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La auténtica vida del espíritu consiste en re-leer.

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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Re: José Luis Alvite AREA

Viene de la página anterior donde hay tres artículos nuevos.

Áspero y Sentimental
Gafas de leer

Faro de Vigo. Jueves 1 de Julio de 2010
Jose Luis Alvite

Aunque alguien no lo crea, también esto me lo dijo de madrugada una fulana en un garito: “Te tengo cariño y me jode que pagues por acostarte conmigo. ¿Sabes?, las normas de la casa me impiden hacer excepciones y a todo el mundo le cobro religiosamente. Pero te digo que me sentiré mejor si al acabar en la alcoba pagas mi servicio dándome el dinero con la mano de escribir”. Pasada media hora bajé en su compañía las escaleras que nos devolvían a la barra del club, saqué un billete de cinco mil pesetas y escribí algo en su revés antes de meterlo doblado en su bolso: “Te entrego este dinero con mi mano de escribir y con la esperanza de que lo gastes con tu mano de leer”.

Volví al año siguiente por el mismo local pero aquella chica ya no trabaja allí y nadie supo informarme de su paradero. Tomé unas cuantas copas sin compañía mientras pensaba en mis cosas. Recordé lo del billete de cinco mil pesetas y me pregunté que diablos habría hecho ella con aquel dinero. Entonces se me acercó el barman y me entregó un sobre cerrado. Dentro había un billete de cinco mil pesetas acomodado en cuatro dobleces. En el reverso, mi letra de aquella noche un año antes. En la otra cara, la mala letra de una confesión que a mi me pareció sincera: “Acabas de dármelo y lo dejo en el club a tu nombre por si vuelves. No tengo derecho a cobrarte tanto por una frase agradable. La próxima vez que me veas por ahí, hazme llorar con otra frase y págame con un pañuelo doblado”.

¿Por qué me ocurren a mí estas cosas? Sinceramente, no lo sé. Supongo que alguien más tendrá una historia parecida a esta. A veces pienso que si me ocurren a mí estas cosas es porque siempre he mirado a las chicas del arroyo como si en la emoción de sus ojos, el llanto y el cansancio me recordasen la mirada decente y abstraída que tienen esas mujeres cuando al final de la jornada se enjuagan el pubis llevando puestas las gafas de leer.

Áspero y Sentimental
Besos sin texto

Faro de Vigo. JViernes 2 de Julio de 2010
Jose Luis Alvite

Mi devoción por las mujeres maduras tiene mucho que ver con mi propensión al escepticismo inteligente. Una mujer de más de cuarenta años jamás se entusiasma con un hombre pensando en unirse a él para el resto de su vida. No es que no sean intensas, pero lo son a su manera. Quiero decir que la suya es una explosión sentimental controlada, de modo que jamás pierden la compostura sin antes asegurarse de que no perderán de vista el bolso. También tienen experiencia, así que no tienes que darles lecciones, ni disculparte por nada. Si te acuestas con una mujer madura, puede que en algún momento ella te haga dudar de la conveniencia de seguir adelante, pero lo hace sobre todo por si necesitas una coartada con la que frenar voluntariamente antes de que sea evidente cualquier avería. Las mejores disculpas de los hombres ante cualquier fallo en cama siempre se les ocurren a sus parejas. “Tranquilo, cielo, ya sé que has tenido un día muy duro en la oficina”, te dicen a sabiendas de que el problema es que te atenaza la responsabilidad y el miedo a no dar la talla ante alguien que ya hace muchos años que dejó el colegio. Es como si tranquilizaran en el precalentamiento al atleta que duda de sus posibilidades antes de tomar siquiera la salida.

Es un orgullo para mí reconocer mis relaciones con las mujeres maduras. Les debo la escasa sensatez que aún conservo y muchas de las mejores frases de mi carrera profesional. Las he sentido llorar en cama y acepté el cumplido de que era de alegría por lo nuestro. Suelen tener la cama hecha, la cocina recogida y la conciencia tranquila. Ya no esperan que aparezca el hombre de su vida, ni remotamente abrigan la menor esperanza de la sigas amando cuando de retirada hayas puesto los pies en el portal, pero, ¿sabes, amigo?, yo siento tal fascinación por ellas que lo único que me preocupa de lo que hagamos juntos no es que ella me ame o que yo le prometa alegremente que le saldrán flores azules en el vientre, sino, lisa y llanamente, que ella crea que si no vuelvo es porque no podría soportar otra vez el jodido dolor en las cervicales.

Uno se va haciendo mayor y se fija en detalles en los que nunca antes había reparado. Yo no dudo que las mujeres más jóvenes resulten tentadoras y excitantes, pero, ¡demonios!, la experiencia me dice que lo importante en una relación no son sólo la lujuria y las posturas, sino esa combinación de sexo y conversación que sólo te garantizan las mujeres maduras, ya sabes, esas chicas en apariencia tan pudorosas, en el fondo tan carnales, que en el momento de mayor cansancio te reaniman con el aroma de un buen café, disculpan tu fracaso con una sonrisa y, si bien es cierto que no te aseguran que puedas volver, al menos te proporcionan la tranquilidad que produce despertar en una casa en la que incluso están en su sitio el cenicero, el mando del televisor y algo que tanto ayuda a la autoestima de un hombre recién sudado: el secador del pelo. No dudo que haya mujeres maduras que pretendan retener tu cuerpo y tomar como rehén tu alma, pero la experiencia me dice que por lo general lo que ella espera de ti es que recuerdes lo limpio que te sentiste tomando aquel café mientras, de pie a tus espaldas, ella repasaba con su mano el cuello de tu camisa. ¿Sabes?, a mi las mujeres maduras me gustan sobre todo porque incluso me piden sinceramente perdón por mis errores. Y también porque saben borrar con un beso sin texto el carmín hablado del otro beso.

