Anacrusa

registrado: 18-03-2004
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Lola
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Lola era una perdiguera, una perra muy hermosa. Blanca y negra y miedosa. Vivía en el campo, en una vaquería en la que había un sótano, sin ninguna ventana para tener la alfalfa fresca, verde y muy húmeda. Su amo era un cazador, un bellaco que, además, cazaba y se llevaba a Lola que volvía con las patitas ensangrentadas; aquel hombre se las metía en vinagre y ella aullaba y lamía sus manos con el rabo entre las patas. Lola siempre tenía el rabo entre las patas y los cuartos trasero hundidos, como quebrada. Cuando veía al amo o veía a la niña, Lola movía el rabo, entre las patas, enloquecidamente. Pero tenía una expresión muy triste porque Lola vivía aterrada y adoraba al ser que más miedo le daba y peor la trataba.
El amo, Fernando, no le daba de comer a Lola. Un mendrugo de pan apenas cada día. Tenía que estar flaca para correr deprisa tras las liebres. A aquel mal nacido, que tenía hurones y cazaba con ellos, le gustaba herir a las liebres, pero no matarlas, para que Lola corriera tras ellas y se las trajese malheridas en la boca. Regresaba con ellas aun calientes, colgadas de la cintura.
La niña iba los fines de semana al campo. Era una niña solitaria y rara. Sólo hablaba con los animales y ellos parece ser que la entendían. En seguida amó a Lola y pasaba las horas, quitándole las garrapatas y apoyando su cara en aquellas suavísimas orejas que latían calientes y expectantes siempre. El amo era amable con la niña (era la hija del dueño de las tierras y de las vacas) y le dejaba a su perra. Un día, hasta le puso su escopeta en las manos y le dijo que la enseñaría a tirar, pero algo vio en los ojos de la niña, que le miraba intensamente, porque nunca lo volvió a hacer.
A Lola la habían preñado por dos veces y nada más nacerle los cachorros, en un barreño grande, donde lavaban los cubos de ordeñar, se los ahogó su amo.
Aquel día de invierno, hacía un frío duro pero fueron al campo y la niña corrió, como siempre, por el camino estrecho hacia donde estaban los perros, pero no estaba Lola. Estaban los dos galgos; uno era suyo y los dos ratoneros; el pequeño también era suyo. El pato y la ternera que le habían dado porque la vio nacer y no hay nada más impresionante que ver nacer a una ternera que, además va a ser tuya, con la promesa firme de que la dejarán morir de vieja porque va a ser tuya. No estaba Lola y no venía en su extraña postura a saludar moviendo el rabo encapsulado entre las patas. El vaquero avisó: La Lola ha parido y se ha vuelto loca. No te acerques a ella. Se ha metido en la cueva de la alfalfa y, si quiero bajar a por el pienso, se me tira como una fiera. Se ha vuelto rabiosa y, tendremos que cogerla y matarla. Te digo que no te acerques, que es muy peligrosa. La niña no creía que su Lola pudiera hacerle daño a nadie y el vaquero hizo intención de bajar a la cueva. De la entrada de sombras, apareció una fiera que, con cara de lobo y colmillos inmensos, gruñía sin cesar al vaquero. Cuando se quedó sola, la niña llamó a Lola que, asomando su preciosa cabeza y mirando a derecha e izquierda, con el rabo muy tieso, subió la escalera a galope y abrazó con las patas a la niña y la lamió entera. Bajó a la carrera y, desde abajo la miraba y tenía una intensa expresión de alegría. Hizo varias veces el mismo camino, parecía que quería que la niña la siguiera, pero no se atrevía. Era muy obediente y le habían dicho que no bajara. De pronto, lentamente, apareció la Lola. Subía despacito, con la cabeza gacha y llegó hasta la niña. Levantó la cabeza y, colgando en su boca, traía un cachorro que puso sobre su falda. Hizo tres viajes más y se sentó a su lado mirándola, con sus húmedos, inmensos y maravillosos ojos sonrientes, muy atenta, para ver el efecto que le hacían a su amiga los cuatro hijos preciosos que nadie jamás le ahogaría.
Lola tenía cuatro años y la llevaron a cazar dos días muy seguidos. No tenía las patas bien curadas y no corría mucho. Se le escapó una liebre malherida. Su regreso sin ella, debió de ser el viaje más atroz de aquella perra. Ella no vio entonces sus ojos y fue mejor así. Su amo levantó la escopeta y durante largo tiempo, la estuvo apuntando para que ella supiera, si aún no lo tenía claro, lo que le iba a hacer. Lola bajó los ojos y él para que le mirara, con el doble cañón, levantándosela, de abajo a arriba, le voló la cabeza.
Regresó con la Lola colgada del cinto.
[editado por Anacrusa el 10-08-2004 a las 04:57]
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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