Anacrusa

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Re: José Luis Alvite AREA
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Áspero y Sentimental
Faro de Vigo. Martes 20 de Julio de 2010
La leña de Dios
Jose Luis Alvite
Nunca me he tomado en serio la posibilidad de acometer grandes empresas profesionales, ni consideré jamás que me valiese la pena hacer un solo esfuerzo pensando en que sirviese para cambiarle drásticamente la vida a alguien que sin duda lo mereciese. Considero que la literatura hace más llevadera la vida de quien se acerca a ella, pero nunca tuve fe en que fuese útil para influir decisivamente en la sociedad, menos aún para cambiar el curso de la Historia. Muchas de mis amigas disfrutan con lo que escribo, a veces porque me refiero a ellas, en otras ocasiones porque acierto a describir sus sentimientos, pero, sinceramente, algunas de esas amigas seguramente me estarían más agradecidas si en un momento dado les hubiese ayudado de madrugada a cambiar la rueda pinchada del coche. He conseguido muchas veces la gratitud de alguien que se sintió reflejado en el espíritu de alguna frase, y sé de gente que me aprecia por lo que escribo, a pesar de lo cual no se me oculta que cuando alguien tiene un verdadero sufrimiento la lectura de un texto le produce menos alivio que la suerte de tener a mano a alguien que le resuelve verdaderamente su problema. Puede que la chica del arroyo a la que una tarde recogí en el arcén de la carretera fuese feliz durante el tiempo que compartimos hasta bien entrada la noche, pero estoy seguro de que si permaneció todas aquellas horas a mi lado no fue por simpatía, ni por afinidad literaria, sino lisa y llanamente, porque el mío fue el primer coche que se detuvo a su lado.
Todo el mundo es sensible al calor de la palabra, sobre todo si después de la palabra viene algo sólido, es decir, que si hace frío, de paso que le hablas de la temperatura del afecto, tienes el detalle de regalarle una bufanda y sentar luego a esa persona frente a un reconfortante plato de sopa. La Iglesia católica se dio cuenta hace muchos años de que la propagación de la fe en Dios era más fácil si la palabra del Señor iba acompañada de algo que los paganos pudiesen llevarse a la boca. Es difícil convencer de que asista con frecuencia a la iglesia a un hombre al que no le ande con regularidad el vientre. De esto hablé hace muchos años con Claudio Crimi, un veterano y entusiasta misionero comboniano que había pasado años en Mozambique y conocía el sufrimiento de los africanos como si con su recuerdo se le abriesen su propias carnes. No dudaba Crimi en condenar las acciones del Frente de Liberación de Mozambique pero reconocía que el “Frelimo” tenía sobre los evangelizadores la ventaja táctica de que en su sangrienta catequesis militar lo que se le ofrecía al pueblo llano junto con la idea de al redención moral, era la posibilidad real de comer caliente. Aquel aguerrido misionero italiano no lo dijo exactamente así, pero de su mano llegué a la conclusión de que la idea de Dios es menos abstracta y más penetrante si para su divulgación el empleo del crucifijo no excluye la utilización de la cubertería. ¿De qué sirve la teórica fuerza de la palabra en la boca de alguien que lo que necesita con urgencia no es un discurso, sino una taza de leche? ¿Puede acaso la literatura paliar los instintos y sustituir impunemente la justicia por la esperanza? Yo no dudo que la Biblia sea para muchos un libro hermoso, incluso una obra prodigiosa e insustituible, pero, ¡qué demonios!, también comprendo que en situaciones de extrema necesidad la Biblia tiene para muchos proscritos sociales el mismo valor que la leña que el paria necesita para encender la lumbre, secar la lluvia con el sudor y ahuyentar el frío. Es bueno que la belleza literaria colme ciertas expectativas estéticas o culturales del ser humano, pero no estará de más admitir que a los parias en invierno lo que les interesa de lo que yo escribo no es lo hondo que pueda calarles el puto mensaje, sino lo bien que en la niebla arde el papel.
Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Jueves 22 de Julio de 2010
Literatura y diarrea
Jose Luis Alvite
Esta columna la escribo sin inspiración. Le he dado vueltas en la cabeza a unos cuantos temas y ninguno me convence, de modo que me limito a constatar que en esta ocasión me he quedado sin recursos, como un carpintero que se encontrase ardida la madera con la que pensaba hacer la silla en la que sentarse luego a descansar. Puede que a medida que surgen las palabras sea capaz de hilvanar alguna idea interesante, aunque supongo que eso sería tan absurdo como que el mago esperase a que de manera excepcional le hiciese sus trucos la paloma. Conocí en el cabaret "Xiro" a un ilusionista que en su decadencia necesitaba que el público le echase una mano para sacar adelante cualquiera de sus números cada vez que se atascaba. Consciente de que aquello se había convertido en una peligrosa rutina, una noche al acabar su actuación se tomó de madrugada unas copas conmigo en la barra de alterne y me dijo: "Aunque me joda reconocerlo, he tenido que convertir mi poca memoria en mi mayor atractivo. A la gente le divierte mi fracaso. Eso me produce una amarga sensación de inutilidad. Y un amargo dolor. El público es capaz de reír porque le parezca que el tipo con cáncer de laringe imita al Pato Donald. Sé que el final de mi carrera está cerca. ¿Sabes?, anoche el empresario me llamó a su oficina y me dijo que por el bien de todos sería conveniente que acortase mi estancia aquí. Me supo mal, pero he de admitir que tiene razón. El día menos pensado la paloma que hay dentro de la chistera se me comerá las manos, amigo, y necesitaré ayuda para mear. En realidad creo que gracias a que el empresario de la sala es un tipo muy humano, esta noche al menos me saldrá bien por enésima vez el viejo truco de cobrar".
Hay muchos factores que influyen en que en un momento dado te falle la inspiración. Descontado que se trate de un tumor cerebral, puede ocurrir que ningún tema te parezca relevante. O que no encuentres las palabras con las que contar algo que en principio resultaba atractivo. Personalmente me influye negativamente el calor meteorológico acumulado de todos estos días. Tennessee Williams y Arthur Miller escribían tórridos textos rebosantes de pasión y humedad que le demostraron al mundo hasta qué punto están los fluidos del alma humana conectados al mercurio del termómetro. Era así como reflejaban la angustia existencial de sus personajes, por lo general hombres y mujeres con los sobacos escocidos, cautivos de un fracaso existencial irremisible que ellos convertían en violencia y ellas aliviaban remojando la cara con el agua salival del abrevadero de las yeguas, ansiosas de amor, furiosas de sexo, vestidas apenas con una combinación que parecía planchada con orina. Quienes hayan visto "Cayo Largo" se habrán dado cuenta de que el protagonista de la película es el calor y de que si no fuese por la influencia emocional de tanto sudor, sus personajes no habrían sido en absoluto relevantes. Aun habiendo padecidos momento de nula inspiración, Williams y Miller, como Saroyan y O Neill, hicieron una soberbia literatura del calor que no está a mi alcance, no sólo porque su talento exceda evidentemente del mío, sino, y sobre todo, porque las razones por las que ellos transformaron el calor en literatura no son en absoluto las mismas por las que yo solo soy capaz de convertirlo en diarrea.