Áspero y sentimental
El pinchazo de la anestesia

Faro de Vigo. Lunes 5 de Julio de 2010
Jose Luis Alvite

Si hiciese un repaso de mi vida tendría unas cuantas cosas por las que alegrarme y muchas otras de las que arrepentirme. También podría decir que ni disfruté plenamente de las cosas buenas, ni creo haberme resentido demasiado de las que por algún motivo me hicieron daño. Siempre supe que todo era relativo, de modo que ni los premios ni los castigos me hicieron demasiado efecto, entre otras razones, porque soy tan intenso para iniciar una obra, como a continuación lo soy para desistir de ella. He sido toda mi vida como un cazador que se felicita tanto por la suerte de haber encañonado la pieza, como por el placer de fallar adrede el disparo. No puedo quejarme de mi vida sentimental, llena de agradables recuerdos y de interesantes incidencias, y tampoco de cómo ha discurrido mi vida profesional, puesto que ni resistiéndome al éxito he sido capaz de fracasar, pero la verdad es que mi existencia ha sido como la del viajero que recorre los vagones de un tren a sabiendas de que las novedades más apasionantes se desvanecerán a medida que por la sucesión de estaciones se vaya renovando el aire, la luz y el pasaje. He tenido ataduras, como todo el mundo, pero me he ido librando de ellas gracias a haber sustituido la lealtad por la desidia, que no digo que sea algo bueno, ni decente, pero que a mi me ha servido para tener a menudo la sensación de que a medida que se repiten las emociones del largo viaje de vivir, no cabe descartar que lo más interesante sea entonces la posibilidad de encontrar el verdadero placer en el instante mismo del descarrilamiento. Aunque mi interesada cobardía me impidiese decírselo, mis parejas siempre han sabido que lo único que podían conseguir a mi lado sería malograr sus sueños, perjudicar su reputación y labrarse un pasado. Nunca fui constante en el amor y siempre creí que la felicidad ha malogrado más parejas que el odio, puesto que conduce sin remedio a una rutina litúrgica que acaba por echarlo todo a perder. Por eso donde verdaderamente he dado la talla no ha sido en conseguir con esfuerzo el afecto de las mujeres, sino en la minuciosa destrucción de lo que me uniese a ellas. En algunos casos reconozco haber causado dolor, pero otras veces a ellas no les ha importado reconocer que fue la belleza de nuestra ruptura lo que hizo inolvidable aquella historia, igual que de algunos edificios que amenazan ruina lo que verdaderamente resulta inolvidable es el espectáculo de su voladura.

Que yo sepa, ninguna mujer me guarda rencor. Sufrieron por mi culpa y sin embargo conservo intacta su amistad. Es como si supiesen que en el fondo les hubiese hecho daño por su bien. Además, ellas saben que si una noche se fueron con tristeza y para siempre de mi mano de acariciar, fue porque les esperaba hasta la muerte un sitio a su nombre en mi mano de escribir. Vaya para todas esas mujeres mi gratitud y mi recuerdo. Sé que no fui lo mejor que les ocurrió en sus vidas y que no contaban con la herida que en absoluto se merecían, pero estoy seguro de que también saben que no miento en absoluto si les digo que de no haber sido por ellas, mis frases jamás resultarían tan sinceras como si las hubiese escrito en la escarcha de sus labios mientras dormían. Al fin y al cabo, la rutina de vivir se remedia a menudo con un dolor, igual que en algunas tiendas solo resulta interesante la pedrada que tanto llama la atención en la luna del escaparate. También supongo que si mis parejas me recuerdan con cariño será porque solo quise hacerles daño con el pinchazo de la anestesia.

[editado por Anacrusa el 08-07-2010 a las 12:49]

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

08-07-2010 a las 12:48
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite AREA

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Miércoles 7 de Julio de 2010

Niño con tren
Jose Luis Alvite

En la casa en la que viví hasta que me casé había dos balcones desde los que se veía un jardín, campo a lo lejos, y detrás del campo, el tren. Me gustaba mucho la niña morena de las trenzas que se columpiaba entre las flores rociadas del jardín y me entretenía mirar cómo ponía el viento amarillo en cursiva las hierbas verdes del paisaje azul, pero lo que me llevaba el alma era la idea de echar la merienda en un petate, salir de casa a hurtadillas y subirme como un fugitivo al techo de uno de aquellos trenes que silbaban al entrar en aquella curva tan holgada que a mí me parecía que era donde a la gente le cambiaba de raza la cara y en el mapa empezaba sin remedio el extranjero. A mi madre aún ahora le cuesta entender mi tendencia al desapego, sufre mucho con mi manera de ser tan evasiva y se pregunta qué pudo ocurrir en mi pasado para que con el tiempo se fuese acentuando en mi personalidad aquella inclinación infantil al desarraigo y al tránsito. Yo no sé qué decirle, aunque le recuerdo que de niño me soltaba a mentido de su mano y me perdía por las calles de la ciudad. A veces volvía a casa de la mano de otra mujer, por la que sentía el mismo afecto un poco relativo que si fuese mi propia madre, a la que ya de niño abrazaba con ciertas precauciones, casi con distancia, como si temiese despertar en mí la necesidad de verme protegido por alguien que no me odiase.

A veces repaso en casa de mi madre las fotos de mi infancia y me encuentro un niño más triste que mis hermanos, también más ensimismado, un rumiante muchacho casi de ámbar que posa en una foto de familia en la que por su rostro se diría que tiene el rictus vencido y expatriado de alguien que sufre en silencio los rigores del cautiverio a los pocos días de haber sido tomado como rehén.

Cuantas veces me he preguntado por el origen remoto de mi desentendida manera de ser, otras tantas fui incapaz de responderme con algo que pareciese razonable aunque no fuese creíble. ¿Por qué fui un niño tan complicado? ¿Qué explicación darle a que me resultase incómodo, casi obsceno, el cariño que me profesaban lo míos? ¿Cómo entender que mi obsesiva ilusión fuese a los seis años encaramarme con un fugitivo en alguno de aquellos trenes en cuyos vagones esperaba encontrar una turba de revolucionarios mezclada en ruidosa promiscuidad social con un pasaje de reyes destronados y hemofílicos que recorrían el filo de la geografía atendidos por silenciosos lacayos en cuyos ademanes agonizaba la elegante esgrima de la esclavitud al cabo de varias generaciones de fiel y abnegada servidumbre? Por muchas vueltas que le di y por mas que lo intenté, nunca pude contestarme esas preguntas. Solo sé que cada vez que me echo a la carretera me gusta pensar que me encontraré de un momento a otro con la vía férrea. Y que me detendré en la barrera a mirar con nostalgia cómo pasa con retraso frente a mis ojos el humo abdominal del tren de antes: la máquina, la carbonera y ocho o diez vagones en los que si me fijase bien distinguiría seguramente al viejo monarca destronado, a su augusta esposa aterida de abolengo y azulada de frío, con su corte de doncellas y lacayos, con luz de candelabro horneada en los sables dorados y mordidos de la escolta, y encaramado en el vagón de cola, un niño de seis años que se ha subido al tren a hurtadillas y se propone saltar en marcha en aquella curva tan holgada en la que ni los cartógrafos saben con exactitud donde acaba la lepra topográfica del orbe de Dios y donde empiezan las golosas y paganas tentaciones del extranjero, aquel sitio tentador y proceloso en el que pensaba sobrevivir sin necesidad de sentir afecto y apagando la sed con la humedad de la sed mojada de los niños y la resina que por suerte desprendiese el fuego, solo y sin fe, como un apátrida dispuesto escupir de pasada en las banderas del mundo el queso marrón y magreado de su última merienda.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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08-07-2010 a las 12:51
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite AREA

