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Anacrusa

registrado: 18-03-2004
respuestas: 4219

Re: Andrés Neuman

Y más, todo de El País:

TRIBUNA:

Andrés Neuman

Lector carnal
n
ELPAIS.es - Cultura - 30-09-2006

Da la impresión a veces de que confundimos la novedad con la tragedia, las posibilidades con las obligaciones. Leo con divertido asombro la polémica suscitada en Estados Unidos a raíz de un artículo de Kevin Kelly publicado en The New York Times Magazine, y contestado más tarde por el novelista John Updike en una conferencia que reprodujo el último Babelia.

El artículo de Kelly proclamaba el advenimiento de una nueva era en la que, gracias a los buscadores de Internet y la digitalización de las bibliotecas, la cultura humana podría «volver a creer en lo imposible» y tener al fin a su alcance «la tan anunciada gran biblioteca de todo el saber». Más allá de la triste evidencia de que la mitad desfavorecida del planeta contempla la conexión a Internet como un lujo igual de inalcanzable que una librería o una biblioteca tradicional, se me ocurre que esa utopía del saber total se topará con el sencillo obstáculo de siempre: nuestra radical y fascinante finitud. Puede que muy pronto buena parte de las bibliotecas del mundo sean legibles en la Red, pero nuestro saber seguirá dependiendo de lo mismo: tiempo, silencio, paciencia. Estos condicionantes permanecen inalterados desde la época de los monjes estudiosos, y no veo el modo de que dejen de ser necesarios en el mundo de los discos duros.

Sin reponerse de la euforia, y tras saludar la definitiva democratización de la lectura, Kelly profetizaba una fragmentación creativa de los libros digitalizados. Estos fragmentos literarios pululantes, explicaba Kelly, «se mezclarán de nuevo en libros reordenados y estanterías virtuales», de igual manera que hoy «los oyentes hacen malabarismos y reordenan canciones para concebir nuevos álbumes», iniciativa en cadena que terminaría provocando drásticos cambios en nuestra noción de obra y autoría. No puedo evitar sonreír ante la ingenuidad de estas observaciones: esos refritos colectivos existen al menos desde las cintas de audio regrabables y los ramilletes de fotocopias grapadas, sin que ello desatase una revolución semiótica.

Pienso que la invisibilidad de los libros digitales, la fugacidad de las descargas o la tentación del corta y pega no son el final de nada, sino sólo el principio de un camino paralelo, el descubrimiento de un nuevo ángulo de un viejo poliedro. Pasó con el gramófono (que iba a acabar con los conciertos), pasó con la radio (que, antes de recomendar libros, iba a desterrarlos del mundo), pasó con la tele (que a su vez iba a desbancar a la radio), pasó con el cine (que iba a suprimir el teatro), pasó con el vídeo (que iba a estrangular al cine), y un largo etcétera hasta el bostezo. Se trata de una historia de pánicos en fuga, de un carrusel de augurios en el que ahora ha vuelto a tocarle al libro asustarse un poco.

Sin embargo, en este debate sobre el futuro del libro me temo que omitimos, como casi siempre, a la parte más importante: los lectores. Porque sencillamente, si sigue habiendo lectores que deseen leer libros impresos, los editores no encontrarán motivo para dejar de publicarlos. Son los lectores, y no el Google ni Kelly ni ningún huracán digital, quienes decidirán el destino del soporte impreso. Y, si nos atenemos al hecho probado de que la inmensa mayoría de los lectores de librería también navega por Internet, lo más probable es que nuestro viejo y querido formato encuadernado conviva sin problemas con el despliegue flotante de la letra virtual. El libro impreso no es un instrumento limitado, y por tanto superable mediante métodos más avanzados, sino una realidad perfecta en sí misma. Una posibilidad única en su especie que admite todos los complementos imaginables, pero no sustituciones absolutas. Lectura carnal y lectura virtual no se oponen, como no se oponen el correo electrónico y la caricia, la webcam y el encuentro cuerpo a cuerpo.

