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Belle

registrado: 19-03-2004
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Re: Andrés Neuman

No, pero sí (II)

ANDRÉS NEUMAN


CÓMO cambian los tiempos: hace no tantos años España estuvo a la cola -e incluso fuera- de la política continental, y ahora resulta que seremos los primeros europeos en pronunciarnos acerca del Tratado para la Constitución común. Me parece una ventaja ir a las urnas sin la referencia de otros países, porque así nuestro voto no podrá dejarse llevar por ninguna corriente. Ahora bien, ¿esta Constitución vale la pena? Formulada así, la pregunta suena exacta: alguna pena habrá seguro, tanto al votar que no (por la mala conciencia de retrasar la marcha de la Unión) como al votar que sí (por la mala conciencia de aprobar un texto mejorable).

Una amiga muy leída me dijo el otro día una frase perturbadora: 'Europa está tuerta y la Constitución es un parche'. Tengo la sensación de que, en general, el ambiente es el de intentar salvar el ojo sano con tal de no perder la buena visión europea. Todo el mundo anda rumiando paradojas. ¿Votar Sí (a Europa) pero No (a esta Constitución)? ¿O votar No (no me gusta demasiado) pero Sí (la apoyo igual)? La situación es la enésima variante del clásico debate sobre el posibilismo: conformarse pensando que así mejoraríamos un poco lo que hay, o seguir apuntando alto a sabiendas de que la cosa aún podría empeorar.

Otro aspecto que complica la decisión es el compromiso personal que Zapatero parece haber tomado en el asunto. Lejos de dar una visión crítica del texto, tanto él como los responsables europeos de su partido han hecho una bandera flameante de un texto constitucional que alcanza, como mucho, para un buen pañuelo con el que consolarse. Presentadas las cosas de este modo, el 20-F podría convertirse en un referéndum indirecto sobre el primer año del Gobierno. Quienes creemos, pese a todo, que Zapatero es en este momento el presidente más idóneo que podríamos tener, nos vemos con el temor de que los ciudadanos más conservadores vayan a las urnas a darle un escarmiento a ZP, en lugar de a votar una Constitución.

Personalmente, creo que este Gobierno ha tomado algunas de las medidas social y políticamente más necesarias de los últimos tiempos. Sin embargo, me irrita el tono infantil que ha decidido darle al debate (o la propaganda) constitucional. Me parece muy bien que intenten convencernos para votar que sí, pero sería mejor que no tratasen de engañarnos. Preferiría que nos dijesen la verdad sobre las contradicciones y los problemas de este Tratado, que al fin y al cabo no ha sido redactado ni por el presidente ni por Borrell. Y que, con la mayor sinceridad posible, nos explicasen qué males mayores evitaríamos apoyando de todos modos el Sí. No basta con que Cruyff aparezca recitando en esperanto los principios generales de la dignidad humana, ni que Iñaki Gabilondo invierta su bien ganado prestigio en cantarle a la libertad de expresión. Hace falta discutir sobre el texto y sus artículos, sus luces y sus sombras. Así que me pongo a ello, que ya estoy tardando.

Lo primero que habría que decir es que la Constitución está bastante mal escrita. No sí será cosa de la traducción, pero a veces la sintaxis se enmaraña, el discurso trastabilla y el estilo tiende a incurrir en repeticiones y espirales. En este sentido, el Tratado parece un continuo desdecirse; la Constitución española me parece bastante más correcta. El supuesto receptor del texto, el ciudadano europeo, encontrará dificultades para entenderlo cabalmente. ¿Cuál es entonces su destinatario último? Supongo, como siempre, que los juristas y los grandes empresarios. Pero hagamos (nunca mejor dicho) un voto de buena voluntad, y empecemos con los aspectos positivos del texto.

Me parece innegable que en esta Constitución hay pasajes dignos de celebrarse. De acuerdo con los tiempos y las necesidades reales de nuestra sociedad, el artículo I-2 menciona explícitamente la igualdad entre mujeres y hombres, lo cual no está de más en un mundo donde el Hombre es todavía el ser humano, mientras la Mujer es sólo ellas. Cierto que, en este mismo artículo, a mi juicio se comete un sutil pero importante desliz: se habla de respetar «los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías». ¿Cómo que 'incluidos'? ¿Acaso cabía la posibilidad conceptual de excluirlos? ¿Es que los derechos de las minorías no entran de lleno, de por sí, en los derechos humanos universales? Supongo que los redactores quisieron decir que velarían 'especialmente' (y no 'también') por los derechos de las minorías. En el mismo sentido va el artículo II-81, que prohíbe toda discriminación, y en particular la ejercida por razón de sexo, raza, nacionalidad, lengua, religión, opiniones políticas u orientación sexual. También tiene el acierto de añadir la razón de «discapacidad», con lo que la mayoría de calles y edificios europeos, escasamente equipados, se volverían anticonstitucionales.

Es tranquilizador que la Constitución dedique su artículo tercero a citar, además de los derechos humanos generales y el vapuleado Derecho internacional, los específicos derechos del niño, declarados en 1959 por la Asamblea de las Naciones Unidas, cuya Carta se compromete el texto a respetar. Igual de bien me parecen los artículos I-62, I-64 y I-65, que prohíben de manera explícita la trata de seres humanos (tan en auge dentro de la inmigración ilegal), la pena de muerte, la tortura y los tratos inhumanos o degradantes. Estas tres últimas prohibiciones dejan en evidencia a Bush y a sus ejércitos. Tampoco está de más el artículo II- 79, que impide la devolución o extradición de una persona si esta corre el riesgo de sufrir dichos tratos prohibidos en su país de origen. El mismo artículo recuerda y niega las expulsiones colectivas, fantasma intermitente en la Historia europea.

Dentro de la cara solidaria de la Constitución, merecen destacarse los artículos III-292 y III-321. El primero contempla ayudas a las regiones que se enfrenten a catástrofes naturales. El segundo aporta un marco común a estas iniciativas a través de un Cuerpo Voluntario Europeo de Ayuda Humanitaria. Me parece un buen gesto. En esta línea, el artículo III-316 se refiere a la cooperación para el desarrollo de los países desfavorecidos, llegando a declarar que «el objetivo principal de la política de la Unión en este ámbito será la reducción y, finalmente, la erradicación de la pobreza». Sobre este artículo cabría decir lo que dicen los amantes en los momentos de pasión: miénteme, que me gusta. La semana que viene seguiremos repasando el texto. Y tendremos que mirar debajo de la cama.

23-01-2005 a las 22:08
Belle

registrado: 19-03-2004
respuestas: 764

Re: Andrés Neuman

Sagrado condón


ANDRÉS NEUMAN


HAGO un paréntesis en la serie de artículos sobre la Constitución Europea para referirme a otro asunto de contagiosa actualidad: los preservativos. Hace unos días la Conferencia Episcopal Española se pronunció a favor del uso del condón como parte (no sé si decir miembro) del plan de prevención global del sida. Al día siguiente el portavoz episcopal rectificó y donde había dicho condón, dijo perdón: «No es cierto que haya cambiado la doctrina de la Iglesia sobre el preservativo». Es una lástima, porque la situación de las enfermedades mortales sí ha cambiado. Galileo se retractó, pero la tierra gira. En el fondo, la rectificación episcopal me parece una buena noticia: demuestra que, en cuanto sus autoridades se despistan, hasta la Iglesia tiene la tentación del sentido común; y que luego, pensándolo dos veces, la coherencia total con sus principios sólo puede llevarla a la negación de las realidades más elementales y urgentes de nuestra sociedad.