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Sábado 10 de Julio de 2010

Relojes distintos
José Luis Alvite

Si revisase mis fracasos sentimentales podría encontrar innumerables razones que los explicasen, de manera especial las relacionadas con mi deslealtad o con mi decreciente entusiasmo. Empiezo con un interés que a veces a ellas les parece excesivo, y con una intensidad también exagerada, pero puede ocurrir que en poco tiempo las llamas se queden sin leña y la nieve se amontone de inmediato sobre las brasas hasta apagarlas. Otras veces las historias se prolongan en el tiempo y se estabilizan en una armonía engañosa que quienes me conocen saben que no presagia nada bueno. Nunca supe muy bien a qué se debe ese enfriamiento emocional, ni por qué maldita razón al entusiasmo de poner algo en pie le sucede sin remedio mi propensión a demolerlo sin que esté siquiera terminado, como un ingeniero aeronáutico que proyectase un avión para viajar por una argamasa de topos y de sílice hasta el centro la Tierra. En mis días de bachiller practiqué numerosos deportes y en todos me vacié con un entusiasmo superior al de la mayoría de los muchachos con los que competía. Mi problema era que los partidos de fútbol resultaban demasiado largos para la idea que yo tenía del entusiasmo, en el balonmano me parecía innecesaria la mitad de la pista y era incapaz de jugar al baloncesto sin cometer cinco personales en tres lances. En los dorados días del instituto fui un candente corredor de cien metros lisos, aunque recuerdo haber abandonado pronto su práctica porque mediada la carrera encontraba superfluos los cincuenta metros que faltaban para la meta y consideraba que lo mejor sería renunciar a la ventaja adquirida y llegar al final andando con los brazos en jarras. Trasladada a mi vida sentimental, esa imperiosa necesidad de adelantar la llegada ha sido determinante de no pocos fracasos. Me preguntaba por qué diablos no celebraba la gente sus bodas de plata a los tres meses de haber contraído matrimonio. ¿Cómo era posible que alguien soportase los rigores de la vida matrimonial a partir de que se repitiese por tercera vez a mediodía el guiso de calamares? Con motivo del fracaso de mi primer matrimonio me di cuenta de que fue en el instante de firmar el acta del divorcio cuando mi chica y yo vivimos el momento más intenso de nuestra relación. Salimos juntos del juzgado, mi brazo en su hombro, emocionados, tristes, llorando como chiquillos, poseídos por la extraña sensación de haber hecho por fin algo que convirtiese en memorable lo nuestro. No sé si esto es lo que sienten muchos hombres al divorciarse, pero yo aquella mañana salí del juzgado tan sensible como si el jodido divorcio acabase de convertirme en recién casado. Acabábamos de poner fin a trece años de matrimonio, pero, sinceramente, mientras me alejaba del acta de divorcio con mi brazo sobre el hombro de aquella chica de treinta y tantos años, pensé que si aquel paseo matinal hubiese durado dos calles más, con la liberación de la pesada carga matrimonial mi estado de ánimo se recuperaría y no habría que descartar que le tirase otra vez los tejos pensando en empezar de nuevo. ¿Sería que necesitaba del fracaso para recuperar la esperanza? ¿Me ocurriría como cuando en las carreras de cien metros lisos los pocos segundos de su duración me parecían una absurda pérdida de tiempo? ¿Habría sido un deportista más feliz si en mis días de instituto cada carrera hubiese acabado sin remedio en el punto de salida? Le dije hace muchos años a una muchacha a la que le ayudé a romper conmigo: "Nuestro problema es que tenemos diferente percepción del tiempo. Estoy seguro de que aunque fuésemos agujas iguales, perteneceríamos a relojes distintos". Ella se encogió de hombros y al cabo de unos segundos me dijo algo que jamás olvidaré: "Supe desde el primer momento que eras la clase de hombre que cada vez que ve un edificio admirable piensa en como serían de hermosas sus ruinas si de repente lo destruyese un seísmo".

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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11-07-2010 a las 11:50
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite AREA

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. SMartes 13 de Julio de 2010

Verdades y los sociólogos
Jose Luis Alvite

A los sociólogos les gusta mucho estudiar el comportamiento de los colectivos humanos porque ése es exactamente su trabajo, aunque luego resulta que la sociología se pone al servicio del espectáculo y los expertos llegan a conclusiones que nada o casi nada tienen que ver con el pensamiento o con la conducta real del pueblo llano. Es como si creyesen que el reflejo de la realidad carece de interés para el público y prefieren mostrarnos estudios en los que la espectacularidad de las conclusiones prima sobre la discutible minuciosidad científica del trabajo. Por eso resultan tan sorprendentes las noticias que proliferan sobre el comportamiento de los ciudadanos, que raras veces se reconocen al leer las conclusiones a las que llegan los sociólogos. Es como si en vez de contarnos la realidad, pretendiesen inventarla, no sé si por el placer de ser originales, o porque creen que al pueblo hay hurtarle la realidad y contarle lo que se supone que espera o necesita escuchar.

Con motivo del éxito de España en el Campeonato del Mundo de Fútbol de Sudáfrica, millones de españoles salieron a la calle a demostrar su satisfacción por una conquista histórica y lo festejaron con el ruido propio de un pueblo con escaso sentido de la discreción. Que la ciudadanía se mueve por emociones lo sabe cualquiera, aunque los sociólogos se encargarán también ahora de hacer sorprendentes descubrimientos sobre el sentir popular. Yo tengo poca fe en los sociólogos, casi la misma que tengo en los profesionales de la psicología, y creo que más que reflejar la realidad, lo que intentan es provocarla, como cuando la infundada noticia de que un criminal merodea el barrio pone en guardia a todo el vecindario y en un momento de máxima tensión alguien arremete por error contra el tipo inocente al que supusieron un peligroso asesino. Al final ocurre que es la prevención del miedo lo que conduce al pánico, igual que en una conversación la insistente referencia al intenso sabor de los polvorones acaba por despertar la sed.