Por eso quizás Updike, que es un gran escritor, se alarmó en exceso ante los redundantes fervores de Kelly. Aunque, más que aquel artículo, intuyo que a Updike le preocupa el destino de la cultura literaria, cuya indudable fragilidad él parece vincular, ya más discutiblemente, al auge de las nuevas tecnologías: «los lectores y escritores de libros se están acercando a la condición de renegados, hoscos ermitaños que se niegan a salir a jugar bajo el sol electrónico de la aldea posGutenberg», se lamenta. Updike evoca con nostalgia sus excursiones a las viejas librerías de segunda mano de Oxford, donde era posible encontrar «las obras completas de Santo Tomás de Aquino, ¡con cubiertas de papel azul celeste!» Lo cierto es que el diseño exquisito no sólo no se acaba, sino que hoy en día se apoya en la informática y se desarrolla a través de ella. Por lo demás, en la respuesta de Updike había una llamada de atención importante: la maravillosa estirpe de los libreros está amenazada y precisa urgentemente cuidados especiales. Pero la crisis de las librerías, creo, tiene menos que ver con los motores de búsqueda que con la presión de las grandes superficies.

La transformación de los instrumentos de conocimiento no implica un cambio en las virtudes de quienes aprenden. Todo lo contrario: cuanto más potentes sean los motores de búsqueda y más textos instantáneos podamos acumular, mayor será la necesidad de avivar el sentido crítico para distinguir lo esencial de lo superfluo, el poder analítico para ordenar los materiales, la capacidad de selección para descartar las redundancias. Esas son también algunas de las cualidades de todo buen lector. Y hasta sospecho que hoy, con el flujo constante de Internet y los móviles, los jóvenes pasan más tiempo en contacto con la palabra escrita que sus pares de la década anterior.

Ser modernos no implica arrodillarnos delante de cada progreso de la técnica, ni tampoco la reacción simétricamente contraria: rechazarlos como una invasión. En mi opinión, ser modernos sería más bien contemplar los adelantos técnicos con naturalidad, como una alternativa interesante y no como un drástico punto sin retorno. Si nos empeñamos en ver un apocalipsis (o una redención) todos los años, me temo que seguiremos delatando nuestra condición primitiva: en el fondo, aún no sabemos qué hacer con las máquinas. Y las obligamos a significar más de lo que significan. En plena ebullición del pop y los medios de masas, Eco enfocó esta nerviosa dicotomía bautizando dos bandos en un libro genial: el bando de los apocalípticos y el de los integrados. Tal vez hoy sería más exacto hablar de apocalípticos y redentores. Los primeros pregonan la muerte de la auténtica cultura a manos de la fútil novedad; apocalipsis en cuyo temible centro, claro, ellos serían los únicos supervivientes. Los segundos prometen, con un entusiasmo algo provinciano, que tal o cual invención iluminará nuestras vidas y no dejará concepto sin revolucionar. El discreto Homero (cuya Ilíada conoció el año pasado su enésima adaptación, en forma de superproducción de Hollywood) debe de estar partiéndose de risa. Es cierto que nuestra sociedad hipermediática no nada precisamente en pensamiento, emoción ante la belleza y relecturas de clásicos. Pero si nuestra cultura llega a deshumanizarse por responsabilidad propia, parece que ya hemos encontrado a quién echarle las culpas: nuestro destino no lo rige Zeus, sino Pentium. Y, si la literatura entrase en crisis, entonces el Acrobat Reader tendría muchas papeletas para ser acusado con el dedo. Con el dedo derecho del ratón.

En cuanto al anunciadísimo final del autor, ese escurridizo personaje que llevamos matando desde hace doscientos años, permítanme que mantenga un autorial escepticismo al respecto. Hace tiempo que las técnicas digitales podrían haber acabado con la autoría en las artes visuales, si ese hubiera sido su objetivo. ¿Por qué iban a hacerlo con la literatura? Y conste que nunca hemos estado sobrados. De verdaderos autores, digo. A mí me parecería una pena que, en un mundo cada vez más masificado, uniformado y simultáneo a la hora de pensar, en nombre de la vanguardia se produjera un ataque contra la frágil individualidad, entidad que no es intercambiable con el egoísmo ni con la burguesía rancia. Pero dudo que ocurra nada parecido.