«El uso del preservativo implica una conducta sexual inmoral», opinó el portavoz rectificante, «y por eso no es posible aconsejar su uso». Con esta postura (que no es precisamente la del misionero), la Conferencia Episcopal atenta contra la lenta y difícil educación sexual de millones de padres que bastante tienen ya con intentar que sus hijos e hijas tomen precauciones en sus primeros pasos en la vida sexual. Muchos jóvenes se inician sexualmente sin ninguna protección. Y hete aquí que el episcopado, ignorando irresponsablemente este hecho, no tiene mejor idea que intentar desprestigiar los hábitos profilácticos. Uno de los valores más útiles del cristianismo clásico son el respeto, la piedad y el amor al prójimo. Pues bien: desde el punto de vista moral, a mí me parece que usar condón implica respetar al otro, no hacerlo responsable de nuestra salud, tener en cuenta (antes que a un hipotético ser que no sabemos si nacería) la integridad del que ya ha nacido y vive. De las declaraciones del episcopado se deduce algo terrible: la Iglesia prefiere que los jóvenes que no acatan su doctrina, antes que usar un preservativo, contraigan el sida o lo contagien. A eso le llamo yo piedad.

Estos enredos se conectan con el reciente choque entre el Vaticano y el Gobierno. El Papa acusó a nuestros gobernantes de «despreciar la religión» (aquí 'la' religión significa, claro, solamente la católica). El ministro de Defensa, ferviente practicante de la religión católica, contestó a Su Santidad que «algunas posiciones de la Iglesia, como su actitud antes los homosexuales o el uso del preservativo, están en contra del mensaje de Cristo». Bono, que según los sondeos es el ministro más valorado, añadió que la Iglesia «debería preguntarse si no tiene responsabilidades en el alejamiento de mucha gente de la fe cristiana» y recordó que apenas el 14% de los jóvenes se declara católico practicante. Un estudio del Instituto Andaluz de la Juventud acaba de revelar que casi el 80 % de la juventud andaluza se declara católica no practicante y se muestra de acuerdo con las relaciones prematrimoniales, a favor del matrimonio entre personas homosexuales y a favor de su derecho a adoptar. Bien haría la Iglesia en tomar nota de por dónde van los creyentes.

El Pontífice acusó al Gobierno de «cercenar la libertad religiosa» y de practicar «un laicismo restrictivo». Esta idea es sin duda curiosa. Porque lo que el Estado hace, obedeciendo a la Constitución, es justo lo contrario: asegurar la libertad de culto. Es decir, convertir la religión (cualquiera de ellas) en algo voluntario y personal. 'Restrictivo': así se expresa la Santa Sede, esa institución que prohíbe el placer, censura el comportamiento ajeno y se opone a las leyes de los Estados aconfesionales. La Constitución española, que no fue inventada por el PSOE, dice en su artículo 16.3: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Es decir, los centros de enseñanza pública no podrán declararse católicos ni comportarse como tales. Por supuesto, el Estado permitirá que los ciudadanos creyentes practiquen y expresen su religiosidad (artículo 27.3) e incluso que funden centros con programas propios, siempre que respeten la Constitución y se sometan a inspecciones para garantizar el cumplimiento de las leyes básicas (artículos 27.6 y 27.8).

La Iglesia está en su derecho de pedir a sus fieles que estudien Religión o que no usen preservativo. Lo que en ningún caso puede pretender es que el Estado renuncie a su obligación de regular la enseñanza pública y prevenir las enfermedades. El pasado noviembre, con extraño sentido científico, el Vaticano atribuyó la propagación de la enfermedad no a la falta de profilaxis sino a «una 'inmunodeficiencia' de los valores morales». Ya entonces la Conferencia Episcopal dijo que las campañas gubernamentales que promovían el preservativo eran «irresponsables» y «engañosas», pues contribuían «a difundir conductas de riesgo y estilos de vida responsables de la epidemia». De acuerdo con esta idea, en los revolucionarios años 60, cuando se practicaba el 'amor libre' y con escasa profilaxis, los jóvenes hacían mucho menos el amor que ahora y se guardaban mayor fidelidad. No entiendo nada.

¿Qué propone el Vaticano? Castidad. Para combatir la tragedia sanitaria del sida, la Iglesia sugiere una conducta moral que, en lugar de dar respuesta a una situación global, se remonta a sus principios particulares. La Iglesia sostiene que para no contagiarse lo mejor es la virginidad y la virtud. Bien, ¿y si quienes reciben este consejo no están interesados en la castidad ni creen que la virtud resida en los genitales? Ah, responde la Iglesia, ese no es nuestro problema: nuestra recomendación vale para quienes contemplen la posibilidad de no hacer el amor para salvarse. Pero entonces la Iglesia no se dirige a la humanidad entera, ni siquiera a las multitudes africanas, sino sólo a sus respetables fieles (y por cierto no a todos). Pero entonces el resto de los ciudadanos quedamos fuera de esta solución episcopal. Pero entonces el plan episcopal no se propone solucionar el problema del sida, sino evangelizar a los amantes de este mundo. Y, en ese caso, no sé por qué la Conferencia Episcopal y el Vaticano remiten sus consejos a un Gobierno que, según les consta, preside un Estado aconfesional obligado a razonar para todos sus ciudadanos, no sólo para los católicos practicantes. Como sostiene el teólogo Enrique Miret Magdalena, «en un país democrático los que deciden son los ciudadanos, sean católicos o no». La abstención sexual de la Iglesia topa con la abstención constitucional del Estado. Con consejos así, el virus del sida puede frotarse las dos manos. Y no para rezar.

Ideal Digital
Edición Granada

30-01-2005 a las 12:35
Belle

registrado: 19-03-2004
respuestas: 764

Re: Andrés Neuman

ANDRÉS NEUMAN/

HAY quien teme que la campaña en favor del Sí nos empuje a aceptar un texto constitucional discutible sin reflexionar. Pero, al menos para mí, está resultando al revés: pienso votar Sí a pesar de la campaña y los consejos color de rosa de los famosos. Lo que más me molesta (como sucede con Madrid 2012) es el sobreentendido de que todos estamos encantados y deseosos de tener esta Constitución europea. No me sorprendería que algunos ciudadanos votaran No, como rebelión ante las simplificaciones y los cuentos de hadas que intentan vendernos. Que esta Constitución tiene luces y sombras, una cara avanzada y otra neoliberal, es una evidencia que ningún político europeísta debería intentar ocultar. Es a partir de estas contradicciones, y no desde la retórica bienintencionada, como una sociedad democrática madura tendría que afrontar un debate semejante.

En la entrega anterior mencionábamos algunos aspectos positivos del texto: la mención explícita de la igualdad de género (artículo I-2); la inclusión de la discapacidad dentro de los factores de discriminación; la prohibición de la pena de muerte y los tratos degradantes (II-62 y II-64), así como de las expulsiones colectivas y la extradición en caso de peligro (II-79); las ayudas a las regiones con catástrofes naturales, creando un Cuerpo Voluntario Europeo de Ayuda Humanitaria (III-292 y III-321); o la inclusión de un artículo dedicado a la cooperación para el desarrollo de los países desfavorecidos (III-316).

Existen otros pasajes dignos de elogio. Complementariamente al artículo segundo, el II-83 concreta esa igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito esencial del empleo y la retribución, llegando a contemplar medidas de equitatividad (III-214). El II-88 reconoce a los trabajadores el derecho a negociar, a emprender acciones colectivas y a declararse en huelga. Junto al derecho a trabajar en condiciones que respeten la salud y la seguridad de la persona, se declara el derecho a limitar la duración del trabajo y a un período de vacaciones retribuidas (II-91). Se recoge el derecho a la protección contra el despido por causa de maternidad, así como a un permiso pagado por dicha causa y a un permiso parental por nacimiento e incluso por adopción (II-93). El artículo II-74 fija el derecho a la educación gratuita. El II-94, a la Seguridad Social en todo el territorio europeo y a la ayuda de vivienda. Todo ello ya supera a las constituciones de bastantes países de la Unión.