¿Hay misteriosas u oscuras razones por las cuales el pueblo sale masivamente a la calle? Lo dudo. El pueblo siempre se echa a la calle en extremas circunstancias de dolor, de felicidad o, lisa y llanamente, huyendo del peligro. En este caso el pueblo sale a la calle para celebra un éxito que se considera infrecuente, incluso milagroso, en un país en el que históricamente lo colectivo solo se ha organizado medianamente bien si se trataba de plantarle fuego a los conventos o si había que luchar en una guerra. En la democracia de vez en cuando nos sacaba a la calle la respuesta coral al terrorismo o la huelga general, dos instituciones para las que no se requiere entrenamiento. A pesar de que estamos pasando uno de los peores momentos políticos y económicos de los últimos cuarenta años, los sindicatos hacen lo posible para que el pueblo permanezca en sus casas y es el fútbol lo que nos saca a la calle. No hará falta que los sociólogos le busquen alguna explicación compleja a lo que solo es una vieja y simple emoción. Nuestros políticos llevan años tratando de inculcarnos la idea de que para ser europeos no hay que echarse a la calle, sino salir de ella, como hacen los pueblos sin sexo, sin furia y sin sol. Llevaban camino de conseguirlo por la carestía de la vida, por el aumento del desempleo y porque la calle es ahora mismo más inquietante que la cárcel, pero un gol en Sudáfrica nos recuerda que somos una sociedad emocional, cálida, impulsiva… un pueblo incandescente, sexual y carnívoro, que ya no ama la sangre, como antes, pero se pone fácilmente cachondo con la idea de aprovechar el cansancio para pelear, y el insomnio, para soñar. Los sociólogos encontrarán sofisticadas razones científicas con las que explicar el callejeo feliz y colectivo que nos trajo el gol de Andrés Iniesta, aunque aquí todos somos mayorcitos y sabemos que el entusiasmo con el que prendemos ahora la llama del patriotismo es descendiente directo del que no hace tanto nos sacaba a la calle con una tea en la mano para quemar a los curas. Somos un pueblo entregado al imperio de las pasiones, y a aunque la educación y la cultura moderaron nuestra voracidad, en el fondo todavía alienta en nosotros la vieja tentación de amar con el mismo dolor que si odiásemos. Yo creo que late en el pueblo español una inquietante y patriótica propensión incendiaria. Asfixiamos con afecto a nuestros héroes y ya no dejamos que ardan los conventos, es cierto, pero yo creo que eso no es una conquista moral del pueblo llano, sino un éxito momentáneo de los bomberos, esos ciudadanos españoles que jamás apagan el fuego sin ensañarse con las llamas.

Áspero y Sentimental
Faro de Vigo. Sábad0o 17 de Julio de 2010

Criminales, mendigos y muertos
Jose Luis Alvite

Es difícil prever los estragos que podría causar el fuego en unas galerías comerciales en el supuesto de que los bomberos tardasen en aparecer. A principios de los años ochenta, en las Galerías Viacambre de Santiago de Compostela estoy seguro de que el fuego no habría causado ni la mitad de los desperfectos que ocasionó la oleada de delincuencia que en poco tiempo echó a pique media docena de los más prósperos negocios de hostelería de la ciudad.

Aquellos tipos no eran en absoluto el Crimen Organizado, sino pandillas de delincuentes cuyo único motivo para delinquir era proveerse del dinero con el que costearse su adicción a la heroína, pero la filosofía de “la movida” estaba en a punto de alcanzar su punto culminante y corrían malos tiempos para el orden, así que en ciertos sectores sociales aquella racha criminal fue considerada casi una obvia demostración de la incipiente renovación cultural de la juventud española. Aquellos delincuentes eran en algunos casos simples adolescentes e ignoraban que además de suponerles el riesgo de acabar en prisión, el consumo de heroína pudiese ponerles en el peligro cierto de ir de cabeza al cementerio. Fueron a la vez inocentes, insensatos, y violentos.

Tenían armas de fuego con las que intimidar a sus víctimas y no tardaron en crear en torno a bares y cafeterías un inquietante cordón de miedo. Viví aquellos años como reportero de sucesos en dos periódicos distintos y me consta que muchos de aquellos delincuentes se sorprendieron de la facilidad con la que se toleró su imperio, haciendo inútiles los esfuerzos de la Policía, hasta que no fue la Ley, sino el sida, lo que les hizo recapacitar.

Por desgracia, muchos de aquellos muchachos entraron demasiado tarde en razón, cuando lo único que podían esperar de la medicina era que no les doliesen demasiado las incisiones de la autopsia. Sufrí durante casi quince años su persecución, su odio y su azote porque no podían entender que la gramática les hiciese más daño que la heroína y les perturbase el sueño más de lo que raras veces se lo alteraba la conciencia. Algunos de aquellos criminales entendieron que habían elegido el peor camino y a fuerza de intimar con ellos la furia se diluyó en afecto.

Se convirtieron entonces en una fuente de información privilegiada y yo les gratificaba retratándoles con una mezcla de furia y ternura, de modo que el consuelo que no consiguieron obtener en la justicia, en la cárcel o en la medicina, lo encontraron a raudales en el puto periodista noctámbulo y errático que tanto y tan a menudo los fustigaba. Les había escupido a la cara en docenas de reportajes y me odiaban por eso, pero me demostraron su gratitud cuando en los peores momentos de aquella decepcionante generación de criminales supieron que mis manos acudían antes que los perros a cerrar con emoción y respeto los ojos expósitos y despoblados de sus primeros muertos. Me hice amigo de muchos de aquellos muchachos, compartimos su angustia y mi dinero, los llevé a altas horas en mi coche a la estación de trenes a pillar droga, se repartieron a escote el peso de mi soledad y me acosté sin remordimientos con sus chicas. Aunque seguí escribiendo sobre ellos, la verdad es que lo hice de manera más comprensiva, sin ensañarme, midiendo las frases, evadiéndome de la tentación de juzgar sus conciencias sin antes haberle echado un vistazo a la mierda que acumulase la mía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Eramos parte de la misma historia y yo me limitaba a transcribir lo que les estaba ocurriendo a un puñado de muchachos atrapados por la heroína, acorralados por la policía y diezmados por el sida. Después les visité en los hospitales y al final asistí a sus sepelios.

Fueron muchos los que se quedaron por el camino y yacen enterrados sin recuerdos y sin flores. Otros se convirtieron en simples mendigos y van danto tumbos por las calles mientras trampean con el hambre y con la muerte.

Mi querida Isabel Barreiro Bardanca se suicidó en un hotel con menos prestigio que ella y ni siquiera fui capaz de escribir algo a la altura de lo que sin duda merecía, no porque hubiese perdido las mañas, sino porque entonces temí que al lamentar su muerte se notase lo mucho que en realidad la amaba.

Un día eché cuantas y comprendí que mis días de reportero de sucesos tocaban a su fin porque apenas quedaban en las calles de la ciudad media docena de aquellos muchachos que en los años ochenta habían puesto contra las cuerdas al pujante gremio de hostelería. Una madrugada me salió al paso en una calle oscura uno de aquellos supervivientes, sacó una pistola, la apoyó contra mi pecho y dijo: “Estamos en 1995, amigo. Ahora mismo te pegaría un tiro si supiese que caerías muerto en el año 85. Fue el año en el que más daño me hiciste, cabrón de mierda. Pero ahora estoy enfermo, jodido, acabado, y creo que solo te acertaría con el disparo si fueses tan amable de ayudarme a sostener la pistola”. Entonces guardó el arma y nos dimos un abrazo. Jamás conté aquello en mi periódico de entonces.