Y también dudo mucho que el individuo encuadernado corra un grave peligro. El libro impreso es la arena de la playa, la piel de cada sueño, el chocolate de los ojos. Sus páginas seducen al doblarse y sus márgenes encuadran el silencio de quien lee. Apretar un buen libro tiene algo de ensalmo, de amistad, de defensa contra el miedo. Leer es un acto virtual y a la vez carnal: el libro impreso vendría a ser el puente entre imaginación y materia, el cuerpo de ese amor. Por eso sé que ningún lector carnal querrá renunciar para siempre a esas voluptuosidades, sino como mucho alternarlas con otras clases de encuentro con la palabra. Aunque una buena pantalla, qué duda cabe, también tenga su encanto. Y su luz. Y su cosquilla.

Andrés Neuman es escritor.

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Anacrusa

Se paga con la muerte
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19-10-2006 a las 05:07
Anacrusa

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Re: Andrés Neuman

PANORAMA

Andrés Neuman / Leonardo Valencia

Diálogo entre el libro e Internet

Los autores responden al debate abierto por John Updike sobre los temores del escritor frente a la red, publicado en Babelia

BABELIA - 30-09-2006

"DA LA IMPRESIÓN a veces de que confundimos la novedad con la tragedia, las posibilidades con las obligaciones. Leo con divertido asombro la polémica suscitada en Estados Unidos a raíz de un artículo de Kevin Kelly publicado en The New York Times Magazine, y contestado más tarde por el novelista John Updike en una conferencia que reprodujo Babelia, el 16 de septiembre". Así empieza su artículo el escritor Andrés Neuman sobre este debate, del cual reproducimos algunos fragmentos (texto completo en www.elpais.es).

"Puede que muy pronto buena parte de las bibliotecas del mundo sean legibles en la red, pero nuestro saber seguirá dependiendo de lo mismo: tiempo, silencio, paciencia. Estos condicionantes permanecen inalterados desde la época de los monjes estudiosos, y no veo el modo de que dejen de ser necesarios en el mundo de los discos duros. (...) Pienso que la invisibilidad de los libros digitales, la fugacidad de las descargas o la tentación del corta y pega no son el final de nada, sino sólo el principio de un camino paralelo, el descubrimiento de un nuevo ángulo de un viejo poliedro. (...) Sin embargo, en este debate sobre el futuro del libro me temo que omitimos, como casi siempre, a la parte más importante: los lectores. (...) El libro impreso no es un instrumento limitado, y por tanto superable mediante métodos más avanzados, sino una realidad perfecta en sí misma. (...) Lectura carnal y lectura virtual no se oponen, como no se oponen el correo electrónico y la caricia, la webcam y el encuentro cuerpo a cuerpo". (...)

"Por eso quizás Updike, que es un gran escritor, se alarmó en exceso ante los redundantes fervores de Kelly. Aunque, más que aquel artículo, intuyo que a Updike le preocupa el destino de la cultura literaria, cuya indudable fragilidad él parece vincular, ya más discutiblemente, al auge de las nuevas tecnologías. (...) Ser modernos sería más bien contemplar los adelantos técnicos con naturalidad, como una alternativa interesante y no como un drástico punto sin retorno".