El artículo I-10 permite el sufragio en las elecciones al Parlamento Europeo y en las municipales de cualquier Estado miembro en que el ciudadano resida. Dicha residencia da derecho a someter al Defensor del Pueblo Europeo los casos de mala administración de sus instituciones (II-103) y a formular una petición ante el Parlamento Europeo (II-104 y III-334). Leídos con atención y exprimiendo sus posibilidades, este tipo de artículos pueden propiciar una ciudadanía más participativa. De hecho, por medio de la Iniciativa Legislativa Popular, se reconoce la posibilidad de promover una ley reuniendo un millón de firmas. Es también la primera vez que un Tratado incluye la Carta de Derechos Fundamentales con carácter vinculante y fuerza jurídica, dotando de realidad política al concepto de ciudadanía europea.

Lo mismo puede decirse de la parcial mejora del funcionamiento democrático de la Unión: habría más poder del Parlamento y más decisiones por mayoría cualificada que nunca. El sistema de voto en el Consejo incorpora una justa cuota proporcional a la población de los Estados. La mayoría cualificada combina un mínimo del 65% de la población europea total, con un mínimo del 55% de los Estados miembros, para proteger a los países pequeños. Pese al Reino Unido, se da un paso adelante en la eliminación del criterio de unanimidad, que funciona como un derecho a veto.

Entonces, ¿esta Constitución es el no va más? Ni muchísimo menos. Al contrario, los aspectos negativos abundan. La cuestión militar es inquietante. Se llega a insinuar la posible 'prevención' de conflictos, al mejor estilo Bush. La mención de la OTAN como pilar de la defensa europea es una decepción mayúscula y una oportunidad perdida. En política exterior se mantiene, por desgracia, el criterio de unanimidad. La patente de corso otorgada al Banco Central Europeo, especie de reino independiente o Vaticano laico dedicado a la lucha contra la inflación infiel, tampoco invita a la tranquilidad. ¿Quién y cómo determinará que el déficit público de un país es «excesivo» (III-184)? ¿Qué significa utilizar los recursos naturales «de forma prudente y racional» y teniendo presente «la diversidad de situaciones en las distintas regiones» (III-233)? ¿Cómo conjugar el artículo II-75 («toda persona tiene derecho a trabajar y a ejercer una profesión libremente elegida») con precavidos y sospechosos circunloquios como «tendente al pleno empleo» (I-3), «contribuirá a la consecución de un nivel elevado de empleo» (III-205) o «una mano de obra formada y adaptable, así como unos mercados laborales capaces de reaccionar rápidamente» (III-203)?

Es en el grupo de los artículos 160 y 170 donde se concentra lo oscuro del asunto: el mercado y los negocios, y donde se echa de menos el «legado humanista» invocado en el preámbulo. En estos pasajes la exactitud del texto contrasta violentamente con la generalidad de los derechos civiles y laborales. La tercera parte dedica mucho más espacio a las empresas que a los trabajadores: el artículo III-161 es casi un poema dadaísta lleno de simulacros, advertencias tibias y lugar para la rectificación y las interpretaciones interesadas. El artículo III-235 sobre los derechos del consumidor es tan sucinto y vago que da pena.

No soy un entusiasta de la Constitución, pero el rechazo a este texto imperfecto tampoco nos proporcionará otro conforme a nuestros deseos. A cambio, esta Constitución presenta progresos históricos y algunas esperanzas nuevas. No me parece casual que la Confederación Europea de Sindicatos opine que, aunque no alcanza los objetivos pretendidos, representa «una clara mejora con respecto a los tratados actuales». En efecto, Maastrich era aun más ortodoxo en su neoliberalismo. Y el de Niza, que quedaría vigente si rechazamos esta Constitución, tiene los mismos defectos pero menos virtudes. Me preocupa que, al votar No, los cimientos de esa otra Europa que nos ilusiona puedan tambalearse junto con los artículos de la Constitución que menos nos convencen. Si el edificio se cae, no podrá haber vecinos que salgan a la ventana a seguir reclamando más progresos. Personalmente, me gustaría votar 'No pero Sí'. Y como eso no es posible, porque en un referéndum no caben los matices, pienso votar que Sí sin abandonar la crítica.

Ideal Digital

07-02-2005 a las 12:34
Belle

registrado: 19-03-2004
respuestas: 764

Re: Andrés Neuman

Intimidad, siglo XXI

ANDRÉS NEUMAN/

EL otro día la prensa contó un caso que, si no fuera siniestro, sería de lo más cómico. En la provincia norteña de Savona, una niña de trece años necesitó atención médica después de haberse pasado una frenética temporada escribiendo al menos 100 mensajes de móvil diarios. La exhausta paciente tuvo que recibir tratamiento de un especialista ortopédico, seguir una receta de antinflamatorios y guardar reposo manual. Para colmo, la curiosa noticia la cubrió antes que nadie el diario Il Messaggero. Ya se sabe: en Italia, 'la donna è mobile'. A lo mejor hasta la tenía grabada en su teléfono.

Según los medios italianos (y cito literalmente), los médicos del país han advertido a la población, y especialmente a los más jóvenes, de que teclear con furia en los teléfonos móviles puede producir tendinitis aguda. Lo primero que a uno se le ocurre es casi una obviedad: en lugar de un fisioterapeuta, ¿esa niña no necesitaría un buen psicólogo? Más que analgésicos, ¿no necesita alguien que la escuche? La susodicha, a quien por discreción llamaremos S.M.S. (Señorita Móvil de Savona), no es la única que padece tan actual adicción: según un estudio reciente, la 'cobertura' del problema afecta a más de un tercio de los niños italianos. La irritabilidad y los cambios de humor son los síntomas asociados al uso demasiado frecuente del móvil. Si se hiciera una investigación parecida en España, a más de uno le daría un síncope total de baterías.

Así que cien mensajes, uno detrás de otro, día a día, como una náufraga en tierra. No faltará quien le eche la culpa a los pequeños aparatos, como se le puede echar la culpa a la banda ancha, a la posmodernidad filosófica o a la corriente eléctrica. Pero tal vez el conflicto esté en otra parte: más allá de la pena que produce pensar en tanto entusiasmo literario desperdiciado, me pregunto si la pobre S.M.S. no se sentía sola. Si tan febril afán por comunicarse a distancia no obedece a un parejo sentimiento de incomunicación familiar. Teniendo en cuenta la clase de asistencia que buscaron sus padres para calmarla, no me extrañaría que así fuera: es como si a tu hijo le da por gritar como un poseso durante una semana entera, y tú lo llevas al otorrinolaringólogo para que le recete un jarabe. Antes de llevarnos las manos a la cabeza (a las orejas no, que seguro que terminamos hablando por teléfono), antes de hacer diagnósticos apocalípticos sobre la juventud del futuro, seamos sinceros: S.M.S. pertenece a una generación que ha sido educada con más cables que palabras. Muchos niños de los últimos años crecen a solas viendo la tele que sus padres les dejan encendida como una hoguera hipnótica, se hacen adolescentes jugando silenciosamente a la consola que mamá y papá les han comprado para Reyes, y completan sus estudios frente a una pantalla de ordenador del que sus mayores nada quieren saber, porque eso algo muy complicado y yo no entiendo de esas cosas. ¿Tan raro es entonces que nuestra lesionada S.M.S. pertenezca a una generación de sofisticados robinsones?