Al día siguiente renuncié a ser reportero de sucesos. El tipo de la pistola murió al poco tiempo y estuve en su entierro. A veces me acuerdo de toda aquella gente y aunque me remuerda la conciencia, lo cierto es que duermo mejor.

[editado por Anacrusa el 18-07-2010 a las 19:09]

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18-07-2010 a las 19:05
Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Re: José Luis Alvite AREA

Áspero y Sentimental
Faro de Vigo. Martes 20 de Julio de 2010

La leña de Dios
Jose Luis Alvite

Nunca me he tomado en serio la posibilidad de acometer grandes empresas profesionales, ni consideré jamás que me valiese la pena hacer un solo esfuerzo pensando en que sirviese para cambiarle drásticamente la vida a alguien que sin duda lo mereciese. Considero que la literatura hace más llevadera la vida de quien se acerca a ella, pero nunca tuve fe en que fuese útil para influir decisivamente en la sociedad, menos aún para cambiar el curso de la Historia. Muchas de mis amigas disfrutan con lo que escribo, a veces porque me refiero a ellas, en otras ocasiones porque acierto a describir sus sentimientos, pero, sinceramente, algunas de esas amigas seguramente me estarían más agradecidas si en un momento dado les hubiese ayudado de madrugada a cambiar la rueda pinchada del coche. He conseguido muchas veces la gratitud de alguien que se sintió reflejado en el espíritu de alguna frase, y sé de gente que me aprecia por lo que escribo, a pesar de lo cual no se me oculta que cuando alguien tiene un verdadero sufrimiento la lectura de un texto le produce menos alivio que la suerte de tener a mano a alguien que le resuelve verdaderamente su problema. Puede que la chica del arroyo a la que una tarde recogí en el arcén de la carretera fuese feliz durante el tiempo que compartimos hasta bien entrada la noche, pero estoy seguro de que si permaneció todas aquellas horas a mi lado no fue por simpatía, ni por afinidad literaria, sino lisa y llanamente, porque el mío fue el primer coche que se detuvo a su lado.

Todo el mundo es sensible al calor de la palabra, sobre todo si después de la palabra viene algo sólido, es decir, que si hace frío, de paso que le hablas de la temperatura del afecto, tienes el detalle de regalarle una bufanda y sentar luego a esa persona frente a un reconfortante plato de sopa. La Iglesia católica se dio cuenta hace muchos años de que la propagación de la fe en Dios era más fácil si la palabra del Señor iba acompañada de algo que los paganos pudiesen llevarse a la boca. Es difícil convencer de que asista con frecuencia a la iglesia a un hombre al que no le ande con regularidad el vientre. De esto hablé hace muchos años con Claudio Crimi, un veterano y entusiasta misionero comboniano que había pasado años en Mozambique y conocía el sufrimiento de los africanos como si con su recuerdo se le abriesen su propias carnes. No dudaba Crimi en condenar las acciones del Frente de Liberación de Mozambique pero reconocía que el “Frelimo” tenía sobre los evangelizadores la ventaja táctica de que en su sangrienta catequesis militar lo que se le ofrecía al pueblo llano junto con la idea de al redención moral, era la posibilidad real de comer caliente. Aquel aguerrido misionero italiano no lo dijo exactamente así, pero de su mano llegué a la conclusión de que la idea de Dios es menos abstracta y más penetrante si para su divulgación el empleo del crucifijo no excluye la utilización de la cubertería. ¿De qué sirve la teórica fuerza de la palabra en la boca de alguien que lo que necesita con urgencia no es un discurso, sino una taza de leche? ¿Puede acaso la literatura paliar los instintos y sustituir impunemente la justicia por la esperanza? Yo no dudo que la Biblia sea para muchos un libro hermoso, incluso una obra prodigiosa e insustituible, pero, ¡qué demonios!, también comprendo que en situaciones de extrema necesidad la Biblia tiene para muchos proscritos sociales el mismo valor que la leña que el paria necesita para encender la lumbre, secar la lluvia con el sudor y ahuyentar el frío. Es bueno que la belleza literaria colme ciertas expectativas estéticas o culturales del ser humano, pero no estará de más admitir que a los parias en invierno lo que les interesa de lo que yo escribo no es lo hondo que pueda calarles el puto mensaje, sino lo bien que en la niebla arde el papel.

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Jueves 22 de Julio de 2010

Literatura y diarrea
Jose Luis Alvite

Esta columna la escribo sin inspiración. Le he dado vueltas en la cabeza a unos cuantos temas y ninguno me convence, de modo que me limito a constatar que en esta ocasión me he quedado sin recursos, como un carpintero que se encontrase ardida la madera con la que pensaba hacer la silla en la que sentarse luego a descansar. Puede que a medida que surgen las palabras sea capaz de hilvanar alguna idea interesante, aunque supongo que eso sería tan absurdo como que el mago esperase a que de manera excepcional le hiciese sus trucos la paloma. Conocí en el cabaret "Xiro" a un ilusionista que en su decadencia necesitaba que el público le echase una mano para sacar adelante cualquiera de sus números cada vez que se atascaba. Consciente de que aquello se había convertido en una peligrosa rutina, una noche al acabar su actuación se tomó de madrugada unas copas conmigo en la barra de alterne y me dijo: "Aunque me joda reconocerlo, he tenido que convertir mi poca memoria en mi mayor atractivo. A la gente le divierte mi fracaso. Eso me produce una amarga sensación de inutilidad. Y un amargo dolor. El público es capaz de reír porque le parezca que el tipo con cáncer de laringe imita al Pato Donald. Sé que el final de mi carrera está cerca. ¿Sabes?, anoche el empresario me llamó a su oficina y me dijo que por el bien de todos sería conveniente que acortase mi estancia aquí. Me supo mal, pero he de admitir que tiene razón. El día menos pensado la paloma que hay dentro de la chistera se me comerá las manos, amigo, y necesitaré ayuda para mear. En realidad creo que gracias a que el empresario de la sala es un tipo muy humano, esta noche al menos me saldrá bien por enésima vez el viejo truco de cobrar".