De similar opinión es el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia: "Si la literatura explora abismos, no veo por qué no pueda asumir el vértigo de Internet. La preocupación de Updike combina nostalgia con desconocimiento. Una edición en Internet puede llegar a ser más rigurosa que muchos libros mal editados. No es el soporte el que le resta o suma valor, sino el criterio de trabajo. Respecto a la autoría, no está mal experimentar la contraescritura, el reto de abrir espacios para nuevas escrituras, incluso de forma paralela a nuestros libros. Esa invitación es vieja: la hizo Lautréamont en el siglo XIX. Internet se está descubriendo a sí misma en las propuestas de talentos literarios como Perec, Queneau, Roussel. Y, sin ir más lejos, autores contemporáneos como los catalanes Màrius Serra y Miquel de Palol. Hay mucho abismo con Internet, pero hay que lanzarse y seguir explorando". Valencia, autor de El libro flotante de Caytran Dölphin (Funambulista), cuenta con un programa informático paralelo en Internet, programado por Eugenio Tisselli: www.libroflotante.net. Con este programa, se ha creado un puente entre el libro físico y el soporte virtual; y una manera de que se complementen. Así el lectornauta, como le llama, puede reescribir la novela. De lo que se trata en la web, agrega el autor, "es de invitar al lector a participar en un concepto de escritura interactiva, habiendo leído la novela o no. Es un programa informático que trabajé durante un año con Tisselli, uno de los programadores más vanguardistas del momento en experimentos literarios. Creo en un diálogo no atemorizado, a lo Updike, entre el libro e Internet, un diálogo fructífero para el que hay que vencer ciertas resistencias. Es decir, que puede ser reductor considerar a los dos soportes como si estuvieran en los antípodas. Mi postura es favorable a las posibilidades de Internet, aunque sin olvidar el papel del libro".

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19-10-2006 a las 05:09
Anacrusa

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Re: Andrés Neuman

ENTREVISTA: ANDRÉS NEUMAN Escritor

"También leemos con el oído"

F. VALVERDE - Granada

EL PAÍS - 06-10-2006

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es uno de los autores andaluces -lo es pese a haber nacido al otro lado del océano- más celebrados por la crítica. Tras el éxito cosechado con Bariloche, con la que fue finalista del premio Herralde, La vida en las ventanas, finalista del premio primavera, y su novela autobiográfica Una vez Argentina, Neuman regresa con una nueva colección de cuentos titulada Alumbramiento, que ha sido publicada por la editorial Páginas de Espuma.

Pregunta. En todas sus obras la música ocupa un importante papel. ¿Cuál sería la banda sonora de Alumbramiento?

Respuesta. Pues supongo que iría desde la música de cámara (siempre he pensado que ese género musical tan intenso y esencial es a la sinfonía lo mismo que el cuento a la novela) hasta Los Beatles (hay un cuento que narra la noche del asesinato de John Lennon en clave imaginaria, dando una versión distinta de los hechos), pasando por el blues cuando la cosa se pone melancólica. Creo que no sólo leemos con los ojos, sino también con el oído. El ritmo de una prosa, la forma en que respira, tiene su compás principal, sus acentos emocionantes, sus síncopas. Muchas veces la música cuenta o sugiere una historia, igual que la literatura propone también un sonido, una melodía.

P. ¿Cómo surgen los Dodecálogos de un cuentista?

R. No surgen en absoluto como un intento de sentar cátedra o fijar unas reglas teóricas que la práctica debería cumplir, sino sencillamente del asombro que uno siente mientras escribe. Hay pequeños descubrimientos técnicos que se hacen conforme uno va escribiendo, casi involuntariamente, y de ahí nació la idea de ir tomando nota de ellos para luego elaborar un texto. Pensé que podía resultar curioso para los lectores interesados en la cocina de la escritura. Soy de los que piensan que se aprende a guisar guisando, pero eso no quiere decir que el cocinero no pueda ir anotando detalles de su receta personal mientras se cuecen los textos.

P. Escribe que contar un cuento es saber guardar un secreto.

R. Bueno, es que en el cuento, igual que en el amor, es tan significativo lo que dices como lo que callas, las palabras como los silencios. Y los cuentos son capaces de enamorarnos hablándonos con atención y callándose a tiempo.

P. Ha dicho que el microrelato será el género del siglo XXI. ¿Qué le hace pensar esto?

R. En realidad, no me refería a que sería el género principal de este siglo, sino a que cada vez irá teniendo mayor relevancia. Es una cuestión de lógica de época: la narrativa hiperbreve está hecha de flashes como un videoclip, es concisa e impactante como un anuncio, veloz y saltarina como la vida actual.