Por lo demás, el mecanismo de los teléfonos móviles, al igual que el del vilipendiado chat, es tan antiguo como las muñecas: se basa en el principio del amigo invisible. ¿Quién no ha hablado en soledad, dirigiéndose en voz alta a un interlocutor ficticio o, siendo niño, incluso a un personaje con nombre y carácter inventados? La tecnología, para bien o para mal, no hace más que encauzar nuestros mejores sueños y nuestras peores pesadillas. Les da vuelo a nuestras esperanzas y también poder a nuestros demonios. A estas alturas de la energía, niños y adultos, menores y padres, hemos desarrollado una cierta dependencia fisiológica de nuestros aparatos cotidianos: ordenador, móvil, agenda, televisión, contestador. Dependencia que, intuyo, tiene que ver más con nuestras compulsiones clásicas que con los últimos inventos de la astuta tecnología. Toda nuestra era, de hecho, se basa en la persecución sofisticada (pero no por ello menos animal ni instintiva) de un interlocutor constante. Se trata de la agónica lucha de unos seres como nosotros, que tendemos trágicamente al monólogo, por conquistar un diálogo. Es un asunto, en fin, bien complicado. Seguiría explicándome con mucho más detalle, pero ahora tengo que colgar. Me llaman por la otra línea y me quedan todavía un montón de e-mails por enviar. Nos hablamos más tarde. ¿Cómo? No, mejor al fijo: no se te escucha nada.

Ideal Granada (edición Digital )

13-02-2005 a las 17:04
Bett

registrado: 21-03-2004
respuestas: 626

Andrés Neuman: una entrevista

Sin entrar en profundidades, esta breve entrevista con Neuman refleja, sin embargo, algunos rasgos curiosos. En cualquier caso, se habla de libros, de bibliotecas y manías de lector.

Cita:
Revista de la Biblioteca Valenciana, núm. 7, OCTUBRE 2004

L’ ESCRIPTOR A LA SEUA BIBLIOTECA: ANDRÉS NEUMAN
“Los libros viejos me gustan porque huelen a chocolate”

Hijo de músicos argentinos exiliados en España, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es uno de los escritores emergentes del panorama literario nacional que viene cultivando la poesía, el cuento y la novela. Reconoce como influencia la tradición de los cuentistas argentinos y reivindica a su manera la figura de escritores como Flannery O’Connor. Vive en Granada desde hace tre c e años, en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica y donde codirigió una revista literaria, Letra Clara. Cuando le propusimos contestar a unas preguntas para la BV, nos dijo que esperaría “bajo el sol, que no es poco esperar”. Y aquí le tenemos, por fin. Por Rafa Martínez.


¿Qué papel han jugado las bibliotecas en su formación?
Un papel iniciático. Mi inicio en la aventura, el conocimiento e incluso el fetichismo. Ha habido varias y distintas bibliotecas decisivas en mi vida: la de mis padres, en la casa de Buenos Aire s , de la que recelaba como niño rebelde y que al mismo tiempo espiaba como niño curioso; la biblioteca de mi abuela Dora, también en Buenos Aires, llena de libros de cuentos, que todavía frecuento cuando viajo a Argentina; la biblioteca de lector que comencé a formar en Granada, una vez emigrado, y que es la que puebla mi casa actual e intenta arrinconarme; la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, que –no siendo gran cosa– ha sido en la que más he investigado como filólogo. Si es que soy filólogo.
¿Cómo ha ido formando la suya? ¿Qué prioridades ha tenido (o tiene) a la hora de ir dándole forma?
La he ido formando mediante herencias familiares, regalos y, sobre todo, mediante compras mías: uno de mis vicios de adolescencia era gastarme todo el dinero en librerías (incluyendo las de segunda mano). En aquella época compraba sobre todo poesía. Me parecía que acumular libros era un modo de protegerme de la ignorancia, del miedo, del vacío. Ahora pienso distinto: tengo unos dos mil libros en mi casa (una cifra razonable, ni minúscula ni inmensa) y no siento la necesidad de reclutar todo libro que se me cruce. Tiendo a seleccionar cada vez más lo que compro, lo que leo y lo que duerme enmi biblioteca. Eso sí: sigo detestando prestar y que me presten libros . Anoto salvajemente mis libros, y me asusta perder las notas. Por esa misma razón, me frustra leer libros ajenos, pues debo renunciar a escribir en sus páginas.
En cuanto al libro, ¿tiene preferencias por algún tipo de edición?
La edición bella (casi siempre de poesía). Salvo excepciones, no me gustan las tapas duras (son más para mirar que para sostener, apretar y leer). Detesto que los márgenes sean escasos, porque me dificulta tomar notas. Los tipos demasiado pequeños me parecen un atentado contra el lector. Me emociona oler un libro y adivinar la tinta, la celulosa e incluso el pegamento. Los libros viejos me gustan porque
huelen a chocolate. Al contrario que los bibliófilos, no tengo nada contra los libros de bolsillo. Tampoco me enloquecen las primeras ediciones y esas cosas: son libro s para coleccionar, libros de vitrina que uno teme tocar. Yo prefiero los que se dejan estrujar sin complejos.
¿Ha sentido la curiosidad en alguna ocasión de conocer la biblioteca de alguno de sus escritores favoritos? ¿Se ha llevado alguna sorpresa o decepción?
Siempre que voy a una casa, pienso en espiar tres cosas: el armario, el cuarto de baño y la biblioteca. Conociendo esas tres cosas, uno lo sabe casi todo acerca del dueño de casa. Recuerdo la biblioteca de mi maestro, el poeta José Viñals, pequeña y esencial a causa de la emigraciones y mudanzas. Observándola aprendí el escaso valor de la cantidad. La biblioteca de Luis García Montero, que ha sido vecino y profesor mío, siempre me ha impresionado: es numerosa, muy variada y está llena de ediciones raras. La biblioteca de Roberto Bolaño me gustaba: era muy ordenada, al contrario de lo que había supuesto. Pero quizá la que más me ha impresionado ha sido la de Justo Navarro: durante casi una década, sus libros estuvieron en altísimas pilas en el suelo y dentro de los armarios, sin ningún orden, en un piso de alquiler. Él caminaba entre las pilas de libros con total erudición e indiferencia.
¿Es mitómano: colecciona fotografías, autógrafos, libros dedicados, etc.?
Muy poco mitómano, cada vez menos. Fotografías, casi ninguna. Libros dedicados, sólo de los amigos. Autógrafos, ninguno: conviene distinguir a los escritores de las estrellas del pop.
A la última edición del premio Herralde se presentó con su novela Una vez Argentina bajo el pseudónimo Witold W. ¿En qué personaje de ficción le hubiese gustado encarnarse?
El seudónimo Witold W. era un homenaje en clave al escritor polaco-argentino Witold Gombrowicz. ¿Encarnarme en un personaje de ficción? ¡Qué horror! No, gracias. Estoy bien de este lado. Pero de adolescente, lo admito, admiraba a Julian Sorel .
En Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, los disidentes o subversivos que abandonaban la sociedad y se allegaban al bosque lo hacían para convertirse en hombres-libro. ¿Qué libro hubiese escogido usted para aprendérselo de memoria?
Estoy seguro de que, para consolarme, habría memorizado todos los poemas de San Juan de la Cruz.




(Si puedo, insertaré la foto: dan ganas de darle pan y chocolate).


Saludos precipitados,

_________________________________
Bett


Diviértete pero no te despistes.
17-02-2005 a las 11:02
Belle

registrado: 19-03-2004
respuestas: 764

Re: Andrés Neuman

Gracias Bett , eres un auténtico cielo.Creo que el artículo de esta semana te va a encantar.Yo me he sentido esta vez especialmente identificada (¿este hombre me lee el pensamiento ... ?)