Hay muchos factores que influyen en que en un momento dado te falle la inspiración. Descontado que se trate de un tumor cerebral, puede ocurrir que ningún tema te parezca relevante. O que no encuentres las palabras con las que contar algo que en principio resultaba atractivo. Personalmente me influye negativamente el calor meteorológico acumulado de todos estos días. Tennessee Williams y Arthur Miller escribían tórridos textos rebosantes de pasión y humedad que le demostraron al mundo hasta qué punto están los fluidos del alma humana conectados al mercurio del termómetro. Era así como reflejaban la angustia existencial de sus personajes, por lo general hombres y mujeres con los sobacos escocidos, cautivos de un fracaso existencial irremisible que ellos convertían en violencia y ellas aliviaban remojando la cara con el agua salival del abrevadero de las yeguas, ansiosas de amor, furiosas de sexo, vestidas apenas con una combinación que parecía planchada con orina. Quienes hayan visto "Cayo Largo" se habrán dado cuenta de que el protagonista de la película es el calor y de que si no fuese por la influencia emocional de tanto sudor, sus personajes no habrían sido en absoluto relevantes. Aun habiendo padecidos momento de nula inspiración, Williams y Miller, como Saroyan y O Neill, hicieron una soberbia literatura del calor que no está a mi alcance, no sólo porque su talento exceda evidentemente del mío, sino, y sobre todo, porque las razones por las que ellos transformaron el calor en literatura no son en absoluto las mismas por las que yo solo soy capaz de convertirlo en diarrea.

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Viernes 23 de Julio de 2010

Cepillo de dientes
José Luis Alvite

Es frecuente que muchas personas condenen aquellas conductas que son incapaces de adoptar, bien porque no se lo permita su conciencia, por la razón de que no se vieron en el dilema de elegir, o, sencillamente, porque hay vicios y pecados que además de amoralidad o insensatez requieren preparación física o cuestan dinero. Yo he llevado una vida relajada, a veces incluso indecente, gracias a haber relativizado a tiempo mi sentido moral de la existencia. Ahora ya no soy el que era, lo que no significa que moralmente me haya reformado, sino porque hay locuras que, aun tolerándomelas la conciencia, no dudaría en reprochármelas la Guardia Civil de Tráfico, como cuando al final de una larga noche de copas viajaba en coche hasta Portonovo y desayunaba una abundante "caldeirada" de raya en cualquiera de los concurridos bares del puerto. Jamás tuve remordimientos por aquello, pero he de reconocer que a esa permisividad moral me ayudaba mucho la facilidad con la que hacía las digestiones. Podía ocurrir que me excediese en las copas y me pasase en el desayuno con la dichosa ración de raya, pero, ¡qué demonios!, ya entonces sabía que cualquier reproche que me hiciese la conciencia podría reducirlo con un poco de agua y una cucharadita de bicarbonato. Dios siempre me he quedado más a contramano que las farmacias.

Hay ocasiones en las que incluso los recursos espirituales se ponen al servicio de las necesidades alimenticias, como le ocurrió a una amiga mía alicantina que estando de viaje en Florencia se quedó sin dinero y alivió el hambre con la sabia decisión de comulgar dos o tres veces al día. Como ella me lo contó, me consta que hizo aquello con una perfecta combinación de recogimiento y apetito, acaso solo temerosa de que por haber sido momentáneamente amoral Dios le repitiese en la boca al eructar. Es obvio que el Dios espiritual no excluye al Dios alimenticio, así que en momentos de apuro puede resultar legítimo considerar la comunión a la altura dietética y moral del menú del día. Esto me recuerda algo que me dijo de madrugada una fulana y que ilustra la facilidad con la en determinadas circunstancias los seres humanos sabemos separar el espíritu del aparato digestivo. Me dijo: "Rezo con la misma boca con la que me gano el dinero en este club de carretera. El sexo y la fe son necesidades distintas. Mi conciencia no tiene labios, de manera que lo que hago por la noche con la boca solo le incumbe a mi estómago y a mi dentista. Sólo cuando empezaba en este oficio recuerdo haber pasado algún apuro en el momento de condesarme. No era que me agobiase la idea de haber hecho algo indecente, cielo; lo que me jodía era que el cura no averiguase mis pecados por mi confesión, sino por mis eructos".

Aunque con habilidades distintas, igual que aquella fulana lo hizo en el burdel, yo me he ganado también la vida trabajando con la boca. Ella, en el catre; yo, en la radio. Ambos perseguíamos como fin la supervivencia. Y cada vez que me tomaba de madrugada las copas con ella en el club de carretera nos contábamos como si tal cosa lo que habían dado de si nuestros labios. Lo hacíamos con absoluta naturalidad y en un plano de evidente igualdad moral. Una vez al mes ella se tomaba unos días de descanso por culpa de la regla, igual que yo a veces me ausentaba del programa de radio en el que estaba contratado. Y entonces nos permitíamos varias rondas de copas como si solo fuésemos amigos, quién sabe si incluso colegas, con la única diferencia de que ella mascaba chicle para que no la delatase la menstruación por el aliento y yo encendía pitillos para que mi tos de fumador pareciese una elegante y radiofónica pausa enfática.

Así es la vida si se sabe prescindir de prejuicios morales. Yo lo que hago en la radio con la boca es una columna de opinión; ella, en cambio, a lo que hace en su locutorio de la carretera le llama "un francés". A mí me parece muy bien que cada cual salga adelante como buenamente pueda. No soy quien para reprocharle a nadie su conducta. Aquella fulana no era en absoluto mejor ni peor que yo. Fui su cliente, su amante y también su amigo. Y puedo asegurarte, muchacho, que al despertar y levantarnos al baño, la única diferencia entre su conciencia y la mía era el cepillo de dientes.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

25-07-2010 a las 12:53
Anacrusa

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Re: José Luis Alvite AREA

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Martes 27 de Julio de 2010

Derrotados y malditos
José Luis Alvite

A la gente le gusta mucho hablar de la dichosa "estética de la derrota" para referirse a personas que resultan encantadoras por sus fracasos, atractivas por sus vicios, cautivadoras por su tenaz resistencia a ponerse en pie y reanudar la marcha. Muchos artistas sin méritos se apuntan a adoptar la "estética de la derrota" olvidando que no se trata de una raqueta, o de una bufanda, sino de una emoción. Quieren ser "malditos" como Wilde, como Van Gogh o como Sawa, pero es evidente que para llegar a eso no basta con beber demasiado, cambiar poco de ropa y descuidar el afeitado. Se puede ser un "maldito" sin recursos, con la camisa sucia y las uñas descuidadas, pero Francis Scott Fitzgerald fue un elegante "maldito" con dinero que se derrumbó estrepitosamente con el peso del éxito. En cuanto a Charles Bukowski fue sin duda un tenaz derrotado y un maldito sin remisión que perdió su prestigio de humillado y ofendido tan pronto el éxito tardío le redimió de su prolongado anonimato como escritor. Muchos de quienes admitieron su evolución literaria jamás le perdonaron a Hank que estrenase camisa tan a menudo, cambiase a una ginebra mejor y se acostase con mujeres que no olían a caza ni perdían piezas dentales al sorber la sopa.