P. Ha escrito novelas, poemarios, cuentos, haikus, aforismos... ¿Cuál es el género que más influye en los demás? ¿En qué ha repercutido su condición de poeta a la hora de afrontar una novela?

R. Para mí los géneros literarios no están separados por muros sino que se rozan entre sí, se buscan mutuamente y tienen concomitancias. Mi condición de poeta ha repercutido a la hora de escribir narrativa tanto como mi costumbre de narrador ha podido influir en mis poemas. Nunca me ha convencido esa simpleza de que los poemas transmiten solamente emociones e imágenes, y los relatos se limitan a contar una historia. También puede ocurrir al revés, y eso me parece enriquecedor.

P. ¿De qué manera influye en su obra su infancia argentina?

R. De la manera en que influyen todas las infancias, ¿no? Parece que nunca piensas en ella, que se te ha olvidado, y en realidad está ahí continuamente, dictándote emociones. Quizás en el caso de un emigrante, además, esa infancia se quede congelada no sólo en un tiempo sino también en un espacio diferente, y eso te lleve a revisitarla con especial asombro, como si le hubiera ocurrido a otro.

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19-10-2006 a las 05:11
Anacrusa

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Re: Andrés Neuman

Lo presenta mañana en Madrid



Alumbramiento

Páginas de Espuma, Madrid, 2006

SINOPSIS

En la habitación de un sanatorio, rodeado por el médico, las enfermeras y su esposa, un hombre intenta dar a luz y concebir a otro hombre. Con este insólito y estremecedor inicio arranca Alumbramiento.

Su primera parte se compone de relatos que, a través de diferentes formas y estrategias narrativas, escenifican y cuestionan los roles masculinos tradicionales: el marido, el padre, el justiciero, el héroe, el luchador, el aventurero. La segunda reúne una serie de microcuentos donde el vértigo, la concentración, la intensidad y la sugerencia adoptan además otro modo de alumbramiento. En la tercera parte, el autor homenajea a algunos de sus narradores predilectos y explora humorística, irónicamente diversos aspectos del mundo literario como la edición, la traducción o las complejas relaciones lector–autor. El volumen se cierra con dos breves dodecálogos acerca del cuento: Neuman prosigue así con la reflexión teórica en torno al género que viene desarrollando en sus libros. En fin, un libro de cuentos total, rico en propuestas entrelazadas

CUENTOS DE ALUMBRAMIENTO

LA FELICIDAD

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.

No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.

Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.

Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.

Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.

A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

UNA RAYA EN LA ARENA

Ruth hacía montañas con un pie. Cavaba con el dedo gordo en la arena tibia, formaba montoncitos, los ordenaba, los alisaba cuidadosamente con la planta del pie, los contemplaba un rato. Luego los destruía. Y volvía a empezar. Tenía los empeines rojizos, le ardían como piedras solares. Llevaba las uñas pintadas de la noche anterior.

Jorge estaba desenterrando la sombrilla, o intentándolo. Hay que comprar otra, murmuró mientras forcejeaba. Ruth fingió no haberlo escuchado, aunque no pudo evitar sentirse irritada. Era una banalidad como cualquier otra, claro. Jorge chasqueó la lengua y apartó la mano de la sombrilla bruscamente: se había pillado un dedo con una de las pinzas. Una banalidad, pensaba Ruth, pero la cuestión es que él no había dicho «tenemos que comprar otra sombrilla», sino «hay que comprar». De un tirón, Jorge consiguió plegar la copa de la sombrilla y se quedó estudiándola con los brazos en jarra, como si esperase la última reacción de una criatura vencida. Casualidad o no, mira por dónde, él ha dicho «hay» y no «tenemos», pensó Ruth.