A solas en los cines

ANDRÉS NEUMAN

LAS tres últimas veces que he ido al cine, he sido el único espectador de la película. Es cierto que era tarde: prefiero las sesiones nocturnas, o golfas, o desveladas. Los días laborables, a las malas horas, la ciudad está desierta. Das un paseo hasta el cine y, en lugar de cruzarte con una multitud, hablar por el móvil, avanzar entre el ruido general y preocuparte de las colas, llegas hasta tu butaca sumergido de antemano en un silencio interior, impregnado de oscuridad callejera y con un poco de frío en las piernas: el estado ideal para recibir una ficción. Al salir del cine, nada distrae tus meditaciones. La ciudad sigue quieta como un argumento nuevo, y su desolación prolonga los decorados de la película hasta la misma puerta de tu casa.

Todavía no sé si es un castigo o una recompensa a mis gustos cinematográficos, que tienden a evitar los incendios en cadena, los asesinos con complejo de Edipo, las parejas de policías negros, las amas de casa vocacionales, los secuestros infinitos, las bodas con merengue y los karatekas frenopáticos. El caso es que, en las últimas semanas, he estado siempre a solas en el cine. Al cortar mi entrada, el acomodador me puso cara de Bela Lugosi y luego miró al taquillero, que se encogió de hombros. Yo apreté mi entrada única, murmuré «perdóneme» y me perdí en la sala, en un mar de butacas sin cabeza. Es extraño, inquietante y particularmente intenso no compartir la sala más que con la propia sombra. A quien le ha ocurrido, lo sabe. La proyección comienza y en una hora y media nadie ríe, llora ni suspira. Te han contado una historia sólo a ti, y al encenderse de nuevo las luces te desperezas y sientes un asomo de duda, ¿ha sido cierto o no?, ¿lo he visto o lo he soñado? Y, como no hay a quién preguntarle, te deslizas hacia la calle y te alejas del cine mirándote los zapatos.

Igual que la realidad, la ficción tiene sus reglas y sus pequeñas liturgias. Dicen que el cine educa, y yo estoy muy de acuerdo. Pero no tanto por el contenido de las películas, sino por la ocasión que el cine nos brinda de compartir un espacio, un silencio y una historia con los demás. Cada vez que acudo al cine y no me quedo a solas, compruebo con tristeza el escaso valor que le concedemos a los símbolos, como si estos no fueran la antesala de las realidades de carne y hueso. Difícilmente un colectivo sepa unirse en torno a una idea y llevarla hasta el final, si no es capaz de respetar las emociones del prójimo durante noventa minutos de quietud. También es improbable que una sociedad respete a sus individuos, si la mayoría de los cines desprecian la intimidad de sus espectadores. A horas tempranas, es habitual coincidir en las salas con grupos o parejas que en lugar de concentrarse en la película se dedican a alborotar, masticar a boca abierta, charlar sobre otra cosa o comentar estruendosamente cada escena, como si ellos no formasen parte del ritual ni de la historia que sucede a ambos lados de la pantalla.

Tan descorazonadora como la escasa sensibilidad del público es esa terrible costumbre, cada vez más extendida, de abrir bruscamente las puertas y encender las luces antes de que la película finalice del todo. Los títulos de crédito, que no por capricho van siempre acompañados de música, le proporcionan al espectador tres o cuatro minutos de aterrizaje, reflexión y sosiego. Pasar del compromiso con una ficción visual al reencuentro con nuestro personaje cotidiano requiere una transición, un delicado pasillo en el que nos jugamos el sentido de la película, el vínculo entre ambos mundos. Aunque también sea un negocio, una sala de cine es un lugar de narrativa y metáforas, y no debería regirse por los mismos principios que una hamburguesería o un hipermercado. ¿Tanto les costaría a los cines esperar un instante, proteger ese recogimiento asombrado en el que quedan flotando los espectadores cuando el mundo proyectado se funde en negro? Al romper esa membrana, al interrumpir esa fugaz sedimentación, se maleduca a los espectadores (y son millones cada semana) indicándoles que lo que han visto no merece ninguna ceremonia, que somos demasiados como para quedarnos pensando, que hay prisa y se aglomeran los del siguiente pase. Y así se van borrando un poco más las mentes, se siguen perforando las frágiles memorias.

Un mal espectador rara vez pueda ser un buen ciudadano. El cine no es solamente un entretenimiento, sino una compleja ficción pública. No es extraño que cada vez más gente se crea pasivamente lo que cuentan la televisión, los periódicos y nuestros políticos-actores. O que no preste atención a lo que ve, lee y escucha. O que lo olvide pronto. El mes pasado fui al cine Aliatar, uno de los pocos cines de Granada que aún ofrecen películas de calidad y programan estrenos más allá del Hollywood rabioso. Aún era temprano y la sala estaba llena. En mitad de la película, el proyector se estropeó y los subtítulos comenzaron a temblar de manera ostensible. Nadie, absolutamente nadie, pronunció una palabra ni se levantó para comunicar el fallo al personal del cine. Esperé un cuarto de hora: nada había cambiado. Indiferente, el público parecía conformarse con ver media película borrosa. Me decidí a abandonar mi asiento. Localicé a un empleado y le expliqué lo que sucedía. Él puso cara de Bela Lugosi y luego otra más triste. Nos quedamos conversando un rato. Entonces me contó que el cine Aliatar corría serio peligro de cerrarse. Que las distribuidoras y los grandes multicines mantenían un monopolio organizado. Que así era muy difícil resistir. Luego me prometió que subiría a la sala de proyecciones a ver qué podía hacerse. Yo le di las gracias, regresé a mi asiento y, suspirando, volví a sentirme a solas en el cine.

20-02-2005 a las 17:16
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Re: Andrés Neuman

La casa de enfrente

ANDRÉS NEUMAN


DURANTE mi niñez viví en un edificio de aire señorial y decadente. El ascensor era una mezcla de hierro suntuoso y jaula antigua. Las escaleras de la entrada eran de mármol, pero un mármol gastado que iba tiñéndose de un ocre progresivo. El portón principal parecía un gigante anciano a quien ya le pesaban tantos años de custodia. Viviendo en un edificio así, no era difícil crecer con la conciencia de que las cosas siempre están a punto de dejar de ser lo que son, de que la dignidad es frágil. Tal vez por eso, siendo un niño, me fascinaba tanto asomarme al balcón y contemplar la casa de enfrente, la casa partida.

Abierto por la mitad, sajado longitudinalmente como una ballena a la que la guillotina del tiempo hubiera sorprendido durmiendo de perfil, el edificio de enfrente dejaba ver sus vísceras: los azulejos de la cocina, los tabiques empapelados, la bañera amarillenta, el salón interrumpido. No sé si, al observarlo, de niño yo esperaba advertir algún detalle oculto, descubrir alguna señal que me permitiera leer el futuro de mi propia casa, el porvenir de su caída. O si quizás ahora, al recordarme cara a aquel edificio, me doy cuenta de que toda infancia, o su recuerdo, tiene algo de casa partida. Sólo sé que me pasaba horas y horas quieto en el balcón, muy atento y a la vez distraído, mirando la casa de enfrente. Años más tarde algún adulto me explicó que aquel extraño fenómeno había sido producto del ensanchamiento de la avenida Independencia, el cual había obligado a demoler o reformar numerosas viviendas de la acera de enfrente. Yo asentí, siguiendo su razonamiento pero sin comprender lo más importante: ¿entonces por qué nadie se había molestado nunca en derruir la otra mitad de aquella casa? ¿Quién la había habitado cuando estaba entera y sus paredes todavía eran un secreto?

De haber tenido que elegir mi parte favorita de la casa de enfrente, creo que me habría quedado con una de las puertas: la puerta que, instalada en mitad del salón, daba al vacío. Recuerdo haber soñado varias veces en aquella época con un pasillo largo y desolado que no conducía a ninguna parte, y con puertas laterales que, al abrirse, mostraban desde las alturas un terreno baldío. Tiempo después, en algún momento de mi infancia, el ayuntamiento o alguna asociación de vecinos decidió que, a falta de una demolición en toda regla, al menos se podía decorar aquella casa. Y eso fue lo que hicieron: desde entonces, en la casa de enfrente hubo varios muñecos de colores sentados en el borde del suelo o pendiendo de una cuerda. Raros escaladores, inquilinos de paja. Hoy no podría decir si aquella imagen me parecía profundamente triste o empecinadamente alegre.

