Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219
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Alvite: Incunables y raros
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Me he pasado dos días, tras un largo letargo del que no daré detalles y que sólo conoce Cristina (en seguida voy contigo, hermosa mía), copiando y pegando mensajes de Alvite. Una vez terminada la tarea (me parece que tarda menos él en escribirlos que yo en copiarlos), me ha quedado querencia y, como veo que en su página están sólo los artículos recientes (aquí tenemos desde 2003), he ido al los disquetes de mi viejo ordenador, que me quitaron con otras muchas cosas y la mitad de mi vida, los he modificado convenientemente y he buscado una carpetita con artículos que nunca se copiaron aquí (quizás algunos sí, pero la mayoría no) y los pego ahora, que se lo he prometido a su sobrino Nacho.
Para Nacho, su página, los dos o tres emboscados que, a veces dicen algo y los muchos fantasmitas que pululan en silencio por aquí.
Baños de tierra
Martes, 15 Abril 2003
No quiero ser pesimista pero lo cierto es que en mi opinión, el valor de
mucha de la gente que me rodea depende de la cotización que alcance el
plomo. Jamás les ocurre nada relevante o distinto, carecen de recuerdos
emocionantes o peculiares, jamás olieron las llamas de un rosal y son tan
interesantes de frente como de espaldas. Si se les hiciese un chequeo en
grupo, lo mejor que los médicos dirían de ellos es que están clínicamente
vivos. Mucha de la gente que nos rodea ni siquiera tienen vicios, como aquel
tipo que tenía muy arraigado el vicio del café y es cierto que no fue una
artista, pero al menos sus hijos le recuerdan "tan desvelado, que el maldito
café le prolongó dos días la agonía". Un fulano que estuvo en América me
dijo que había conocido en Baltimore a un tipo que se jugó las manos al
póker. No estaba en racha y las perdió. Los tahúres con los que apostaba, le
cortaron allí mismo una mano. La otra se la perdonaron para que pudiese
limpiar la sangre de la mesa. Aquel desdichado volvió tarde a casa pero al
menos tuvo algo que contar.
¡Algo que contar¡ Puedes morir tranquilo si en el saldo de tu vida hay al
menos algo que contar, una partida mal explicada, algo que en apariencia no
encaja, un asunto turbio, acaso aquella maldita mancha de carmín entre tus
piernas, tal vez la noche que estabas tan pasado de copas que para no perder
más tiempo en dar rodeos por las calles, te acompañó a casa un ciego. ¡Algo
que contar¡ esa es la cuestión, muchacho, algo que contar. Como esos
hombres de mundo que dicen que se acuestan en una cama y despiertan en otra.
Serás distinto si afrontas las calamidades con una mundana sonrisa en los
labios. Mi amigo C. marchó a América por un asunto de negocios. Había
amasado aquí una fortuna y llevaba camino de multiplicarla al otro lado del
mar. Luego se metió en jaleos y todo lo que tenía en un bolsillo era la
papeleta de haber empeñado el otro. Estaba acabado. Pero mi amigo C.
conservó intacto su espíritu emprendedor y aventurero y su capacidad para
convertir en literatura la miseria. De regreso en Compostela, quedamos para
un café. Le encontré acodado en la barra de un bar de medio pelo en el que
el Martini mejoraba si le ponías lejía. Nada más sentir mi carraspeo en la
puerta, C. abrió sus brazos como si fuese a arrojarlos a la basura, y me
dijo: ¡Abrázame, Alvitiño, amigo mío!; ¡por fin soy pobre!". Mi amigo C.
nunca volvió a contar millones con sus refinadas manos de pianista. Pero te
cuenta su vida con lo mejor de sus modales de entonces. Y ya te digo que no
ha vuelto a ser rico, pero te juro que mi querido C. se limpia el culo con
la misma elegancia que si descorchase champán. Ni siquiera añora los buenos
tiempos, cuando compraba los coches a juego con las chavalas. Un tipo como
él tiene recursos para hacer interesante la caída. Una madrugada en "Rahid"
me dijo que lo importante en la vida es dejar lo justo para que los tuyos no
pasen sin comer por tener que pagar tus baños de tierra. Y yo creo que es
feliz aunque su risa suene a veces como una carambola a oscuras.