Es evidente que la dichosa estética de la derrota tiene irrenunciables principios acerca de considerar obligado cierto grado de miseria económica y entender como exigible una evidente indigencia moral. Bukowski habría alcanzado la gloria en el caso de haber acertado a colocar sus obras en manos de un sagaz editor, pero estaba muy ocupado labrándose al borde de la mendicidad la destrucción moral que le fortaleció como poeta y cimentó su solidez de narrador. Quienes hayan leído sus trabajos habrán percibido sin duda el estilo duro, áspero, casi criminal, de un escritor en cuyas frases es evidente que la inspiración fue tan determinante como la gastritis. Era sin duda un derrotado, un maldito, alguien que sabía que su salvación como hombre podría suponer sin duda su destrucción como escritor. Pero desde su posición de hombre derrotado sabía que hay pocas sensaciones tan hondas, tan sobrecogedoras, tan hermosamente tristes, como saborear con los ojos cerrados el beso invertebrado de una mujer que haya perdido tres dientes por la pasional bofetada de su amante. En la "estética de la derrota" nadie se fija en esos detalles, de modo que el sexo se considera la parte blanda de la dieta, algo que se mastica, se traga y se escupe con absoluta naturalidad, sin remilgos, sin asco, sin principios, como algo húmedo y excitante que si se sabe entender sirve para aplacar los instintos y apagar la sed. No hay en el alma del derrotado, del maldito, nada que no pueda pasar inadvertido en su escupidera. Un tipo como Bukowski, que era a la vez un derrotado y un maldito, jamás llamaría al camarero del restaurante para reprocharle que hubiese encontrado un pelo en la sopa. Es más, si se lee sus textos con perversa intención, se verá que hay en sus párrafos cierta sonoridad inguinal, como si los hubiese puntuado utilizando para las comas el vello púbico de la fulana con la que acaba de tener en cama al mismo tiempo una pelea, un vómito y un orgasmo.

La "estética de la derrota" es para tipos que tienen el alma elástica y el aparato digestivo resistente. Bukowski era capaz de comer con los ojos abiertos cualquier porquería que otro hombre jamás habría probado con la punta de la lengua sin apagar antes la luz. Era como si tuviese el estómago conectado a la conciencia y ambos fuesen en cierto modo insensibles. Como mandan los cánones no escritos de la "estética de la derrota", sus devotos practicantes se despreocupan por completo de su aspecto físico y de su ropa. En vez de conciencia, tienen fotogenia, sobre todo a partir del instante en el que son evidentes los estragos causados por el abandono y por los vicios. Salvo que se trate de un inesperado descuido, jamás triunfan completamente en vida, ni son indiscutibles en su tiempo.

No sé si su biógrafo habrá comprobado tal cosa, pero yo creo que a raíz de su redención profesional y de haberse enriquecido con sus obras, Charles Bukowsli se sintió fuera de lugar, desalojado de su habitat natural en la miseria, víctima de un éxito que le apartó para siempre de aquel orbe de miserables en el que la sinceridad consistía en llevar en el alma las mismas manchas que en la gabardina. Por supuesto, a Francis Scott Fitzgerald le llegó el malditismo un poco a destiempo, cuando a su estómago le costaba sustituir el champán por el hambre, y se hundió sin inspiración y sin remedio en un pozo en el que no había nadie tan elegante y literario como Jay Gatsby, aquel tipo atractivo, triunfal y misterioso que a mi siempre me pareció perfectamente capaz de enamorarse por rencor de cualquiera de esas mujeres creyentes, bellas y ambiciosas que le llaman sexo oral a sorber las ostras con los ojos cerrados.

Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Miércoles 28 de Julio de 2010

El tren del Holocausto
Jose Luis Alvite

Me resulta fácil recordar de memoria números de teléfono, fechas de nacimiento o de acontecimientos históricos, repartos de películas y sus principales títulos de crédito, jugadas que fueron decisivas en un campeonato de fútbol, el rostro y la ropa de los niños de mi escuela, los cromos de ciclistas en los tiempos de Loroño y Barrutia… las fotos de Virginia McKenna y Richard Widmark al lado de los retretes en el cine Yago, las siete pedradas que casi dejaron calvo al gato de casa, la toquilla gris de la taquillera destemplada y madura del cine Capitol, la primera vez que escuché en la radio a Gloria Laso cantando “Luna de miel”, el atlas geográfico que me ayudó a entretenerme viajando en cama por Wyoming con Julio Verne durante la convalecencia de las paperas… el número 10121 con el que fui alistado en la Armada, el hojaldrado caballo de cartón que se deshizo con el sudor de mi culo infantil al sentarme en él, la mano de mi abuela paterna llevándome a misa a la iglesia de la Universidad cuando yo solo tenía tres años y a ella le quedaban meses de vida, la belleza de Miss Mariska subida en el trapecio del Circo Kron mientras yo esperaba que un exceso de talco en las manos del portor la hiciesen caer -trágica, enamorada y nupcial- desde lo alto de la carpa en mis brazos de niño… y el olor cosmético del gigantesco cardenal Quiroga Palacios; la presencia de don Juan de Borbón paseando a hurtadillas en verano por Cambados con su ajuar de pantalones blancos, escorado por el porte escaleno de una elegancia náutica raída y malformada por la escasez financiera del exilio; aquel novio indeciso y tardío de tía Pepita que prefirió meterse cura… Es la memoria minuciosa, concreta, aritmética, que sirve para reconstruir los hechos casi santorales del pasado pero no garantiza en absoluto la recreación de los sentimientos. Para eso otro está la memoria emocional, que es de donde puede uno deducir la conmemoración literaria de su biografía. Esa otra memoria se nutre a menudo de la inexactitud histórica, incluso de cierto falseamiento que la hace aun más interesante. Sin la fantasía que la adultera, la vida de un hombre sería apenas un listado de números, una proeza contable, un vulgar puñado de álgebra; puro catastro. La mejor literatura evocadora tiene su origen precisamente en los lapsus de la memoria cronológica. No recuerdo cuánto costaba un bollo de pan en 1954, pero sé que valía la pena comprarlo por lo bien que olía la tienda de coloniales de “Jaime Gesteira Ultramarinos Finos Fábrica de Pan”. Tampoco podría asegurar cual era el precio de un reloj de pulsera en 1960 y sin embargo podría describir con detalle la emoción que me producía la relojería de cambadesa de Juan Manuel Villar al mezclarse en el silencio manido de la calle el tic tac plural del tiempo y la silábica mandolina que tocaba a media mañana su hermano Santi, que era alto y huesudo y se reía a golpes de tos, sacando la cabeza muy lejos al final de la leontina de aquel cuello que parecía el muelle de un reloj de cuco. Sería inútil que intentase recordar cada fecha de mi vida en aquel Cambados discreto y estival y sin embargo podría reconstruir en frases la sensación de haber sido inadvertidamente feliz en un lugar en el que mientras conciliaba el sueño de una siesta con fiebre y acetona, podía escuchar como llegaba hasta mi ventana desde la casa de enfrente el redoble primitivo y carnal del marinero que cavaba en el catre de castaño el cuerpo fértil y gomoso de su mujer con el mismo ruido que haría un tren de mercancías deletreando a su paso las traviesas de la vía. Después me asomaba tiritando de fiebre a la ventana y esperaba a que saliese de su portal aquel tipo varonil y recién aseado que miraba a un lado y a otro de la calle, cansado y un poco estupefacto, aterido de pecado y engominado de semen, igual que si se hubiese apeado del tren, en alemán y a deshora, en una estación del Holocausto.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