Áspero y sentimental
Faro de Vigo. Viernes 23 de Julio de 2010
Cepillo de dientes
José Luis Alvite
Es frecuente que muchas personas condenen aquellas conductas que son incapaces de adoptar, bien porque no se lo permita su conciencia, por la razón de que no se vieron en el dilema de elegir, o, sencillamente, porque hay vicios y pecados que además de amoralidad o insensatez requieren preparación física o cuestan dinero. Yo he llevado una vida relajada, a veces incluso indecente, gracias a haber relativizado a tiempo mi sentido moral de la existencia. Ahora ya no soy el que era, lo que no significa que moralmente me haya reformado, sino porque hay locuras que, aun tolerándomelas la conciencia, no dudaría en reprochármelas la Guardia Civil de Tráfico, como cuando al final de una larga noche de copas viajaba en coche hasta Portonovo y desayunaba una abundante "caldeirada" de raya en cualquiera de los concurridos bares del puerto. Jamás tuve remordimientos por aquello, pero he de reconocer que a esa permisividad moral me ayudaba mucho la facilidad con la que hacía las digestiones. Podía ocurrir que me excediese en las copas y me pasase en el desayuno con la dichosa ración de raya, pero, ¡qué demonios!, ya entonces sabía que cualquier reproche que me hiciese la conciencia podría reducirlo con un poco de agua y una cucharadita de bicarbonato. Dios siempre me he quedado más a contramano que las farmacias.
Hay ocasiones en las que incluso los recursos espirituales se ponen al servicio de las necesidades alimenticias, como le ocurrió a una amiga mía alicantina que estando de viaje en Florencia se quedó sin dinero y alivió el hambre con la sabia decisión de comulgar dos o tres veces al día. Como ella me lo contó, me consta que hizo aquello con una perfecta combinación de recogimiento y apetito, acaso solo temerosa de que por haber sido momentáneamente amoral Dios le repitiese en la boca al eructar. Es obvio que el Dios espiritual no excluye al Dios alimenticio, así que en momentos de apuro puede resultar legítimo considerar la comunión a la altura dietética y moral del menú del día. Esto me recuerda algo que me dijo de madrugada una fulana y que ilustra la facilidad con la en determinadas circunstancias los seres humanos sabemos separar el espíritu del aparato digestivo. Me dijo: "Rezo con la misma boca con la que me gano el dinero en este club de carretera. El sexo y la fe son necesidades distintas. Mi conciencia no tiene labios, de manera que lo que hago por la noche con la boca solo le incumbe a mi estómago y a mi dentista. Sólo cuando empezaba en este oficio recuerdo haber pasado algún apuro en el momento de condesarme. No era que me agobiase la idea de haber hecho algo indecente, cielo; lo que me jodía era que el cura no averiguase mis pecados por mi confesión, sino por mis eructos".
Aunque con habilidades distintas, igual que aquella fulana lo hizo en el burdel, yo me he ganado también la vida trabajando con la boca. Ella, en el catre; yo, en la radio. Ambos perseguíamos como fin la supervivencia. Y cada vez que me tomaba de madrugada las copas con ella en el club de carretera nos contábamos como si tal cosa lo que habían dado de si nuestros labios. Lo hacíamos con absoluta naturalidad y en un plano de evidente igualdad moral. Una vez al mes ella se tomaba unos días de descanso por culpa de la regla, igual que yo a veces me ausentaba del programa de radio en el que estaba contratado. Y entonces nos permitíamos varias rondas de copas como si solo fuésemos amigos, quién sabe si incluso colegas, con la única diferencia de que ella mascaba chicle para que no la delatase la menstruación por el aliento y yo encendía pitillos para que mi tos de fumador pareciese una elegante y radiofónica pausa enfática.
Así es la vida si se sabe prescindir de prejuicios morales. Yo lo que hago en la radio con la boca es una columna de opinión; ella, en cambio, a lo que hace en su locutorio de la carretera le llama "un francés". A mí me parece muy bien que cada cual salga adelante como buenamente pueda. No soy quien para reprocharle a nadie su conducta. Aquella fulana no era en absoluto mejor ni peor que yo. Fui su cliente, su amante y también su amigo. Y puedo asegurarte, muchacho, que al despertar y levantarnos al baño, la única diferencia entre su conciencia y la mía era el cepillo de dientes.
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Anacrusa
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
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