Hoy no vivo en la calle Independencia ni en la misma ciudad. Han transcurrido los años y paso mucho menos tiempo asomado a los balcones. Ahora tiendo a correr a alguna parte o a quedarme sentado. Y sin embargo, en la calle en la que ahora vivo, desde la ventana de mi casa del Realejo, sigo viendo un edificio deshabitado. Se trata de un edificio bastante grande, casi tan alto como el mío. No está partido por la mitad, pero también es posible observar su interior: el viento, la negligencia o la casualidad han abierto todas sus ventanas. Así que, sentado en mi sillón de lectura, no tengo más que levantar la vista por encima del libro y torcer ligeramente la cabeza para divisar el salón vacío del edificio de enfrente. Es rectangular y parece espacioso. Al fondo tiene un arco liso de mampostería, una mesa amplia como para seis personas y, encima de la mesa, un viejo tetra-brik de leche. Leche entera, supongo, porque el cartón es azul y blanco. Todas las tardes, cada vez que me siento en mi sillón, no puedo evitar fijarme si el tetra-brik continúa en la mesa de la casa de enfrente.

Vivir, en cierta forma, es ir perdiendo casas, muebles, mitades de memoria. Pero vivir jamás debería ser perder la vida en busca de una casa o construyendo una. Cada vez que paso junto a una obra, me detengo un momento a contemplar los andamios, los huecos de las paredes y las estancias incompletas. Y mientras los contemplo no puedo evitar pensar en las personas que, sentadas al borde del suelo o colgadas de una cuerda, se afanan en completar un hogar que será para otro. Esos trabajadores que algunos desalmados confunden con muñecos, que se saben siempre al borde de la tragedia y que no encuentran otro remedio que dejarse explotar para seguir viviendo a medias. Esos trabajadores que, pese a las alturas que podrían conducirlos al vacío, se juegan el pellejo para alimentar a sus hijos y llevarles al menos un cartón de leche entera. No será difícil que esos niños, por motivos mucho más tristes que los que yo tuve en mi infancia, crezcan también con la conciencia de que las cosas siempre están a punto de dejar de ser lo que son y de que la dignidad es algo frágil. Algo tan frágil como un empleo efímero, unos papeles invisibles o una vida segada por la mitad.


Ideal Digital

28-02-2005 a las 12:13
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Sobre lo "natural". Último artículo de Neuman.

Ahí os va el último artículo publicado en el diario Ideal. A ver si alguien quiere comentar algo. Saludos a todos los foreros.


NATURALMENTE
Andrés Neuman


EL otro día leí un reportaje sobre Cameron Alborzian, un muchacho muy famoso y envidiablemente guapo que viene a ser el rey de los top model masculinos. Entre posturas de yoga, medicinas indias y champús equilibrantes, el bello Alborzian se permitió también algunas reflexiones antropológicas. Vestido con un jersey de cuello redondo que le sentaba muy bien y que parecía sintético, con una calculada y glamourosa barba de tres días que adornaba sus prominentes mandíbulas, el modelo declaró: «En Occidente a veces vamos en contra de la naturaleza, y eso no es bueno. Hay que irse a dormir pronto, comer sano y a horas tempranas, no fumar, no beber, evitar los estimulantes... Es cuestión de acostumbrarse».

Alborzian, admitámoslo, no parece muy juerguista. Almudena Fernández, la no menos escultural modelo española y novia del interesado, de momento está encantada. Habrá quienes opinen que, más allá de sus suculentas ganancias, el muchacho desperdicia su juventud con esos hábitos monacales. Me pregunto qué habrán opinado las lectoras de la revista. A mí, en su lugar, este pulcro Adonis me hubiera resultado tan tentador como aburrido. Pero lo que más me interesó de aquel reportaje fue el aura moderna y sofisticada que pretendía dársele a la imagen de Alborzian, ese halo de hombre evolucionado, cuando a mí me parecía un claro ejemplo del neoconservadurismo que nos invade y una vuelta de tuerca más del puritanismo de toda la vida.

La ideología del paraíso natural pudo ser un pensamiento crítico en tiempos de Rousseau, cuando la Revolución Industrial sacudió el orden del mundo. Mucho ha llovido desde entonces (incluyendo la lluvia ácida) y hoy en día es difícil sostener la ingenuidad de que el ser humano es bueno por instinto, y malvado por deformación social. La educación puede ser fértil o equivocada, pero es siempre un artificio. Nuestro instinto original, si de eso se trata, es más posesivo y destructor que otra cosa. Una buena educación puede llevar ese instinto al arte o a la ciencia, igual que una mala educación puede llevarlo al crimen pasional o a la guerra. Rechazar por principio lo artificial de nuestro modo de vida y reivindicar un regreso a las supuestas fuentes naturales tiene más de falacia que de crítica, mucho más de reaccionario que de alternativo.

A mi entender, los mejores progresos de la humanidad tienen que ver con una lenta, esforzada construcción artificial. ¿Existe algo más 'antinatural' que los derechos humanos? ¿Tienen algo que ver sus principios con los del reino animal, que se rige por la supervivencia selectiva y por la ley natural del más fuerte? La mayoría de fenómenos de injusticia social (esclavismo, opresión de la mujer, homofobia, racismo, xenofobia, etcétera) tienen precisamente como base una convicción dogmática de qué es lo natural y cómo debe seguir siendo. La democracia misma, que niega las jerarquías y los órdenes 'naturales', es un asombroso artificio mediante el que un colectivo de animales humanos promete solemnemente (y no siempre lo cumple) resolver sus diferencias mediante el diálogo y el respeto a la voluntad de los otros. Todos los fascismos se basan en criterios naturales: sangres, razas, esencias primigenias. Nada más perversamente natural que las dictaduras: unos determinados militares poseen la fuerza bruta y la utilizan contra todos los demás. Si las dictaduras nos parecen perversas, no es a causa de ningún instinto original, sino gracias a un prolongado (y tortuoso) aprendizaje ético a lo largo de la Historia.

Siempre que me encuentro a un naturista fanático, una de esas personas que se escandalizan de que bebamos, trasnochemos o comamos comida en lata y que lamentan que ya no vivamos en el campo, comamos hortalizas, acariciemos la tierra con las plantas de los pies y saludemos el alba con un zumo de papaya en las manos, me asalta la misma pregunta incómoda: ¿exactamente adónde querrían volver?, ¿qué tiempos añoran? La única militancia natural que encuentro razonable es el ecologismo. Aunque si se piensa dos veces, lejos de cualquier pensamiento primitivo o nostálgico, la ecología constituye una evolucionada ciencia que estudia el mundo y que, ante la labor brutal de los depredadores del entorno, nos propone una especie de socialismo para compartir nuestros recursos naturales.

El dogma natural parte de una paradoja: pues los humanos, a lo largo de la Historia, hemos entendido la naturaleza y sus categorías de modos muy distintos; es decir, de manera cultural y cambiante. Por el lado científico, no hace falta recordar los diversos dibujos que tuvo el universo, el sistema solar y nuestro propio planeta. Por el lado biológico, en unos pocos siglos hemos pasado de explicar nuestra naturaleza a partir de los humores a considerarnos hijos de los genes. En cuanto a lo social, cabe recordar que el poder de los linajes no creía apoyarse en una concepción política o en una decisión intelectual, sino en unas jerarquías 'naturales' y por tanto indiscutibles. Basta revisar la definición de 'derecho natural' para que nos vengan a la memoria los peores recuerdos: «conjunto de primeros principios de lo justo y de lo injusto, inspirados por la naturaleza». Lo natural es, muchas veces, una interpretación de la realidad tan construida como cualquier otra. Dejemos en paz a la naturaleza y procuremos no cargárnosla. Ella nunca vendrá a liberarnos de la responsabilidad de decidir nuestro destino. Bastante tiene ya con soportarnos.