Jorge sostenía en ristre la sombrilla. La punta estaba carcomida por lenguas de óxido y manchada de arena húmeda. Él se fijó en los montoncitos de Ruth. Luego buscó sus pies con heridas de las sandalias, ascendió por las piernas hasta el vientre, se detuvo en los pliegues que se acumulaban alrededor del ombligo, su mirada continuó por el torso, pasó entre los pechos como a través de un puente, saltó a la mata salada del cabello, y finalmente resbaló hasta los ojos de Ruth. Jorge se dio cuenta de que, reclinada en su tumbona, haciéndose visera con una mano, ella también lo observaba desde hacía un rato. Él sintió una ligera vergüenza sin saber muy bien de qué, y sonrió arrugando la nariz. A Ruth le pareció que él había exagerado ese gesto, porque en realidad estaba de perfil al sol morado. Jorgelevantó la sombrilla como un trofeo inoportuno. Qué, ¿me ayudas?, preguntó en un tono que a él mismo le sonó irónico, menos benevolente de lo que había pretendido. Arrugó de nuevo la nariz, volvió un instante la vista al mar, y entonces escuchó la sorprendente respuesta de Ruth:

–No te muevas.

Ruth tenía en la mano una raqueta de madera. El canto de la raqueta descansaba encima de sus muslos.

–¿Quieres la pelota? –preguntó Jorge.

–Quiero que no te muevas –dijo ella.

Ruth levantó la raqueta, se irguió y extendió un brazo para trazar lentamente una raya en la arena. Era una línea no muy recta, más o menos de un metro de longitud, que separaba a Ruth de su marido. Al terminar de dibujarla, ella soltó la raqueta, se acomodó otra vez en la tumbona y se cruzó de piernas.

–Muy bonita –dijo Jorge, entre la curiosidad y el fastidio.

–¿Te gusta? –contestó Ruth–. Pues entonces no la cruces.

En la playa empezaba a levantarse un aire húmedo, o Jorge lo notó en ese momento. Le daba pereza soltar la sombrilla y el resto de los bártulos que llevaba colgados del hombro. Pero sobre todo le daba infinita pereza empezar a jugar a quién sabía qué. Estaba cansado. Había dormido poco. Sentía la piel sudada, arenosa. Tenía urgencia por darse una ducha y salir a cenar algo.

–No te entiendo –dijo Jorge.

–Me lo imagino –dijo Ruth.

–Oye, ¿vamos o no?

–Haz lo que quieras. Pero no cruces la raya.

–¿Cómo que no la cruce?

–¡Veo que ya lo entiendes!

Jorge dejó caer las cosas; le extrañó que hicieran tanto ruido al aterrizar en la arena. Ruth se sobresaltó un poco, pero no se movió de su tumbona. Jorge contempló la línea de izquierda a derecha, como si hubiera algo escrito sobre ella. Dio un paso hacia Ruth. Vio cómo ella se contraía y se aferraba a los brazos de la tumbona.

–Esto es broma, ¿no?

–Esto es de lo más serio.

–Vamos a ver, cariño –dijo él, frenando ante la raya–. Qué te pasa. Qué haces. La gente se está yendo, ¿no lo ves? Es tarde. Hay que irse. Por qué no eres razonable.

–¿No soy razonable porque no me voy al mismo tiempo que los demás?

–No eres razonable porque no sé qué te pasa.

–¡Vaya! ¡Qué interesante!

–Ruth... –suspiró Jorge, haciendo ademán de ir a tocarla–. ¿Quieres que nos quedemos un rato más?

–Lo único que quiero –dijo ella– es que te quedes de ese lado.

–¿De qué lado, joder?

–De ese lado de la raya.

Ruth reconoció en la sonrisa escéptica de Jorge una contracción de ira. Era sólo un temblor fugaz en la mejilla, un asomo indignado que él sabía controlar fingiendo condescendencia; pero allí estaba. Ahí lo tenía. De pronto parecía que ahora o nunca.

–Jorge. Esta raya es mía, ¿entiendes?

–Esto es absurdo –dijo él.

–Seguramente. Por eso mismo.

–Vamos, dame las cosas. Demos un paseo.

–Quieto. Atrás.

–¡Olvida esa raya y vamos!

–Es mía.

–Es una chiquillada, Ruth. Estoy cansado...

–¿Cansado de qué? Vamos, dilo: ¿de qué?

Jorge cruzó los brazos y se arqueó hacia atrás, como si hubiera recibido un empujón del viento. Vio venir el doble sentido y prefirió ser directo.

