Nadie
registrado: 02-04-2004
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Ars combinatoria versus ars aleatoria
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Ya sé que me repito, pero...
Los números irracionales, aquellos que no pueden expresarse como una razón, o cociente, entre dos números enteros, contienen en sí el infinito y el pavor. Fueron los pitagóricos los primeros que tuvieron noticia de tales entes al comprobar que no existía un cociente de enteros que pudiese mensurar la diagonal del cuadrado de lado uno, que según el famoso teorema iguala el cuadrado de la diagonal a la suma del cuadrado de los lados. Para hombres habituados a concebir el universo como periodo y retorno la interminable acumulación de decimales no periódicos que se expresa en semejante número no podía ser sino aberrante, una grieta en el sistema ordenado de los números y por ende en el propio universo, un principio del caos secreto que ocultaron y protegieron, según cuenta la leyenda, con su propia muerte. Desde entonces, y aunque la noticia de ese monstruo se ha hecho publica, la conciencia de su espanto ha desaparecido entre el común, que la ignora agobiado por insoslayables requisitos o distraído por suficientes gozos. Sin embargo nada ha cambiado y así el estudio del pavor secreto de esos números, cuyo nombre es infinito, condujo a finales del siglo XIX a Georg Cantor a la locura. A uno de los especímenes más famosos de tal conjunto, al número Pi, que relaciona la longitud de la circunferencia con su radio, dedicó su vida William Shanks, y en veinte años de cálculo logró desentrañar 700 decimales de los que ahora sabemos que estaban errados los últimos doscientos. Hoy, con el concurso de ingenios de abismal potencia, se han calculado ya 50.000 millones de decimales de Pi. Pero decir esto es como decir que del volumen de agua que contienen los océanos se ha medido la lagrima de un hada, que es, según consta a toda ciencia, un ser que elude a toda ciencia.
Hasta donde sabemos la distribución de los dígitos decimales de Pi y del resto de irracionales es del tipo que llamamos normal y por tanto parece aleatoria, es decir, no se distingue su secuencia de otra que escogiese los dígitos mediante su perpetua extracción de un bombo de lotería. Esto, unido a la infinitud de la serie, tiene consecuencias extrañas y acaso poco conocidas. Por de pronto nos induce a pensar en la realidad previa del número antes de su calculo, valga a decir, antes de la mente y el hombre. No sabemos aun y quizás no lo sepamos nunca que dígito ocupa la posición 1020 (un diez seguido de 20 ceros) pero sabemos que ese dígito existe sin ambigüedad. Los limites del cosmos imponen un limite al calculo y pues creemos que el número de átomos del universo no excede de 1090 difícilmente, aunque usásemos un átomo para almacenar la información de cada dígito, podremos acercarnos nunca a esa cantidad. Sin embargo 1090 sigue siendo frente al infinito la lagrima de un hada. Con todo no es esto lo más inquietante. Si adjudicamos a cada par de dígitos el valor de una letra podemos estar seguros de que tarde o temprano encontraremos la secuencia formada por dos letras cualesquiera. Eso mismo vale para tres, cuatro, quince, quince millones de letras. Y así habrá un punto en la ristra que comience "En un lugar de la Mancha..." y continúe hasta el fin del Quijote. Todos los libros en todos los idiomas tendrán un lugar en la secuencia de cualquier irracional. Y aun más; libros no escritos ya están escritos ahí. Y peor; si en vez de interpretar el número como una serie de letras la interpretamos como una secuencia digital de video también podemos estar seguros de que todas las películas contiene Pi. Y aquellas no filmadas nunca, por ejemplo aquella que desde el primer instante colocó una camara a metro y medio en la vertical de los ojos de Shakespeare y no cesó de grabar hasta su muerte, aquella que grabó con la lente de sus ojos su retiro. La que graba tus ojos y en tus ojos el amor...
Todo ahí, infinitamente redundante, y entonces ¿Para qué?
[editado por Yarfoz el 05-07-2004 a las 05:04]
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