Observador
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Mira, Anacrusa, ya han colgado en la web de Neuman el artículo perdido. Lo pego ahí debajo. Menos mal que no habla del Papa. No esperaba menos. Saludos a todos.
2005-04-03
Balones y banderas
Andrés Neuman
Hace unos días la selección española de fútbol se enfrentó al combinado serbio-montenegrino con la aspiración, no muy estelar que digamos, de abandonar el segundo puesto del grupo de clasificación para el Mundial. Espero que finalmente lo consigan, porque no hay flagelo veraniego más selecto que el de contemplar cómo campeonato tras campeonato los demás países nos eliminan. Casi me atrevería a decir que, más que las ambiciones de triunfo de la selección, lo que nos congrega a los ilusos aficionados españoles es un refinado sentimiento de fatalidad: ya sabemos que perderemos, pero nos intriga saber cómo. Esto sin duda nos distingue de otras selecciones más convencionales que lo único que persiguen es la gloria.
Como el fútbol es un síntoma, siempre me ha llamado la atención eso que los puristas llaman el entorno, la cáscara de los partidos: como si el fútbol no fuese el más socializado de los deportes y, por lo tanto, el más extradeportivo. A mí me gusta ver los partidos, porque así me comunico con las ilusiones remotas de mi infancia. Pero también disfruto con las polémicas entre absurdas y metafóricas que rodean el antes y el después de ese modesto ritual que, en sí mismo, apenas dura noventa minutos y a veces ni siquiera resulta estético. La metáfora no es un tema, sino un método de observación. Igual que sucede con el tema del tabaco en la película ‘Smoking room’, cada vez que escucho un debate futbolístico no puedo evitar la impresión de que, invariablemente, hablamos de otra cosa. Como todas las cosas, el balón es una excusa para interesarnos por la vida.
Además de las discusiones habituales (alinear a este jugador o a aquel otro, salir al ataque o al contragolpe, marcar pronto o mantener la puerta a cero, etcétera), del partido contra Serbia y Montenegro me interesaron especialmente sus ecos interiores. Durante los días previos, toda la España futbolística erigió un gran espejo político con la excusa del encuentro. Teniendo en cuenta la mecánica tan previsible como cínica de las declaraciones oficiales, a veces tengo la sensación de que, para saber qué piensa el grueso de la ciudadanía, es mucho más revelador leer las páginas de fútbol que las de actualidad política. Por ejemplo, dudo que fuera casual la atención pública prestada al detalle del himno serbio: la selección de Serbia y Montenegro vive la paradoja de que una parte de sus aficionados silben su propio himno, el ‘Hej Sloveni’, que proviene de la antigua Yugoslavia unificada y que en realidad es netamente serbio. Me pareció curioso que, en vísperas de este partido, el eje de las polémicas futboleras fuese precisamente Raúl: símbolo madridista, capitán, y el único jugador de la selección que da muestras explícitas de tomarse el himno nacional como una cuestión sagrada.
No recuerdo desde cuándo tiene Raúl la costumbre de mirar al cielo con cara de concentración mientras en el campo tocan el himno español. Pero, siendo perversos, podríamos observar que cuando Raúl era más joven y no lo hacía jugaba mucho mejor. Si el capitán centró las discusiones, alrededor de ese tema circularon significativos satélites. No hubo medio de comunicación que no reprodujera y analizase con suspicacia las declaraciones del catalán Oleguer, el joven jugador del Barcelona que insinuó ciertas dudas sobre si acudiría a la selección española en caso de ser convocado. Tampoco vi ningún azar en el hecho de que, en la misma semana previa al partido contra Serbia, se divulgara una anécdota en la que Del Horno (lateral vasco del Athletic de Bilbao y de la selección) supuestamente pidió que no apareciera la bandera española durante un reportaje. Lo más sospechoso es que el supuesto incidente se produjo... ¡en octubre! Pero nadie lo había contado hasta ahora, cuando acaba de arrancar la campaña electoral en Euskadi y se recrudecen los enfrentamientos entre nacionalistas y no nacionalistas. Del Horno no negó el incidente y se limitó a dar una respuesta tan simple como irrefutable: banderas al margen, él siempre se ha esforzado al máximo en los partidos que ha disputado con España. Incluso marcó un gol hace poco, contra San Marino, y lo celebró con ganas. Muchos pensarán que estamos lejísimos de los Balcanes. Pero uno imagina que algunos jugadores bosnios o croatas hacían y sentían algo parecido cuando competían con la camiseta de la antigua Yugoslavia.
Ante los comentarios que suscitaron los asuntos del jugador catalán y del jugador vasco, el seleccionador Aragonés (de apellido) tuvo que salir a disculpar a Del Horno y a hacer como que no había entendido muy bien a Oleguer, para calmar los ánimos de los más castizos. Sin embargo, el futbolista del Barcelona no dijo nada que antes no hubieran dicho en voz más alta, por ejemplo, los directivos de la Federación catalana de hockey o algunos responsables de ERC acerca de la candidatura de Madrid 2012. En aquella ocasión Zapatero, que además de presidente de España es un apasionado del Barcelona, tuvo que enmendarle la plana a Carod (que tiene el torpe don de abrir agujeros en la defensa del Gobierno para que el PP le marque goles oportunistas) y brindar públicamente con cava catalán por las Olimpiadas de Madrid. Supongo que Zapatero disfrutaba más de los partidos de la selección cuando Guardiola era el capitán del Barça y de España. Curiosamente, por entonces gobernaba el madridista Aznar y la selección española tenía un entrenador vasco que se declaraba nacionalista. No me negarán que en el campo (igual que en el Estado) tenemos un buen lío. Y dudo que se solucione pidiéndoles a los jugadores que miren al cielo como Raúl cuando suena nuestro himno.
Al hilo de las selecciones autonómicas y del partido contra Serbia y Montenegro, la semana pasada un periodista deportivo planteó una pregunta incómoda: ¿se imaginan que algún día el equipo español de fútbol quedase reducido por ejemplo al de Castilla y compitiera en unas eliminatorias mundiales? No me lo imagino, o prefiero no imaginarlo. Pero sé que la convivencia es un partido decisivo que durará toda la vida, y para el que es preciso entrenarnos a diario con respeto y cariño por los otros. Me vienen a la mente las palabras de Milosevic (no el dictador, sino el futbolista), que lleva bastantes años jugando aquí y que el otro día dijo que en Yugoslavia también empezaron con las selecciones regionales. Sin duda, nuestra situación es diferente y menos grave. Pero conviene no olvidar que, finalmente, España empató con Serbia.
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