–No me parece justo. Estás tomando mis palabras al pie de la letra. O no, peor: las interpretas de manera figurada cuando te hacen daño, y las tomas literalmente cuando te conviene.

– ¿Sí? ¿Tú crees, Jorge?

–Ahora, por ejemplo, te he dicho que estaba cansado y te haces la víctima. Actúas como si yo hubiera dicho «estoy cansado de ti», y...

–¿Y no era eso lo que en el fondo necesitabas decir? Piénsalo. Pero si hasta sería bueno. Anda, dilo. Yo también tengo cosas que decirte. ¿Qué es lo que te cansa tanto?

–Así no puedo, Ruth.

–¿Así, cómo? ¿Hablando? ¿Siendo sinceros?

–No puedo hablar así –contestó Jorge, volviendo a recoger lentamente las cosas.

–Recibido –dijo ella, desviando la vista hacia las olas.

Jorge soltó las cosas de pronto y quiso agarrar la tumbona de Ruth. Ella reaccionó levantando un brazo en señal de defensa. Él comprobó que estaba realmente seria y se detuvo en seco, justo frente a la línea. Estaba ahí. Ya la rozaba con la punta de los pies. Pensaba en dar otro paso. En pisar fuerte la arena. En restregar los pies y terminar de una vez con aquello. Jorge se sintió estúpido por su propia precaución. Tenía los hombros tensos, levantados. Pero no se movió.

–¿Quieres dejarlo ya? –dijo.

Se arrepintió enseguida de haber formulado la pregunta de ese modo.

–¿Dejar el qué? –preguntó Ruth, con una sonrisa dolientemente complacida.

–¡Me refiero a este interrogatorio! Al interrogatorio y a esa raya ridícula.

–Si tanto te incomoda nuestra charla, podemos dejarla aquí. Y si te quieres marchar a casa, adelante, que disfrutes de la cena. Pero lo de la raya, eso ni hablar. No es ridícula y no la cruces. No pases por ahí. Te lo advierto.

–Estás imposible, ¿lo sabes?

–Lamentablemente, sí –contestó Ruth.

Jorge percibió, desconcertado, la franqueza de su respuesta. Se agachó a recoger de nuevo las cosas murmurando palabras inaudibles. Removía enérgicamente el contenido de la cesta de playa. Ordenaba una y otra vez los botes de bronceador, apilaba con furia las revistas, volvía a plegar las toallas. Por un momento, a Ruth le pareció que los ojos de Jorge se aguaban. Pero lo vio recobrar paulatinamente la compostura hasta preguntarle, mirándola con fijeza:

–¿Me estás poniendo a prueba, Ruth?

Ruth notó cómo la ingenuidad casi brutal de aquella pregunta le devolvía un eco de nobleza: como si Jorge pudiera equivocarse, pero no mentirle; como si en él fuera posible cualquier deslealtad, excepto la malicia. Lo vio agachado a sus pies, desorientado, con los hombros a punto de despellejarse, con menos cabello que hacía unos años, familiar y desconocido. Tuvo el impulso de atacarlo y a la vez de protegerlo.

–Vas por ahí avasallando –dijo ella– pero vives temiendo que te juzguen. Me parece un poco triste.

–No me digas. Qué profunda. ¿Y tú qué?

–¿Yo? ¿Que en qué me contradigo? ¿En qué noto que me equivoco siempre? En muchas cosas. Muchísimas. Qué te crees. Por empezar, soy una estúpida. Y una miedosa. Y una resignada. Y finjo que podría vivir como no puedo. De hecho, si me apuras, no sé qué es más grave: no darse cuenta de las cosas, o darse cuenta y no hacer nada. Por eso mismo, ¿entiendes?, he trazado esta raya. Sí. Es infantil. Es fea y pequeñita. Y es lo más importante que he hecho en todo el verano.

Jorge se quedó con la vista perdida más allá de Ruth, como siguiendo la estela de sus palabras, sacudiendo la cabeza con un gesto en el que luchaban el disgusto y la incredulidad. Luego el rostro se le congeló en una expresión irónica. Comenzó a reírse. Su risa sonaba a tos.