Si nuestra vida y nuestras esperanzas tuvieran que regirse por el tótem de lo natural, las mujeres no habrían pasado nunca de seres paridores subalternos (aunque eso siguen pensando algunos) y los hombres no habríamos pasado de modestos cazadores. El trabajo intelectual no tendría valor. Un transplante de órganos sería la peor aberración imaginable, y morirse de gripe parecería un acto de armonía con la naturaleza. Lo natural en España, sin ir más lejos, hubiera sido morir de frío estas últimas semanas. Pero lo natural puede ser tan absurdo como una epidemia o, más cercanamente, como un olivar bajo la nieve. Eso pensamos muchos. Aunque, naturalmente, algunos le sigamos envidiando la carita al bueno de Alborzian.



(Ideal digital, 6-03-2005)[list]

[editado por Observador el 09-03-2005 a las 04:27]

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09-03-2005 a las 04:26
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Re: Andrés Neuman

Lo natural no es lo real. Es la ideología de lo que hoy, entre un público urbano, se considera natural, el estilo natural, uno más en la galería de los posibles.

Una modelo es algo artificial por eso tiene que cuidar tanto su alimentación y sus horas de sueño. Cómo una orquídea cortada y criada en invernadero dura muy poco y siempre con cuidados especiales. Con fotógrafos especiales. Y nada tiene que ver con lo salvaje. Cuando una modelo tiene que ser el símbolo de la belleza espontánea se requiere una frugalidad extrema y un control riguroso. Incluso una frugalidad enfermiza. Pobrecillas. Son niñas de menos de veinte años, más o menos.

Nunca beben alcohol, nunca fuman, duermen mucho y toman medicamentos, aditivos y vitaminas, para potenciar su transitoria y espectacular belleza. Como los deportistas de elite sufren la agonía de lo efímero.

Otra cosa son los mamarrachos y esperpénticas que salen en el famoseo, que tampoco son algo real. ¿Son el reverso de lo mismo? Unas nos seducen por inalcanzables, lo otro nos anima porque lo despreciamos.

La bella y los bestias, siempre los mismos cuentos. Siempre me han dormido con cuentos.

[editado por Contramaestre el 09-03-2005 a las 13:09]

09-03-2005 a las 13:06
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Artículo sobre 'Million dollar baby'

No me gustó Clint Eastwood
Andrés Neuman


Para no estropearles la sorpresa a los lectores que aún no la hubieran visto, he esperado un tiempo prudencial antes de referirme a la aplaudida ‘Million dollar baby’. Pero ahora que han pasado las semanas, las críticas y los premios, tengo que confesar algo terrible. Algo que nadie en su sano juicio y con amigos cinéfilos debería admitir nunca: que no me gustó nada, pero nada, ‘Million dollar baby’.

Es más. La detesté. Lo siento de verdad. Yo quería que me gustase. Incluso puedo argumentar en mi descargo que la anterior película de Clint Eastwood, ‘Mystic River’, me pareció excelente. Pero esta última, qué quieren que les diga, me hizo pasar un mal rato a cambio de muy pocas satisfacciones. Por eso, antes de que me arreste el sheriff del condado, me gustaría exponer mis razones.

Reconozco que, en este caso, me cuesta separar el guión de la película en su conjunto. El argumento está basado en un libro de relatos que Jerry Boyd publicó bajo el seudónimo de F. X. Toole y que ahora se edita en España. Ignoro cuánto hay de ese libro en el guión final, pero sí sé que el resultado me pareció un compendio de los peores lugares comunes de la América conservadora. Quizá lo más desagradable sea, en mi opinión, el sadismo con que (una vez más) Clint Eastwood somete a un personaje femenino a una lenta y obsesiva tortura física. Hillary Swank es una chica abnegada, humilde, obediente, fiel y sufridora: un modelo perfecto para que un padre recio como Clint la proteja, la instruya y le dé todo aquello que ella no tiene ni conseguirá nunca sola (incluyendo el dinero, la vida y la muerte). Aunque se trate de algo subjetivo, como espectador no pude evitar sentir un molesto regodeo, una demora innecesaria en el dolor físico de nuestra boxeadora. Innecesaria, porque en términos argumentales no necesitábamos ver primeros planos de tabiques rotos (que papá Clint endereza), de piernas gangrenadas o de lenguas deshechas para hacernos una idea de la situación del personaje.

¿Y para qué acumular tanta desgracia, tanta sangre y sufrimiento en una bella e ingenua muchacha? Me temo que está claro: la película es el relato de una inmolación, de un martirio resignado (y casi vocacional) de una mujer que se ha atrevido a superar sus límites impuestos. Lo más enojoso no es como acaba ella, sino esa desesperante resignación con que todo el mundo (incluida ella misma) acepta su tragedia. Pese al absurdo y rocambolesco accidente que el guión le obliga a sufrir, nadie, en ningún momento, habla de mala suerte. Nadie se rebela, siquiera de palabra, contra el penoso infortunio de la chica del millón de dólares. Todo comprenden que así es la vida y musitan oraciones con el ceño fruncido. Pese a que la reacción más humana en estos casos es empezar preguntándose ‘por qué a mí’ o resistirse a aceptar la realidad, aquí nadie se lamenta del sinsentido del accidente: acaso porque, en el fondo, los recios personajes principales intuyen un sentido en lo que le ha pasado. Como si, tarde o temprano, una chica con semejantes ambiciones estuviera fatalmente destinada a estrellarse y al desmantelamiento (en este caso, un desmantelamiento literal).

Por supuesto, todo el mundo está triste por ella. Pero su tristeza es sumisa y tiene algo de lección moral. De hecho, el entrenador Clint no tarda en hacer planes casi entusiastas para llevarse a su pupila a casa e iniciar una nueva vida juntos, ella paralítica y él cuidando de ella. Qué quieren que les diga, a mí todo me olía a sadismo y patriarcado. Lo saludable hubiera sido que, cuando estaba sana y pletórica, Clint se acostase con ella, como en el fondo ambos deseaban. Pero, como él mismo dice cuando ella tiene un arrebato de euforia y brinca sobre él con las piernas abiertas, << ¿tú sabes qué edad tengo? >> Así que, a falta de un deseo feliz entre una joven y un atractivo veterano, el espectador tiene que conformarse con el retorcido amor paterno-filial-deportivo-cristiano de Clint Eastwood, besándola postrada y llamándola << mi sangre >>. Todo esto, mientras la película intenta inducirnos a admirar la entereza de la abnegada chica, de papá Clint y de su fiel amigo negro, que le aconseja a la pobre que se sienta satisfecha por haber llegado tan alto durante unos meses.

En cuanto al boxeo, la cosa tampoco me pareció brillante. Sus metáforas me sonaron manidas y previsibles: aquello de << en el boxeo todo es al revés >> me recordó, y pido disculpas, a Forrest Gump comparando la vida con una caja de bombones. La voz en off encargada de sumergir al espectador en el fascinante mundo del boxeo, no deja de soltar obviedades cuasi militares acerca de la obediencia, el sufrimiento, la tenacidad y la fe en nuestros sueños. Si uno piensa en obras maestras como ‘Toro salvaje’, el rodaje en el cuadrilátero resulta monótono y poco original. Por lo demás, cualquiera que conozca las reglas del boxeo tendrá dificultades para creerse el desarrollo de los combates y el personaje de la boxeadora malvada, a quien le habrían retirado la licencia mucho antes de pelear por el título.

