncer aquella mancha en la cometa...

De este no tengo el título

José Luis Alvite

11-06-2004

Una noche en el Savoy me dijo Robert Tucker que en la Normandía del 44 los campesinos regaban sus cosechas con el agua de cocer las langostas y que nunca se esfumó de su cabeza el recuerdo de «aquel paisaje marinado en el que las flores se abrían con el aliento del ganado». A Bobby Tucker la memoria le funcionaba por el recuerdo de los olores de entonces. «Camino de Caen, muchacho, con el redoble de la artillería el campo olía como si los obuses hubiesen reventado una frutería». También le escuché decir que «en aquella tierra tan fértil, amigo mío, a los cadáveres en su inminente y fragante posteridad les salía la varicela» porque «en la Francia de entonces la muerte era una extravagante manera de rejuvenecer» y «en el aire desarmado de la primera hora de la mañana ocurrían un manojo de mirlos, la relojería de las chicharras y el vuelo filatélico de los aviones de reconocimiento pasando a limpio el croquis de la muerte» mientras «en las palanganas de las aldeas ondeaba como una solla el rostro de aquellas mujeres en cuyos ojos se había larvado para siempre la crisálida luz del pánico». Según el nostálgico Tucker, «con su infinita y elegante paciencia, después de la guerra a los franceses no les costó mucho afrontar la tarea de bajar las aceras de los tejados porque son un pueblo capaz de prender una hoguera con la sombra de una llama». Pero Tucker disfrutaba sobre todo con la evocación de los olores. Se conserva en el Savoy un mantel en el que el viejo teniente de Normandía recreó una madrugada el sensible perfume de «aquella guerra en la que los aviones fueron por última vez almidón y lencería»: «A las afueras de Arromanches las campesinas olían sinceras y reales como si se hubiesen lavado el pubis con la resina del carpintero. En una iglesia camino de Bastogne un tipo me juró haber visto un Cristo que, en abril, con la luz de los cirios daba cerezas. Por la acogedora paz de los campos, ¿Dios! pronunciaba en cursiva el viento en el centeno.

La conciencia y el motor de inyección

09-07-2004

Reconozco que soy poco comunicativo y que a primera vista no inspiro mucha confianza ni parece que merezca la pena cambiar dos palabras conmigo. No sé contar chistes, bailo cada mes y medio las sobras de una balada y a ratos
presiento en mi espíritu ese estado de mecánica emoción que a muchos reclusos les ayuda a llorar con la mente en blanco. Por acumulación de indiferencia he llegado a no sentir las emociones que antes me embargaban y las he sustituido por sensaciones mucho mas fuertes y descarnadas que me disuaden de compartirlas con alguien. El cansancio vital y el escepticismo me han llevado a imaginar la felicidad como un hecho cruel y paradójico, igual que si contemplase impasible a una hermosa mujer sin alma pariendo en un féretro con las piernas cruzadas. Hay ocasiones en las que la literatura me permite narrar esos estados de ánimo, pero muchas madrugadas me invade una extraña y paralizante obcecación y entonces creo que solo podría expresarme a puñetazos. "Sabes, nena? Me angustia desconocer el origen y el destino del hombre, la composición química de la conciencia y el motor diesel de inyección, con lo cual he decidido afrontar el resto de mi existencia haciendo los méritos justos para no llegar a hombros al cementerio.

De niño leí a Proust y a Voltaire, a Shakespeare y a Malarmé, a O´Neill, a Soroyan, a Steimbeck y a Williams, sin olvidar a Turguenev, a Pasternak y a todos esos rusos llenos de caspa y remordimiento, pero con el tiempo he descubierto que la lectura sirve de poco si a la postre vives rodeado de personas cuyo techo intelectual es presumir de quince maneras distintas de estropear la merluza". Ella se me quedó mirando antes de opinar: "Yo no me complico tanto la vida. Me conformo con leer los prospectos de L´Oreal y acertar con un champú que me desengrase el pelo y sirva para limpiar la tapicería del coche". "¿Y el destino del hombre?¿Y los límites de la conciencia, nena?¿Qué hay del precio de la palabra y del valor del silencio?". "No me rompo la cabeza con eso, cielo. Para sobrevivir sólo necesito conocer el horario de los autobuses.

¿Crees sinceramente que importa mucho saber si tienen vértigo las moscas comunes?". A mi amiga M. le traen sin cuidado mis inquietudes existenciales, las angustiosas dudas espirituales, la transformación de la esperanza en resignación. A mi amiga M. lo que le importa de un hombre es que tenga el culo duro y dinero para churrasco y pimientos. Por eso me siento incomunicado. No puedo abrirme con alguien incapaz de leer a Bukowski sin haber hervido antes el libro. Reconozco que a veces me acuesto con ella, pero creo que lo hago para descifrar los misterios del motor diesel de inyección.

[editado por Anacrusa el 15-06-2010 a las 09:40]

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Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

15-06-2010 a las 09:39


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