–¿Qué, no dices nada? ¿Se te ha ido la fuerza? –dijo Ruth.

–Eres una caprichosa.

–¿Te parece un capricho lo que te estoy diciendo?

–No sé –dijo él, incorporándose–. A lo mejor no exactamente caprichosa. Pero orgullosa, sí.

–No es sólo una cuestión de orgullo, Jorge, sino de principios.

–¿Pues sabes qué te digo? Que tú defenderás muchos principios, serás todo lo analítica que quieras, te creerás muy atrevida, pero lo que en realidad estás haciendo es esconderte detrás de una raya. ¡Esconderte! Así que hazme el favor de borrarla, de recoger tus cosas y discutirlo tranquilamente en la cena. Voy a pasar. Lo siento. Todas las cosas tienen un límite. Mi paciencia también.

Ruth se levantó como un resorte liberado, volcando la tumbona. Jorge se detuvo antes de haber dado un paso.

–¡Ya lo creo que todo tiene un límite! –gritó ella–. Y claro que te gustaría que me escondiese. Pero esta vez no te hagas ilusiones. Tú no quieres una cena: tú quieres una tregua. Y no la vas a tener, me oyes, no la vas a tener hasta que aceptes de una vez que esta raya se borra cuando yo diga, no cuando tú te impacientes.

–Me sorprende que te pongas tan autoritaria. Luego te quejas de mí. Me estás prohibiendo acercarme. Yo no hago lo mismo contigo.

–Jorge. Mi vida. Escucha –dijo Ruth bajando la voz, acomodándose el flequillo, recomponiendo la tumbona y sentándose de nuevo–. Quiero que me prestes atención, ¿de acuerdo? No es que haya una línea. Es que hay dos, ¿tú me entiendes? Siempre hay dos. Y yo veo la tuya. O intento verla, al menos. Sé que está ahí, en alguna parte. Te propongo una cosa. Si te parece injusto que esta raya se borre cuando yo diga, traza tú otra, entonces. Es fácil. Ahí tienes tu raqueta. ¡Haz una raya!

Jorge soltó una carcajada.

–Te estoy hablando en serio, Jorge. Explícame tus reglas. Muéstrame tu territorio. Dime: de esta raya no pases. Verás cómo jamás intentaré borrarla.

–¡Qué lista! Claro que no la borrarías, porque yo nunca haría una raya como esa. Ni se me ocurriría.

–Pero si la trazaras, ¿hasta dónde llegaría? Necesito saberlo.

–No llegaría a ningún lado. No me gustan las supersticiones. Prefiero comportarme con naturalidad. Quiero poder pasar por donde me apetezca. Pelearme cuando de verdad suceda algo.

–Lo único que quiero es que mires un poco más allá de tu territorio. Que respetes ciertas cosas –dijo ella.

–Lo único que quiero es que me quieras –dijo él.

Ruth pestañeó varias veces. Se frotó los ojos con ambas manos, como intentando limpiarse todo el viento húmedo que la había golpeado aquella tarde.

–Es la respuesta más terrible que podías haberme dado –dijo Ruth.

Jorge la contemplaba con apenado asombro. Pensaba en acercarse a consolarla y sospechaba que no debía. Le picaba la espalda. Le dolían los músculos. El mar se había tragado la pelota del sol. Ruth se tapó la cara. Jorge bajó la vista. Miró la raya una vez más: le pareció que medía más de un metro.

[editado por Anacrusa el 19-10-2006 a las 05:27]

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

19-10-2006 a las 05:25
Simone Weill

registrado: 21-09-2005
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Re: Andrés Neuman

Ayer empecé a leer "Alumbramiento", e, independientemente del resto de los relatos, sólo por el placer de ahogarse, respirar entrecortadamente y emocionarse con el primer relato -que da nombre al libro-, ya merece la pena adentrarse en el universo Neuman.
Un saludo a todos

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Las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio. (Chejov)

24-10-2006 a las 19:33

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