Luego están los personajes secundarios, que (salvo ese estupendo enclenque llamado Peligro o algo así) me parecieron simplones y maniqueos: el negro malo que humilla al débil, el negro bueno que le da una lección al malo, la inverosímil madre que sólo quiere el dinero de su hija, el representante avaricioso, la boxeadora malísima y sin escrúpulos... Hasta el médico se me hizo inverosímil. Y está, sí, el desenlace, reconozco que bien resuelto. Pero, gustándome la sobria contención y la dignidad de la escena final, no dejo de pensar que la cuestión de la eutanasia está metida con calzador. Si el mérito de la película fuera la valentía para tratar este tema, me pregunto qué pintaba la hora y media anterior. Puede que Amenábar no haya tenido la elegante dureza de Clint Eastwood para despedir a su personaje. Pero al menos se atrevió a tratar la eutanasia como una cuestión ideológica sobre la que reflexionar, y no como un súbito elemento dramático. Tampoco sé si la fábula del perro sacrificado era el mejor ejemplo para empezar a debatir.

Por lo demás, estamos de acuerdo: las actuaciones de Clint, Morgan y Hillary son espléndidas. El gimnasio es impresionante y tiene un punto teatral muy expresivo... No lo niego. Pero entiéndame, sheriff: hay cosas que un hombre no debe callar. Por eso, señor sheriff, ahora puedo entregarme. Sólo le ruego que me dé un calabozo que no sea muy frío.


(Diario 'Ideal', 13-03-2005)

[editado por Observador el 15-03-2005 a las 04:13]

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15-03-2005 a las 04:12
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Re: Andrés Neuman

Desconozco las reglas del arte cinematográfico. Pero los que las conocen me dicen que la película es excelente. Desconozco las reglas del boxeo y no sé que pasa con una boxeadora que siempre las ignora. Es más, nunca he visto en vivo un combate de boxeo y menos un combate entre mujeres. Y sin embargo la película me hizo reflexionar, quizás por lo insólito sobre la familia, el amor y la muerte. Me hizo pensar, me sigue haciendo pensar.

La vida es dura. El boxeo es una buena metáfora sobre lo rudo del existir y las peripecias impensables del destino. La familia que aparece no es la que acostumbramos. Madre no hay más que una, pero vaya con la madre ¿Es tan increíble? No lo sé, tendría que preguntar a los asistentes sociales.

La mayoría de los enfermos inmovilizados tienen esas horribles secuelas que a veces suponen mutilaciones de tal carácter que el morir como un perro parece un deseo razonable. Mientras la tecnología médica despliega unos recursos impresionantes para quien puede pagarlos. En una sociedad en la que no hay seguros médicos generalizados. En este caso pagaban los seguros y por supuesto es de suponer que hay una presión organizada de las compañías de seguros para que se autorice la eutanasia.

Hoy es un deseo que sólo el amor parece afrontar con unas consecuencias legales bien conocidas. Los sheriffs arrestan a los que opinan de otra manera a la manifestada en el artículo y los conducen a calabozos. Y lo siguen haciendo. No es un recurso retórico, es la cruel realidad de muchos procedimientos penales en todo el mundo en los que los deseos del paciente no cuentan.

¿Hasta cuando?

15-03-2005 a las 13:59
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registrado: 10-12-2004
respuestas: 44

Re: Andrés Neuman

Cita:
Contramaestre escribió:
Desconozco las reglas del arte cinematográfico. Pero los que las conocen me dicen que la película es excelente. Desconozco las reglas del boxeo y no sé que pasa con una boxeadora que siempre las ignora. Es más, nunca he visto en vivo un combate de boxeo y menos un combate entre mujeres. Y sin embargo la película me hizo reflexionar, quizás por lo insólito sobre la familia, el amor y la muerte. Me hizo pensar, me sigue haciendo pensar.

La vida es dura. El boxeo es una buena metáfora sobre lo rudo del existir y las peripecias impensables del destino. La familia que aparece no es la que acostumbramos. Madre no hay más que una, pero vaya con la madre ¿Es tan increíble? No lo sé, tendría que preguntar a los asistentes sociales.

La mayoría de los enfermos inmovilizados tienen esas horribles secuelas que a veces suponen mutilaciones de tal carácter que el morir como un perro parece un deseo razonable. Mientras la tecnología médica despliega unos recursos impresionantes para quien puede pagarlos. En una sociedad en la que no hay seguros médicos generalizados. En este caso pagaban los seguros y por supuesto es de suponer que hay una presión organizada de las compañías de seguros para que se autorice la eutanasia.

Hoy es un deseo que sólo el amor parece afrontar con unas consecuencias legales bien conocidas. Los sheriffs arrestan a los que opinan de otra manera a la manifestada en el artículo y los conducen a calabozos. Y lo siguen haciendo. No es un recurso retórico, es la cruel realidad de muchos procedimientos penales en todo el mundo en los que los deseos del paciente no cuentan.

¿Hasta cuando?


No sé, Contramaestre, yo interpreto la figura del sheriff en el artículo como un recurso claramente humorístico, en este caso desde luego no referido a la eutanasia (que por otra parte no se censura en él, al contrario) sino a la unanimidad con la que se ha aclamado la película de Eastwood. Como si las 'autoridades' cinematográficas estuvieran de acuerdo en elogiar la película. Yo no la he visto aún, pero conozco a alguna amiga que también se sintió violentada por el tratamiento del personaje de ella.

Claro que las enfermedades que inmovilizan existen y traen secuelas, pero creo que el artículo se refiere a que hay un cierto regodeo sádico en ellas, o a que esas secuelas no aparecen reflejadas con demasiada elegancia o respeto hacia el personaje. Ya te digo, no sé. Lo que no me extrañaría es que Eastwood hubiera machacado al personaje de la boxeadora disfrazándose de padre, ser superior y dueño: no me negarás que eso va bastante con su ideología. En bastantes pelis suyas (algunas me han gustado) las mujeres son madres o esposas abnegadas (por ejemplo en Mistic River), y aunque puedan sentir deseo o ganas de cambiar de vida, siempre eligen algún tipo de sacrificio (por ejemplo en Los puentes de Madison).

En fin, lo importante es poder pensar y debatir. Saludos a todos los foreros.

_________________________________
Observador
16-03-2005 a las 01:57
Contramaestre

registrado: 20-12-2004
respuestas: 50

Re: Andrés Neuman

Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. (Del Sabina)

La eutanasia es un delito. Sí, es un delito. Sin comentarios.

¿Se puede encontrar la ternura entre tanta sangre, tanto sudor, tanta mugre?

Madres no hay más que una y a él lo encontró en el gimnasio.

Y si no se puede encontrar el amor en un sitio tan maloliente ¿dónde lo vamos a encontrar nosotros estando el mundo como está?

17-03-2005 a las 20:33
Belle

registrado: 19-03-2004
respuestas: 764

Re: Andrés Neuman

Gracias Observador por traernos este artículo que , por varios motivos , tanto me interesaba y también a tí Contramaestre por suscitar el debate .

Besitos a los dos.

17-03-2005 a las 21:17
Cristina Sama

registrado: 05-11-2004
respuestas: 1270

Re: Artículo sobre 'Million dollar baby'

Cita:
Observador escribió:
No me gustó Clint Eastwood
Andrés Neuman





Por una vez, y sin que sirva de precedente, no estoy de acuerdo con el artículo de Neuman, salvo en un par de detalles. Por eso os dejo un enlace con el artículo que, sobre la misma película, hace Marcos Vieytes y con el que coincido más.

http://www.zonamoebius.com/03.kino-glaz/mv_0205_milliondolar.htm

Besicos.

_________________________________
En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro.
18-03-2005 a las 22:13

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