Humbert

registrado: 22-03-2004
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Tiempo
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Continuando con Dickinson, quisiera ahora resaltar uno de los temas o leit-motiv que más abundan en su poemario, el Tiempo. También en 686:
Time is a Test of Trouble--
But not a Remedy--
If such it prove, it prove too
There was no Malady--
¡Oh!, y el 695, es realmente profundo, reflexión sobre la eternidad, ¡nada menos!, en estupenda traducción de Ferrer:
As if the Sea should part Como si se hendiera el Mar
And show a further Sea-- Y nos mostrara otro Mar más allá--
And that--a further--and the Three Y ese--otro más--y los Tres
But a presumption be-- No fueran más que una presunción--
Of Periods of Seas-- De Series de Mares--
Unvisited of Shores-- Nunca visitados por Playas--
Themselves the Verse of Seas to be-- Siendo ellos mismos Márgenes de otros Mares--
Eternity--is Those Como Ellos--así es la Eternidad--
También debemos leer para esto mismo el 834. Y muchos otros a partir de este número, algunos muy breves, como si se tratara de aforismos más bien, en donde utiliza máximas de sus "maestros" y amigos para dar una vuelta de tuerca a sus pensamientos, ahora con el brillo de algo concreto. Esto, a mi parecer, está en las antípodas de esa poesía actual, de la experiencia o como se la quiera llamar, en donde con la intención de permanecer en lo más cercano, se trabaja sólo con vagas abstracciones, y encima, sin ningún resultado valioso, sin ningún estremecimiento en el lector. El poema de Suñén que alguien ha colocado antes, es un prueba de ello. Emily Dickinson recuerda a veces los sonidos que ella pudo escuchar en alguna iglesia, el órgano que es un bloque de tiempo vertical, contra las horizontales de los hombres y su melancolía por la pérdida. El Tiempo y el Dolor están muchas veces entrelazados, porque no hay un "fin de" éste, regresa por otras vías, y nos dice que todavía estamos en la Tierra.
Hace muchos siglos, Píndaro supo estos escapes de los hombres, y cómo había que actuar, cómo su voz podía aleccionar a lo más cercano pero resbaladizo:
Alma mía, no persigas la vida eterna, agota el ámbito de lo posible
Pero también ED nos habla de otras cosas: uno de los más perfectos, cuatro versos que hablan de intimidad, presencia, sentimiento de co-pertenencia, es éste (903):
I hide myself within my flower, Dentro de mí me escondo
That fading from your Vase, Para que, al desaparecer de tu Jarrón,
You, unsuspecting, feel for me-- Tú--sin saberlo--sientas por mí--
Almost a loneliness. Una soledad parecida.
Otro de mis preferidos es ése en que fantasea con el mar y demás, en su propia casa, lo que nos da una idea de su poder de imaginación, de su capacidad para viajar dentro de las cuatro paredes de Amherst: [520]
Salí temprano--llevé mi perro--
visité el mar--
las sirenas del sótano
subieron para verme--
y las fragatas--del piso alto
tendieron sus redes de cáñamo--
creyendo que yo era una laucha--
encallada--en la arena--
ningún hombre me conmovió--hasta que la marea
cubrió mis inocentes zapatos,
llegó hasta mi delantal--hasta mi cinturón,
traspasó mi corpiño--
fingió que iba a devorarme--
totalmente, como el rocío
sobre un macizo de verbenas--
entonces--yo también me volví--
y él, él--me siguió--de cerca--
sentí su tacón de plata
contra mi tobillo--luego mis zapatos
desbordaron de perlas--
hasta que llegamos al pueblo en tierra firme--
parecía no conocer a nadie--
e inclinándose--me miró intensamente--
el mar--se retiró--
Fijémonos en el sutil erotismo que encubren estos versos, cómo la autora también se da a los placeres, de la imaginación que desborda como un mar y cubre sus ropas, llega hasta lo más íntimo, cómo el mar-perseguidor es una compañía y un misterio, y alguien que sabe retirarse a tiempo. Este misticismo muy laico, casi de orden naturista, está también alejadísimo de los éxtasis de la poesía hispana del Siglo de Oro. Aquí no hay cristos ni encierros monacales ni estigmas, sino lo más natural, el viento que sopla, el mar como una presencia salada pero en realidad es el campo, la huerta, alguna abeja zumbona, y nada más. Tendría que llegar un William Carlos Williams para que en un poema "épico" de nuevo cuño, Paterson, nos traiga de forma extendida este culto por la naturaleza misteriosa, aún capaz de llevarnos a la meditación y la salvaguarda del alma; y sobre todo, la vivencia de la buena tierra.
¿Qué es la buena tierra, o la puerca tierra que dijo John Berger? ¿Ya no queda, no está más? Es también la poesía que se derrama en la última parte de la trilogía La Materia Oscura de Philip Pullman, que termino de leer estos días, "El catalejo lacado". En un pasaje cerca del final, tiene lugar la transmutación esencial, que no desvelaré, pero que tiene que ver con el Polvo, esa sustancia que llena todo el aire, que está en todas las cosas, y que en otro mundo se llama Sombra. Los dos niños protagonistas, Will y Lyra, serán un mecanismo importante en ese cambio, y es porque en ellos se ha dado la metamorfosis necesaria, imparable: también sus daimonions tendrán que estabilizarse por fin. Y entonces, Pullman, dejando de lado esa pulsión aventurera, esa agilidad en la descripción de los acontecimientos, se detiene un poco y nos cuenta, con gran delicadeza poética (aunque la poesía embarga todo el libro) ese milagro que ha tenido lugar, que es el Enamorarse de dos púberes, de dos chicos que, procedentes de mundos distintos, han sabido que "ha llegado": y los labios como fresas con la ligereza de las mariposas.
Ha llegado el cumpleaños de mi vida. Mi amor ha venido a mí (Christina Rossetti)
(cita en el inicio del capítulo 35).
Todo alrededor está en silencio, como si el mundo contuviera la respiración.
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