NO ME COGERÉIS VIVO
El Semanal 20 de abril 2003
Lo apuntaba el otro día: no estoy dispuesto a caer vivo en manos de los españoles, cuando sea anciano e indefenso. Porque vaya país peligroso, rediós. Cómo nos odiamos. He vuelto a comprobarlo estos días, con lo de Iraq. Observando a unos y a otros. Porque aquí, al final, todo acaba planteándose en términos de unos y otros. Pero es mentira eso de las dos Españas, la derecha y la izquierda. No hay dos, sino infinitas Españas; cada una de su padre y de su madre, egoístas, envidiosas, violentas, destilando bilis y cuyo programa político es el exterminio del adversario. Que me salten un ojo, es la única ideología cierta, si le saltan los dos a mi vecino. A mi enemigo. Pues quien no está conmigo, incluso quien no está con nadie, está contra mí. Y cogida en medio, entre múltiples fuegos, está la pobre y buena gente -buena hasta que deja de serlo- que sólo quiere trabajar y vivir. Que sale a la calle con la mejor voluntad, dispuesta a defender con mesura y dignidad aquello en lo que cree; y que a los cuatro pasos ve -aunque nunca lo ve a tiempo cómo una panda de oportunistas demagogos se apropia del grito y la pancarta. Cómo salta el ansia de degüello en cuanto hay oportunidad, y más si el tumulto facilita la impunidad, el navajazo sin riesgo, la agresión cobarde, el linchamiento. Dudo que otro país europeo albergue tanta rabia y tanta violencia. Tal cantidad de hijos de puta por metro cuadrado.
Qué cosas. Aquí nadie gana elecciones por su programa político ni por la bondad de sus líderes, sino que quien gobierna, al cabo, cae en la arrogancia del caudillismo, pierde el sentido de la realidad y se destruye a sí mismo. Entonces el otro partido emergente y el resto de la oposición se suman con entusiasmo a la tarea de apuntillarlo, en una pedrea donde vale todo; incluso ensuciar y destrozar, no sólo el respeto a este viejo y desgraciado lugar llamado España, sino también, con irresponsabilidad suicida, los mecanismos que hacen posible la esencia misma del juego democrático. Así ocurrió durante el desmoronamiento de aquel Pesoe víctima de su corrupción, de la soberbia y cobardía de un gerifalte y del silencio abyecto de las cabezas lúcidas que no osaron discrepar, renovar, adecentar. Y en la agonía de ese partido, del que tantos esperábamos que a España no la conociera ni la madre que la parió, entraron gozosos, a saco y con maneras bajunas que hicieron escuela, todos los buitres de la oposición, encabezados por quienes hoy gobiernan: a la degollina fácil, y maricón el último. Poniendo las instituciones, las reglas del juego y el sentido común en el cubo de la basura; dispuestos a llevárselo todo por delante con tal de derribar al enemigo, e infligiéndole a España incluso a la idea que de España tiene la derecha un daño irreparable del que todavía cojea, y cuyo precio paga ahora el Pepé en sus carnes morenas.
No puede extrañar que hoy se hayan invertido los papeles. En un lugar donde no hace falta programa político para ganar elecciones, sino que basta con esperar el suicidio del contrincante -o dejar que te lo acosen y maten otros, como hace el Peneuve-, la guerra de Iraq le ha venido al Pesoe de perlas para ajustar viejas cuentas y prepararse el futuro; y también a otras agrupaciones políticas, que habían perdido crédito por el signo de los tiempos o por su incompetencia o estupidez, y ahora disfrutan como un cochino en un maizal saliendo otra vez en los telediarios. Sin olvidar, por supuesto, la mala fe histórica de varios partidos periféricos, encantados de que les dinamiten gratis y por la cara esa España que no es la suya. Pero los comprendo. Ya me dirán ustedes de quién cojones van a proclamarse solidarios, en este paisaje. Recuerden aquella siniestra broma de cuando el franquismo: España, una; porque si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra.
No importa que las pancartas o las banderas tengan razón o carezcan de ella. Aquí, razón, cultura, instituciones, no cuentan. Lo que importa es que llega el degüello, suena el clarín, y lo mismo que nadie se atreve solo con el toro de la Vega, y es la chusma enloquecida y cobarde que, armada con lanzas y hierros acuchilla mientras grita adivina quién te dio, ahora todo cristo empalma la chaira al olor de la sangre; dispuesto, una vez más, a llevarse por delante lo que sea, con tal de enterrar al enemigo. Todo vale, todo es presa legítima. Y el día que al fin esto se vaya a lápida grabarán tomar por saco, sobre nuestra: akí, tio, murio Sansón con tos los finisteos. Suponiendo -ésa es otra- que a quien le toque poner esa lápida todavía sepa quién era Sansón. Y que sepa escribir.
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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