01-08-2010 a las 18:01
Anacrusa

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respuestas: 4219

Re: José Luis Alvite AREA

Jose Luis Rey-alvite

Recomiendo la lectura de "Llanto sin ojos" mientras suena de fondo "Closest Thing To Crazy", que canta Katie Melua en mi muro. El texto se desencadenó en mis manos precisamente mientras escuchaba esa melodía.



Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Sábad0o 31 de Julio de 2010

Llanto sin ojos
Jose Luis Alvite

Una madrugada que me encontraba muy desmotivado, me fui a un club de carretera, subí las esclareas de los dormitorios con una amiga dominicana, le pagué lo convenido y entonces ella me preguntó que deseaba que me hiciera. Y yo, que llevaba días sin dormir, tenía remordimientos y estaba hundido, le dije: “Acuéstate con la ropa puesta. No tienes que hacer nada. Sólo necesito que me dejes llorar en tus ojos”. Y eso fue exactamente lo que hice aquella madrugada en el club de carretera con mi amiga dominicana. Ella no dijo nada pero no se extrañó de mi ocurrencia. Sabía de otras veces que con cierta frecuencia mis remordimientos me llevaban a buscar en ella las sensaciones de proximidad emocional a las que tantas veces había renunciado en mi vida ordinaria. En una ocasión anterior me había invitado a su casa al borde del amanecer y sin necesidad de que le dijese nada, puso leche al fuego. Fue ella quien me dijo algo que me ayudó a comprender mejor el origen de una parte de los remordimientos que a la larga acabarían por llevarme casi sin rumbo al sanatorio psiquiátrico de Conxo: “Líbreme Dios de entrometerme en tu vida, periodista, pero yo creo que tu mala conciencia se aliviaría mucho si de vez en cuando te sentases tranquilamente en la cocina de casa a desayunar”. Aquella chica lo sabía por propia experiencia: “Cuando empecé en esto lo pasaba muy mal. Odiaba mi cuerpo y estaba tan asqueada de lo que hacía con ella, que habría sido capaz de escupir mi propia boca en el retrete. ¿Y sabes como lo solucioné? Cambiando de ropa y poniendo leche al fuego. Hagas lo que hagas con tu vida, periodista, te juro que se es más decente si se está limpio y recién desayunado”.

Puede que mi amiga del club de carretera estuviese en lo cierto y que mis problemas de conciencia tuviesen algo que ver con las pocas veces que me tomaba un respiro para desayunar. Supongo que hay una estrecha relación entre el orden escrupuloso de las comidas y el equilibro emocional. Durante casi treinta años calculo que desayuné menos de la décima parte de las veces que tendría que haberlo hecho y casi nunca lo hice sentado tranquilamente en la cocina de casa, entre otras razones, porque entonces era frecuente que entrase a casa por el portal equivocado. Ahora sé que una taza de leche tomada a tiempo habría hecho por mi salud mental mucho más de lo que a duras penas hizo la medicina psiquiátrica. En los días que compartí el desperdicio de mi vida con aquella muchacha dominicana era frecuente que desayunase en los bares de la ciudad cualquier cosa que tuviese huesos y hubiese estado viva. Solía sentarme en una mesa del “Donas” acompañado de cualquier chica de alterne y compartía con ella una dieta sólida y abundante que parecía pensada para asegurar el vigor combativo del Cuerpo de Marines. Mi estómago podía con todo y entonces estaba seguro de que mi conciencia necesitaba comidas muy condimentadas para ser inmune al abatimiento. Me equivoqué. Fue mi amiga dominicana quien me hizo ver que de la talla moral de un hombre su fortaleza física dice menos que el olor de sus eructos. A las siete de la mañana desayunaban en “Donas” los tipos trajeados que iban a sus trabajos de oficina y las profesoras de universidad que mojaban sus churros con el mismo cuidado que si temiesen hacerles daño con el calor del café con leche. Habían dormido bien, llevaban ropa limpia y desayunaban cosas que no se enganchaban en los dientes. Estaban nuevos y medicinales como si acabasen de resucitar. Conocía a muchos de ellos pero evitaba saludarlos por temor a que averiguasen mi mala conciencia por culpa de habérseme escapado en sus narices un eructo de pollo estofado. Muchas veces pensé que aquella gente recién levantada de sus camas tenía alma y que yo solo tenía algo que reproducía en mi interior las mismas manchas de salsa que a veces llevaba salpicadas en la camisa.

Ahora sé que mi amiga dominicana tenía razón y que mi vida habría sido en cierto modo mejor si al menos hubiese desayunado más a menudo un simple vaso de leche caliente. Hay amargas sensaciones emocionales que no se pasan con nada, pero me consta que hay también sinsabores del alma que mejoran mucho si uno adapta al menos sus errores a los horarios de las comidas. La noche que lloré amargamente en sus ojos lo hice porque necesitaba sentir cerca de los míos la mirada limpia de una mujer manchada por la vida que sin embargo se sentía en cierto modo redimida gracias a que comía a sus horas. En mi caso la situación emocional se agravaba por el hecho de que jamás cenaba si pensaba trasnochar. Fue en esas circunstancias como descubrí que necesitaba los ojos de alguien para llorar y el aliento de cualquier mujer para no tener esa noche el estómago vacío. Sabía que de otro modo el mío estaba condenado a ser un llanto sin ojos. Mi amiga dominicana me dijo aquella misma madrugada: “Haz lo que quieras, cielo, pero si sigues como hasta ahora, te aseguro que acabarás llorando sin motivo y vomitando en ayunas”. De aquello hace ya unos cuantos años y aunque me cuesta recapacitar, admito que mi amiga dominicana estaba en lo cierto. No hice mucho caso de lo que me dijo, lo reconozco, pero vivo más tranquilo porque cada vez que cierro mis ojos se abren en su interior los suyos. Y también, ¡que demonios!, porque de vez en cuando me huele la orina a café.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

01-08-2010 a las 18:10

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